La astróloga y el suicida

Por Juan Terranova

El domingo 15 de septiembre del 2013, la astróloga Lenke Süllos, conocida como Lily Sullos o Süllös, fue hallada muerta en su casa de La Lucila junto a su hermano Ludwig. Ambos tenía un disparo de arma de fuego en la cabeza. Según Telam, los disparos se realizaron sobre la sien a muy corta distancia y por eso los cadáveres presentaban en el orificio de entrada lo que se llama “aro de fisch”, una marca circular sobre la piel que rodea la herida, y signos de “ahumamiento” o “falso tatuaje” producidos por restos de pólvora. Se estimó que las muertes habrían ocurrido entre las nueve y las once de la mañana. Cuando lo encontraron, Ludwig, también conocido como Luis, tenía en la mano un arma de fabricación casera. ¿Quién era Ludwig? La Nación lo define como “ingeniero e inventor” y todavía hay dudas si el arma disparaba balas de calibre .32 o .38 especial, pero la fabricación artesanal se confirmó. El mismo fin de semana, una amiga de los hermanos Süllos recibió un correo electrónico escrito en húngaro que anticipaba la decisión. Al no poder comunicarse por teléfono, la amiga fue hasta la casa de la calle Manuel Díaz Vélez. Al no recibir respuesta, llamó a la policía. La casa estaba cerrada. La policía tuvo que tirar abajo la puerta para entrar. El hecho se caratuló como “homicidio seguido de suicidio.” El titular de la Departamental Conurbano Norte, Comisario Inspector Fabian Perroni, declaró que los hermanos “no querían separarse. Ya lo habían hablado. Habían hecho un pacto en el que si a alguno de ellos le pasaba algo, el otro lo iba a resolver de esta manera.” Los medios empezaron a hablar de “Pacto suicida.”

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Los hermanos Süllös habían llegado de Hungría a la Argentina en 1944, escapando de la guerra. Ella había nacido en Budapest, el 27 de septiembre de 1928. En Buenos Aires continuó sus estudios de medicina, que había comenzado en Austria, pero no se recibió y empezó a trabajar como fotógrafa. En 1967, la revista Vosotras le publicó sus primeros trabajos conocidos sobre astrología. Más tarde, en 1976, salió su primer libro titulado Libro astrológico del amor. En 1982, comenzó a divulgar sus anuarios astrológicos y continuó con sus prácticas en el marco de la Asociación Mundial de Investigaciones Astrológicas, entidad dependiente –según sus propias palabras– de la Facultad de Astrología en Londres. No obstante, siempre sostuvo que su “verdadera vocación” era la literatura. En su sitio personal, www.lilysullos.com.ar, hace una confesión melancólica: “Mi verdadera vocación era (y sigue siendo) escribir. Jamás pude desprenderme de mi patria abandonada. La literatura, historia de Hungría, su destino, sus tierras, sus tesoros culturales y naturales seguía siendo mi principal interés. Por la invasión de los soviéticos no pude retornar a Hungría.” Más adelante agrega que sus versos en húngaro, “casi todos de temas patrióticos”, fueron publicados periódicos de la inmigración y últimamente también en Hungría. Sobre el final avisa que tiene un libro inédito y escrito en húngaro –“la obra de mi vida”– titulado Nannar, la Resplandeciente. Al parecer aborda “el tema del Continente Hundido que estaba en el océano pacífico, y sus últimos años.”

Es un error, o una adaptación inoportuna, pronunciar “Sullos” con la “ll” castellana, la palatal que usamos en el dialecto del Río de la Plata en variación libre entre sorda y sonora, y que termina sonando como la “y” en su función consonante. Decimos “Sullos” como decimos “yerba” o “yuyo”, pero si es húngaro, pienso, se debería pronunciar “Sulos.” También notable y desprolijo –aunque coloquial y comprensible– es el cambio de “Lenke” por “Lilly.” Los húngaros primero usan el apellido y luego el nombre de pila. Así que Lilly Sullos debería ser, en realidad, Süllos Lenke, pronunciando la “ll” como “l.” ¿La diéresis le de a la “u” un sonido más agudo, que la acerca al sonido de la “i”? ¿Le quita la porteñización el merecido misterio a ese nombre? Mejor sería preguntarse qué tipo de astróloga era Lenke. El sitio web que lleva su nombre, como un mausoleo digital involuntario, responde bien, incluso mejor que los libros, a la pregunta. Los hermanos Süllos vivían y trabajaban juntos. En el sitio encontramos piezas de todo tipo y género firmadas tanto por Ludwig como por Lenke. En el uso de las preposiciones y los verbos es posible percibir que, tanto tiempo después de su llegada a la Argentina, el castellano seguía siendo una segunda lengua para ambos.

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De diseño rudimentario, colores brillantes, ingenuo y anacrónico, http://www.lilysullos.com.ar ofrece la hoja de vida de Lenke, una sección dedicada a curiosidades científicas y seudocientíficas, publicidades de libros, fotos de gatos y de reptiles, instrucciones para calcular ascendientes astrológicos y una “tabla de las horas planetarias.” Algunos contenidos aparecen traducidos al húngaro. Un artículo de Ludwig titulado “Control eléctrico de gravedad”, que se puede leer traducido al inglés, empieza así: “¿Es posible controlar la gravedad por medio de dispositivos eléctricos sencillos? Sí, es posible. Si no se logró hasta ahora, es porque no se fabricaron los aparatos adecuados. En este sitio se presentan algunos.” Lo que sigue es una especie de manual con capítulos como “Propulsión no-inercial” y “Corrientes de éter.” Lo más llamativo, dentro de un sitio ya de por sí bastante excéntrico, quizás sea la música que los hermanos Süllos componían juntos. Los títulos de las canciones –“Dos soles”, “Atlántis”, “Romance alienígena”– marcan ya una estética, o al menos un área de interés. Melodías suaves, armonías ominosas, ritmos previsibles: la música de los Süllos combina sonidos sintetizados con aires de liturgia medieval. Estos motivos de ciencia ficción esotérica se confirman en la zona dedicada a la creación literaria. Los cuentos de Lenke mantienen un corte más fantástico. Pero también se puede leer un prólogo a su libro Las aventuras de los lagarto-gatos, especie de novela juvenil de ciencia-ficción publicada por Ediciones Bea. También se ofrece un libro entero en doce capítulos titulado La bella del cretáceo. Comienza así: “Estamos en el siglo 23. Hay una vasta colonización de  todos los complejos industriales, observatorios, bases militares, complejos de minería y demás instalaciones se destacan tres ciudades, cuyos nombres han sido tomados de la mitología griega (…)” Los cuentos de Ludwig tratan problemas ecológicos, avistamientos de ovnis y diferentes formas irónicas del Apocalipsis. Hay varias historias narradas desde le punto de vista de extraterrestres bonachones a quienes el planeta Tierra no les interesa más allá de algunos experimentos. Ambos escriben con un estilo similar, poco ornamentado y directo, a veces ansioso, por momentos demasiado informativo, pero siempre sincero y alegre.

Hasia, la astróloga del programa La hora de la bruja, conoció a Lilly Süllos: “Recuerdo que, en la década del 90, una amiga con la que hice vidas pasadas trabajaba con ella y las habían llamado a las dos para hacer televisión. La primera vez, antes de salir al aire, parece que Lilly, que era la más grande, les dijo a todos los que trabajaban en el programa que tuvieran cuidado con lo que veían y decían. Los alertaba, les pedía que no dijeran nada en contra del gobierno. Uno puede pensar que era censura, pero no, al contrario, los estaba cuidando. Parece que les dijo que esa era una familia muy peligrosa, por los Menem, y les avisó que no dijeran todo lo que veían.” Según Hasia, Ludwig era un genio loco: “Lo digo con mucho respeto. Debe haber sido autista, alguna inharmonía mental tenía. Se le notaba capaz. Era ingeniero. Me llegó que su último proyecto era una máquina del tiempo. Desbordaba de conocimiento y deseos de compartir, se notaba en su generosidad esa falta de roce social.”

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En el programa de La hora de la bruja que le dedicaron posmorten, Hasia dijo más de una vez que Lilly era una egiptóloga avezada: “Sabía más de lo que mostraba. No me llamaría la atención que hubiese pertenecido a algún grupo secreto o logia. Después, también un poco en broma decía que era descendiente de Drácula.” Sebastián Robles, el conductor de La hora de la bruja, le preguntó al aire sobre un posible incesto. Hasia respondió: “No, por favor. ¿Tan sedientos estamos de sangre y de morbo?” “¿Pero no dormían juntos, en la misma cama, como se dijo?” volvió a preguntar Robles. “No, ellos tenían cada uno su cuarto, es posible que él la estuviera asistiendo y se haya quedado dormido… No sé” dijo Hasia. Después explicó que no estamos acostumbrados a una forma de amor que no se proyecte en lo sexual. El amor mantiene siempre esa sospecha, la del acceso carnal. Para Hasia es una reacción instintiva de la lógica biológica y psíquica de los seres humanos. Una especie de simplificación, un mecanismo vital. “No podemos pensar en el amor sin sexo, nos cuesta” dijo. Para cerrar el tema agregó: “Y luego el incesto es atractivo porque es uno de los últimos tabúes clásicos que nos quedan. Mientras otras prohibiciones van cayendo, la del incesto sigue firme.”

Al mismo tiempo que se habló de pacto suicida, de incesto y de amor, se comenzó a desconfiar de ese acuerdo. ¿Y si lo que había ocurrido era, en realidad, un simple asesinato seguido de suicidio? Se sabe: el amor –cualquier amor– siempre trae sospechas y paranoias. Y nunca un asesinato es simple. Horas después que se conociera la noticia del trágico final de los hermanos Süllos, la editorial Perfil tuvo acceso al correo electrónico que Ludwig le escribió a su amiga, la artista plástica Anikó Szabó. El mensaje decía:

“Anikó: Me parece que Lenke tuvo un derrame cerebral serio. Se cayó en la bañera y ya no pudo pararse ni hablar. Eso pasó alrededor de las 23.30. Ahora estoy esperando que vuelva en sí. En caso contrario voy a cumplir con su deseo, que no sufra con un cerebro maltrecho, paralítica y con dolores, impotente. La solución es rápida y ruidosa. Llamé al médico: la sacaron de la bañera y la pusieron en la cama, dijo que había que llevarla a un geriátrico, adonde mantienen con vida y torturan. Son pasadas las 9 de la mañana. La presión es normal, el pulso también, pero no puede caminar, no puede hablar, no puede ir al baño, no puede beber ni comer. Nos despedimos. Les deseamos mucha suerte, Luis.”

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Consultada por Perfil, Gabriela Bruzos, editora de la revista Mía, desconfió de lo que contaba el mail: “Nunca imaginé que Luis iba a tomar una decisión como la que tomó. Ella estuvo acá, hace apenas unos días, en una sesión de fotos impecablemente peinada, maquillada y vestida. Lily sólo tenía los problemas típicos de la edad. Él estaba perfecto, también.” Y después agregó: “acá no tuvieron a nadie, ninguno se casó ni tuvo hijos. Eran dos personas que toda la vida se ayudaron mutuamente y funcionaban como una sociedad, lo que no tenía uno, lo tenía el otro.” Pero al final, confirma la relación de unidad entre los hermanos: “Siempre tuve la certeza de que cuando le pasara algo a uno de los dos, el otro no iba a durar más de dos meses; porque no podían vivir el uno sin el otro.”

La ahijada de Lenke, Liliana Chelli, también astróloga, le dijo a La Nación que no creía en la teoría del pacto suicida: “Lily pregonaba todo lo contrario. En sus libros hablaba sobre el amor a la vida y tenía un amor intenso por el Creador. Por su cuenta, nunca se hubiese quitado la vida.”

El breve mensaje de Ludwig trasmite una serenidad y una vitalidad no del todo exenta de rarezas. A la imposibilidad física se le contesta con la noble y trágica opción de evitar el deterioro. Es la dignidad por sobre la muerte. ¿O se trata de un coartada? No parece. Sin embargo, también los locos pueden escribir sin ansiedad. ¿Hacía falta aclarar que la solución rápida también sería “ruidosa”? Ese ruido contrasta con el estilo de la carta. Es información de más. Si Lenke estaba bien o estaba mal es muy difícil saberlo. Llegado este punto, las teorías conspirativas no pasan de especulaciones sin horizonte. Ludwig la mató y se suicido. ¿Pacto o asesinato? ¿Locura, una interpretación extrema, una decisión no consensuada? La verdad se fue con ellos. Pero, sea como fuere, Ludwig se mató por amor, porque vivir sin Lenke le resulta imposible. Esa pasión no puede ser puesta en duda. Y sí, el 9 de septiembre los hermanos habían hecho una sesión de fotos para la editorial Perfil y los fotógrafos contaron que los vieron de excelente humor. Ludwig iba a ayudarla a terminar unos anuarios y por eso posó con ella. Se decía que nunca se separaban. Después, algunos portales de noticias hablaron de una “relación simbiótica.” Noticias, aprovechando las fotos, le dio la tapa a los hermanos y tituló “Simbiosis mortal.” Agregaba que Lenke había visto su propia muerte en los astros.

El suicidio nos sigue convocando. Los suicidas siguen entre nosotros. Al mismo tiempo lejos de las modas y lo demodé, cuando actúan los vemos, los sentimos y nos conmueven. Ya nos separa un largo siglo de las astutas teorizaciones de Durkheim y de la famosa narración de Stevenson. Y sin embargo, los artistas y poetas, los científicos y los políticos, anónimos o notables, siguen poniendo fin a sus vidas por propia voluntad. Lo hacen de manera romántica, apasionada y siniestra porque quizás no hay otra forma de hacerlo. La lista de los suicidas recientes, al menos los que a mí me tocaron en vida y admiración, podría empezar con Kurt Cobain y terminar –por ahora– con David Foster Wallace y Heath Ledger. La lista de argentinos en el siglo XXI tiene a Carlos Correas, a Jorge Barón, a Gabriel Bañez y a Vicente Luy.

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Pero los hermanos Süllos proponen ese otro pliegue. Aparte de decidir la partida propia y llevarla adelante –¿qué mejor fuga hacia adelante puede haber más allá del suicidio?–, Ludwig fue artífice de la partida de otra persona, de la persona que amaba. La versión más conocida de este pacto, de este vínculo, aparece ligada a la guerra, no al amor. Los mejores ejemplos del procedimiento lo dan las películas de acción donde un personaje –un soldado, un criminal, un héroe– le hace jurar a su compañero que si a le pasa algo de lo que no puede recuperarse, él va a estar ahí para encargarse de que no sufra. Es un arreglo a la vez brutal y sofisticado porque va por arriba de la moral humanista más simple. El enemigo de los hermanos Süllos, sin embargo, era otro, no menos terrible. Y la decisión de ganarle, o al menos de detenerlo, no llegaba apurada por el estruendo del combate. El pacto heroico de salvar al amigo del sufrimiento, así, en tiempos de paz, se transformaba en un pacto de amor suicida. Algo que señalaba una unión superadora de la muerte. Ya que finalmente hay que tener mucho coraje y estar muy decidido para matar al ser amado, y luego suicidarse y hacerlo todo con un arma de fabricación casera.

El sábado anterior a que la policía entrara en la casa de La Lucila apareció, en la revista Semanario, el último horóscopo de Lily Sullos. La astróloga dedicó especial atención al signo de Escorpio y la influencia de Venus. Su lectura depara no poca sorpresa e incluso ironía. “Según las estadísticas policiales, la mayor cantidad de accidentes y crímenes ocurren bajo el influjo de la Luna llena”, escribió y por ello llamó a “ser más prudentes” y tratar de no llevar adelante “comienzos importantes, viajes, mudanzas y decisiones contundentes de cualquier índole”. Más adelante, dijo que la Luna llena “nunca es buena” y agregó que “sólo sirve para terminar, cortar relaciones y no siempre con buenos resultados.”

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Como los egipcios, a los cuales admiraban, los hermanos Süllos eran fanáticos de los gatos. Iban mucho al Club Húngaros de Olivos y hacían música y escribían juntos. Me los imagino una tarde de sábado tomando el te, charlando en húngaro, y recorriendo sin ansiedad el living o el jardín de la casa de La Lucila. ¿Podría ser esa la más excéntrica y final de las escenas del Grupo Sur, el penúltimo episodio americano del Imperio Astrohúngaro? ¿Y si la intimidad solamente fuera posible hoy bajo esas condiciones de aislamiento físico y cronológico? ¿Y si solo quedara para los demás, para nosotros, el ruido y el exhibicionismo? ¿En que época vivían los Süllos? ¿Qué sabían, qué intuían, de qué hablaban? Como los herederos negativos de una Europa mágica que ya no existe, Ludwig y Lenke habían encontrado en la astrología liviana un modo de vida distendido. Cuando esa parsimonia que transcurría entre gatos y libros viejos se vio amenazada, Ludwig construyó finalmente su máquina del tiempo y se fueron. El domingo que encontraron los cuerpos, faltaban apenas nueve días para que Lilly cumpliera ochenta y cinco años. Los pactos suicidas por amor se asocian a los jóvenes porque pensamos que solo ellos pueden tener la inexperiencia y el desborde para negar todo lo demás. Desde luego, es un prejuicio que el amor, en todas sus expresiones, viene a desmentir. También hay arrebato en nuestro mundo para los viejos.

Vuelvo a releer algunos de los cuentos de ciencia ficción que Ludwig publicó en su colorido sitio web. Trató de unir en mi pensamiento esas fábulas ingenuas con su presencia de ingeniero, músico, inventor, amante, asesino y suicida. En “Informe de un extraterrestre”, tal vez su último relato, Ludwig escribió: “Se terminó por ahora el informe. Se me acabó el tiempo que puedo permanecer en este sistema solar. Ya comencé a cargar los condensadores hiperespaciales. Estoy contento de dejar este planeta incomprensible.”///PACO