Liberace

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Por Mavrakis

I
Władziu Valentino Liberace es Elton John antes de Freddy Mercury o, si prefieren tonos bucólicos, Federico Klemm antes de Ricardo Fort (aunque Liberace sí tenía un notable talento para el arte musical). Los homosexuales más doctos se quedan en analizar la estética camp de Liberace de la misma manera que alguien piadoso trenza una cuerda hecha de pudor para rescatar a alguien del fondo de un pozo. Ese pozo vendría a ser el de la reivindicación material, una trinchera que las políticas de género consideran regresivas porque, al final, no hacen más que adornar con cierto ridículo el poderoso armario de la vergüenza. Liberace, por su parte, prisionero de las convenciones de otra época, no se consideraba un ícono camp ni un poster para ninguna tendencia outing. Liberace —más o menos como Oscar Wilde— se consideraba un genio. Este año, al menos, Michael Douglas le debe la resurrección de su carrera.

Como muchos grandes artistas, Liberace fue el hijo de un artista frustrado, un italiano que hizo de su propia pasión por la música un pasatiempo para los ratos libres cuando no estaba en la fábrica donde trabajaba para mantener a la familia en Wisconsin. Aquel deseo relegado se transfirió al hijo —al precio de una impiadosa castración, probablemente— y antes de cumplir los diez años, Liberace ya era lo que suele llamarse un niño prodigio. La parte anterior a la fama de Liberace no está contada en Behind The Candelabra: para llegar al éxito absoluto se combinaron una voluntad desesperada de trabajo como pianista todoterreno en la Gran Depresión, una sodomía galopante que lo hizo adepto a cocinar —primero para escapar de los chicos que lo burlaban y más adelante para publicar libros de cocina propios— y el espíritu de fastidious dresser que lo convirtió en uno de los intérpretes más vistosos del planeta entre las décadas de 1950 y 1970.

Para quienes Liberace sea algo absolutamente nuevo, imaginen una mezcla entre la virilidad atemperada de Bruno Gelber, el aura decadentista pop de Richard Clayderman y el gusto por los disfraces de Rick Wakeman (aunque Wakeman, a diferencia de todos los demás, asegura que se dedicó a la música porque las chicas lo aplaudían; además, tiene un hijo). A todo eso sumen el histrionismo pianístico de Chico Marx.

II
Liberace no fue un gran compositor. Fue un intérprete con candor propio, un ejecutor ansioso por superar de alguna manera la barrera existencial del pentagrama. Liberace quería estar delante de todo ese asunto musical. Behind The Candelabra resume ese pasaje a través de un candelabro. ¿Qué pianista ponía un candelabro sobre su piano? Ninguno. ¿Qué concertista se vestía de una manera distinta al smoking de rigor? Ninguno. Así que Liberace se inventó una estética monárquica mucho antes de que la industria del pop tuviera un mercado suficientemente aceitado como el que encontraría más tarde Elton John. El resto fue maximización del show —presten atención al video a continuación y después sigan leyendo— y una auténtica intuición estética para percibir que una circunvalación heterodoxa entre lo clásico y lo contemporáneo en el piano podía también trasladarse a una estetización de su propia vida cotidiana.

¿Qué es lo que resiste y se conserva en el arte? Por supuesto, la forma (la expresión como forma, el contenido como forma: desde el principio, Liberace entendió que a su público de ancianas y homosexuales le gustaban las versiones pop de la música clásica y las versiones clásicas de la música pop). Todo sucede en un plano de composición que no hay que entender en un sentido técnico sino estético. Liberace nunca politizó su arte —jamás aceptó en público ni discutió su fragante estilo de vida alternativo— sino que estetizó su vida. Y para eso aprovechó cada uno de los 110 millones de dólares que había recolectado en giras y conciertos en todo el mundo.

El acto de Liberace era total: una vida estetizada con la paleta del gusto de Las Vegas fuera del escenario —mansiones fastuosas, autos de colección, decoración multiétnica, gusto por las antigüedades, un estilo de vida faraónico con sus propios efebos y lacayos— y dentro del escenario un stand-up breve y avant-garde, con chistes e interacciones con el público, comentarios sobre la luz y la escenografía, llegadas en auto e incluso un vuelo sobre el escenario. Al final, el público podía subir hasta el piano y tocarlo a Liberace. Todo el acto funcionó bien y durante su mejor época ganaba unos 300.000 dólares por semana en Las Vegas. Wikipedia está lleno de detalles: en 1950 el presidente Harry Truman lo hizo tocar en la Casa Blanca y en 1956 tocó en Londres para la Reina de Inglaterra. Durante toda su vida, por supuesto, Liberace fue un elogioso adorador del capital y el lujo bajo todas sus formas. Lo sobrenatural tampoco le fue ajeno y el día que asesinaron a John F. Kennedy, Liberace descubrió que las sustancias que usaban en las tintorerías para limpiar sus trajes lo envenenaban a través de su piel. Durante la internación en la que casi pierde un riñón, una monja vestida de blanco iba a visitarlo todos los días para decirle que tenía que mejorarse. Cuando mejoró y preguntó quién era la monja —esto sí está contado en Behind The Candelabra—, el personal del hospital le dijo que no había tal monja en las instalaciones.

Las mujeres imaginarias, por otro lado, rondaron siempre la vida de Liberace, preocupado porque su reputación desapareciera si se descubría públicamente que era homosexual. Para eso tenía un representante encargado de manejarle relaciones improvisadas con actrices, promesas de matrimonio con patinadoras o entrevistas donde inventaba una imagen de galán imposible. Scott Thorson, uno de los asistentes personales con los que salió a escondidas durante varios años, cuenta en sus memorias el desierto biológico con el que Liberace tuvo que tratar mientras envejecía: “The older Lee got, the more younger men appealed to him. In that regard, he was a Dracula who never wearied of the taste and touch of youth. By his 50s he preferred dating boys in their teens”. Mientras estuvo con Thorson, en uno de los raptos de narcisismo más grotescos posibles, Liberace le pagó cirugías plásticas para que se pareciera a él mismo en la juventud y dio inicio a los trámites —nunca concretados— para adoptarlo legalmente. Algunos años después, Liberace reemplazó a Thorson por nuevos asistentes. Władziu Valentino Liberace murió de sida el 4 de febrero de 1987. La mansión en la que vivió en Las Vegas salió a la venta en junio del año pasado por 529.000 dólares, más o menos la séptima parte de su valor original. Una última mención sobre las épocas: Sir Elton John, del que dicen que Liberace fue su primer héroe homosexual, está casado con John Furnish, un publicista con el que adoptó dos hijos ////PACO