Ritmo y angustia

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Por Juan Terranova

Vivimos en una zona de la modernidad donde todo lo negativo puede ser valorado como positivo. En algunas disciplinas, por ejemplo, el resentimiento y la oscuridad se reconfiguran en armas contra la opresión. El otrora excluido aparece, más de una vez, requerido, elogiado, centralizado. La pobreza se ofrece como garantía de verdad. La desidia puede ser leída como una posición política. Y el cultivo de la fobia se percibe como inteligencia y distancia crítica. La cultura popular regresa como consumo irónico, vanguardia y renovación. Los poetas malditos son bendecidos con nuestra lectura y buscados y observados como blasón. La tontería se lee como frescura; la gula, como fuerza libidinal. La voz de Gordon Gecko desde Wall Street desafía la tradición cristiana en un llamado que se entiende como el abandono de la hipocresía: “La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de evolución. La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amor, de dinero; es lo que ha marcado la vida de la humanidad.”

Así las cosas, hoy, aquí, nada de lo malo es despreciado del todo, ninguna puerta debe cerrarse, la especulación domina los opuestos. No son estos procedimientos, después de todo, tan ajenos, desconocidos o exclusivos de nuestro tiempo. Los románticos alemanes reeditaron viejos cuentos de hadas como la música de fondo de los primeros ruidos industriales. Y más allá de los esfuerzos kantianos de la ilustración, las brujas de Macbeth siguen diciendo “Fair is foul, and foul is fair” cada vez que aparecen.

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Pero en esa mixtura de traumas, ventajas, percepciones liberales y blindados relativismos, hay un túnel al que nadie puede convertir en paseo dominical. “La angustia no engaña” dice la teoría lacaneana. ¿Alguien puede traficarla, venderla, comprarla, desearla? Por más abalorios que la enriquezcan, la angustia aparece como momento de verdad, uno de los pocos que el hombre enfrenta y nunca decide invocar. Sobre eso, es ecuménica. Nos toca a todos y porque los sabemos –y conocemos nuestra vulnerabilidad– tratamos de evitarla. Su cara ¿puede ser cambiada, instrumentalizada? Difícil. Sentimos una angustia artificial al ver una película o leer un libro. Pero la otra angustia, la que no sale de un laboratorio, la que no transcurre como un sobresalto, sino que anida y crece, ¿cómo beatificar ese sentimiento? Ahí tenemos algo genuino, poco tergiversable, que habla en contundente precisión. Wikipedia elige, con criterio, una cita de las Conferencias de introducción al Psicoanálisis de Freud para señalar su importancia:

(…) el problema de la angustia es un punto nodal en el que confluyen las cuestiones más importantes y diversas; se trata, en verdad, de un enigma cuya solución arrojaría mucha luz sobre el conjunto de nuestra vida anímica.”

Y otra más, misma fuente, también usada por Wikipedia:

Aquello a lo cual se tiene miedo es, evidentemente, la propia libido. La diferencia con la situación de la angustia realista reside en dos puntos: que el peligro es interno en vez de externo, y que no se discierne conscientemente.”

La identificación como un enigma, como un peligro que es interior, su tráfico a espaldas de la consciencia: si ya este Freud de Wikipedia –que puede ser vulgata pero nunca vulgar– tiene tan identificada la silueta del problema, ¿por qué no logramos combatir de forma más eficiente la angustia? La respuesta podría ser “¿de forma más eficiente aun?” Pese a su rostro de caos y fragmentación agresiva, la angustia es parte de lo humano, un momento lógico, necesario. Erradicarla en una utopía de la felicidad traería el fin de algo demasiado íntimo.

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Hago una salto a Henri Meschonnic, un poeta, lingüista y teórico francés, de cultura judía. Abrasivo, erudito y violento, irónico, nunca cínico, Meschonnic trabajó en nuevas traducciones de la Biblia deshelenizándola y revisando lo que él llamaba sus afectaciones cristianas. En sus ensayos y en las entrevistas que dio, Meschonnic siempre fue desafiante y agresivo. La relación fácil entre poesía y amor, la cursilería, el turismo literario y el comercio de la sensibilidad, fueron fustigados por él, a veces hasta la grosería y la injuria. La agresión intelectual resulta –aunque nos queden dudas– una de las formas de la inteligencia desde el momento en que garantiza que los libros no terminen muertos, cerrados, estáticos. Meschonnic escribió en Célébration de la poésie: “En todo pensamiento hay quizás algo de panfleto, es decir de rebelión, de rechazo.Si no, es el mantenimiento del orden.” (Célébration de la poésie es un título irónico, aviso.) La militancia casi obsesiva de Meschonnic por la transformación y el movimiento, lo llevó a desplazar la atención de la rima, el signo y la voz para colocarla en el ritmo. En 1999 publicó un Manifeste pour un parti du rythme donde se lee “Du rythme, encore du rythme, toujours du rythme. Contre la sémiotisation généralisée de la société.” (“El ritmo, todavía el ritmo, siempre el ritmo. Contra la semiotización generalizada de la sociedad.”) Una antología de prosa curada y traducida por Hugo Savino se titula “La poética como crítica del sentido”, frase pertinente y descriptiva.

En una entrevista que le hizo Antoine Jockey para la revista Missives de Junio del 2007 Meschonnic decía:

Hay que pensar la relación entre el cuerpo y el lenguaje. Esta relación se conoce perfectamente en cuanto a la palabra hablada. Los sociólogos del comportamiento saben muy bien que uno habla con las manos, que uno habla con todo el cuerpo, que la manera de sonreír no tiene el mismo sentido en el Japón y en Europa, que hay una física corporal del lenguaje. Nos expresamos con el cuerpo. Pero ¿qué queda del cuerpo en un poema? En un poema, no hay carne, no hay neuronas. Uno no puede biologizar el lenguaje como lo hacen las ciencias cognitivas actuales. En el lenguaje escrito, el cuerpo no puede ser más que la rítmica. El ritmo es el representante de la física de la expresión en lo escrito. (…) Pero no el ritmo en el sentido tradicional de la oposición dual entre lo pleno y lo vacío, entre un tiempo fuerte y un tiempo débil, no. Redefino el ritmo como la organización del movimiento de la palabra en el lenguaje. Por otra parte eso incluye la métrica. Y desde este punto de vista, vuelvo a encontrar a Aristóteles que dijo: “los metros son partes de los ritmos.” Pero eso incluye todos los otros ritmos: el ritmo de ataque consonántico, el ritmo de oposición (si es la primera palabra de una frase o la última), el ritmo sintáctico, prosódico. Todos esos ritmos hacen un continuo que es la subjetivización del sujeto del poema en un sistema de discurso.”

Lengua, golpe, respiración, vacíos, cuerpo. El ritmo contra el sentido, contra el signo, contra el significado. El ritmo antes liberado que libre, el ritmo en sí mismo, avanzando, percusivo, indiferente a todo, vital. Si la angustia no tiene solución porque lo humano no tiene solución, pregunto, ¿puede ser el ritmo un remedio, recurso, instrumento, suave paliativo? No infalible, desde ya, porque aquí nada puede ser infalible.

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Pero el ritmo, al no ser tan rápidamente significable y poder trabajar con el sentido, entrega algo más. Llegado este punto el desafío implica no caer en sacralizaciones facilistas, en misticismos de cochería. Importa saber que todo examen del ritmo predispone a su examinador en un plano de ligero esoterismo. Lo que suena es el tambor de Baco, su desborde, la bandera rasgada y sensual, pero también el castigo cristiano y su redención, el vino de misa, la voluptuosidad en el mecanismo del pecado y el perdón. Todo esto bordea algo que hoy es tabú, creer sin terminar de argumentar. Así las cosas, voy a insistir.

El ritmo nos devuelve a una verdad básica. Está en el corazón que bombea la sangre a setenta latidos por minuto. Está en los pasos que damos cuando caminamos golpeando la tierra. Ahora mismo hay un ritmo que a medias domino y que a medias me domina mientras golpeo el teclado con el que escribo. Y hay un ritmo dominador en aquello que es leído, al menos la primera vez que se lee. Hay un ritmo al masticar, hay un ritmo al beber que se intensifica o distiende según la bebida, hay un ritmo del amor y del sexo, un ritmo para las relaciones humanas y otro para sus historias. Antes de la cultura digital, la lengua era la madre de todos los sistemas de signos, hoy el código binario, decimos muy seguido, puede dar cuenta de todo, y traducir y transportarlo todo, pero antes y dentro de esos complejos sistemas está el ritmo.

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El agua y el aire nos devuelven a un ritmo anterior a nosotros mismos. Nos presionan, nos sitúan, nos detienen, nos imprimen sus tiempos, sus arrebatos y temperaturas. En el agua notamos una presión que es prehistórica, previa incluso a lo animal, a la vida misma, una presión mineral, anterior a la historia. Se dice que nadar combate la depresión. ¿Cuál es la conexión? Aunque depresión y angustia no son lo mismo, sentimos un reencuentro cuando nos sumergimos. El agua demanda y festeja nuestra resistencia. Sin esa resistencia de golpes y movimientos uno se hundiría. Así que enseguida llega el ritmo de los estilos, el ritmo del crawl, la patada, la velocidad, la respiración… ¿Es el agua un escondite de gravedad atemperada donde la neurosis obsesiva se disipa? Al rodear el cuerpo, le cambia su ritmo. La imagen de una pileta solar en verano, o iluminada pero siempre con sombras en otoño o invierno puede expandirse a otros lugares: la sala de un cine donde se proyecta una película, la mesa de un bar donde descansamos una noche después del día laboral, el clásico y solitario banco en el parque en mitad del día. ¿Son lugares comunes? Quizás. Pero los lugares comunes nos siguen impactando si implican un cambio de ritmo.

¿Y nuestras pantallas cotidianas? Es fácil adjudicarles la producción industrial de ansiedad, hacer responsable de nuestras pataletas a la comunicación exacerbada y compulsiva. Sin embargo, la web y la hiperconectividad también pueden ser refugios de alta montaña marcados en un mapa o pequeñas islas puntuadas como un archipiélago. Hay un ritmo en la web que es el ritmo de nuestra época. ¿Y si pensáramos nuestra neurosis vertiginosa, nuestras formas de comunicación actuales, a partir de la idea de ritmo? Lo dijimos: La angustia no tiene solución como lo humano no tiene solución. Pero quizás si miráramos nuestro mundo bajo esta luz dejaríamos de demonizar Internet o sentir angustias tan baratas. El objetivo sería abandonar los atolondrados balbuceos copiados del siglo XX para empezar a concretar el siglo XXI.

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Intenso como teórico, explosivo como traductor, Meschonnic me aburre como poeta. Sin embargo, escribió en un poema titulado 30 de octubre del 2008 que conozco citado por Hugo Savino, y que dice: “caminamos / sobre una escritura que no termina nunca/ pero no sé leer / lo que está escrito.” A partir de esos cuatro versos me imagino en mi computadora, frente a mi pantalla, pasando de un sitio a otro, de una página a otra, desplegando, abriendo, ocultando, maximizando, minimizando, clickeando y volviendo a clickear. Intento leer lo que está escrito pero no siempre lo logro. Veo imágenes, fotografías, películas, idiomas que no conozco, idiomas que conozco y no logro descifrar, y leo y escribo, y vuelvo a leer y a escribir… La web fue una revolución industrial y toda revolución trae un cambio de ritmo. Si no respiramos bien, nos ahoga; si no respetamos los vacíos y los necesarios silencios, nos arrasa. Google, Facebook, Twitter, Youtube, cada uno tiene su ritmo. Los portales de noticias proponen un ritmo de publicación, los antiguos blogs y la ubicua tecnología del mail, otro. Así el ritmo de la web es nuestro ritmo, nuestra aspiración, nuestra marca. Y ahora me adelanto y temo que la exploración conceptual de Internet nos lleve un siglo y cuando logremos terminar de comprender todas sus ramificaciones y significaciones, derivaciones y poderes, cuando el horizonte se perciba por primera vez completo –vana utopía– temo, digo, que todo esto ya sea algo viejo, a medias olvidado y nostálgico. Pero incluso en esa lucha imposible tengo la certeza de que la poderosa máquina que reemplace Internet podrá ser más o menos humana, más o menos impensada, pero seguramente impondrá sus categorías y sus acentos y sus tiempos como otro rítmico enigma para ser descifrado.///PACO