Carlos Bianchi: Apuntes sobre cómo movilizar una estatua

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Por @Volquetero

Los números sobre la campaña de Carlos Bianchi en su segundo ciclo en Boca son abrumadores. En torneos oficiales, perdió más partidos de los que ganó y el nivel de juego del equipo fue tan errático como lamentable. Fue eliminado de la Copa Libertadores por Newell’s Old Boys, y de la Copa Argentina por All Boys. El torneo pasado terminó cuarto, pero el anterior había terminado anteúltimo y en este conquistó 4 puntos sobre 15 en disputa. También perdió dos clásicos con River en el verano. Si fuera por los puntos conseguidos por Bianchi, si Bianchi no disfrutara del mullido colchón de puntos que le dejó el ciclo Falcioni, el equipo simplemente estaría en la B.

Pero lo peor de todo es que el equipo es espantoso y nadie sabe a qué juega.

Hace unos meses, el contrato de Bianchi se hizo público. Celebro que se haya hecho público, celebro que se sepa cuánto ganan los millonarios y también cuánto ganan los docentes. También me gustaría acceder a los resúmenes de tarjeta de crédito de cualquier persona. Pese a lo magro de sus resultados, Bianchi ganó alrededor de 31 mil dólares por punto. Cobra casi 2 millones de dólares limpios por año. Estas cifras no lo pintan como un mercenario, porque Bianchi es un profesional y apeló a su poder de negociación frente a las autoridades políticas del club. Estas cifras lo pintan como un hábil negociante -hincha de Vélez- que supo aprovechar sus credenciales frente a una dirigencia genuflexa, encabezada por Daniel Angelici, delfín de Macri y quizás el peor presidente de Boca en los últimos 25 años.

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Hubo muchos años, casi una década en la que Bianchi se negó persistentemente a retornar a Boca mientras su sombra de DT imbatible se agigantaba. El club alternó ciclos exitosos como el de Basile con desastres como el retorno de Basile. Pero Bianchi siempre estaba ahí, en el living de su casa en Barrio Parque, con sus contestaciones breves y filosas. Hasta que aceptó ser mánager y su gestión como mánager fue un bochorno. Eligió mal, nunca pudo establecer una relación coherente con el DT de turno, y la presión para que volviera al Banco de suplentes se agigantaba. Bianchi terminó renunciando, asediado y ofendido por la presión: como una colegiala aristocrática no está lista para trabajar apenas termina el colegio secundario, el Virrey no estaba listo para dirigir.

Cómo se atrevían a pedirle que dirigiera.

Lo cierto es que Bianchi fracasó rotundamente como mánager, como también había fracasado en su experiencia como DT en Europa. Y se volvió a su living de Barrio Parque, con sus contestaciones filosas y con su aura como DT intacta. Volvió con todos los dólares, porque el Virrey pertenece a la elite de trabajadores especializados que puede exigir un cobro en dólares. La gestión no era para él. Carlos necesitaba del vestuario, sacar agua de las piedras con planteles donde los jugadores se investían de gracia para otorgar un plus de rendimiento que iba más allá de sus aptitudes.

Para los hinchas de Boca, Bianchi representa una edad dorada. Esto trasciende sus logros deportivos. Tal como lo había hecho con Vélez en el 94, Bianchi conquistó la gloria con un equipo de jugadores que puestos en la balanza del fútbol mundial eran mediocres, pero rendían al máximo. En Boca, incluso fue capaz de matizar la feroz interna entre Riquelme y Palermo y lograr que un equipo de convivencia imposible en el vestuario se brindara en las canchas como una sinfonía de gladiadores. Gracias, Carlos, de corazón. Nunca vamos a olvidar que nos recordaste quiénes éramos.

Con simplicidad, conceptos claros y un hábil manejo de la psicología grupal e individual, Bianchi nos hizo felices no sólo porque ganaba sino porque realizaba en el campo de juego una serie de valores que conforman, pese a su flujo contradictorio, la arquitectura emocional del hincha de Boca: el sacrificio pero mechado con una exquisitez diletante y pendenciera –tal era la función de Riquelme en el equipo-, la efectividad pragmática, el potenciamiento de lo individual en base al colectivo, la solidaridad, y una lectura de las debilidades del contrario que habilitaba una estrategia en tres etapas: la de su anulamiento, luego su desgaste y finalmente su aniquilación.

Así le ganamos al Real Madrid, así le ganamos al Milan y así conseguimos que River empezara a deslizarse en una pendiente de humillación que diez años más tarde culminó, coadyuvado por sus problemas internos, en el vergonzoso e imborrable descenso y la modificación de su identidad deportiva para siempre. El Bayern Munich, que es muy parecido a Boca en su filosofía existencial, nos aplicó el mismo principio y nos ganó merecidamente. Once Caldas hizo lo mismo.

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Repito: Bianchi es “intocable” en Boca no sólo por sus logros, sino por cómo los consiguió. La hipótesis podría extenderse hacia una lectura del contexto sociopolítico en el que el Macrismo termina por imponer un modelo de entender la Bosteridad, en pugna con otros, pero a eso lo dejo para otro momento.

La idea de que al hincha de Boca sólo le interesa ganar y no cómo es una distorsión clasista de hinchas de clubes sin grandeza y de periodistas deportivos ignorantes.

Ahora bien, ese Bianchi invencible, ese Bianchi que podía fracasar como mánager, que podía enfrentar a Grondona y despreciar el puesto de DT de la selección, ese Bianchi encerrado en el edén de su living en Barrio Parque, soberbio hacia afuera y sabio hacia adentro, venía acompañado por otro elemento imprescindible: la integridad.

Bianchi era el garante de que para que el fútbol argentino mejorase tras la excepcionalidad de Maradona, era necesario que eliminase a Julio Grondona. Bianchi decía: con Grondona no. Con Grondona no voy a ser DT de la selección, con Grondona no vamos a volver a ganar un Mundial.

Hoy en día, Bianchi perdió todas y cada uno de sus atributos positivos y es una sombra que está llevando al club a la debacle, restándole gloria y dignidad, y lo que es todavía peor, ejerciendo un juego perverso en relación a la memoria emotiva de los hinchas del club. Esto es lo que me preocupa.

Hoy, deportivamente, Bianchi no les llega a los jugadores. Su esquema táctico con un doble cinco es un fracaso y además contradice su librito. Perdió su aura de integridad al incluir en el equipo a jugadores como Chiqui Pérez, Ribair Rodríguez, Hernán Grana o el mismo Nahuel Zárate, sin nivel para un club como Boca, y apadrinados por su hijo Mauro. Arruinó y devastó a los dos mejores que teníamos, Gago y el Burrito Martínez, como antes lo había hecho con Clemente Rodríguez, sin nivel para retornar. Permitió que se fuera Ervitti y trajo a Gigliotti, un excelente número nueve para un club como Atlético Rafaela, cuya única diferencia con el uruguayo Silva es que la pelota le rebota cada vez a setenta y cinco centímetros en lugar de a un metro de distancia.

Bianchi compró mal, eligió peor, no sabe parar al equipo, y lo peor de todo es que carece de autocrítica o de reservas morales para revertir la situación. Dice que Boca jugó parejo con Vélez cuando nos pasaron por arriba, dice que jugó bien contra Estudiantes cuando el segundo tiempo fue una película de terror. Está alienado, está arruinado y está destruyendo moralmente a la institución. Es como un chico que pide dar otra vuelta más en la calesita mientras la humanidad muere por una guerra bacteriológica.

Cuando todo falla, no es sólo la culpa de los jugadores. Si el DT no puede erigirse en Leviatán y quemar las naves, administrando rigores y castigos, apelando a su enorme capital simbólico con los hinchas, y espera a que mágicamente mejore “la actitud”, es porque simplemente está acabado.

Bianchi no sólo  perdió sintonía fina para entender el fútbol de hoy, lo que no sería tan grave, sino que también dejó de interpretar aquello del espíritu bostero que sus equipos encarnaban. Se creyó la estupidez del “celular de Dios”, que ya no lo atiende justamente porque la propia creencia impugna la conexión. Bianchi es un tipo cuya mayor virtud es la intuición y la simpleza, la persistencia y el trabajo.

Justamente eso genera un dispositivo telúrico y antiintelectual que hacen que Bianchi, cuando fracasa, se escude en el profesionalismo y carezca de autocrítica. Bianchi es un Basile pragmático y sin teatralización de las cábalas, pero sus configuración es la misma. Para peor, desde la tranquilidad que le damos los hinchas de Boca, desde el living de Barrio Parque mental que le brinda la condescendencia repugnante que está anidando en los corazones bosteros, no sabe qué hacer pero permanece, cobrando 31 mil dólares por punto mientras evalúa “si los jugadores le responden” o en qué fecha va a hacer retornar a Riquelme. La calesita.

Boca ya quedó fuera de la lucha por el campeonato, pero eso no es lo que más me duele.  En efecto, los bosteros sabemos que no se puede ganar siempre, que no tendría gracia ganar siempre. Pero creo que en el fútbol la identificación con unos colores es un elemento que contornea una persona colectiva de modos sutiles y persistentes, en tensión no sólo con las identidades sociales, sino con las moralidades de los sujetos a los que atraviesa. Y lo que está produciendo Bianchi es una debacle espiritual.

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El problema de Bianchi se vincula más con la relación que nos obliga a establecer con el pasado de gloria que con el presente. La alternativa parece ser honrar la memoria y soportar estoicamente, o ser un traidor sin memoria, romper los códigos de honor hacia adentro que también forman parte del espíritu boquense. Esos códigos que Palermo rompió al decir que era hincha de Estudiantes en su despedida o que el Mellizo Guillermo también rompió al gritar un gol que nos convirtió de penal. Ninguno de ellos merece un lugar en el Olimpo boquense; lo tenían y lo rechazaron porque su corazón estaba en otro lado, mucho más miserable. Bianchi puede estar a tiempo de recuperar el suyo, que tenía y rifó. Pero no le queda demasiado crédito.

Las dos opciones mencionadas son horribles. La primera es demoledora porque su mella en la identidad boquense puede ser imborrable y tremendamente perjudicial. La segunda también es mala porque iluminaría un costado eficientista que sin conciencia de sus condiciones de enunciación, en el mediano plazo, reconfiguraría la identidad boquense en una necesidad de rescatar puntos a cualquier precio que es la puerta de entrada para algo mucho peor: la construcción de una subjetividad paria, enamorada de su fracaso, que se regodee en sus limitaciones, que Boca estuvo en riesgo de construir entre mediados de los ochenta y fines de los noventa.

La salida, sin embargo, no sería ni una renuncia de Bianchi ni que el inútil de Angelici le pidiera la renuncia. En el primer caso, primaría la desorientación y el pasado hacia el que se tiene que aspirar perdería legitimidad. En el segundo caso, se consagraría la lógica eficientista que encubre que el primer culpable de esta situación es el propio Angelici, desde que fue complaciente con todos los pedidos de Bianchi incluso después de que su impericia quedara demostrara, y desde el momento que firmó un contrato genuflexo con el entrenador creyendo que así preservaría su trayectoria política.

Bianchi es el único que puede morigerar esta situación, y reparar el efecto perverso que su inoperancia está teniendo en el colectivo. Posee el capital simbólico necesario y también posee el capital económico necesario para tener un gesto de grandeza hacia los hinchas de Boca. Es mejor irse con un heroísmo apaciguado y que dé batalla antes que devorado por el periodismo, la avaricia y la circunstancia. Porque no es el profesionalismo lo que está en juego, lo que está en juego es cómo procesamos nuestra relación con el pasado hacia el futuro. Lo que está en juego es la identidad bostera post-década ganada.

Y, por favor, nunca le hagamos una estatua. No nos miremos al espejo sabiendo que somos hinchas de un club que le hizo una estatua a un hincha de Vélez. ///PACO