Los medios y la extimidad

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Por Pablo Valle

En estos días, por enésima vez, y a propósito de los llamados linchamientos, se está hablando hasta el hartazgo del “papel de los medios”: ¿Se limitan a reflejar la realidad o, de alguna manera, la producen? ¿Es la teoría de “agenda setting” una solución al dilema? ¿Es falso este dilema? Ante la profusión de discursos al respecto, vale la pena agregar un poco más de confusión, aunque más no sea por medio de una reflexión, en principio, oblicua.

Se me ocurrió que esa reflexión puede partir del concepto de “extimidad”, que del psicoanálisis ha migrado (como tantos otros) a la teoría social y política, para escándalo del doctor Mario Bunge.

Lacan acuñó el término “extimidad” (francés extimité; inglés extimacy) a partir, por supuesto, de intimité (“intimidad”); apareció por primera vez en su seminario La ética del psicoanálisis, de 1958. Sin embargo, sería un error o un apresuramiento pensar que remite sencillamente a lo contrario de “intimidad”. En principio, quiere expresar la forma en que el psicoanálisis problematiza la aparente oposición entre lo interno y lo externo, entre el contenedor y el contenido, etcétera. Las oposiciones interior-exterior, mundo interno-mundo externo (incluso yo-otro, claro) no tienen sentido más que en el nivel imaginario.

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Lo real está tanto “dentro” como “fuera”; el inconsciente no es un sistema interior sino una estructura intersubjetiva; el Otro es “algo extraño a mí, aunque está en mi núcleo”. Lacan dice que “lo más íntimo justamente es lo que estoy constreñido a no poder reconocer más que fuera”. El centro del sujeto está, en verdad, fuera de él, el sujeto es ex-céntrico; siempre exiliado de sí mismo, sólo puede (re)encontrarse en un afuera quizás inalcanzable. Lo “éxtimo” alude a que lo más interno, lo más íntimo, se encuentra en el exterior, paradoja dolorosa (quizás, también, aparente).

El concepto ha sido mucho más desarrollado por Jacques-Alain Miller, afortunado yerno y albacea de Lacan, en su seminario de 1985-1986, que luego fue publicado, con el título Extimidad, en un libro poco accesible, en varios sentidos.

Dice Miller: “Esta palabra [extimidad] indica, sin embargo, que lo más íntimo está en el exterior, que es como un cuerpo extraño. La extimidad es para nosotros una fractura constitutiva de la intimidad. Ponemos lo éxtimo en el lugar donde se espera, se aguarda, donde se cree reconocer lo más íntimo. En su fuero más íntimo, el sujeto descubre otra cosa. (…) Hay una dificultad para situar, para estructurar e incluso para aceptar la extimidad. Se preferiría extirparla. Sin embargo, es preciso establecer una estructura de lo éxtimo que intente demostrar que es pensable, construible como lo más próximo, lo más interior, sin dejar de ser exterior (…). Éxtimo es, en primer lugar, el Otro del significante, éxtimo al sujeto, aunque más no sea porque la lengua mía, en la que expreso mi intimidad, es la del Otro. Pero también hay otro éxtimo que es el objeto”.

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La “estructura” de la extimidad se expresa muy claramente en las demasiado célebres figuras topológicas del toro y la cinta de Moebius. Sin embargo, a mí me gustaría aludirla recurriendo a un cuento de Hermann Hesse, “Dentro y fuera”.

“Había una vez un hombre llamado Frederick…”, empieza el relato, indicando de manera transparente su carácter de fábula. Frederick es un racionalista, devoto de la lógica y de la ciencia. Para él, “dos y dos son cuatro”, y todo lo demás es superstición. Es tolerante con la religión establecida, ya claramente separada de la ciencia, pero no con la “nueva doctrina” esotérica y relativista, que “había surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la guerra, la revolución, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual escritura de una blanca mano sobre un blanco muro”.

Un día, Frederick visita a Erwin, un antiguo amigo y compañero de investigaciones. Recuerda que nunca se ha llevado muy bien con él, en cuanto a sus discusiones contra las nuevas creencias. En la casa de su amigo, lo trastorna una frase que ve pegada en un papel en la pared: “Nada está fuera, nada está dentro; pues lo que está fuera está dentro”. Frederick, escandalizado, protesta: “¡Aquella frase era una confesión de misticismo!”. Erwin admite que últimamente se ha dedicado a una vieja epistemología, llamada por otro nombre “magia”. El escándalo de Frederick es mayúsculo: su amistad ha terminado.

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Sin embargo, ante la protesta de Erwin, Frederick vacila y le hace la pregunta crucial: ¿Qué significa el dicho de la pared? “Nada está fuera, nada está dentro —dice Erwin—. Conoces el significado religioso de esto: Dios está en todas partes. Está en el espíritu, y también en la naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recibía el nombre de panteísmo. En lo que concierne al significado filosófico, estamos acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo, esto no es necesario. Nuestro espíritu es capaz de superar los límites que hemos fijado para él, en el Más Allá. Más allá del par de antítesis que constituye nuestro mundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento… Pero, mi querido amigo, debo confesarte que, desde que mi pensamiento ha cambiado, ya no existen para mí palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de significados. Y ahí empieza lo que temes… la magia”.

Frederick se dispone a replicar, pero entonces Erwin le propone, a manera de ejemplo, llevarse una pequeña estatuilla de arcilla “como regalo de despedida. ¡Cuando este objeto que coloco en tus manos cese de estar fuera de ti y esté dentro de ti, ven a mí de nuevo! ¡Pero si permanece fuera de ti, tal como está ahora, para siempre, entonces esta separación tuya de mí será también para siempre!”.

En los siguientes días, Frederick, por supuesto, comienza a obsesionarse con la estatuilla, su forma, sus significados; la figura “representaba un hombre, o un dios, o un ídolo, con dos rostros, como el dios, romano Jano, modelada más bien toscamente en arcilla y cubierta con un tostado y algo cuarteado barniz. La pequeña imagen tenía un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza inferior y primitiva de África o de los Mares del Sur”.

La figura se “interpone” siempre en su visión, aunque la traslade de un lugar a otro de su casa. Le impone su presencia, le exige atención. “Con aquel juguete, con aquella monstruosidad de dos caras, la vejación y el tormento habían entrado en su vida”.

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Luego de un breve viaje, comprueba que el ídolo de arcilla ha desaparecido. Nada raro, no obstante: se la ha roto a la criada, que tiró los pedazos a la basura ante la imposibilidad de pegarlos. Frederick se siente eufórico: ¿cómo no se le ocurrió antes? ¿Cómo se dejó llevar por esa vulgar trampa? Sin embargo, al poco tiempo, la obsesión vuelve. El vacío dejado por la estatuilla es más abrumador que su presencia…

“Una y otra vez imaginó la figura con suma claridad, para demostrarse a sí mismo lo absurdo de afligirse por su pérdida”. Pero ya era tarde. La pieza desaparecida se le impone, desde sus más ínfimos detalles materiales hasta los juegos de palabras que le sugiere. ¿Se está volviendo loco? Sin duda, prefiere morir antes que admitir la existencia de la magia. La medicina tradicional (“paseos y baños”), empero, no lo ayuda. “Dos y dos son cuatro”, se repite constantemente, como un ya inútil mantra.

Al fin, comprende, se abandona a la certeza: la figura de arcilla está dentro de él, “pues lo que está fuera está dentro”. Corre hacia la casa de Erwin, que lo está esperando desde hace mucho. “Esto es la magia —le dice su amigo—: intercambiar el fuera y el dentro, no por el impulso, ni con la angustia, como tú lo has hecho, sino libremente, voluntariamente. Llama al pasado, llama al futuro: ¡ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el esclavo del dentro. Aprende a ser su dueño. Eso es la magia”.

En los medios no hay ninguna magia, se me dirá, ¿de qué estás hablando, Willis?

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Sólo esto quería decir: nada hay en los medios que no esté siempre-ya en nosotros. A su vez, los que los medios instalan y multiplican, se instala y multiplica en nosotros como si siempre hubiera estado allí (y aunque quisiéramos “extirparlo”). No hay dentro y fuera. ¿Qué otra cosa sucede cuando los chimenteros (es decir, todos) “exponen” la “intimidad” de los “famosos”? ¿Cuál “intimidad”? ¿Qué objeto podría exponerse que ya no estuviera expuesto?

Los “medios” (palabra que ahora podría adquirir otra resonancia, por su mera imposibilidad de existir, ya que no hay un adentro y un afuera que necesiten ser “mediados”, “conectados”), como el ídolo de arcilla, como el discurso del Otro, ya están en nosotros; son los que nos constituyen, los que nos piensan mientras los pensamos a ellos. ¿Desde afuera, desde adentro? Quise decir, simplemente, que esa distinción no tiene sentido. 5 de abril de 2014///PACO