Psiquiatra al diván

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Por Pablo E. Chacón

En tres horas y media tengo una primera entrevista con una analista. Lacaniana (eso espero). Será la quinta o sexta vez que traspase la puerta del consultorio de un analista. En tres casos, la cosa duró más de tres años. Podría decirse que funcionó. Pero no podría más que conjeturar sobre las causas por las que dejó de funcionar o no funcionó nunca. Si vas una vez y no anda o salís diciendo esto no es, bueno, puede que se trate de una cuestión de estilo -no sólo discursivo: un cuadro que no te gusta, un gesto impostado, un perro que ladra, por supuesto, la voz, chillona, cualquier cosa incluye una sensación y la seguridad de que no va a andar, hasta el alivio de haber salido de ahí. En el otro caso es más complicado. Y excusarse bajo tecnicismos, transferencia negativa, resistencia, desaparición del síntoma, demanda encubierta, es una manera de salir del apuro aunque estrictamente no sea eso y pasen los años y siga resultando inexplicable y sin embargo se insista porque a uno ni las iglesias le sirven, ni los grupos de autoayuda, ni los evangelistas ni los conductistas porque echado al mundo se sabe que lo que angustia, lo que ataca con una violencia casi primitiva quizá pueda dominarse un tiempo con un placebo pero -también se sabe- que esa angustia, cuando retorne, incluso bajo otra envoltura formal, será insoportable. Así que más vale ir a fondo. Esos análisis que al cabo de los años dejaron de producir efecto o expulsaron, ¿podrían pensarse bajo ese modelo? Es una tentación histérica, sin suelo. El análisis es un viaje al saber, no es una reparación histórica o no es solamente una reparación histórica. Puedo decir ahora que miro con cierta envidia a aquellos que terminaron un análisis, se hayan convertido o no en analistas. Pero acaso mi caso sea el de uno que no es analista porque no terminó ningún análisis.

Esta introducción facilita un comentario, el que quería hacer. El de la experiencia con un psiquiatra, bestia negra desde mi juventud, alimentada por las lecturas de Ronald Laing, David Cooper y toda la contracultura hippie inglesa y el consumo de alucinógenos de diversa gama en la Argentina y en el extranjero. Y reforzada, por supuesto, cuando me puse a estudiar seriamente a Jacques Lacan y a su prole. El psiquiatra, operador de la industria farmacéutica. El que te ata a la cama. El psiquiatra de Macri. El que inventa la bipolaridad de Cristina Fernández de Kirchner. El que piensa (no piensa) más que en cálculos y algoritmos. El que cree que todo o casi todo se trata de déficits bioquímicos u hormonales o que es cuestión de sinapsis que se producen o de recaptar moléculas de serotonina para cambiar el humor de la víctima.

A ese tipo tuve que acudir (acudo, en rigor) cuando a los meses de volver a Mar del Plata después de estar más de veinticinco años afuera, encontré una hostilidad creciente entre algunos familiares, algunos viejos amigos, algunas mujeres -considerando sus pedidos, que nunca debí atender. Creo que debe preceder a estas notas el hecho de una operación al corazón de mediados del 2010, un problema valvular congénito. La dilatación del corazón obligaba a una intervención a cielo abierto, y la garantía de zafar, dos contra ocho, después de nueve horas en el quirófano y una serie de medicamentos y de prohibiciones de por vida. Luego, cumplir lo pactado y deshacer una relación a la que me aferré como un náufrago a una tabla. Luego, una soledad inmensa. Si hay un antes y un después, es esto. Esto es una angustia indecible. Así que fui al psiquiatra.

Porque me derrumbé varias veces. Porque la insatisfacción permanente no ayuda. Porque las chicas de alquiler son chicas de alquiler. Porque el psiquiatra trabaja con psicoterapeutas (pero voy a ver a una analista). Porque el derivado de la fluoxetina que tomo no tiene efectos secundarios pero sí tuvo efectos sugestivos. Porque si el análisis funciona, y verifico que los efectos sólo son sugestivos, le daré la mano al psiquiatra, dejaré el escitalopram y me quedaré sólo con el rivotril, la escritura, la bicicleta y la soledad. Por ahora. Y será un paso gigantesco////PACO