El Casas del sol naciente

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Por Ariel Idez 

En literatura el gusto es el juez más justo, pienso cuando llevo leído un tercio de La supremacía Tolstoi, el último libro de ensayos de Fabián Casas, una hora después de haberlo comprado. Hacía un par de años que no leía a Casas, desde Ensayos bonsái, y creía haberlo perdido en la baulera de las lecturas pasadas; pero a veces el olvido de un autor es una astucia del inconsciente para que no se nos ponga en evidencia cuánto le estamos copiando. Ahora, claro, voy a copiarlo como loco, porque acabo de terminar el libro y tengo su estilo pegado como un sarpullido; eso me preocupa menos que los agentes patógenos inoculados frase a frase a lo largo de 228 páginas que ningún anticuerpo literario podrá eliminar del todo.

¿Qué pasa con Casas? Durante los noventa –como todos los escritores valiosos que surgieron en esa época– era poeta. Tuvo un interregno narrativo a comienzos de los dosmiles con los relatos de Los lemmings y la novela Ocio, rápidamente metabolizados por la crítica literaria como un episodio más en el tedioso “giro autobiográfico” de la literatura argentina. Desde hace unos años es, sin mucho esfuerzo, el mejor ensayista argentino. Hay un hilo conductor en esas metamorfosis, que es su escritura y, en este sentido, una evolución coherente, al menos en su estilo.

Es inevitable, voy a utilizar un truco de Casas para ilustrar cómo funciona ese estilo. En la grieta entre las décadas del ochenta y noventa habitó las canchas argentinas un jugador con nombre cósmico: Sergio Omar Saturno. Era un puntero que llegó a jugar en Boca y Huracán y terminó su carrera en Platense. Saturno tenía dos apodos, desechamos el de “Larva”, por su aspecto físico y nos concentramos en el otro: “Bicicleta”. Se trataba de la jugada homónima que su autor ensayaba exitosamente en cada partido. Todos los defensores sabían que, inexorable como el destino, en algún momento del juego sobrevendría la inefable bicicleta y, sin embargo, no podían evitarla. Otro tanto sucedía con los hinchas (incluso rivales): todos estaban al tanto de lo que Saturno iba a hacer, e incluso esperaban que lo hiciera, pero nadie podía saber cuándo lo haría ni nadie podía hacerlo como él. Los ensayos de Casas contienen un tema, que puede ser docto o plebeyo, al que se tratará de forma inversamente proporcional (se mentará a Deleuze para explicar el juego de la selección holandesa de fútbol del ’74, se hablará del amigo que quiere garcharse a tu mujer para explicar a los posestructuralistas); para ilustrar su punto de vista el autor apelará al acervo de su experiencia (ese saber consuetudinario al que llamamos “calle”) y al de sus copiosas lecturas (que llamamos “saber” a secas);  habrá en el texto algo de sabiduría oriental, alguna epifanía de inspiración zen y una o varias anécdotas extraídas de la vida del autor, de sus amigos o de los autores que le gustan. A pesar de lo que predica, Casas no trabaja en contra de sus aptitudes; su estilo se refuerza y se perfecciona en cada ensayo, como la respiración de un monje budista y el efecto de su lectura es contundente (mucho más sólido, en mi experiencia, que la lectura de estos textos por separado, en las revistas, blogs, diarios o presentaciones en las que fueron originalmente publicados o leídos). Casas no esconde sus trucos: ubica al público en la trastienda mientras desarrolla su acto. Ya sabemos lo que va a pasar, ya sabemos lo que va a hacer y, sin embargo, Casas se desmarca, se escapa al gol.

Omití un ingrediente de la fórmula: ideas. No hay ensayo sin ideas, tampoco sin estilo. Casas tiene unas cuantas ideas y es generoso con ellas. Hay tipos que se aferran a una idea como el náufrago a la tabla y con eso escriben un libro (o peor: una obra). Casas expone con franqueza lo que piensa, no disimula, no opera, no juega a las adivinanzas con el lector. La repetición de algunas de esas ideas, machacadas a lo largo de libro, le dan más solidez al conjunto, le aportan coherencia. Casas no escribe por escribir, tiene algo para decir y con ese fin no usa al lenguaje sino que se alía con él en un vínculo virtuoso en el que los dos salen ganando. Pero además de las ideas explícitas, enunciadas, formuladas, sostenidas, hay otras ideas intersticiales, rizomáticas, subrepticias. Al contrario de lo que el sentido común podría hacer pensar, Casas cursó en su formación como poeta durante los noventa el mejor y más riguroso taller de escritura. Lejos de las florituras verbales, ese movimiento se propuso, como escribió Daniel García Helder en uno de sus textos fundacionales: “una poesía sin heroísmos del lenguaje, pero arriesgada en su tarea de lograr algún tipo de belleza mediante la precisión”. A lo largo de esos años Casas aprendió a deshidratar el poema hasta dejar sólo lo esencial, parafraseando a Miguel Angel, podría haber dicho que “sus poemas ya estaban ahí, sólo había que sacar las palabras que sobraban del diccionario”. De ahí ese efecto que producen sus ensayos, acrecentado por sus frases cortas, rápidas y precisas como el jab que anuncia el cross, de que “nada sobra” en un camino directo que el lector recorre sobre tierra firme, apisonada en un estilo que diseca los pantanos.

Para decirlo en forma brutal, la retórica fue una disciplina que se inventó en la antigua Grecia para ganar las discusiones. Sus creadores, como los grandes maestros del kung fu, observaron el lenguaje en su estado salvaje y peligroso, es decir, en la poesía, para copiarle las técnicas y formalizarlas. A esos katas de la lengua los llamaron “figuras retóricas”. Esas figuras, de cuyos nombres no quiero acordarme, son como el cinturón de Batman del poeta: ahí están guardados todos los trucos y el talento del vate consiste en saber cuándo y cómo utilizarlos. Aquí se cifra un gran secreto del encanto que ejerce Casas cuando es, en tanto poeta ¡Zas! ensayista. En sus textos las figuras retóricas no son las guirnaldas sino las columnas. Cuando Casas escribe: “Ezeiza, nuestro Woodstock de sangre”, “El lenguaje es el monopolio mediático más peligroso que existe” o “Spinetta compone con máquinas, pero las humaniza, las derrota”, no se trata de que esté diciendo lo mismo de otra manera sino que está diciendo algo nuevo sobre aquello que nombra, al ponerlo en una relación nueva e inesperada con otra cosa. La metáfora es el montaje ideológico del lenguaje y, en Casas, las metáforas piensan y los argumentos narran.

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En materia literaria la propuesta de Casas es reaccionaria, pero no conservadora. Evitando cualquier connotación peyorativa, entiendo reaccionario por “persona o idea que aspira a instaurar un estado de cosas anterior al presente”, en tanto Casas propone, ya desde el título, una restauración realista para la literatura argentina. Aunque también podría ser aquella “nostalgia por lo que nunca sucedió” de la que hablaba Pessoa, ya que cuesta pensar en algún momento en el que el realismo haya sido primera opción de pase en la literatura rioplatense. Mientras el genio de Yásnaya Poliana escribía sus monumentos literarios acá se producían libros rarísimos, ornitorrincos literarios como el Facundo, crónicas avant la lettre como la excursión de Mansilla a los Ranqueles o novelas en octosílavos gauchescos como el Martín Fierro. El intento de fundar en estas costas barrosas una literatura inspirada en los salones europeos dio como fruto el bodriazo de Amalia. Como suele decir Ricardo Strafacce, “el significante no perdona”, tal vez el hecho de que nos emancipáramos combatiendo a los Realistas haya dejado sus secuelas. Pero al mismo tiempo este regreso al realismo no tiene nada de conservador porque casi nadie practica el realismo hecho y derecho en las letras locales. Entre nosotros el realismo cotiza en baja, tal vez por la ausencia de una tradición fuerte en la materia, o por obra y gracia de los dinamiteros de la revista Literal en los ’70, o quizás por la nefasta deriva costumbrista del realismo local y los abusos cometidos en nombre de una literatura “comprometida” que nunca se comprometió con la literatura. En un capítulo de una serie viejísima llamada Lost, el personaje de Benjamin Linus, ante una situación desesperada se mete en una cueva, mueve algo que parece la rueda de un molino y la isla desaparece. Cuando le preguntan qué hizo para trasladar la isla, él responde: “la cambié de eje”, pero ¿cómo se mueve el eje de una literatura? En este punto tengo que admitir que soy bourdieuano, me parece que el buen Pierre le acierta cuando describe las prácticas humanas como acciones orientadas a obtener la mayor cantidad de capital en disputa posible. En el campo literario, por supuesto, el partido se juega por el capital simbólico. Sin embargo hay algo que creo que se le escapa a Bourdieu cuando quiere deducir la aparición de Flaubert de las condiciones sociales de su época, porque si no, habría uno, dos, muchos Flaubert, y Flaubert hay uno solo. Con esto quiero decir, hay escritores tan poderosos que son capaces, ellos solos, de mover el eje y cambiar la literatura de un país. Pero, ¿dónde radica el poder de un escritor? Ese poder se llama influencia y se manifiesta en la producción de sus contemporáneos y sus sucesores a través del contagio, el plagio, la cita, y otras tantas formas de la intertextualidad. Cuando un escritor es muy poderoso  puede lograr que todo un sistema literario orbite a su alrededor. En este momento habitamos la galaxia aireana; por eso no extraña que Casas lo haga blanco de todos sus dardos. Para cambiar el eje hay que mover a Aira. Por eso me apena que Casas no tenga imaginación (no lo bardeo, es algo que él mismo dice), porque tiene el poder, que es el poder del gusto, que se traduce en contagio, en plagio o si prefieren, en influencia. Pero le falta la obra: si Casas se pregunta quién entre nosotros escribirá Anna Karenina se apura a aclarar que no será él.  Y para llegar a las masas no alcanza con las promesas de campaña. Casas diagnostica pero no cura, lega esa tarea a la juventud maravillosa. De todas formas, insinúa que ese regreso al realismo no podría ser ingenuo, que de algún modo tendría que hacerse cargo del revival y ejecutarse a la manera de un cover, sobre todo cuando propone: “La literatura como algo que se escapa de la literatura, la idea de copiar, mixturar, versionar otras voces como centro del trabajo artístico”. Me pregunto qué opinaría si leyera el cover de su novela Ocio que escribió Ever Román en un volumen de “covers de la literatura argentina” que acaba de publicar la editorial Pánico el pánico.

Pero no sólo de literatura hablan los ensayos de Casas o, mejor dicho, su literatura habla de otra cosa. Acá se me impone un acto de honestidad intelectual: literariamente me siento en la vereda opuesta a la de Casas. Y, sin embargo, a veces hasta a mí me cansa la tendencia recurrente de la literatura contemporánea argentina a escribir sobre literatura (un poco como el arte contemporáneo en perpetua reflexión sobre el arte). Arte sobre arte, literatura de la literatura, archirrecontrametaliteratura.  La endogamia mata a las especies. Así que me gusta leer a un escritor argentino que escriba (bien, con estilo, inteligencia y todas las virtudes enumeradas) sobre lo que le pasa en la vida, que le traiga a la literatura contemporánea noticias sobre lo que sucede allá afuera. Me sucedió leer parte del libro de Casas en un campo; mientras leía ese relato extraordinario (como Mi perra Tulip, como Colmillo blanco) sobre la relación entre un hombre y su perro titulado Lovely Rita levantaba la vista y veía una perra border collie, como la Rita de Casas. Borges diría que la búsqueda de coincidencias es un ejercicio baladí; por otra parte no es extraño ver uno de esos perros en un campo, porque son una raza de pastores. El punto es que en ese ensayo Casas cita un libro del filósofo Mark Rowlands que ya me había recomendado un amigo para afirmar que la auténtica prueba moral consiste en la forma en la que tratamos a los seres más débiles que nosotros. La perra del campo rengueaba y cuando pregunté por qué, me contaron que un cuidador anterior le había pegado un tiro en la pata, enfurecido por un error que el animal había cometido en un arreo. “Cosas de campo”, dirían algunos. El mismo tipo, unos años después protagonizó una toma de rehenes cuando la policía fue a detenerlo por las acusaciones de su mujer, a la que golpeaba sistemáticamente. Casas tiene sus ideas y esas ideas cobran más fuerza porque reflexionan sobre el mundo en el que vivimos. Defiende la vida privada frente al avance de las redes sociales, cree en el poder de la mezcla y en los peligros del encierro y el guetto. Libra una batalla a muerte contra la nostalgia, contra el “ayer fue mejor”, promueve una ética basada en el reconocimiento y en el cuidado del otro. Advierte que después de liquidar a dios nos quedamos solos en un agujero negro del cosmos; si no nos cuidamos entre nosotros, pereceremos.

Marco Fabio Quintiliano fue un gran maestro de retórica en el antiguo Imperio Romano. Tras una fructífera carrera, en la que se llenó de plata y honores, se retiró para poner por escrito sus enseñanzas en un libro que se llama Instituciones Oratorias. Ahí le tocó la parada brava de defender su disciplina contra los que la acusaban de ser una engañifa de charlatanes, una prédica persuasiva, pero jamás verdadera. Quintiliano tenía que ensayar una defensa de la oratoria sin hacer uso de su sable jedi del lenguaje. Entonces propuso que flaco favor nos hacemos si negamos el uso de esta herramienta a las buenas causas y la legamos a los villanos. Mejor que todos echemos mano a este recurso y, si la causa es buena, será dos veces buena si es enunciada de modo bello y persuasivo. Yo acuerdo en muchas cosas con Casas y me alegra que esas causas tengan un orador de su talla para presentarlas y defenderlas.

Hay una idea de Casas que me encanta. Está tallada en una frase que habita dentro de una reseña, como un mosquito antediluviano en una piedra de jade, y que casi subrayo en el suplemento cultural donde leí por primera vez: “Los grandes libros, los hermosos poemas, llegan a nuestra vida para enseñarnos a hablar”. Es, también, una defensa genial de la lectura, un motivo –si hiciera falta– para ponerse a leer y no parar más. Yo voy a permitirme añadir un apéndice a esta idea, y es que los grandes libros, los hermosos poemas, también nos enseñan a leer, así como los paisajes no volvieron a ser lo mismo después de los impresionistas; hay cuadros que nos enseñan a mirar, libros que nos enseñan a leer. Ya conté que leí parte de la Supremacía Tolstoi en un campo. Chusmeando la biblioteca de la casa di con un libro técnico sobre crianza de caballos y leí algo en lo que estoy seguro que jamás hubiese reparado de no haber sido por el libro de Casas y que quiero poner por escrito, antes que se me olvide. Según ese texto, los caballos tiene una vista de casi 360 grados, pero, como casi todos los herbívoros, sus ojos están emplazados a los costados de la cabeza, por lo que tienen un punto ciego justo al frente. Cuando un caballo practica saltos hípicos, ve la valla desde lejos, pero en el momento crucial de dar el salto, su cálculo se basa únicamente en su intuición. Para poder saltar, el caballo pierde de vista el obstáculo /////PACO