La Selva Marginal de la costa del Plata

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Por Adela Salzmann / adelablew@gmail.com

En Sarandí, partido de Avellaneda, existe el tramo más austral de la selva amazónica: la selva marginal. Desde ahí se puede ver Puerto Madero, el polo petroquímico y un basural que en los años ‘70 fue el más grande de Sudamérica, locación perfecta para una película posapocalíptica.

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Del otro lado del Acceso Sudeste, dividida en norte y sur por la autopista, está la laguna La Saladita, el tercer dique que construyó ingeniero Huergo destinado a ser embarcadero, que quedó abandonado. Se convirtió en una laguna artificial contaminada y relegada; los vecinos la trabajaron, hace veinte años podíamos ir ahí a hacer windsurf y jetski, la lanchas pasaban a todo trapo ida y vuelta en la extensión de seiscientos metros de la laguna. Hoy, vamos ahí a remar en kayak. Omar Albornoz es la segunda generación de un grupo de kayakistas profesionales que convirtieron La Saladita en un lugar de deporte para la comunidad; cumple una función social importante, su acceso es libre y gratuito. Omar es instructor de canotaje y realiza caminatas por la selva marginal, consigue micros escolares para llegar a la selva que no es lejos pero la autopista interrumpe el acceso.

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“A fines de los años noventa, nosotros, los argentinos bananas, sacamos a la comunidad boliviana que cultivaba la tierra acá, la gente que vino negociaba con los volqueteros y así se acumularon toneladas de escombros. Los bolivianos laburaban la tierra, hacían huertas en almácigos, tenían acelga, radicheta, remolacha, hoy es un basural. Florencio Varela tiene asentamientos bolivianos donde se labura la tierra, los conozco de punta a punta. No hay un sólo asentamiento boliviano donde no se labure la tierra. Aunque existe la ordenanza municipal y este predio es una Reserva Natural, si no se hace a nivel Nacional no tiene mucho peso ni presupuesto. Si está la decisión política, mañana esto es una Reserva Nacional. La mayor inversión tendría que ser en guardaparques, quizás miradores y algún vehículo.”

Lucrecia Martel escribió “Territorios transitables” publicado en Estéticas de la dispersión (Beatriz VIterbo Ed.), donde hace un recorrido personal por toda la costa del Río de la Plata y piensa los modos de apropiación de la costa. Con la actividad constante del remo intenta acceder a la orilla y resulta imposible porque gran parte de la costa es privada; dice que fue una concejal del Partido de Vicente López la que le dio la clave para resolver la relación entre el Mercado y nuestras vidas. “Para que un lugar del disfrute de todos deje de serlo, el primer paso es perimetrarlo; una vez perimetrado crecen los yuyos y se convierte en un baldío donde los vecinos, por comodidad, tiran la basura”. Así, el lugar se convierte en un aguantadero con olor a gato muerto y donde se puede esconder alguien escapando de la policía, “después de un par de años de semejante degradación del espacio, es muy fácil que venga una em­presa privada con la solución de un extraordinario proyecto y pida el terreno para un hermoso parque en el que proyecta construir un edificio con galerías comerciales y qué se yo, pero a la vuelta va a haber un lindo parque por el que van a poder pasear los vecinos”. Eso ya se ve en el vial costero de Vicente López, centro comercial, paseo de compras y edificios a lo Motgomery Burns. Ahí ya se transformó nuestro tiempo en Mercado y contra eso Lucrecia Martel propone “la ficción como un operador para la apropiación de territorios.”

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Detrás de las montañas de escombros hay plantaciones de ciruelos y un poco más adelante aparece una clínica psiquiátrica que cerró en los ‘80, hoy vive ahí una docente. A cien metros, una parcela con un aljibe que perteneció a una casa desaparecida por un incendio donde vivió una mujer hasta bien entrada la tercera edad, sola, antes de los asentamientos bolivianos, desde los tiempos de Perón. En la zona los incendios son frecuentes, las construcciones de madera como las casas sobre pilotes del Delta y durante el invierno las salamandras que les dan calor pueden escupir una brasa fatal.

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La selva está sitiada: por el lado norte linda con el polo petroquímico de Buenos Aires, donde la empresa más fuerte es Shell; hacia el sur, se encuentra un ex predio del CEAMSE y un proyecto de emprendimiento inmobiliario de Techint, Nueva Costa del Plata que abarca toda la zona costera hasta Quilmes. Casas con jardín y acceso al río para las diversas actividades náuticas de futuros Sims radioactivos. Javier Auyero y Débora Swistun en Inflamable (Ed. Paidós), hacen un estudio etnográfico sobre el sufrimiento ambiental de los asentamientos alrededor de Shell, registran sobre todo las formas de narrar propias de los habitantes de Villa Inflamable y ponen una lupa sobre la presencia de plomo en sangre. Lo que más se escuchan son rumores, construcciones erradas sobre las causas del sufrimiento. Omar también comenta: “Hay un rumor que circula en éstas colinas de Wilde, se dice que tiraron residuos tóxicos del Chernobyl.” Esto nos dice del centro de acumulación de basura gigante que abrieron los militares a fines de los ‘70, el jardín trasero de Nueva Costa del Plata.

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La Selva Marginal tiene su propia escuela primaria, un edificio nuevo, cercado, con patio y mástil ubicado justo frente de la ex-escuela, una casa de pilotes que sigue en pie donde hoy se reúne la asamblea vecinal. Doscientos metros más adelante están los viñedos de Sebastián, un hombre alto y flaco, bien entrado en su séptima década que recibe a los caminantes con una degustación de vinos. Toda su vida vivió acá y practicó la vitivinicultura, un galpón con inmensas barricas de roble son testigo de la antigüedad del viñedo. Omar cuenta que “se produjeron quinientos mil litros de vino en Avellaneda durante la primera gobernación de Juan Domingo Perón”. Paisán también tiene sus propios viñedos donde fabrica el Vino de la Costa, dice: “Nuestras cepas prohibidas son la savia que alimenta sus cepas legales”, haciendo referencia a la prohibición de la circulación de su vino elaborado a partir de la uva chinche (vitis labrusca), cepa que se utilizó como base para los viñedos que hoy producen el mejor vino en el resto del país.
La Selva Marginal es una franja de resistencia. Sus habitantes desafían a la gran ciudad y el conurbano con su modo de vida. Un pedazo orgánico rodeado y amenazado por intereses inmobiliarios, industriales, basurales y el revés de la industria del consumo masivo.///PACO