Houellebecq, el artista como crítico

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Podría ser motivo de charla con Marc Caellas


Por Mavrakis

I
Todos los artistas que también son críticos —en especial de las artes más nobles que son, en este orden, la música y la literatura— son, en buena medida, proselitistas encubiertos de su obra, una especie de mano oculta que actúa en provecho propio. Michel Houellebecq, por ejemplo, llegó a la prosa como crítico antes que como novelista (y ese salto cualitativo no es menor si se piensa que, en esencia, Houellebecq es un poeta). Con una formación literaria prácticamente autodidáctica —Houellebecq completó sus estudios como ingeniero agrónomo— pero con un sentido de la orientación muy refinado y un proyecto narrativo propio, su lectura de H. P. Lovecraft en Contra el mundo, contra la vida puede leerse casi de la misma manera que hoy se lee el Evaristo Carriego de Jorge Luis Borges: una lectura propositiva detrás del objetivo de fijar los bordes de una estética afín para proyectar un trabajo de expansión propio. Si leer es una técnica, la lectura del artista-crítico es una técnica necesariamente iluminadora en un doble sentido introspectivo y retrospectivo. Los buenos escritores, en tal caso, muchas veces revelan sus propias pretensiones acerca del sentido literario de su obra más en el registro crítico que hacen de sus lecturas que en sus propios libros (y la dimensión entre una cosa y la otra puede transformarse en un interesante y no necesariamente productivo pozo de expectativas desde el cual hacer emerger agua útil o veneno puro).

Como sea, en el terror de H. P. Lovecraft hacia la mecanización del mundo moderno y la hibridación entre lo humano y lo monstruoso puede haber muchas cosas —incluida una interesante sensibilidad poética a la que Houellebecq no es indiferente—, pero al lector de Houellebecq no va a resultarle difícil ver que, en el terror de H. P. Lovecraft leído por Houellebecq, está la materia prima de una inminente representación propia del mundo. De esto se deriva también una cautela, un trabajo de reflexión y una expectativa futura: Lovecraft y Carriego pueden considerarse, en general, escritores buenos pero no realmente buenos. Más bien serían la clase de escritores que parecen necesitar una pátina de tiempo y de relecturas posteriores, un trabajo delicado y personal hecho por los escritores y los críticos futuros que ayuden a una revisión de sus aciertos y errores. Por otro lado, por supuesto, leer a Edgar Allan Poe (o leer a Sarmiento) sería más fácil pero también menos imaginativo y original. ¿Qué pasa cuando un artista de stand up argentino se declara admirador de Louis C. K. y Seinfeld y después exhibe su propio material humorístico? Sumerge a su público en un abismo de decepción mucho más profundo, penoso e irreparable que un pozo.

Michel_Reuters_9f414bf8c7 Michel Houellebecq a obţinut Prix Goncourt Autor Alexandra Olivotto
II
Además de usar algunas entrevistas y ciertos textos publicados en revistas o en internet, el caso es que Houellebecq no volvió a ocuparse de la crítica como método específico de trabajo para pronunciarse y participar de la discusión sobre determinados sentidos literarios o culturales en general (el plato fuerte al respecto, claro, está en sus novelas y en sus poemas, aunque reducirlos a simples manifiestos críticos sería poco inteligente). Lo que sí hizo Houellebecq, en cambio, fue evolucionar hacia un artista-crítico dispuesto a hacer proselitismo encubierto de su obra ya no a través de la escritura de crítica sino a través de performances públicas concretas y ciertas intervenciones sobre el mercado cultural y sus categorías, sobre los circuitos de legitimación del arte y fundamentalmente sobre esa larga y confusa nube mediático-popular-mercantil llamada fama.

Como director de cine —Houellebecq ya dirigió una película y tres cortos— conviene ver La possibilité d´une íle (2008) para entender hasta qué punto la impunidad del éxito puede convertirse en la parodia de la omnipotencia de un artista ungido por el mercado. La possibilité d´une íle es una de las mejores novelas de Houellebecq —porque desarrolla en detalle lo que ya estaba en las anteriores, sobre todo— y también una de las novelas por las que recibió uno de los mejores adelantos de los que haya registro público: un millón quinientos mil dólares. Como película, sin embargo, La possibilité d´une íle es una experiencia masoquista y decepcionante para el espectador y una experiencia poderosamente narcisista para el director (que se incluye rápido en una escena para burlarse a sí mismo, lo cual en algún punto indica que, a partir de ese momento, el burlado durante las restante dos horas de bodrio será el espectador).

Las críticas de los espectadores en IMDB no sirven para mucho más que confirmar la preponderancia del mínimo denominador común en territorio del gusto, pero el Warning! Epic Fail de un crítico anónimo checo es imponderable. ¿Por qué Michel Houellebecq hizo eso con los seis millones ochocientos mil euros de presupuesto cinematográfico? La respuesta más probable es que lo hizo porque se lo permitieron. Lo hizo porque a alguien se le ocurrió que era idóneo y rentable darle seis millones ochocientos mil euros para dirigir una película a alguien que no es director de cine sino escritor (el antecedente más útil sería la leyenda que cuenta que en 1968 Federico Peralta Ramos se gastó la Beca Guggenheim en un banquete para sus amigos en el Hotel Alvear: “Ustedes me dieron esa plata para que yo hiciera una obra de arte, y mi obra de arte fue la cena”).

Un tiempo después, a alguien también se le ocurrió que sería rentable —porque Houellebecq realmente es un autor literario rentable— que cantara. Y Houellebecq aceptó cantar. Con el single editado como Le filme du dimanche (2011) Houellebecq volvió a demostrar hasta qué punto absurdo la fama podía transformarse en productos oportunistas sin mayor relevancia ni sentido que la explotación de la marca Houellebecq (asunto que motiva toda la segunda parte de la novela La Carte et le Territoire). Con Iggy Pop, en cambio, la experiencia en 2009 fue menos grotesca probablemente porque surgió de manera inversa —y por eso uno supone que más sincera—: después de leer el pasaje de La possibilité d´une íle sobre la muerte de un perro, Iggy quiso grabarlo como canción en su disco Préliminaires. A partir de ese momento, el cantante y el escritor intentaron componer algo así como una extraña relación pública basada en una especie de intercambio interdisciplinario sin mayores frutos que alguna aparición televisiva y un par de fotos (“La possibilité d´une íle” ya era desde 2008 también una canción coescrita por Houellebecq y Carla Bruni para su disco Comme si de rien n´etait, que salió a la venta el mismo año que Bruni se casó con el presidente Nicolas Sarkozy).

III
En adelante, Houellebecq se alejaría de la crítica como género literario e intensificaría la crítica cultural mediante la permisividad de una exploración que lo llevó hasta la performance. (La Carte et le Territoire ilumina algo de esta crítica burlesca de Houellebecq, siempre dispuesta a afirmar precisamente el punto ciego de sentido que se produce cuando una máquina publicitaria exacerbada se aplicada sobre una determinada obra artística —empezando por el propio Houellebecq— hasta que su relevancia se desdibuja ya no a través de un circuito de apropiaciones o interpretaciones estéticas, sino a través del universo de la más simple estupidez. Un universo de marchands, fetichistas y, en mayor o menor medida, brutos más o menos autosuficientes a los que no les interesa la trascendencia intrínseca de ningún arte ni lo que pretenda decir sobre el mundo).

De esa manera, mientras que La Carte et le Territoire era una novela de Houellebecq sobre los problemas filosóficos pero también mercadotécnicos de la representación estética, el mercado del arte y la imaginación contemporánea —y una buena novela, capaz de ganar el Prix Goncourt en 2010—, La Carte et le Territoire se transformó también en una muestra de arte algo ridícula y ventajista “inspirada en la novela de Houellebecq”. La imagen de Houellebecq recorriendo la muestra —puede verse en YouTube con una guía personal que le explica todo lo que ve—, mientras camina en la habitual pose aturdida y se para a sacar fotos de los cuadros y las esculturas con su cámara, se presta más a la risa sardónica (del griego σαρδονικος) que a cualquier otra cosa (siempre y cuando, por supuesto, uno haya leído antes La Carte et le Territoire). La performance superior, sin embargo, consistió simplemente en apagar el teléfono y desactivar su correo electrónico antes de una gira promocional de ese libro por Europa.

Durante varios días los medios especularon con el suicidio, el secuestro o la fuga psicótica de Houellebecq hacia algún lugar desconocido. Hasta que, al final, reapareció bastante apenado porque su perrito Clément se había muerto (en una entrevista después del duelo dijo: “Clément compartía mi vida. Era un animal muy tímido. A veces permaneció encerrado detrás de una puerta durante horas sin llamar. Un ser humano nunca haría eso, se habría puesto a llorar. Me resulta muy conmovedor. El perro pone su vida en tus manos. Te hace completamente responsable de su supervivencia. El niño también. Pero el niño no tiene otra opción. El perro da libremente. Tiene una confianza total. Los seres humanos no hacen eso”).

El falso documental en el que Houellebecq acaba de participar vuelve a ese asunto. ¿Quiénes secuestrarían hoy a uno de los escritores más famosos del mundo? ¿Qué tan absurdo podría ser eso incluso como una acción política radical? Este ya no es un mundo donde valga la pena secuestrar a escritores porque realmente no importa lo que tengan que decir —asunto sobre el que Houellebecq ha recolectado experiencia mediática y judicial propia bajo acusaciones de “islamófobo”, “misógino” y “machista”—, aunque sí es un mundo más bien dispuesto a secuestrar a una celebridad. Lo peligroso, lo que realmente puede resultar dañino al momento de los intercambios sociales, no es ninguna elevada o provocadora forma de expresión artística —no son “las ideas”— sino la fama mediática y su aura de confort (y eso sí es un problema interesante: el azar y hasta el crimen pueden proveer fama y sus beneficios, pero ni el azar, ni el crimen y ni siquiera la fama puede proveer talento). ¿Cuál es la alternativa? Bueno, está en todas las novelas de Houellebecq: isolement, aislamiento. Por las dudas, Houellebecq acaba de cantarlo para un público más amplio, no necesariamente lector de su obra, con Jean-Louis Aubert. Lo que se afina, otra vez, no es tanto la voz de cantante de Houellebecq como su proselitismo crítico, su humor hacia sí mismo primero y hacia el resto del mundo después////PACO