Todo niño sensible sabrá de lo que estamos hablando

 Captura de pantalla 2014-04-18 a la(s) 23.36.41Por Noelia Fernández

Toque de queda, Jesse Ball. La Bestia Equilátera / novela / 224 páginas

Jesse Ball (Nueva York, 1978) garabatea en servilletas animalitos y diversos personajes, muchos de ellos vestidos con trajes de época, y las sube a su página en Tumblr. Es, además de dibujante, poeta y novelista. Lo que podría decirse, un alma sensible. En su nueva novela Ball imagina y construye con esa misma sensibilidad el mundo que habitan los dos protagonistas de este relato. El ex violinista William Drysdale y Molly, su hijita muda de nueve años, viven en una ciudad, un país sin identificar, gobernado por un Estado invisible y totalitario. Se prohíbe la músicay los fines de semana son abolidos. Las fuerzas de represión no llevan uniforme ni insignias, el toque de queda por las noches está implícito, no hay decreto escrito ni papel para legitimarlo. William no tiene otra opción más que buscar otro oficio menos estigmatizado, como “escritor” de epitafios para el fabricante de lápidas de la ciudad.

Toque de queda se devora de un bocado, sus capitulitos a veces son únicamente pequeños apartados o escenas, algunas reflexiones del narrador (siempre con un tinte existencialista) se intercalan con el desarrollo de la historia. Una historia que está impregnada de ternura pero al mismo tiempo está sumergida en una atmósfera pesada y oscura. Una estrellita es la marca gráfica para indicar las intervenciones con señas de Molly, una especie de Mafalda gringa, inteligente y perceptiva. Padre e hija tratan de mantenerse ajenos a una realidad bastante cruda en la intimidad del hogar, sus juegos y la profundidad de sus charlas no solo contrastan con lo adverso de sus circunstancias sino que además evidencian cuan fuerte es el vínculo que los une.

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Jesse Ball utiliza dos recursos muy interesantes en la construcción de su novela. Por un lado juega con el tamaño de la tipografía para resaltar momentos de suma tensión o de cierta relevancia, algo propio quizás de su faceta de poeta. En segundo lugar, los voceros de la parte más amarga de la historia serán títeres, un zorro, una ratoncita, papá, mamá, nena. Como el asesinato en clave animé en Kill Bill o una fábula de Esopo, los animales trataran de explicarnos cómo era la vida antes del toque de queda que titula al libro, a través de una obra de la autoría de Molly.

La línea que divide lo sensible de lo sensiblero es delgada. Y es muy fácil caer en el cliché del indie melanco, de las Zooey Deschanel y los Jason Schwartzman que se refugian de un mundo hostil y que hicieron de The Catcher in the Rye un estandarte. Toque de queda hace equilibrio en esa cuerda floja y resulta airoso, a pesar de que algunas líneas puedan empalagar al lector. Desde ya William no ideará epitafios del tipo “Esposa y madre ejemplar” sino que los suyos serán pequeñas formas literarias, entre bio de Twitter y aforismo de Narosky. No obstante, es una novela que se disfruta, que se lee en muy poco tiempo porque no tiene grandes artificios. Es sintético, simple pero no por ello menos poético. Y el final sorprende, inquieta. Es el chorro de vinagre necesario para dejar atrás cualquier rastro edulcorado.///PACO