La infancia del mundo

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Por Mavrakis

I
El destino de los premio Nobel de Literatura nunca es certero y ni siquiera su paso siguiente después de la consagración máxima está asegurado. Es cuestión de establecer el escenario. Los supremos laureles de la industria editorial occidental no varían demasiado de algo que empieza con un grave discurso en Suecia, sigue con un cheque y termina en la rápida reedición global, en tapas duras y anotadas, de la obra de una vida. ¿Y después? En realidad, nada de lo que pase después podrá resultar de particular importancia: está sobreentendido.

De ahí que el premio Nobel de Literatura funcione a veces como una gran palmada que, desde algún lugar cómodo y neutral de la conciencia cultural europea, susurra al oído: todo ha sido cumplido, llegó el tiempo de unas prolijas vacaciones. Eso hace del caso de John Maxwell Coetzee algo atractivo: desobedece el mandato. En términos intelectuales, el Nobel que este año vuelve a Buenos Aires prefiere la guerra.

En 2003, Coetzee recibió su premio. “Por los incontables disfraces con los que retrata la sorprendente implicación del forastero”, dictaminó la Academia Sueca. Para los lectores de Coetzee, la idea puede resultar familiar: como señalan las buenas contratapas, atentas a su biografía, en su literatura la verdad es siempre extranjera.

II
Anglosajón por herencia cultural, sudafricano por las circunstancias y desde hace unos años ciudadano australiano por elección, parte de la obra de Coetzee se centró en los conflictos violentos de la identidad humana —atravesada por el amor, el deseo, la sangre y la muerte— anclados alrededor de un país cuya medida moral se sintetizó en el Apartheid.

¿Ayudaron a la consagración de Coetzee modas intelectuales de gran alcance en los años noventa como los estudios culturales y la necesidad, entre culposa y reparadora, de dar la palabra a aquellas voces que emergían de la periferia poscolonial? Probablemente. ¿El mérito de la prosa y la fuerza literaria de Coetzee le deben algo a todo eso? Por supuesto que no. Sobre todo porque, finalizado el Apartheid y la relación civil y legal de Coetzee con Sudáfrica, el autor de Esperando a los bárbaros siguió escribiendo. ¿Pero acerca de qué asuntos y sobre qué nuevos problemas? ¿Y enfrentando qué consecuencias?

La infancia de Jesús (RHM, 2013) es una buena suma de las preocupaciones literarias de Coetzee después del Nobel. Y tal vez por eso, apenas publicada, liberó como nunca antes una gruesa artillería en contra. Los críticos de algunos de los medios más importantes del mundo la encontraron “excesivamente alegórica”; la muestra de un autor “más atento a su cabeza que a su corazón”, “envuelto en una serie de problemas narrativos de los que no puede escapar” y “personajes que hacen preguntas menos interesantes de lo que creen”.

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III
¿Pero es realmente el estilo de La infancia de Jesús lo que molesta hoy de Coetzee? Novelas como Desgracia, Diario de un mal año u Hombre lento le habían valido antes la acusación de misógino. A eso respondió el autor, en parte, en Verano, tercera parte de su autobiografía novelada. Imaginándose muerto, son las mujeres que amó durante su vida a quienes Coetzee les permite recordar para la posteridad –y de una manera cruda e impiadosa hasta el chiste−, quién fue y cómo se comportaba con ellas aquel hombre frío al que le gustaba escribir.

Por supuesto: la misoginia puede prestarse a una larga discusión siempre al borde del equívoco. Pero en el caso de la narrativa de Coetzee, sin embargo, su aspecto fundamental podría resumirse así: el interés en las diferencias entre hombres y mujeres no es distinto al de cualquier autor interesante frente a asuntos como las razas, las clases y los poderes. Es decir, asuntos ante los que cualquier lenguaje con pretensiones de honestidad intelectual necesitará rebelarse y fracturar aquello que, escondido entre discursos de igualdad y conformidad, solo propone silencio ante el conflicto.

La infancia de Jesús, en ese sentido, está llamada a ser probablemente una de las mejores novelas de la década acerca de los riesgos de una vida y un lenguaje abandonados a la ingenuidad infantil: “No necesitan recuerdos. Los niños viven en el presente, no en el pasado. ¿Por qué no te fijas en ellos? En lugar de esperar una transfiguración, ¿por qué no intentas volver a ser como un niño?”, le dicen al protagonista cada vez que comienza a hacer preguntas.

IV
Encargada de reseñar la novela en The New York Times, la escritora Joyce Carol Oates —que habla de una influencia kafkiana y de “un giro borgeano” que la descoloca— percibe el núcleo del asunto cuando menciona a los “zombies benevolentes” que rodean al protagonista. Recién llegado a un país donde los hombres y las mujeres han perdido la memoria y hablan un idioma ajeno, David busca entre extraños a la madre del chico que lo acompaña, Simón. En este país —que desconoce la ironía y todo se come sin sal—, por otro lado, no hay conflicto, pulsión ni interrogante humana que no se solucione a través de distintas versiones amables de la negación y la censura. La bondad, al final, ya no es una decisión moral sino una imposición estatal. Sin oportunidad para disentimientos, ¿cómo podría desatarse cualquier conflicto a partir de la enunciación de cualquier diferencia?

El problema de un país donde la corrección política y el lenguaje de la conciliación obligatoria son las únicas normas, sugiere Coetzee en su novela, es que la frontera entre la felicidad y el ridículo se desdibuja. Esta idea no debería resultar difícil de asimilar más allá de la literatura, y eso tal vez explique en parte la veloz incomodidad de sus críticos. Coetzee es un premio Nobel de Literatura en el mismo mundo donde un líder político puede recibir el premio Nobel de la Paz mientras lidera conflictos bélicos a la cabeza de la potencia armamentística más poderosa del planeta.

Ante eso, los recursos literarios de Coetzee son la sutileza y el humor. En el caso del deseo de un hombre por una mujer, por ejemplo, la insatisfacción y el inconformismo, tratando de negar las diferencias, pueden incluso disfrazarse de argumentos aparentemente lógicos: “La naturaleza puede ser bella, pero también fea. Esas partes del cuerpo que usted modestamente no quiere mencionar en presencia de su ahijado: ¿le parecen hermosas? Y esas partes que no son hermosas… ¡usted pretende empujarlas dentro de mí! ¿Qué debería pensar?”, dice una de las mujeres cortejadas por David. Entonces la sexualidad —como ejemplo entre muchos otros— se aleja del goce y se transforma en angustia y represión.

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V
¿Son estas las preocupaciones más urgentes de uno de los ciudadanos más reputados intelectualmente de su país, una de las democracias parlamentarias anglosajonas más prósperas y apacibles del mundo? Bueno, ¿pero cuáles otras, si no esas? En su viaje del año pasado a Buenos Aires como visitante ilustre a la Feria del Libro, Coetzee leyó con voz adusta un texto sobre la censura: “No existe el progreso cuando se trata de la censura. Llevamos el impulso censor en lo más profundo de nosotros. Cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen”. Leída antes de que La infancia de Jesús llegara a las librerías, la relectura de aquella conferencia tal vez ilumine algunos de los puntos del conflicto. ¿Una benevolencia banalizada podría volverse dañina para la verdadera libertad?

Ajeno a la gimnasia de las entrevistas, esmerado protector de su privacidad y aún sospechado de inventar los pocos datos autobiográficos revelados con cuentagotas a lo largo de cuarenta años de literatura (hasta su nombre completo ha estado en duda, según el biógrafo oficial John Christoffel Kannemeyer), la intervención pública del autor de Elizabeth Costello en Buenos Aires sintetizó una vez más el tenor de lo que Coetzee entiende como el trabajo intelectual de un escritor. El arma precisa del lenguaje, horadando las reacciones automáticas —bien o mal intencionadas, e incluso neutrales— ante asuntos más complejos de lo que podrían aparentar a simple vista. Un escritor serio, en definitiva, pero más en la pose que en la prosa. “No hace falta prohibirlo porque sólo será leído por gente de profesión literaria. Su obra carece de atractivo popular. Es sólo para lectores sofisticados y entendidos de obras de arte. Su problema es universal y no se limita a Sudáfrica. El encuadre geográfico e histórico de la obra vuelve aceptable su publicación. Sólo lo leerán los intelectuales”, leyó Coetzee al repasar los informes redactados por sus propios censores durante el Apartheid. El auditorio, por su lado, se llenó de risas.

Sin embargo, para este habitante supremo de la república de las letras, el asunto con la censura está claro: cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen. La infancia de Jesús, por lo tanto, puede leerse como un retrato sarcástico de cierta fantasía contemporánea, compartida por hombres y mujeres muy benevolentes y en puntos muy desarrollados y progresistas del mundo —la clase de personas que jamás censurarían nada—, convencidos de que no quedarán diferencias, por triviales o dolorosas que resulten, incapaces de resolverse pacíficamente a través de la retórica del entendimiento y la igualdad.

¿Pero qué tal si eso no fuera posible? ¿Qué tal si ese enorme caudal de voluntarismo y “buena onda” encallaran en la infantilización siniestra de una sociedad dispuesta a conformarse con la neutralidad y la insatisfacción? Tal vez Coetzee sí sea un premio Nobel de 73 años algo superado por “ideas personales que se superponen a la densidad narrativa de sus personajes”, como dijo un crítico en Los Angeles Times, pero al menos sigue pensando y escribiendo acerca del mundo en el que vive. Un mundo que le dio a su trabajo todo lo que podía darle pero también un mundo plagado de “zombies benevolentes” dispuestos a condenar gritos demasiado oíbles de inconformismo. Coetzee sigue dispuesto a presentarles batalla ////PACO