La compasión de los feos

Annalisa  

Esta criatura, que tuvo un código y no corazón,
entabló relación donde podría haber sentimientos,
y nada ahora perturbó sus reflexiones
Ezra Pound

Por Luciano Sáliche / @LucianoSaliche

I
Una hermosa cebra dorada corre por el campo. Recorre las praderas, galopa a gran velocidad; mientras la brisa alisa su pelaje, ella pestañea, abre y cierra sus enormes ojos celestes. Las rayas que le marcan la piel no son ordinariamente negras, no; tienen un brillo distintivo, reluciente. No existe nada igual. Su belleza es la unicidad, una forma humana de sentirse irrepetible. La cebra se llama Zoe y la soledad es su destino; no puede estar con el resto de la manada.

Las tradicionales rayas oscuras que la naturaleza le provee a la especie son utilizadas para camuflarse en la manada, produciendo un efecto óptico de movimiento donde sus depredadores no distinguen la unidad sino que ven una gigantesca cebra blanca y negra imposible de atrapar. Zoe no puede fundirse junto al resto, ella es diferente; su brillo dorado despierta la fascinación de cualquiera que la observe. Es probable, incluso, que exista un mito entre los felinos cazadores sobre el sabor de su delicada carne.

No es una subespecie dentro de las cebras ya extintas como la Quagga [1], tampoco ese híbrido llamado zebroide. Su particularidad se da porque sufre de amelanosis, una anomalía de la pigmentación ya que carece de melaninas. Es algo recurrente en varias especies de animales pero no en las cebras. Se conocieron sólo dos ejemplares de este tipo, uno en Alemania unos cien años atrás y otro en un zoológico de Tokio en la década del 70.

Zoe
II
Si entendemos a la belleza como una construcción social histórica que define dentro de un espacio y tiempo determinado qué es bello y qué no lo es, entonces, la belleza de Zoe es envasable y consumible. Su apariencia armoniosa y espectacular debe ser exhibida al mundo como una anomalía del universo. Desde que las sociedades utilizan la razón como patrón determinante para explicar el mundo, la belleza sólo será tal si posee una utilidad. El problema de la cebra dorada es que su don es contraproducente, como una cruz que lleva a todos lados. No puede hacer su vida salvaje natural ni tampoco estar en cautiverio junto a una manada. Su belleza la hunde en una absurda soledad.

“El hecho es que soy único”, dirá Zoe, interpretando el papel de Asterión en el cuento de Borges [2]; jugará con otra cebra dorada imaginaria y le mostrará la casa, las galerías, los cadáveres, los lagos artificiales. Y hasta es probable que al igual que a Asterión, la acusen de soberbia.

En Metafísica del amor [3] la soberbia es primordial porque para Schopenhauer la atracción sexual es individual. Pero la cuestión radica en que la voluntad individual luego se transforma en voluntad de la especie. El enamoramiento, esa belleza ajena que atrae y fascina al individuo no es más que una pulsión instintiva que busca proyectar la generación futura y perpetuar la especie de la forma más pura. Pero la cebra dorada jamás encontrará un otro con la belleza equiparable a la suya. Y lo que es más grave aún, su unicidad no es hereditaria porque se debe a una falla de la naturaleza, un error, por lo cual de nada servirían sus genes si buscase procrear una cría dorada.

Lizzie
III
Del otro lado del muro se encuentra Lizzie Velázquez, radicalmente opuesta a la cebra de oro por tres motivos: es humana, no está en cautiverio y su problema no es la belleza sino más bien, la fealdad.

La anomalía de Lizzie Velázquez radica en la incapacidad de acumular grasas. Nunca engorda. Tiene 25 años y pesa 27 kilos. Es extremadamente delgada y su apodo nació a raíz de una broma, cuando un compañero del colegio la filmó y subió el video a youtube bajo el título “La mujer más fea del mundo”. Lizzie dio hace muy poco una charla en TED [4] donde expone cuáles fueron los problemas que le trajo su enfermedad y cómo los fue resolviendo.

Hoy es oradora motivacional y lo que hace, básicamente, es darle ánimo a la gente fea y compasión, a la bella. Ha estudiado en la universidad, ha sacado dos libros y ha dado más de 200 talleres. “¿Qué nos define?” es la frase que utiliza como base para trazar un mapa sobre lo prejuiciosa que puede ser la sociedad con una niña fea. Si la belleza tiene una utilidad, la fealdad también, pues ella ha transformado su caso en una regla, ha sabido sacarle una gran tajada a su anomalía reproduciendo la falsa idea de que todos somos iguales. O peor aún: que lo que importa es lo de adentro. ¿Acaso es posible creer en una sociedad donde todos las personas que tengan una anomalía –sean feas, adictas, obesas, deformes, etc.- y hayan superado el estigma deban insertarse en el mercado laboral como gurúes capaces de explicar la forma de salir del pozo? ¿Acaso la solución es sacarle una tajada a la anomalía? ¿No estaríamos de esa forma perpetuándola?

“De la compasión procede una gran nube, ¡atención, hombres!”, dijo una vez Zaratustra [5] y el más feo de los hombres se sintió comprendido. Es por eso que ese hombre repleto de fealdad mató a Dios. Y así se lo explicó a Zaratustra: “Su compasión carecía de pudor, penetraba arrastrándose hasta mis rincones más sucios. Ese máximo curioso, súper-indiscreto, súper-piadoso, tenía que morir”.0

IV
Annalisa Santi es eso que en Argentina llamamos mediáticas. Su CV está completamente vacío a la hora de pensar en una presentación formal de sus capacidades. Se hizo conocida por subir videos a la web donde provocaba sexualmente a la cámara en plena clase universitaria de la UCA. Hasta hace unos días estuvo en Viviendo con las estrellas, una especie de reality donde los participantes buscan ingresar laboralmente a los medios de comunicación del entretenimiento, además de ser invitada a varios programas televisivos. Su papel es el de una pendeja sexy e ingenua salpicada por un dramatismo forzado. A ella le gusta ese papel y lo hace notar. La utilidad que le da a su belleza es racional, concreta y es probable que no cambiaría su aspecto físico por nada en el mundo.

Hay un cuento de Mario Benedetti llamado La noche de los feos [6] donde dos personas muy poca agraciadas –cicatrices, deformidades, huecos en el rostro- se encuentran a la salida de un cine y terminan en la cama. Pero antes, mientras toman un café, él le pregunta si quisiera tener el rostro de una muchacha hermosa a pesar de ser irremisiblemente estúpida. Y ella le responde que sí, que acepta una vida de idiotez incontenible, que renuncia a la posible erudición, a cambio de obtener ese bien preciado: la belleza. La mujer fea tiene todas sus expectativas puestas no en la belleza, sino más bien en su utilidad.

V
La cebra dorada vive en cautiverio en Hawaii en el Three Ring Ranch Exotic Animal Sanctuary. En el sitio web del lugar dicen que nació el 16 de septiembre de 1998 en la isla de Molokai. También se manifiestan preocupados por su salud. A medida que envejece, su visión nocturna empeora. Está bajo un estricto control alimenticio ya que puede tener desde problemas renales hasta quemadura de sol o cáncer de piel.

“Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”, escribió Arthur Rimbaud [7] burlándose del ideal estético. Cuando la belleza pierde su utilidad, su don de elevar la contemplación del espectador hacia lo sublime, ya está, no sirve. Está amarga, dijo Rimbaud, entonces hay que escupirla.

Stella
VI
Escupir el ideal histórico de belleza, ese parece haber sido el cometido de Stella Boonshoft, una blogger estadounidense de 19 años que subió una foto donde posa alegre con su gordo cuerpo en bikini seguido por un texto de índole naif-combativo: “La imagen de mi cuerpo no es sobre mí. No es para mí. Es para ustedes. La gente que necesita de la experiencia compartida, el mensaje de la esperanza, de la aceptación que tienen en la actualidad”. Luego hace una analogía entre el cuerpo y el amor de Dios que no vale la pena comentarla.

El gigantesco arsenal publicitario de ideal de belleza que existe en el mundo y reproduce sus condiciones de producción es inmenso. Stella Boonshoft lo sabe. Lizzie Velázquez lo sabe. Nosotros lo sabemos. Pero quizás Annalisa Santi no lo sepa, o no quiera saberlo.

Imagino a mujeres delgadas con jeans ajustados, con tops que muestran el aro en su ombligo y un bronceado muy sensual de cama solar. También imagino a hombres musculosos, bien marcados, con camisas al cuerpo, el torso depilado y algún que otro tatuaje. ¿Cuánto es el sacrificio que conlleva verse bien? El ser humano es ser humano en tanto viva en sociedad. Por lo tanto la aceptación siempre está presente. Muchas veces la belleza es una elección; el lugar que se le da, la utilidad de la belleza. El mundo es cruel, no sólo con los gordos y con los feos, también con los pobres y enfermos. Y también con Zoe.

VII
Hoy la cebra dorada pasa sus noches en un potrero independiente. Las autoridades del Ranch sostienen que al ser un animal de manada, es importante que sea capaz de mantener el contacto visual con el resto para evitar la desesperación que provoca la soledad.

Yo la imagino trotando por el enorme predio, lejos de la manada, como si realmente tuviera noción de su condición de irrepetible; como si necesitara correr hacia la nada posando sus inmejorables rayas doradas bajo el sol y sintiendo la brisa en esos enormes ojos celestes, pestañando, fascinándose consigo misma /////PACO


Notas:

[1] La Equus quagga quagga fue una subespecie de cebra común –fea en comparación a la especie tradicional- que tenía manchas rojizas y blancas y algunas rayas negras. Se extinguió en 1883. El mismo final le espera a Zoe aunque la diferencia es que siempre estará la posibilidad de que la naturaleza se equivoque y haga nacer a una nueva cebra de oro.
[2] “La casa de Asterión”, El Aleph. Jorge Luis Borges. 1949.
[3] El mundo como voluntad y representación. Arthur Shopenahuer. 1818.
[4] La participación de Lizzie Velazquez en TED se puede ver aquí: https://www.youtube.com/watch?v=j1sI2elU65U
[5] Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. Friedrich Nietzsche. 1883.
[6] “La noche de los feos”, La muerte y otras sorpresas. Mario Bendetti. 1968.
[7] Una temporada en el infierno. Arthur Rimbaud. 1873.