Londres

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Por Fernando Sdrigotti / @f_sd

“No hay ciudad en el mundo más apta para alejarse de la gente y entrenarse en la soledad que Londres. La forma de vida, las distancias, el clima, la multitud misma … junto con la ausencia de distracciones continentales producen el mismo efecto,” escribe el ruso Alexander Herzen en 1852. Patrick Keiller rescata estas impresiones en London de 1992 y las pone en boca de un narrador, mientras por la pantalla desfilan imágenes del Victoria Embankment, el Savoy, algunos puentes, un poco de flema inglesa, la parte opulenta de la ciudad. La London de Keiller es –como en Herzen– una metrópolis garca, donde la soledad del individuo es solo una minucia más en una historia de intrigas políticas, pompa, y utilitarismo. La Londres de Keiller es la Londres del pos-thatcherismo temprano: una Londres que contra el sentido común y ante la ausencia de una oposición seria sigue votando Tory.

Veintidós años después de Keiller, ciento sesenta y dos después de Herzen, se puede decir lo mismo: Londres es hoy una ciudad amarreta. Una ciudad que facilita la soledad, perderse, desaparecer. Sin embargo, a diferencia de la Londres de Herzen y la de Keiller, la desaparición hoy en día es también política urbana, una desaparición colectiva. Londres, desde hace ya algunos años, es escenario de una haussmanización sin boulevares. Ciento cincuenta años después de que París expulsara a los pobres del centro, Londres vive un proceso de urbanismo centrífugo. Lo que durante los primeros años del milenio fuera resultado de las dinámicas propias de una ciudad financiera como Londres es hoy ingeniería social. A través de recortes a los planes sociales de vivienda, la penalización de la pobreza, y sin ningún tipo de freno a la especulación inmobiliaria, la Londres conservadora expulsa, desaparece, borra.

Hasta hace solo unos años unas pocas voces de la prensa de izquierda advertían sobre este proceso. Pero a medida que el efecto dominó fue alcanzando a las capas medias, la prensa liberal y conservadora comenzó a prestar atención. Hoy en día es común leer la palabra gentrification en cualquier periódico británico; incluso el Telegraph se hizo eco recientemente de este problema, sugiriendo que “los pibes ricos están matando a Londres”. Ya no se habla de la diáspora de los pobres –algunos relocalizados tan lejos como Birmingham– sino de la expulsión de profesionales, creativos, artistas, capas medias, en definitiva de un éxodo blanco –gente linda– hacia otras ciudades. Este lamento tardío por la pérdida del derecho a la ciudad es revelador del utilitarismo que predomina en el Reino Unido bajo un gobierno conservador: ya no hablamos de inservibles sino de la desaparición de aquellos que hicieron de Londres lo que es. Como dice el artículo de The Telegraph: “la gente cool”.

Una casa en Londres es tres veces más cara que en el resto del país y la brecha se sigue ensanchando. Los impuestos inmobiliarios son relativamente bajos, y solo se pagan en las viviendas habitadas. El squatting de viviendas residenciales está criminalizado desde septiembre del 2012. En un momento en el que los intereses bancarios son paupérrimos, poner la guita en ladrillos en Londres es una inversión a prueba de idiotas. Particularmente en barrios chetos como South Kensington o Chelsea es posible encontrarse con manzanas enteras de casas vacías –Londres es una gran caja de seguridad a cielo abierto. La pregunta es qué sucede con una ciudad cuando se la trata como una Mecca de inversiones y no un lugar habitable.

Las mentes más distópicas imaginan una Londres fantasma. Las más realistas una ciudad en crisis debido a la ausencia de baristas y limpia-baños. Más allá del futuro, el presente pone en evidencia una Londres que poco a poco se va convirtiendo en parque temático yuppie, donde los pubs de barrio se convierten en gastropubs, los locales de comida orgánica reemplazan los fish and chips, y los tipos de traje y corbata a los grasas/////PACO