Cate Blanchett

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Para la playlist de Otto

Por Mavrakis

I
Juan Ziska, que agitó la Bohemia en defensa de los errores de Wyclef, quiso que a su muerte lo desollaran y que con su piel hicieran un tambor para llevarlo a la guerra contra sus enemigos. Lo cuenta Montaigne en sus Ensayos a propósito del tema del coraje, aunque podría servir para pensar ciertos inconvenientes alrededor de la belleza. El primero es que la belleza —léase siempre Belleza— no quiere ser desollada. Mucho menos antes de su muerte. Y aún menos para convertirse en la piel de un tambor ubicado en el frente de una guerra equivocada. Una guerra fundamentalmente crédula. ¿Pero qué es la belleza?

Si el deber del crítico es explicar antes que interpretar, podríamos establecer lo siguiente: la belleza —esto va a sonar tan soviético como sea necesario— es aquello capaz de revelar el sentimiento de exilio y de alienación del hombre en la sociedad moderna. Es decir, la idea —que nace con una sospecha subterránea, a veces tan física como mental pero siempre persistente— de que hay algo más, algo huidizo, nunca precisable y sin embargo perceptible, que nos comunica algo importante sobre un más allá. A veces, muy de vez en cuando, la belleza puede objetivizarse. Esa es una relación de simetría, una relación uno a uno: una concreción que la vuelve parte del más acá. ¿Por qué siempre se traga saliva dos veces al levantar la cabeza para mirar el techo de la Capilla Sixtina?

La primera es porque el tracto digestivo se acomoda a una nueva gravedad, pero la segunda es responsabilidad de la contemplación directa de la belleza. Cada uno tendrá su propia experiencia, cada cual tendrá conciencia de cuál ha sido o cuál podría ser su propia Capilla Sixtina. Por otro lado, ¿qué es lo que ofende a la belleza? ¿El tiempo? El tiempo no ofende a la belleza. El tiempo, en realidad, es la fuerza que aniquila a la belleza. ¿Es la simple y estricta fealdad? ¿La fealdad y su guiño autocomplaciente que le recuerda a la belleza que al final, inevitablemente, por esforzada y voluntariosa y trabajadora que sea…? Hay otra cosa que tiene casi tantos defensores —¿o tantos followers y tantos muros?— como la fealdad y que, sin embargo, provoca más pudor defender. Algo que también ofende a la belleza y de una manera mucho más banal; es decir, de una manera peor. Esa cosa es la estupidez.

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II
A la estupidez no le interesa demasiado nada más que la acumulación de estupidez. Es como una de esas fiestas de solteros que pasaron los treinta y cinco años: el único requisito para entrar es estar vivo (y de ser posible traer algo estúpido para tomar). La estupidez es una rave abierta a todos y permisiva con todos: ese es el ritmo perfecto de la estupidez. La estupidez es el papel higiénico mental más suave, delicado y absorbente allá afuera, un producto perfecto dispuesto a aceptar cualquier mierda. Si necesitan abrazarse al falso sentimiento de pertenencia a una mayoría, abandonen los cursos de stand up y acérquense al centro de reclutamiento de estupidez más cercano a sus casas (si están en Facebook, de hecho, ni siquiera van a tener que buscar demasiado: entre todo lo que sí vale la pena hay una enorme colectividad de estupidez autóctona e internacional muy receptiva a la participación).

Y participar es muy fácil. Por ejemplo: uno de los últimos trending topics de la estupidez fue Woody Allen. ¿Cómo alguien con la moral corroída y perversa de Woody Allen podía ser considerado y valorado como artista? No importaba que la acusación de abuso de Dylan Farrow hubiera sido ya juzgada por un tribunal formal de justicia. Mucho menos que Allen hubiera sido declarado inocente. El pathos de la época es el pathos de la victimización —y casi todo estúpido se siente siempre, en realidad, ofendido por algo cuya explicación concreta le demandaría más esfuerzo que simplemente indignarse y sumarse de manera frívola al clamor de las víctimas—; por lo tanto, la relación entre la belleza de las películas de Woody Allen y la moral perversa, abusadora y victimaria de Woody Allen se resolvía en otra concreción, en otra relación simétrica uno a uno. Para la estupidez, entonces, si Woody Allen es malo, por lo tanto, las películas de Woody Allen son malas. El asunto queda cerrado a discusión (para la estupidez toda discusión es más bien indeseable) y el resto es un festival de indignación (para la estupidez la indignación es tan fácil como ladrar para un perro).

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Cate Blanchett —para volver a la belleza— representaba en ese paisaje de estupidez la nominación número 24 de Woody Allen a un premio Oscar, esta vez, como mejor actriz y mejor guión. La lógica era siempre simple y plana: el cine, los actores —en este caso la actriz— y los guiones de Woody Allen no podían merecer ningún premio porque su capacidad para producir belleza en el celuloide es indistinguible —¿una siniestra extensión, incluso?— de la moral perversa, abusadora y victimaria de Woody Allen. Un premio a Woody Allen, por lo tanto, sería un premio a la pedofilia de Woody Allen (el silogismo de la estupidez no va mucho más allá y los biógrafos mejor intencionados todavía dicen que Borges nunca tuvo su premio Nobel más o menos por las mismas razones, esta vez políticas).

III
Es muy probable que Cate Blanchett haya sabido desde el principio que lo único que podía interponerse entre ella y su Oscar era la estupidez. Y no piensen ahora en los muros de Facebook indignados con los fakes de paseadores que “lastiman a los perros”, ni con las acumuladoras crónicas de triglicéridos que se comieron con intenso placer el fake del bikini bridge. Piensen, en cambio, en un tsunami de verdadera estupidez global. Al principio el rezo pastoral de la indignación era más o menos así: ¿cómo podría la actriz de una película de Woody Allen ganar un Oscar y por lo tanto legitimar y celebrar la pedofilia de Woody Allen? Cuando las cosas mejoraron —dando otra vez por sentado que Cate Blanchett ganaría—, la cuestión pasó a ser otra: ¿agradecería o mencionaría a Woody Allen en su discurso de aceptación del Oscar? Esa lenta transición a través de las olas de la estupidez no fue fácil. “It’s been a long and painful situation for the family, and I hope they find some resolution and peace”, dijo Blanchett cuando le preguntaron sobre las acusaciones un mes antes de la entrega de los premios.

En la carta abierta escrita por Dylan Farrow, la hija adoptiva de Mia Farrow, la estupidez —perfectamente legitimada por la sombra de la víctima in toto— volvía incluso implícitamente cómplice a Blanchett de cualquier intento por desestimar la acusación de abuso: “What if it had been your child, Cate Blanchett?” [i] Es importante tener en cuenta que la estupidez es estúpida para todo excepto para salpicar todo con su estupidez. Y así fue como la belleza de Cate Blanchett, que venía acumulando menciones y premios cada semana —la belleza de su actuación y el reconocimiento de esa belleza por parte de quienes votaran a favor de un premio Oscar— fue puesta bajo boicot y a la vez extorsionada moralmente (algunas de las lanzas preferidas por la estupidez en casi todos los escenarios donde se desenvuelve).

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Es más o menos así como detrás del Oscar de Cate Blanchett por Blue Jazmine se puede rastrear entonces la épica menor de una pequeña historia de salvación de la belleza, ayudada por la buena publicidad. Blanchett no debe haber sido ingenua al respecto. La muerte de Phillip Seymour Hoffman —que fue la muerte de la posibilidad de un futuro con más belleza actoral por venir, y que conmovió incluso al club de la estupidez aunque por todos los motivos estúpidos— fue la mejor ocasión para que Blanchett demostrara que no solo era una mujer hermosa y una actriz con talento sino que también era una madre comprensiva y amorosa, capaz de empatizar con la verdadera tragedia. Cate no solo viajó con su esposo desde Los Ángeles hasta Nueva York para las exequias sino que les llevó juguetes a los hijos huérfanos a su casa, abrazó a la viuda y lloró sin reparos durante el funeral. La belleza, esforzándose —por motivos muy nobles— por ser todavía más bella. Y ni el boicot ni la extorsión moral pudieron al final contra eso. ¿Pero no es en sí mismo una derrota cuando la belleza necesita descender hacia el terreno vivo de la estupidez para enfrentarla?

En La grande bellezza, que también ganó un Oscar, Jep Gambardella es incapaz de volver a escribir una novela porque, como le dice a una Santa que se lo pregunta en su propia casa, se quedó esperando la presencia y la inspiración de la gran belleza. Durante tres horas de película, sin embargo, Jep Gambardella está rodeado de bellezza. Y también de una fabulosa cantidad de estupidez, siempre dispuesta a aniquilar su tiempo. Al final —hago una glosa de memoria de lo que termina por comprender Jep— siempre está la muerte, pero antes hubo vida. Y bla, bla, bla, bla. Lo que pasa después está en el más allá, dice el escritor, pero él no está para ocuparse del más allá sino del más acá.

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Para volver a Juan Ziska, que agitó la Bohemia en defensa de los errores de Wyclef, ¿por qué estos no parecen buenos tiempos para la belleza? Hace menos de dos meses asesinaron a tiros a Mónica Spear, una ex Miss Venezuela de 29 años, mientras viajaba con su esposo y su hija de cinco años en la provincia de Carabobo en Venezuela. Una banda quería robarlos y los ametralló: Mónica y su esposo murieron y su hija sobrevivió. Hace poco menos de un mes, otra Miss Venezuela de 22 años, Génesis Carmona, fue asesinada a tiros durante una protesta en Valencia, Venezuela. Estos son ejemplos rasos del desollamiento de la belleza en pos de alguna otra batalla (la injusticia en la distribución de la renta, la insatisfacción con las formas de gobierno, da verdaderamente igual). También son ejemplos rasos de belleza concreta, de belleza sensual, de belleza física y terrenal miserablemente sacrificada.

Dejando de lado la belleza de la actuación o la belleza de la literatura, cualquier mujer sabe mejor que cualquier hombre la enorme cantidad de disciplina, sacrificio y voluntad invertidos en la belleza del cuerpo (que es una forma de belleza instantánea porque se basta a sí misma y conmueve sin necesidad de explicar nada). Ese trabajo, esa relación exigente con el deseo propio y ajeno, no tiene nada de frívolo (y como pasa con el asunto de la moda, es por eso una frivolidad considerarlo frívolo). No se trata de si la belleza merece una vida más resguardada y prolongada que aquello que no lo es. ¿Pero no hay algo más hiriente, absurdo y maléfico en la destrucción sin sentido de la belleza que en la destrucción de otras cosas? Nadie capaz de admirar y valorar la belleza puede ser indiferente a la destrucción de la belleza. Por otro lado, ¿quién lamenta la destrucción de la estupidez? ¿Quién, por poner un ejemplo de vida o muerte, va a extrañar a los talibanes que dinamitan a los Budas de Bamiyan? ////PACO

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[i] La carta mide muy bien una lista de nombres relevantes a extorsionar: “What if it had been your child, Cate Blanchett? Louis CK? Alec Baldwin? What if it had been you, Emma Stone? Or you, Scarlett Johansson? You knew me when I was a little girl, Diane Keaton. Have you forgotten me?”