Grasa

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Por Aki – @linearotativa

“Grasa”, “ordinario” y “vulgar” en ocasiones son sinónimos.
Pero muchas veces transitan caminos semánticos diferentes.
El choripán es una especialidad gassstronómica vulgar, ordinaria, cotidiana, carente de refinamiento o sofissssticación pero no necesariamente grasa.
Ocurre algo parecido con “patético”.
El uso fue cambiando su significado y hoy muchos lo usan como sinónimo de desssgarrador, triste, deprimente, desesperanzador.
En inglés, “pathetic” es algo que da vergüenza ajena.
Yo prefiero la declinación que le daba Borges, que llamaba patetismo simplemente a una exagerada muestra de emocionalidad. No era un juicio de valor, sólo era una observación.
Ahora bien ¿qué o quién es grasa?
Para mí, grasa es aquel que invade el espacio sensorial del prójimo, sus campos visual, auditivo, olfativo, táctil.
El grasa siempre está tratando de sobrecompensar alguna carencia que lo tiene a mal traer y le erosiona la autoesssstima. En inglés existe un neologismo surgido de la excesiva exposición en medios sociales: oversharing. Sobrexposición. También es grasa lo que no tiene ninguna utilidad, lo que sobra. Grasa es lo que está demás y, por ende, molesta, obstruye, obtura, empalaga, pegotea.
“Form follows function”, la forma de un objeto debe responder a una función. La forma superflua, innecesaria, exagerada e intrusiva, sin función alguna, corre peligro de grasa. Por lo general no hay objetos grasas sino sujetos.
La misma ropa que a alguien puede quedarle muy grasa a otra persona no. Los relojes de lujo son un caso de manual: quedan terriblemente grasas en algunas personas y en otras, inexplicablemente, no.
Hay excepciones, claro. El jetski es un objeto categóricamente grasa. Cumple todas las condiciones: máxima intrusividad sensorial e inutilidad absoluta.
Visualicemos esta imagen: un gordito con nulo tono muscular y tendencia a la obesidad mórbida, cubierto de protección solar aceitosa, vissstiendo un chaleco salvavidas fluorescente y haciendo piruetas sin ton ni son al timón de un jestski ruidoso.
Ricardo Fort era la personificación universal del grasa, un compendio, un vademécum, un tratado enciclopédico, el hall of fame de los grasas.
Implantes exagerados para elevar el atractivo sexual: grasa.
Tatuajes: alta grasa.
Excesiva pertenencia a tribus urbanas o adopción literal de las tendencias de la moda: grasa.
El grasa es un tipo peleado con la sutileza o la ironía.
La educación, la ruleta genética y la cuna ayudan a eludir la grasa pero, ojo, no son garantía de nada.
He conocido indígenas analfabetos viviendo en las márgenes del siglo XXI, personas de contextura muy curiosa según los términos eurocéntricos, que no son grasas para nada.
Más bien lo opuesto: tienen un don de gentes en el trato, una cadencia especial en el habla, un lenguaje corporal y una economía motriz que los pone en comunión total con el ambiente que los rodea.
El grasa es, esencialmente, un sujeto aquejado de torpeza.
Cuando te digan que la gente de tal país es “apasionada”: grasas.
Los italianos son una ruleta: a veces pueden ser terminalmente grasas y en otros casos son pura sprezzatura.
Los franceses no son grasas, pero siempre corren peligro de hacerse un nudo en su propia sofisticación. Un poco de higiene personal no les vendría mal.
Los ingleses educados no son grasas, los de clase trabajadora urbana salpican grasa.
Los judíos son grasas.
Los uruguayos no son grasas.
Los brasileros, en fin. Chorrean.
El calor tiende a volver grasa al ser humano.
Los negros transitan extremos: el negro ineducado y dejado, el negro del ghetto, criado en núcleos familiares fracturados, por lo general es muy grasa.
Precisamente por haber crecido privado de la contención emocional y la atención de ambos progenitores, particularmente de la figura paterna, el negro del ghetto se cría a la deriva, privado de atención.
La madre labura todo el día. El padre está guardado.
De grande se vuelve hostil, loud, se cubre de tatuajes, bling y ropa de colores: grasa.
Para terminar –igual que su padre al que casi no conoció– en cana.
Atenti, esto es un complot: la población carcelaria está poblada de negros para fracturar el núcleo familiar y mantener el círculo vicioso del fracaso.
El europeo, particularmente el protestante, viene oprimiendo y cortándole las alas al africano desde hace siglos porque intuye, no sin equivocarse, que el día en que el africano gane confianza en sí mismito, particularmente el de regiones subsaharianas, no lo pare nadies.
El negro va a dominar el mundo, es su destino.
El aborto existe para diezmar la población de color, que quede claro.
El negro criado en un hogar sano, con formación, educación, salud y confianza en sí mismo es lo más cercano a la perfección genética que puede lograr la raza humana. Un ser superior. El übermensch.
Pierde como en la guerra el hombre blanco de contextura desproporcionada, contrahecha, desnutrido o bien adiposo, de dientes amarillos, cuando se lo compara con un espécimen de raza negroide.
La comparación es simplemente humillante, física e intelectualmente.
Imaginemos EEUU con veinte Muhammads Alis, veinte James Browns o veinte Obamas.
Imparables.
El caucásico volvería a ser la peste parasitaria de la humanidad que siempre fue.
Okey, me fui por las ramas.
A ver, no se debe confundir grasa con mersa.
Mersa es un apelativo urbano referente al sujeto que no se lleva bien con las tendencias, más que nada de la moda.
Mersa es un individuo por lo general desactualizado o despistado, que se viste mal, que no sabe sacarse partido, producirse, lookearse, más por desinterés, o por poco poder adquisitivo que por otra cosa.
El grasa es un sujeto que toma ideas ajenas, las combina y las exagera de manera literal y torpe, sin entenderlas, sólo para llamar la atención.
Al mersa le preocupan poco las ideas propias o ajenas y, cuando eventualmente le llegan, le llegan tarde, por descarte.
El mersa es un dominguero distraído.
Tampoco es lo mismo grasa que pardo, voz campera de innuendo racial.
Pardo es el criollo aindiado, el peón, la china.
En fin.
Sí.
Los argentinos somos muy grasas.
Esto proviene de nuestra baja autoessstima y de nuestras inseguridades existenciales crónicas, que nos empujan a la sobreactuación y el patetismo.
No somos sudacas pero tampoco somos europeos, fuimos ricos pero somos pobres, tenemos un Papa en Roma y barriadas en nuestras ciudades más importantes donde las familias cazan gatos para comer.
Siamo Fuori es la marca quintaesencialmente grasa. Copia modas europeas y norteamericanas, las exagera y las combina con criterio dudoso. Diesel + Ed Hardy, ocho años tarde y con confección de mala calidad.
Nuestros grandes ídolos, en su mayoría, fueron grasas: Gardel, Evita, el Diego.
Por suerte, también tuvimos chetos: Borges, el Che Guevara, Julio Cortázar, Willy Vilas.
Messi no es grasa. Cristiano Ronaldo es irreversiblemente grasa.
Carlitos Monzón y Ringo Bonavena: los boxeadores son tremendamente grasas pero la virilidad que irradian de alguna forma neutraliza la grasa.
Ser grasa también tiene un punto de amaneramiento afeminado.
Los gays, en su enorme mayoría, son grasas.
Los travestis y transexuales: hiper grasas.
No así los homosexuales, que son otra categoría muy diferente.
Hay muchísimos homosexuales que no son grasas en absoluto, más bien todo lo contrario, son árbitros del buen gusto.
Hay gente de izquierda que no es grasa y hay gente de derecha que es altamente grasa.
El mozo confianzudo que tutea y toca al comensal: grasa.
La “y” y “ll” sibilantes, que ponían de muy mal humor a Borges, son irremediablemente grasas.
Es una falta de moderación en la pronunciación, un énfasis innecesario.
Tratar de realizar más de una tarea a la vez resulta en grasa.
Textear mientras se comparte la mesa con otra persona.
Hablar con la boca llena.
Una conducta grasa por excelencia es meterse al mar o a la pileta con un trago en la mano.
Hedonisssmo bobo con multitasking: grasa.
Susana Giménez, Caulos Menen. Los Kirchner. Tinelli.
Grasa no es necesariamente un antónimo de cheto.
Ser grasa no es malo ni bueno.
Es y punto.
En México, grasa se dice naco, aunque el componente racial está más marcado en ese caso.
Pero el cheto mexicano –el fresa– puede ser tremendamente grasa: el mirrey.
La mala noticia es que las generaciones que se vienen serán muy grasas.
Criados por padres separados, inmaduros, de adolescencia perenne, crecerán en la indiferencia, ninguneados, pasados de mano en mano como fardos, plagados de inseguridades y carencias afectivas.
Ni bien puedan tomar sus propias decisiones se volverán voraces máquinas centrípetas de atención, vivirán gritando acá estoy, mírenme, no me ignoren, soy essspecial, soy grasa.///PACO