John Stagliano, deseo y política de un pornógrafo

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Por Luis Diego Fernández

“El extremismo en la búsqueda de libertad no es vicio.”

Karl Hess, Discurso de B. Goldwater, Convención Partido Republicano, 1964

“El erotismo puede excitar, pero solamente lo socialmente autorizado (véase, por ejemplo, el caso de la teta, que ya ha sido legalizada hasta en la publicidad); la pornografía, en cambio, opera en la cloaca de los deseos ocultos e inconfesos, y su mismo consumo se envuelve de una protectora clandestinidad, que de algún modo cumple el papel imprevisto de restaurar lo privado en un mundo donde esto ya es ilusorio. Si el erotismo es estéticamente cool, elegante y desapegado de sus objetos, la pornografía nutre su tibieza de la interioridad recóndita de las fantasías que ha evocado, y del furtivo rubor de su vergüenza. El erotismo es la pornografía de los hipócritas.”

Claudio Uriarte, Elogio de la pornografía, Revista El Amante, n° 29, 1994

Sodomía y gonzo

No hay personajes anómalos, mucho menos en los Estados Unidos de América, reino de la diversificación, de la escultura de vidas al límite de lo posible. Sí, es cierto que cada tanto esa opípara dimensión, esa cartografía deshilachada, nos escupe en la cara individuos o singularidades que merecen lupa de aumento, un prisma de mayor atención sobre la cosa en cuestión. El caso de John Stagliano (Chicago, 29 de noviembre de 1951) es tanto objeto de reflexión como sujeto de acción. Datos: más de 200 películas de pornografía heterosexual hardcore con orientación en la práctica del coito anal filmadas como director. Un pornógrafo nunca es un fulano y mucho menos es como otro pornógrafo (no hay dos iguales), existen variables que son capitales a la hora de echar por tierra con rapidez un oficio y una industria que mueve más de 14.000 millones de dólares por año (solo en Estados Unidos) y produce alrededor de 11.000 títulos (en diversos formatos: DVD, Blue Ray, Websites, canales de TV pagos, etc.) cuando el cine mainstream de las majors de Hollywood solo nos otorga la suma de 800 films. Los números no califican pero mapean esos manchones, esas piedras que apalancan una relación tan íntima y lejana como aquella que suele darse entre deseo y política, y allí Stagliano, conocido como Buttman, tiene su recinto propicio, su cuarto para jugar con cuerpos.

Hay términos que definen el trabajo de Stagliano: mujeres, culo, gonzo, libertarismo, Ayn Rand, Buttman, Evil Angel, HIV, fetichismo, censura, obscenidad, perversión, emancipación, California, son algunos que lo moldean. La horma del cine condicionado tiene sus etapas definidas y sus linajes, son nombres que se montan unos sobre otros: en 1969 se legaliza la pornografía en los Estados Unidos y surge el negocio del deseo, el mercado de la carne tal como lo conocemos hasta el día de la fecha. El cine pornográfico, en sentido estricto, es un rebote, un eco, una sonoridad que emana de dos fuentes de sentido: la liberalización de las prácticas sexuales y la contracultura californiana (ambas relacionadas). No se transformaron de cabo a rabo las formas de existencia pretendidas pero se diseñaron analgésicos para subsanar vidas dañadas por la coacción hipócrita de la American Way of Life. En el mismo sentido de la pornografía, fue el destino del rock y de otras industrias del cuerpo (tatuajes, cirujías estéticas, viagra). Ninguna de estas manifestaciones fue anti-capitalista (todo lo opuesto). Su enfrentamiento siempre fue ético o estético, la ampliación de la esfera de no interferencia sobre el individuo y el auto-gobierno, de allí la pulsión ácrata. En definitiva: de la emancipación hedonista a la industria del deseo, vemos una directriz que marca la lógica con notoriedad. El cine XXX que nace a fines de los sesenta y comienzos de los setenta aparece siendo de autor y con aspiraciones quizá ilusorias, las películas emblemas (Garganta profunda, El diablo en la Señorita Jones) eran regidas por sus directores (Gerard Damiano, Artie Mitchell, Alex de Renzy); la década del ochenta trae la revolución neocon de Ronald Reagan, el SIDA y el reinado de las starlets, el divismo del star system se traslada engalanado por bombas eróticas como Traci Lords o Nina Hartley y se matriza el ícono de la pornostar rubia y siliconada; en los noventas, por el contrario, el entretenimiento para adultos vive su época “chic”, el llamado glamcore de directores como Michael Ninn o Andrew Blake que pretenden darle densidad fílmica (parodias de géneros) y estilística de videoclip a coitos estetizados en grado sumo. La materia de Stagliano aparece a mediados de esos noventas demócratas (Administración Clinton) y alcanza su cúspide en la primera década del siglo XXI con un objeto de por sí ya polimorfo para el resto del porno mainstream heterosexual: el ano.

Un pornógrafo italo-americano fundó su estética a la que llamó “gonzo” en torno a la soberanía del ojete. Si fuera solo eso tendríamos una mera sodomía universal (al modo de Sade y Osvaldo Lamborghini), pero no es el caso. La categoría de gonzo, también nativa del periodismo de Hunter S. Thompson, requería algo más: la participación activa del pornógrafo/director en el acoplamiento, la interpelación permanente (cruda, humillante, agresiva, insultante) a cámara de la performer en cuestión, el desenfado, la caradurez, la sofisticación cada vez mayor de los actos sexuales, la utilización de otros líquidos (saliva, aceite), el fetichismo de la lencería (tangas hilo dental de colores fluo, botas de tacos desproporcionados), los cuerpos torneados con la impresión del tatuaje, las prótesis en los pechos y nalgas, el cruce interracial deliberado. Todo eso trajo Stagliano. En algunos opus de su autoría como Fashionistas (2005) o la serie de Buttman’s Anal Show (2002) es notoriamente visible el arsenal lujurioso al cual podemos aplicarle la categoría de “imagen-pulsión” que gestó Gilles Deleuze en La imagen-movimiento (1983). Si bien la mirada deleuziana se centraba en la cinematografía de Luis Buñuel y Erich von Stroheim el ejercicio de las características de repetición, síntoma y fetiche de la imagen-pulsión, el afecto degenerado o acción embrionaria, es completamente funcional a la estética staglianesca y del porno gonzo en líneas generales. No es poco para alguien que habla del hardcore anal en términos de “arte”, y que, según sus palabras, procura darle felicidad al espectador.

Dice Stagliano:

Eso es lo que fue Buttman: sin guión, sólo escenas flojamente anudadas para mayor diversión y para filmar el mejor sexo que pudiéramos. La gente que dice que el gonzo no tiene trama no ha visto mis películas. No aprecian mi dedicación para montar el inicio de cada escena. Trato de crear expectativa y erotismo para empezarlas. Muchas de las escenas Buttman son tomas de exteriores. No es gente diciendo líneas de un guión, pero es una historia.

2014: la pornografía cada vez más integrada ya no debería ser objeto de críticas ponzoñosas y cliché del conservadurismo clásico (sea éste de izquierda o derecha). Un desafío mayor es realizar pornografía heterosexual luego de la pospornografía feminista (Annie Sprinkle, María Llopis). En ese sentido, Buttman encontró una forma para redefinir esa estética abriendo otras dimensiones. Su compañía Evil Angel (fundada en 1991, en Los Angeles) dispone de la variación siempre con eje en lo anal: interracial, MILF (mujeres mayores de 40 años) y shemales (transexuales, travestis). Un efecto quizá no deseado de la pornografía posterior al posporno teorizado por pensadoras de género es que permitió dotar al cine XXX mainstream (en su mayoría despreciado por ciertos feminismos primitivos) de una singularidad: fue desafiante para directores como Stagliano y su camada de perversos profesionales que lo secundaron, como Jules Jordan, Jay Sin, Jake Malone, Brian Pumper o estrellas rutilantes como Rocco Siffredi, Manuel Ferrara, Nacho Vidal o Belladonna que han ejercido detrás de cámara su rol de directores estos últimos años.

Se sabe que porno-grafía es el discurso de la puta, desde la antigüedad: porné, prostituta. Ese grafo, esa manía de la grafía toma a la puta como la portadora de la celebración cirenaica, de Arístipo, aquel filósofo perfumado amante de libros y burdeles que propiciaba los placeres cinéticos (sexo, vino y gastronomía) contra el monacal Epicuro. Ese plexo es lo que reivindica Stagliano como pocos: la puta es dignificada al grado sumo. Una industria en la cual las mujeres ganan cuatro o cinco veces más que los hombres, que son cuidadas, adoradas como divas y que toman decisiones a través de sus representantes sobre las escenas que quieren o no ejecutar sin coacción alguna. Stagliano testimonia con su existencia: en Buttman Confidental (1998), un documental sobre su figura, lo vemos en actitudes reflexivas entre escena y escena. Allí devela que adquirió el HIV producto de haber tenido relaciones sexuales sin protección con travestis en Brasil. Hoy prácticamente tiene el virus indetectable.

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Libertarismo y oprobio

El deseo se abre las aguas hacia lo desconocido, eso Judith Butler en su libro Sujetos de deseo (1987) lo deja claro: por su misma constitución evanescente es incómodo para la tradición filosófica, se escurre, no permite ser nominado fácilmente y tiende en su voracidad a incorporar lo otro de modo glotón, convierte lo ajeno en lo propio con velocidad. Es claro que hay una política del deseo, ejemplos sobran, por caso: Félix Guattari y Néstor Perlongher. Otros más modestos: Sasha Grey y Armando Bó. ¿Cuál es esa torsión, ese clivaje o alambique de la política o incluso de la ideología deseante? En Stagliano esa matriz es declamada: adscripto y votante desde joven del Libertarian Party (fundado en 1971), lector de los libros de la escritora pro-capitalista Ayn Rand, benefactor de la revista Reason (órgano de prensa libertario). En ese campo intelectual del libertarismo también aparecen estrellas luminosas como Clint Eastwood y Angelina Jolie, que claman desde soledades en Monterey o tatuajes masivos, por la misma punta de lanza atómica. La relación entre la filosofía política del libertarismo y las prácticas extremas es casi una ecuación de necesidad. Los filósofos fundadores de esta filosofía genuinamente estadounidense (la única junto al pragmatismo) en la revoltosa década del setenta (bajo el Gobierno inepto y conservador de Nixon) vieron con gran angular una tríada de nociones que podían maridar: el anarquismo individualista de viejos sabios americanos insurrectos como Lysander Spooner o Henry David Thoreau en el siglo XIX más la idea de propiedad privada lockeana y la teoría económica de la Escuela Austríaca. De ese combo proteico y muscular emana el llamado libertarismo o a veces libertarianismo (en inglés: libertarianism). Lazo amoroso entre anarquismo y liberalismo, el libertarismo es, en rigor, la contracultura liberal, la radicalidad de libre mercado, una filosofía en expansión dentro de reductos extremos, producto de conceptos que desarrollaron filósofos como Robert Nozick o Murray N. Rothbard que en su Manifiesto Libertario (1973) habla de los llamados “crímenes sin víctimas”. En ese sentido, el credo libertario dejaba potestad absoluta sobre el cuerpo propio, la propiedad y el mercado laissez faire, es decir, sin regulación. De allí que toda acción contra el cuerpo personal o consensuada entre partners, el “crimen”, es lícita: pornografía, prostitución, drogas (blandas y duras), eutanasia, aborto, portación de armas, juego, alcohol, etc. Los libertarios estadounidenses son esa anomalía salvaje y por ello no es casual que personajes como Stagliano lo sean. Tildados de hippies de derecha, anarco-capitalistas, libertinos y hedonistas (a modo de ultraje cuando deberían ser elogios), lo cierto es que los libertarios tienen la habilidad, la astucia y la inteligencia de reconvertir la injuria en tradición, ideología, densidad conceptual, estética y prácticas propias. Durante los setentas, década de oro de libertarismo, se llegó al diálogo y coalición con los socialistas libertarios de la New Left anti-estatista (influidos por mayo del 68) originando el ala izquierda del libertarismo: apoyando a los Panteras Negras, las minorías sexuales y criticando la ocupación en Vietnam. Este anarquismo de mercado libre de izquierdas hoy vive fuertemente en agrupaciones como la Alliance of the Libertarian Left, en expresiones contraculturales y en la red. Nada parece ser más ajeno del libertario que la rémora habitual en espíritus vencidos, débiles, culpógenos y neurotizantes: la victimización que clama de legitimidad.

En 2008 Stagliano fue acusado de cuatro cargos por obscenidad por una Corte Federal estadounidense. Se alegaba exhibición libre de escenas explícitas de sus films producto de la viralización en redes sociales que habían partido de su sitio Evil Angel. En 2010 fueron levantados los cargos por no encontrársele mayor mérito ni prueba. El tema fue sonante en la prensa estadounidense y el Partido Libertario emitió un comunicado defendiendo al pornógrafo como pleno ejercicio de la moral libertaria y del respeto de las libertades individuales constitucionales. Más allá de la anécdota puntual, el caso sirvió para apuntalar el discurso de Buttman con mayor vigor, se lo vio argumentado con nivel, sin pausa, ni prisa. Otros pornógrafos célebres (Larry Flint de Hustler, Bob Guccione de Penthouse) pasaron por similares situaciones: lo cual confirma que la censura es una bendición que legitima y le da los laureles a todo artista erótico.

La semántica, la letra de molde siempre es garantía de la fidelidad: Stagli-ano. Años de evolución permiten racionalizar un espacio de detritus y desecho. Cabezas pensantes como Guy Hocquenghem o Beatriz Preciado han tomado el orificio anal como espacio político. El libertarismo estadounidense lo defiende como soberanía plausible, o mejor: sober-ano constitutivo. Esas aguas confluyen en la figura de Buttman, casado con Katie Summers, ex pornstar, padre de un niño, su vida parece ser la de un creador outsider y radical que vive, lógicamente, en el Estado de California. Las luces de la playa de Malibú en la que habita y donde filma gran parte de sus escenas lascivas no son ajenas a la trashumancia libidinal que nos regala en sus proyectos. Nunca es tarde para cercenar lo trasero, la puerta cerrada, el espacio de atrás; lo polimorfo que defiende el deseo de un libertino del siglo XXI en plena actividad. La paz solar de la arena de la costa oeste, el indian summer que se posa en la piel, pero también allí donde febo no ilumina. Un agujero negro que se come todo es la imagen más atinada.///PACO