Rumanos

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Por Alejandro di Marzio

Hacía poco más de un mes que había llegado a la ciudad de Bergen con la intención de emprender una nueva vida. En ese periodo de tiempo descubrí que Noruega me resultaba familiar, lo cual justifiqué por el hecho de haber vivido casi siete años en Reykjavik. Supuse que Escandinavia mantenía, por llamarlo de alguna manera, la misma vibración. Después conocí a un chico noruego y me dijo que Islandia no formaba parte de Escandinavia. El chico se llamaba Jon y era el encargado del Robin Hood, una especie de centro de asistencia social que quedaba en el centro de Bergen.

En el Robin Hood se podía tomar café gratis y usar las computadoras con conexión a Internet; también daban almuerzo tres días a la semana para generar (como me informara Jon) integración entre los diversos colectivos étnicos y culturales que al parecer pululaban por toda Noruega. Cuando Jon me dijo “Damos los almuerzos para generar integración”, casi me río en su cara; pero no lo hice. En el Robin Hood me di cuenta que el colectivo étnico más amplio y problemático de toda Noruega era el rumano. De hecho, el Robin Hood podía pasar como una especie de consulado rumano o algo por el estilo.

Esa misma semana, volvía en autobús del laburo y me puse a charlar con el chofer. Me dijo que “El era noruego del norte” y que los islandeses en general “eran personas ingenuas”. Después me pregunto que hacía o a qué me dedicaba, y cuando le dije que venía de limpiar un jardín de infantes pero que mi trabajo era escribir, desvío la vista de la ruta para mirarme a los ojos y reírse a carcajadas. A continuación me dijo que él también escribía, pero que escribía guiones de cine, y cuando terminó de decir la palabra cine, su risa había desaparecido por completo de su rostro. Luego nos quedamos como diez minutos callados, él mirando los autos para no tragárselos y yo mirando la lluvia.

Al llegar a mi casa me di una ducha de agua hirviendo intentando sacarme toda la humedad de una ciudad en la que llueve gran parte del año; su récord sin dejar de llover, según wikipedia es de 80 días; y a un mes de haber llegado a Bergen, me costaba imaginar la idea de una vida pasada por agua. Pero recordé que en su momento también me había costado hacerme la idea de vivir en un país con meses completos de día y meses completos de noche y sin embargo, venía de vivir en Islandia por al menos seis años. La vida va sola, me dije por enésima vez. Argentina, Italia, España, Islandia, y ahora Noruega; luego le dije al espejo del baño ¿para qué? “Supongo que para ganar a veces hay que perder”, “¿ganar y perder que?” “Supongo que ahora y con coronas noruegas podré comprar momentos de sol llegado el caso” “Supongo que las almas y las distancias son iguales de transparentes a cómo yo me siento ahora”. Y cuando terminé de hablar, me observé de pie y desnudo frente al espejo empañado y sentí lástima por mí mismo y después mucha bronca, una bronca que me decía, “ey, pedazo de nabo, déjate de decir boludeces que nada es realmente tan importante salvo la tapa arriba.” Y recuerdo que al terminar la última frase me imaginé muerto, dentro de un ataúd cerrado y en medio de un agujero negro. Y al volver a mirarme al espejo descubrí que el vapor había desaparecido casi por completo y pude mirarme detenidamente los ojos.

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¿Y los rumanos? ¿Y los rumanos dónde carajo los meto? Había prometido escribir sobre rumanos pero no me sale nada, y juro que tengo historias de rumanos, pero no me hace bien en estos momentos volver a ellas. Pero tengo una pequeña historia escrita, la copio y la pego, acá abajo por ejemplo. Pero primero una introducción aclaratoria que creo importante: en Rumania, viven aproximadamente mas de tres millones de gitanos rumanos.

¿Quién es quién, en definitiva, en esta macroputa sociedad global en la que interactuamos? ¿Quién lo sabe? Yo, al menos, no lo sé. Aclaro este punto por dos cuestiones que creo importantes. La primera, es que he conocido a más de un rumano alegándome que la imagen rumana había quedado hecha pelota a causa de los gitanos. Recuerdo que al escuchar ese planteamiento, siempre pensaba lo mismo: ¿son rumanos? ¿son gitanos? ¿son rumanos gitanos? ¿qué mierda son? Luego recordaba los años de universidad, sociología, culturas , subculturas, todas teorías fijas, que luego del exilio y para mí, habían pasado a constituirse sino en gansadas en algo menos atractivo. Este hecho, vale decirlo y por ejemplo, luego de haber presenciado paulatinamente como todo un barrio alicantino (una urbanización) hasta el momento habitado por gitanos españoles se viera reprimido y ciertamente desplazado por un nuevo colectivo de inmigrantes rumanos (que también eran gitanos). Estos últimos, al parecer, eran mucho más violentos, además de poner a secar pescado en los tendederos de los balcones, meter una que otra oveja en alguna habitación y vender, literalmente, a alguna de sus hijas menores).

Bergen.

Hacía unos meses me había enterado de la existencia de un alojamiento gratuito que decía así, en varios idiomas, “ALOJAMIENTO DE EMERGENCIA PARA GENTE POBRE”. Definitivamente, yo cuadraba en ese rotulo. Ahí fui, luego llamar por teléfono para inscribirme. Entre las 18 y 20 hs, era necesario inscribirte previamente y una vez inscripto, someterse al estricto orden de entrada al albergue que iniciaba a las 22 y concluía a las 24hs. Una vez dentro, por lo que me habían informado, no podías salir o si salías, no volvías a entrar. Sebastian, el encargado del albergue, anticipó por teléfono lo que luego representaría en persona, un tipo voluntarioso y esperanzado, un neosamaritano posmoderno.

Sebastian me informó que podía pasar por esta vez el trámite de inscripción y que me dirigiera diréctamente al albergue a eso de las 22; yo salía del trabajo a las 21 30 hs. tiempo suficiente para deshacerme de mi costosa maleta (aunque comprada a dos mangos en un rastro) en un tacho de basura previo dejar mis prendas personales apiñadas como arena dentro de mi locker laboral. La valija no entraba en el locker, y una de las mozas o camareras chinas del restaurante chino de al lado donde yo trabajaba (donde compartíamos vestuario ) comenzó a entrar deliberadamente una y otra vez al cambiador, haciendo que iba a orinar cuando no lo hacia (por el ruido del pis que no caía, por el margen mínimo de tiempo para hacer otra cosa), deleitándose asombrada al observar mi maleta asomandose por el looker que no cerraba, sonriéndome sin sonreír para luego marcharse y repetir, como decirlo, psicóticamente la escena. La china me puso más paranoico de lo que soy. Intenté leer sus pensamientos y me vi a mi mismo con mi realidad de homeless y no me dio vergüenza pero si mucha bronca que la puta valija no entrara por completo (por no mas de 5 centímetros) a mi único y reducido espacio de propiedad privada, aunque claro está que de propiedad privada nada. En fin, sigo. Metí toda mi ropa en el looker y salí con una maleta llena de aire por la puerta de mi trabajo simulando que estaba llena. Patético, lo sé, pero necesario para no confundir mi único reducto de seguridad (siempre suspensiva, claro) que es mi laburo con un presumible albergue transitorio a manos de pensamientos tercerizados.
La valija fue a parar a la basura y yo fui directo al céntrico “refugio para gente pobre de la iglesia de la poronga de Mahoma”
En la puerta me recibió un seguridad uniformado, me preguntó si me había inscripto, le dije que lo había solucionado telefónicamente; luego vino a recibirme Sebastian, me pidió datos de rutina, me dijo que no era necesario presentar carnet de identidad, pero que por favor ponga mi nombre, mi nacionalidad, los años que tenía y la lengua que hablaba. Luego me leyó las normas del albergue y me pidió las 15 coronas correspondientes; que el servicio no era gratuito. En Noruega, 15 coronas no te alcanzan para un café. Le pregunte el por qué de la suma simbólica, me respondió que en Oslo, ciudad donde el “servicio de alojamiento de emergencia para gente pobre” parecía desbordado, al principio era gratuito, pero había gente que se anotaba para ir a pernoctar y luego no iba. Esa, al menos, es la explicación que me dio el “manager” del incipiente asilo bergenano. Psicología pura.

Sebastian me enganchó un brazalete en mi muñeca izquierda, similar al que te ponen cuando entrás a cualquier festival de música. Luego me dio una tarjeta magnética para el uso del baño y de la ducha y desapareció.
Hacia un día completo que yo estaba sin dormir, por lo tanto, pensé que mi estadía se iba a desarrollar rápidamente, sin ningún problema; pensé: creo que por fin encontré la forma de librarme por un tiempo de pagar el puto alquiler y que mi economía se potencie rápidamente. Pensaba, claro, pero el programa mental, aun no había concluido.
Entré a una habitación mas bien grande, donde había 20 camas; no había mucha gente; entre los que pernoctábamos, había un grupo de espabilados turistas ingleses. Hasta ahí todo en orden. 15 minutos antes de apagar la luz, comenzó la debacle, la tragedia, el zoológico. Entraron al unisono, como una misma masa que simulaba el movimiento organizado y a la vez caótico que ejercen las hormigas o cualquier tipo de insectos rastreros, 10 rumanos. Es una redundancia que diga que hablaban en rumano, lo sé, pero creo que es oportuna la información. Hablaban fuerte y emulaban el comportamiento de las abejas.

El que se acostó arriba de la cama cucheta donde yo pretendía dormir decía, (moviéndose para uno y otro lado hasta el punto de pensar que la cama volcaría): “¡cuánto tiempo que no duermo en una cama! ¡una cama! ¡una cama! haaa, haaa, y así, continuó gritando ( informando) a su colectivo étnico, por al menos 30 minutos, luego se puso a comer (aunque las normas lo prohibían), siempre arriba de la cama y por fin, comenzó a roncar, frenéticamente, al igual que todos los demás rumanos.

Mi sueño desapareció, increíblemente, dentro de la oscuridad que me envolvía. Luego, mi respiración comenzó a tener dificultades, el olor a podrido que me envolvía paso a ser intolerable y luego asfixiante, pero de todos modos y al parecer aun podía llegar a dormirme, pensé, y cuando terminé de pensar eso, sentí el ruido de un chorrito de algo que caía en el piso, no sin antes caer sobre mi brazo que colgaba inerte al borde de la cama. Pegué un salto frenético, similar al que ejercen las langostas y me dirigí, en medio de la oscuridad, a las duchas; me quede en ellas un buen rato, ejerciendo el mismo método higiénico, que supongo, utilizaría un hombre o mujer luego de ser violados.

Luego, al dirigirme a la recepción me di cuenta que Sebastian ya no estaba de encargado. En su lugar, había un noruego, (que yo presumí encargado), aunque al parecer, el que ejercía el mando era un somalí o etíope norueguizado con una especie realmente extraña y diabolica de labio leporino. Su actitud al verme fue marcial, nazi: (este es un dato mas que importante: al verme, me confundió con un huésped del hostal normal que se encuentra en el mismo edificio que “el albergue de emergencia para gente pobre”), pues luego de identificar la cinta en mi mano izquierda, me dijo que ahí no podía estar, que me vuelva al cuarto. Le informe lo sucedido. El africano y el noruego ingresaron en la pieza comunal; la información que traían era que eso que había caído en mi brazo no era meo, era agua o gaseosa. Yo le esgimí la norma de no comer ni beber en la cama, bajaron los hombros, no me respondieron. Luego les formulé que meter a 20 personas que vaya a saber el tiempo que no se bañaban, todas juntas, en una misma pieza sin ventilación era injusto. El africano me respondió que había duchas. Yo presumí su laguna, su ambigüedad, su falta de perspectiva causal en un servicio que tenia que pasar a ser, humana e higienicamente, una normativa. Pensé: Sí, el sol existe, pero ahora es de noche y está lloviendo. Y volví a pensar y les dije que me abrieran la puerta y me dijeron que llovía mucho, que si salía no podía volver a entrar. Yo salí cantando, casi bailando, como en la famosa película.

Las primeras gotas de agua fresca en mi cara quedarán como patente de libertad en mi organismo para todo lo que me resta de vida. Estoy seguro de eso. Luego me prendí un pucho, le hice carpita y me relaje al menos por media hora, tiempo necesario para darme cuenta de mi nuevo escenario. Los albergues comunes en Noruega, no abren de noche, era viernes, los hoteles convencionales, los fines de semana valían el doble, y una habitación simple en cualquier hotel trepaba a casi los 250 euros. Eran las 2 de la mañana. Las estaciones de micros o trenes abrían 7 30 hs, la lluvia nunca paraba, te acariciaba o te escupía pero nunca paraba. A las 9 30 hs abrió el hostel convencional, que ahora que lo pienso, se puede adaptar también al rotulo de “albergue para gente pobre de clase media europea y asiática”.

Lo bueno es la ventana, la luz, una computadora fija ¡y con teclas! Miles Davis en mis oídos, dos cafés, un pucho, la vida, el destino: una mariposa psicológica esquivando gotas de rocío, un gusano embrionando presente por medio del pasado que ya no duele ni nunca dolió, porque respiro, porque existe aventura en toda y cada una de las cosas que se desprenden de la existencia. Solo estar atento, percibirlas, escucharlas: Encuadrar y diagramar el holograma de vida con la única comunión de prismas que existe: la alegría para que el viaje te impregne frescura cerebral, aunque estés pasado por agua y literalmente cagado de frío.

Se me mezclan los nombres, te juro. Pero quedan como especies de energías desprendidas de los cuerpos; energías que flotan y que viajan; ecos de palabras o frases dichas y muertas y que sin embargo sobreviven y perduran en algún lado. Y no sé muy bien si eso es la memoria, si eso que pienso o recuerdo se encuentra fuera o dentro de mi cabeza. Es todo tan real y a la vez tan ilusorio, hermano. Puta metafísica de cerrar los ojos, abrir el pecho como rayo de soles y que todo, absolutamente todo, te chupe un huevo.///PACO