¿Qué es la violencia?

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Por Mavrakis

I
La frase que le atribuyen a Esquilo —la primera víctima de una guerra es la verdad— es falsa. La primera víctima de la guerra es aquel al otro lado de las armas. De hecho, para quienes reciben sobre sus cuerpos la violencia material de la guerra, la verdad acerca de la naturaleza del mundo y aquello que lo habita se multiplica segundo a segundo, explosión a explosión. La guerra llena todo de verdades. Y no son verdades agradables. ¿Pero quién dijo que la verdad tuviera que serlo?

Para Velibor Čolić (Bosnia, 1964), esa proliferación se transformó en Los bosnios (Periférica, 2013), un libro cuya prosa sobrevuela la experiencia directa en el campo de batalla en la guerra político-religiosa de los Balcanes en los años noventa. Articulado sobre un mosaico de piezas breves, la trama de Los bosnios es una sola: la violencia. No la violencia simbólica del lenguaje, ni la violencia cultural de las convenciones o la violencia social de ninguna hegemonía. La violencia de Čolić es la más simple y la más atávica, la violencia más allá de cualquier pronunciamiento en contra o a favor: “El 17 de mayo, cuando el ejército serbio entró definitivamente en Modriča, el gitano Ibro se negó a huir, pese a ser musulmán. No mostraron piedad alguna con él. Los soldados serbios le cortaron el cuello, como a su mujer y a su hijo y, como en tiempos de los turcos, plantaron las cabezas sobre las estacas de la empalizada que rodeaba la casa. Según nos contaron los testigos, en el patio había, sobre la mesa, una botella de raki y café recién hecho. Para dar la bienvenida a los militares, si venían”.

Buena parte de Los Bosnios podría viajar en el tiempo y el espacio, amoldarse a la época y confundirse con las escenas más gore de la Ilíada —”el divino Aquiles acertó a darle con la lanza en medio de la cabeza, cuando arremetía contra Ifitión Otrintida, y se la dividió en dos partes”—, pero aún así el eco homérico no es más que uno de ficción. Ahora bien, como Homero, Čolić también es escritor y por lo tanto también tiene y ejerce una imaginación: algunos de sus relatos, aclara, se basan en testimonios ajenos; pero la mayoría dependen de la precisión de su uso del lenguaje como herramienta para superar la simple foto turística (Velibor Čolić es un soldado, no un cronista) y hacer de su estética una instancia capaz de dotar con significados propios algo que se le recuerda al lector que ha pasado en serio. A diferencia de Homero, Čolić no trabaja con mitos ni épicas. La violencia de Los bosnios tiene otro correlato: la frontera final del lenguaje y los muertos dejados al paso. La historia de Adem, por ejemplo, es la de un lisiado que vivía con su madre. Termina así: “Por primera vez en su vida, Adem estaba erguido. Estaba de pie contra la pared de su casa natal, empalado en una estaca. Le habían roto la columna vertebral para enderezarla (Modriča, Bosnia-Herzegovina, mayo de 1992)”.

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II
¿Pero qué es la violencia? A la literatura, que consiste en pensar, imaginar y escribir, esa cuestión le corresponde desde la pregunta por la representación. Entonces, ¿cómo funciona y cuál es el lenguaje que da forma a la representación literaria de la violencia? Reducir la obra de Velibor Čolić —que huyó de Bosnia a Francia— a la simple denuncia humanitaria sería ingenuo. Como literatura, Los bosnios no es un grito de indignación —y uno consecuente y nada exigente, además— sino la representación de una verdad más allá de las palabras. Ningún gran autor a lo largo de ninguna época fue indiferente a esta cuestión. Y aunque Cervantes también puso a reflexionar a Don Quijote al respecto —”todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso”—, y Martin Amis fusionó en varias de sus novelas la idea de violencia con la masculinidad y el poder —e incluso narró de manera inversa, para hacerla inteligible, la violencia del Holocausto—, pocos contemporáneos son más relevantes en la materia como el norteamericano Cormac McCarthy. “Lo que los hombres piensen sobre la guerra no hace la diferencia, dijo el juez. La guerra perdura. Es como preguntar a los hombres qué piensan sobre las piedras. La guerra siempre estuvo. Antes que estuviera el hombre, la guerra estuvo esperando. Es como ha sido y como será. Esa es la manera y no hay otra”, escribe en Meridiano de sangre, cuya versión en el cine todavía se considera improbable por la manera en que McCarthy sostiene siempre alta la marea de genocidio, violaciones, sangre y destrucción en su visión del Viejo Oeste.

¿Pero qué es la exactamente la violencia? ¿La fuerza más allá de las restricciones de la ley? ¿Existe en la violencia un componente moral? ¿Tiene sentido pensar una violencia “buena” o “mala”? El filósofo Slavoj Žižek dedicó algunas ideas útiles a la literatura en sus ensayos Sobre la violencia (Paidós, 2009). En “el falso sentido de urgencia que domina el discurso humanitario progresista sobre la violencia”, explica Žižek, en el que “la abstracción y la pseudoconcreción gráfica coexisten en la representación de la escena de violencia contra mujeres, negros, vagabundos, gays, etcétera”, resulta no haber más que una actitud contemplativa. ¿Y si la violencia es, en realidad, la eliminación del pensamiento? ¿Cuál es el efecto instantáneo derivado de propagar la urgencia de una acción ante la violencia? La ausencia —documentada en buena parte de la literatura “de denuncia” sobre los temas sociales de moda— de un tiempo y un lenguaje que permita reflexionar. “Cuando nos vemos abrumados por tantas imágenes y representaciones mediáticas de la violencia”, dice Žižek, lo que realmente exige coraje no es indignarse, pronunciarse en contra o actuar contra la violencia, sino “aprender qué causa esta violencia”.

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III
Pensado como lenguaje más allá de la contemplación o el rechazo, la buena literatura puede funcionar no solo como representación sino incluso como herramienta para interrogar los significados de la violencia. Ante el dolor de los demás, el lenguaje puede ser más que un grito correcto. En la novela de J. M. Coetzee Desgracia, por ejemplo, la cruda escena de violación de una mujer blanca en Sudáfrica es también la representación del ocaso de una supremacía colonial, de un legado familiar e incluso la “reducción hipertrófica de su identidad humana a una definición sexual”, como escribió el propio autor. En Leyenda de un suicida, de David Vann, el tono frío y sádico de la cacería y la muerte de un ciervo se transforma en una escena profunda del vínculo con un padre ya ausente: “El momento en que se mata algo grande, otro mamífero, algo que puede sentirse individual, ese momento no tiene comparación. Se lo puede llamar como quieras —brutal, incorrecto, irresistible, natural, innatural— pero yo lo sentí como algo salido de Faulkner, el calor de la sangre y la pertenencia, el amor por mi padre. Fue el momento más grande de mi vida, el momento de ser probado”. ¿Qué tan obtuso e irreflexivo sería leerlas apenas como misoginia patriarcal o provocaciones contra la conciencia ambientalista?

Por otro lado, ¿qué tan ingenuo sería creer realmente que la denuncia de la violencia, bien o mal representada, articulada sobre ideas u oportunismos, podría terminar y resolver para siempre la violencia? Hay otra verdad sobre la violencia: la violencia es tan humana como la paz. Y no hace falta precisamente ser escritor para saberlo.

A partir de la guerra global contra el terrorismo iniciada en 2001, Martin Amis exploró el asunto: “Todas las religiones son violentas; y todas las ideologías son violentas. Hasta el occidentalismo, tan impecablemente blando, lleva violencia en su seno. Y ello es porque cualquier sistema de creencias entraña un grado de ilusión, y por tanto no puede defenderse solo con la razón. Cuando se le desafía, o se ofende, la respuesta de los creyentes es hormonal; y la confrontación subsiguiente será entre un cerebro y un intrincado inextricable de glándulas”, escribe en El segundo avión.

No está mal añadir que un “sistema de creencias” se extiende a cuestiones tan vitales e ilusorias como las identidades políticas y económicas, las multiformes y conflictivas redes del deseo y la sexualidad, los órdenes institucionales y las leyes, y que ninguna de estas resuelven con absoluta astucia —en sí mismas ni entre ellas— las espirales de la experiencia humana.

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IV
Entonces, ¿qué es la violencia? ¿Qué dicen las formas de representación literaria de la violencia? En primer lugar, como cualquiera que haya ojeado La Biblia sabe, que es uno de los tópicos más antiguos del lenguaje (y que enfrente y en idéntica proporción, a lo largo del mismo tiempo y del mismo espacio, está su opuesto: el entendimiento y el amor). En segundo lugar, que donde haya una representación seria y reflexiva de la violencia será más probable disfrutar de una literatura más relevante que la que se propone al sol de las formas facilistas de representación y los comunes denominadores mínimos del repudio. Al fin y al cabo, ni los criminales más violentos de la historia necesitan alguien que les diga que la violencia es indeseable.

Por su lado, la violencia en sí misma no dice nada (la violencia consiste en no decir nada). A lo que corresponde decir algo sobre la violencia es al lenguaje. En El inocente, Ian McEwan tiene una historia útil: “¿Qué ocurre cuando alguien se va solo para tener un momento de intimidad? Cuando ve venir a un leopardo, sabe algo que los otros no saben. Tiene algo que ellos no tienen, tiene un secreto, y éste es el comienzo de su individualidad, de su conciencia. Si quiere compartir su secreto y correr por el sendero para advertir a los otros, entonces va a tener que inventar el lenguaje. De ahí nace la posibilidad de la cultura”.

Ninguna literatura va a resolver la violencia. Pero alguna literatura se presta más que otra a recordar para qué sirven la individualidad, la conciencia y la intimidad. Para qué sirve la cultura. Y antes o después de la niebla de la guerra que fuere, esa literatura va a ser importante para pensar con un lenguaje propio las causas de la violencia////PACO