Dos narradores tucumanos

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Por Juan Terranova

(Leído en la presentación de Un pequeño militante del PO de María Lobo y Nadar sin luz de Diego Puig en la librería Eterna Cadencia, el jueves 3 de abril.)

En julio del 2007, entrevistamos con Maximiliano Tomas a Beatriz Sarlo. Ambos trabajábamos en el suplemento Cultura y a él se le ocurrió la entrevista, me la encargó y terminó acompañándome al barrio de Congreso donde Sarlo nos recibió en su estudio. De todo lo que hablamos esa tarde hubo algo que me llamó especialmente la atención. Maxi le preguntó a Sarlo si el crítico debía leer a escritores jóvenes. Sarlo respondió: “En el mundo no está escribiendo Natalie Sarraute, en el mundo no está escribiendo Bernhard, ni Rulfo, ni Onetti. Hay algo del siglo XX que está completamente clausurado. Pero uno no puede esperar a ese mañana, mirando atrás. Hay que leer a los que están escribiendo ahora.”

Un mundo sin Natalie Sarraute, sin Thomas Bernhard, sin Rulfo, sin Onetti. Sarlo suena abatida al decirlo ahora que la leo bastante tiempo después. Casi podríamos decir que suena resignada. Pero, ¿qué es lo que “está completamente clausurado”? Tanto en ese momento como ahora siento que Sarlo está diciendo algo sin decirlo, está insinuando algo. Pero ¿qué? El siglo XX clausurado, ¿qué es lo que se clausura? Los autores responden. Leo que ellos representan para Sarlo algo tan definitivo, determinante y a la vez vaporoso como el estilo. El estilo. Bien. Pero estilo tenemos todos. A nadie se le niega el estilo. ¿Y entonces? Sarlo habla, para ponerlo en otras palabras, del Gran Estilo, de la Gran Artesanía de la Lengua. Dicho rápido, Sarlo nos señalaba en ese ya lejano 2007 que entre los jóvenes, entre los escritores del siglo XXI, no había estilistas preocupados y responsables cultores de la lengua. Los jóvenes –podría haber dicho– tienen otras preocupaciones. Arrogarse el dominio de la palabra, su riqueza, frente a estas otros desafíos literarios, implica declararse dominador y propietario de, quizás, lo más incuestionable y literario de la literatura. Sarraute fue el francés, Bernhard, el más furioso y virtuoso alemán, Rulfo y Onetti, cada uno en su rubro, dos maestros del castellano de América. Luego habrá otros escritores, los que se preocupan por otros temas, por otros asuntos. Pero ellos, estos, los escritores de Sarlo, son la palabra, un idioma completo, el estado del arte.

A siete años de esa tarde de julio en la que fuimos a entrevistar a Sarlo sigo sintiendo una incomodidad muy palpable frente a esta lectura, frente a esa clausura, a la que no dudaré en llamar anal. (Lo siento, Beatriz, no quiero ser escatológico, apenas quizás sí un poco maleducadamente freudiano.) ¿Por qué la incomodidad? Primero por que sí, es verdad, hay un grupo de autores, que se expandió en el siglo XXI y cuya relación con la lengua es entre desganada y lamentable. (Veánse los insufribles cronistas, pero también varios novelistas. Agreguese mi prosa a esa lista ya que, dicha sea la verdad, no puedo excluirme de ese grupo con tanta facilidad como quisiera.) Al mismo tiempo, sin embargo, también hay escritores que continúan la tradición del estilo, del Gran Estilo. Quizás no sean los más explosivos en los medios especializados, quizás no sean los más editados por las editoriales que manejan los grandes aparatos de prensa, quizás no sean los más invitados a los festivales de literatura seudo-prostibularios que se organizan en este país. Pero la clausura de la que hablaba Sarlo no era tal. Era tal vez sí una expresión de deseo, un capital que se defendía, una ligera y perdonable arrogancia de crítico. ¿Por qué digo esto? Porque hoy acá me toca presentar dos primeros libros que vienen a inscribirse en esa tradición que Sarlo cerraba, y vienen a hacerlo desde la plenitud del siglo XXI.

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Un pequeño militante del PO de María Lobo, editado por Pirani Ediciones, y Nadar sin luz de Diego Puig, editado por Milena Caserola, pueden ser leídos juntos por muchos motivos. Primero porque son dos primeros libros, como dije, segundo porque ambos autores son tucumanos, tercero, porque los autores son amigos entre ellos, y por lo que sé comenzaron a escribir juntos y se leen e influencian. Pero también por otros motivos menos dignos de rumores y leyendas. Son libros afines por un estilo y una narración común. Veamos.

Alejados de Buenos Aires, ni Puig ni Lobo practican el miserabilismo tan de moda en estos momentos en la literatura argentina. Están, podríamos decir, en una zona opuesta. Sus libros no tiene prostitutas redimidas, ni policías recortados, ni marginados de plástico, ni travestis agorafóbicos, ni lesbianismo de oferta. No encontrarán ustedes en estos libros ese gesto neo-decadente-pop que escarba de forma infructuosa en la aberraciones de un otro siempre políticamente correcto, insonorizado, progresista, fantaseado.

Lo que proponen Lobo y Puig es un realismo suave, obras de ficción que mapean familias de profesionales y comerciantes establecidos, unidades constituidas pero, por lo general, en tren de disolución, o luchando contra la entropia misma de la existencia, más aun si son de clase alta. Retomando la delicada tradición argentina del lento horror interior, continuando la neurosis del grupo Sur, donde un personaje también podía ser un mueble, una paisaje, un jardín o un casa, Lobo y Puig desarrollan la pasión por el nombre propio. En el primer cuento de Un pequeño militante del PO, Lobo sitúa la acción en Las Pircas, una casa quinta donde las coníferas dejan caer sus agujas sobre el delicado equilibrio de una familia que se disgrega. Las mujeres se llaman Amalia, Erica, Grey, Margot, un hombre, Leopoldo. En Nadar sin luz, el nombre de Lautaro resuena a lo largo de toda la novela.

Quizás en ambos autores, como dije, el gran tema excluyente sea la familia. La familia como un calidoscopio político, como una suma de partes muchas veces mecánicas y yuxtapuestas, donde todas las posiciones cuentan y cuando alguien cambia de lugar, todos cambian; pero la familia también aparece como una hermenéutica, como un sistema para entender el mundo, como una ruleta de las emociones, que nunca son inequívocas, porque el amor, el odio, la sospecha, y sobre todo el recelo, que se expresa en las pequeñas conversaciones, no pueden serlo.

Me detengo en esas “pequeñas conversaciones” porque ahí parece residir mucha de la fuerza de estos libros. Tanto Lobo como Puig hacen valer cada uno de sus diálogos porque saben que en una palabra es posible cifrar todo nuestro estado de ánimo, y también entienden que nuestro estado de ánimo se puede volver muy rápido nuestro destino. Ambos saben que todas las esperanzas y las ilusiones se paralizan un segundo eterno si una mujer le dice a otra, al pasar, “te veo un poco más gorda.”

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La mujer en los cuentos de María Lobo y en la novelística de Diego Puig aparece como protagonista en diferentes posiciones vitales. Puede ser niña, madre, diletante, productiva, abuela, cadáver, fantasma, predicadora o penitente y se mueve dentro de formas patriarcales cercanas, corporizadas en actitudes y rutinas que todos conocemos. Tanto Lobo como Puig van en contra de las falsas dialécticas feministas o militantes, y por eso logran descripciones confiables y eficientes del deseo, siempre velado, retratos de las transfiguraciones eróticas y las frustraciones, de las imposibilidades, de los triunfos demasiado ostentados y su guaranguearía.

Marx, lo sabemos, leía a Balzac. Hoy los marxistas deberían leer a Lobo y a Puig, y recorrer la oscultación que ellos realizan, contando las finas miserias y los sutiles aciertos de las clases dominantes que, en muchos casos, no son –no logran ser– clases dirigentes.

Finalmente, Beatriz Sarlo encontraría en Lobo y en Puig un manejo sosegado y experto de la lengua. Sin ansiedad, sin apresuramientos, sin efectismos, honrando con inteligencia la tradición de la novela burguesa, Lobo y Puig se limitan a narrar, con una solvencia llamativa, sus historia. (Y novela burguesa sirve también para los cuentos de María, que arman un mosaico general, diferentes perspectivas en unión estilística.)

Termino. John Cheever dijo una vez que escribía historias para unir su propia historia con la historia del mundo. Buscando esa unión es que debemos leer a María Lobo y a Diego Puig. Estoy seguro que esa búsqueda no se verá defraudada.///PACO