Club de la pelea

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Por lo general, la primera reacción de un animal frustrado

es intentar alcanzar su objetivo con más fuerza que antes.
Las partículas elementales, Michel Houellebecq

¿Existe alguna filosofía moral de la ficción? Cuando creo un personaje y le hago pasar
por ciertas horribles pruebas, ¿qué es lo que pretendo hacer, desde el punto de vista ético?
El responsable soy yo. Es una cosa que a veces siento con gran intensidad…
Dinero, Martin Amis

 

Por Paula Puebla / @pepuebla

Por lo general, la agenda mediática tiende sobre su mesa de espejo los temas de actualidad con una ignorancia y una efervescencia dignas de un cotolengo. Periodistas y opinólogos se sientan ante la cámara y hacen un análisis de situación como quien habla de la adicción o el affaire del famoso de turno. Nunca, por lo menos en los últimos años de tardokirchnerismo, el tratamiento del conflicto social se ha entablado de manera sólida con conocimiento de causa. Hace algunos días, con los trágicos eventos del linchamientos como forma primitiva de ajusticiamiento, se ha escuchado hasta el cansancio hablar de violencia, sin siquiera plantear los interrogantes correctos. Nadie pregunta y poco se discute qué es la violencia y por qué razones se suscita. En los diarios cuesta encontrar reflexiones sensatas, en la tele directamente se parte de una base tan baja que hay que explicarle al espectador que matar está mal, que linchar está mal.

Lo primero que cabe preguntarse es qué es la violencia. En primera instancia es la desviación nociva y patológica de la agresividad -una energía básica, vital y presente en todos y cada uno de nosotros-; es el uso de la fuerza y el abuso que apela a establecer mecanismos de sometimiento y aniquilación del otro, cualquiera sea el motivo, con la única intención de corromper el balance supuesto equitativo e imponer una relación de dominado y dominante. Ni más ni menos, es otra de las tantas formas de luchar por el poder en relación a diferentes e infinidad de intereses. ¿Quién es el que manda? El que tiene el poder y, por supuesto, vale preguntarse, para este y todos los casos, ¿quién quiere cederlo cuando se lo tiene entre las manos? Amén de los incidentes de los pasados días, sobre el que mucha gente se mostró horrorizada y avergonzada, se me plantearon algunas preguntas que tienen que ver con nuestra realidad virtual. ¿Qué sucede cuando la violencia deja de ser analógica? ¿Qué sucede cuando ya no hay cuerpos ni carne para golpear, linchar o matar? ¿Adónde va a parar ese anhelo de poder?

Podemos encontrar en YouTube The pervert’s guide to cinema, una película del grandioso Slavoj Zizek, en el cual nos lleva como ganado a través de un discurso didáctico a reflexionar sobre variedad de temas atravesando películas contemporáneas: una especie de bajada a tierra psico-filosófica para los que no somos ni expertos ni brillantes como él. Elabora un entretejido sobre la complejidad de los universos de lo real, lo simbólico y lo virtual. Es más que interesante y nutritivo el fragmento donde posa el bisturí sobre la ya mítica Matrix para hacer colisionar el binomio realidad versus virtualidad. Con la excusa alegórica de los video games para definir, contextualizar y separar lo virtual de lo que entendemos como lo real, Zizek nos plantea varios interrogantes pero se centra en un dilema de tipo existencial, en la crisis de identidad por la que el sistema nos ha doblegado. Amén de su peculiar dicción, el eslavo pone la lupa sobre esta instancia virtual, esta dimensión llena de elementos fantasmáticos que nos ayudan a ficcionalizarnos, que nos dan la oportunidad entre divina e ilusoria de convertirnos en otros, aunque sea por el rato en el que estemos enchufados. Separando las meras cuestiones lúdicas propia de los video juegos, ¿por qué necesitamos ese suplemento virtual donde depositar nuestra libido y, quién, en tal caso, necesita la energía de quién? ¿Quién le da vida a quién?

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En las últimas dos décadas esta ampliación del campo de batalla ha instaurado la mudanza paulatina del mundo corpóreo a este inabarcable universo al que llamamos internet. Desde ya, y como ha sucedido en todas y cada una de las revoluciones, el mundo es otro desde que el imperio de la informática se abrió paso. La vida virtual tiene de todo y para todos, es igualadora: ingobernable e indómita, irreverente, donde las únicas leyes que rigen son parciales y endebles y mayoritariamente priman las subjetividades y los límites morales de cada usuario. A pesar de esta nueva dimensión anárquica de ceros y unos, sin amos ni soberanos, donde uno supondría paz, amor y libertad, los conflictos existen cada vez con más frecuencia y fervor. Esta maquinaria se nos presenta como trinchera:un espacio ambivalente de ataque y protección, la guerra escudada por el hardware.

La ausencia de marcos y estructuras se conforma a sí misma con una laxitud envolvente y poderosa, donde cada uno de nosotros se muestra de la manera que quiere. Nos convertimos en representaciones, acercándonos en mayor o menor medida a nuestro yo real, amparados por el anonimato,  el doble filo de lo inmaterial, tal vez la soñada cereza del postre de la virtualidad. En esta puesta en escena, cada uno puede decidir quién es, cómo es, de dónde es y a qué se dedica.  Elegimos las fotos, nuestros nombres reales, motes o alter egos. Hay de todo. Internet es el edén de los sueños, el espacio alegórico de nuestro inconsciente, el ideal de ventana al mundo; es la pantalla de la catarsis donde una vez más lo público y lo privado se desarticula y el deseo establece un nuevo orden sobre el territorio del self. Pero ante todo, internet le da carta blanca a nuestra realidad. Es el territorio de la impunidad. Este nuevo tipo de construcción del yo, legitimado por la desinhibición y la desfachatez de la pantalla y emparentado de sangre con la crisis identitaria actual, conforma a su vez una sociedad virtual camaleónica; conjuntos y subconjuntos de usuarios que se conforman en batallones y se extienden rizomáticamente a lo largo y a lo ancho de las redes sociales. En este libre espacio donde reina el falso espíritu de la igualdad y la sensación de democratización discursiva, las manifestaciones de violencia se adaptan al formato conveniente y se vuelven explosivas.

Estas son tierra de nadie, acá no existen las reglas, por lo tanto ningún golpe es lo suficientemente bajo. En lo instantáneo de los intercambios y ante cualquier conflicto, noticia polémica o cruce de opiniones, estos grupos virtuales se polarizan y la violencia se vuelve una causa común entre aliados, fanáticos y detractores, lovers y haters. Luchas libres sin un propósito esencialmente claro. ¿Se puede ganar una discusión en una red social?¿O será que es como dicen: “pelear en internet es como participar de las olimpíadas especiales: aunque ganes, seguís siendo un retardado”? En este marco son varias las figuras que se pueden diferenciar. Twitter, por ejemplo, ha sido y seguirá siendo escenario principal de idas y venidas, colisiones y estallidos de ponzoña, con el agravante de la compresión en puñales cortos de 140 caracteres. El nuevo viejo mano a mano donde la idea de parar la pelota para pensar queda totalmente fuera de juego.

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Mientras hay valientes que insultan y ofenden con la potencia de la impotencia, con algo de sagacidad y hasta sentido del humor, también existen los guerreros de segunda línea, aquellos que no tienen la inventiva de los primeros y que simplemente adhieren, favean y dan su RT por la causa. ¿Qué vale esa sensación de pertenencia?¿Cuál es el límite de estos animales frustrados?¿Qué los lleva a formar parte de este decadente club de la pelea? Hemos llegado a ese punto de susceptibilidad y embrutecimiento simultáneo donde ofendemos y nos sentimos ofendidos con la misma facilidad, con la fuerza inexistente de un RT. En cuestión de horas, un tweet, una foto o un video puede llegar a trending topic, el tema candente sobre el cual todos creen que tienen voz, voto y autoridad moral para opinar, aunque sea la nada o la idiotez más vacía de contenido. Muchas veces son los indignados, los tarjeteros de la ira, conforman el enigmático caso de los obedientes militantes del enojo que forjó el otro. Se transforman en bots reaccionarios llenos de veneno con la fuerza expansiva  y se nutren del alimento balanceado de las fuerzas más inmaduras y polarizadas. Los indignados, los hijos bobos del copy paste.

El famoso bullying -aquel que en primera instancia tomaba lugar en las escuelas- no se ha ausentado en el ciberterritorio. Los bullies, por lo general, son aquellos que atacan y cuya principal estrategia es ganar por cansancio, con constancia y devoción, tal como Rocky Balboa ganaba sus peleas. Con mucha calle y un tórax de acero, agotando al oponente para así poder embestir y levantar los guantes. No deberíamos dejar afuera, al rol que ocupan los fascinantes trolls, cuyo ánimo único es el de la provocación. ¿Para qué? Para empobrecer o alborotar el curso de un intercambio por el simple hecho de una búsqueda de placer. Se meten a embarrar la cancha por vanidad, para arengar y crear una pelea; son la fuerza desestabilizadora enferma de debilidad intelectual. Y grandiosos aquellos que, a fuerza de emoción violenta y colosal impotencia, llegan a convertirse en sus propios depredadores. En este contexto donde cada internauta se debate a cada instante entre la fortaleza virtual y la vulnerabilidad de su realidad, las susceptibilidades sobrevuelan nuestras cabezas y cada encrucijada en la red tiene cierto aroma a un porno ATP. Hay varios lugares que ocupar y, en el mejor de los casos, vos decidís donde querés pararte. En el peor de los casos, queda claro, tus emociones elegirán por vos.

En Fight Club se puede leer sin inconvenientes y en espejo el límite entre las personalidades sociales y anti-sociales. El narrador es Edward Norton, un trabajador promedio -ni más ni menos que un white collar americano- cuya vida sumida en el pozo de la desidia y la depresión posmoderna se enfrenta cara a cara con su debate interno: quedarse en su jaula o huir en libertad. Brad Pitt es la carne motivadora, los caballos de fuerza que a los golpes le hacen sentir la vida a través del goce del dolor. Tyler Durden representa el desdoblamiento de la personalidad, de los deseos más básicos y primitivos del triste e insatisfecho robot ciudadano. Tyler es nuestra crisis identitaria. ¿Quién es nuestro verdadero self, nuestro verdadero yo?

¿Qué pasaría si internet dejase de funcionar?¿Qué pasaría si enchufar y desenchufar el módem madre no sirviese de nada? Muchas veces me hago la pregunta imposible, cómo sería el retorno a la vida real. Por supuesto me cuesta imaginarlo y para todos sería apocalíptico, quizás la nueva concepción del fin del mundo, la desdigitalización de la vida, el caos. Cabe preguntárselo cada tanto y reflexionar, hacer un ejercicio de conducta ciudadana: ¿Le gritarías en la cara “ojalá te mueras de cáncer” en el ascensor a tu vecina? ¿Le dirías al mejor amigo de tu hijo “por putitos como vos existe el sida”? ¿Me dirías “puta abortera” mirándome a los ojos? ¿Te pararías a grabar con tu celular mientras linchan a otro? ¿Arengarías o mirarías para otro lado? ¿Qué pasaría con nuestra identidad? ¿Cuál sería el Tyler Durden que elegirías? Estamos a un botón de averiguarlo, a un minúsculo power off de encontrar la respuesta a una pregunta necesariamente ontológica. Apagá la compu, salí a la calle y preguntate quién sos////PACO

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