Cínicos

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Por Juan Terranova

La acusación de cinismo se escucha en las redes sociales y resuena en conversaciones de todo tipo. Veredicto y diagnóstico incontestable, se dice “Es un cínico.” Como solución parece útil. La conversación termina. Con el cinismo y su portador sano no es posible hablar ya nada más. Así las cosas, si no decodifico de forma errada el uso en nuestra oralidad contemporánea, hoy la palabra “cínico” se utiliza para describir “al que no cree en nada.” Se dice, se escucha: “No cree en nada, es un cínico.” Bien. Y sin embargo, la simplificación esconde un malentendido, y también cierta pereza. Pero ¿qué significa, a qué remite, esta acusación? Sin entrar en los recursos –siempre tentadores– de la etimología, habría que decir algo sobre el origen del término.

La bibliografía sobre los filósofos cínicos, esos que también se conocen como “la escuela cínica”, es abundante. Pese a la queja de los desintegrados y los troquelados apocalípticos –que existieron siempre, en todos los momentos de la historia; los cínicos son ejemplo claro de ello–, filósofos comoAntístenes, Crates de Tebaso Diógenes de Sínope, cínicos paradigmáticos, son muy bien presentados y recuperados por Diógenes Laercio. Tanto ellos como sus precursores, que se pueden remontar a Sócrates, y sus contemporáneos y sus herederos, fueron ampliamente estudiados, comentados, editados y son objeto de interés permanente entre los estudiantes de todas las humanidades del mundo. Siguiendo el ánimo de estos autores –que difícilmente formaron escuela– no solo se estudiaron los textos que dejaron, sus pocos, magros y maltratados textos, sino también el mensaje que daban con su vida, sus costumbres y hasta su vestuario. De allí que el género para hablar de los cínicos sea la anécdota. Por poner un ejemplo, la conocida anécdota de Diógenes y Alejandro, que nunca ocurrió, pero fue ampliamente retratada en pinturas de todas las épocas. O la de Diógenes y su recorrido con la lámpara. (La mejor, creo, lo muestra saliendo del teatro por la puerta de entrada y riéndose de los que iban a restaurar sus almas a la comedia. Google proveerá al neófito.)

Mucho más cerca del punk que del hippismo, los cínicos griegos fundaron los mitos del marginado y del marginal respectivamente y que, aunque suelen coincidir, nunca son lo mismo. Revisitados y versionados a lo largo de los siglos, sus gestos se transformaron en fuerza paradigmática de la protesta y la denuncia. Más allá de que Crates fornicara en la plaza pública con Hiparquía, más allá de que Diógenes orinara a los que le tiraban un hueso, más allá de su orgulloso exhibicionismo masturbatorio, más allá de esas poses cargadas de ira o redención, los cínicos fueron, los primeros en articular un “no.” Un “no” radical, un “no” mítico, un “no” intransigente y filosófico, negación primaria que todos conocemos, por miedo, fascinación, o ambos.

Ya más cerca en la historia, los libertinos del barroco europeo los leyeron de reojo, los ateos dieciochescos de las enciclopedias aprovecharon su deserción continua, los románticos abonaron con ellos la idea de libertad en soledad melancólica. Ya bien constituida la modernidad, la diáspora cínica tocó a los luditas y, en mayor o menor parte, a los todas las versiones del anarcocomunismo. Gramsci dijo que siempre iba a haber gobernados y gobernantes. Es lícito pensar que, como Gramsci no se equivocaba, siempre vamos a encontrar a los hijos de Diógenes si sabemos buscarlos en el extraradio urbano, académico o burgués. Nietzsche fue su lector esmerado y su plagiador exitoso. Muchos poetas franceses del siglo XIX, con especial énfasis Baudelaire, escucharon bien la prédica de la autonomía y el insulto y supieron adaptarlos a las pasiones industriales. En el siglo XX, las vanguardias históricas siguieron la lección performática e hiriente. Lo situacionistas les deben todo. Más adelante la cultura rock, libidinal, física, agresiva, sensual, reeditó maneras que ya se habían consolidado siglos atrás y las honró hasta el suicidio final. En la Argentina, Roberto Arlt los actualizó y Carlos Correas encarnó un versión hegeliana de su eterno retorno. No tan lejos, Borges también tuvo –o se lo construyeron– su lugar apartado y austero en la historia de las letras desde el cual injuriar.

Los paralelismos, préstamos y atribuciones podrían ramificarse todavía más. Pero me gustaría señalar que durante la Edad Media fue muy difícil encontrar cínicos porque el catolicismo oscuro y monástico de esa época transformó los centros del mundos en provincias de sí mismos y a todos sus habitantes en desarrapados pestíferos. Fue un momento de constricción donde la picaresca resultaba demasiado dura. La fuerza se imponía y se democratizaba la miseria. Con viento a favor, son los franciscanos los que recuerdan, a veces, reflejos de esa prédica… ¿Quiere decir esto que el cínico precisa de un sistema social canónico y en cierta medida tolerante y distributivo para contradecirlo y existir? Aquí llegamos a un punto.

La acusación actual de cinismo que implica ese “descreimiento de todo” es equívoca. Primero porque el ser que no cree, desde mi esquema de pensamiento, no existe. Todos creemos en algo. El ateo radical cree que no hay Dios. Ergo, cree. De hecho, si llegara a existir ese creyente cero, el del despojo absoluto, probablemente moriría y lo haría sin darse cuenta. Pero, más allá de este acto de fe que se me disculpará, hay algo más. Tanto el cínico griego como sus diferentes actualizadores van contra el statu quo, ese orden latino previo a la guerra, ese estadío que debía ser devuelvo, restaurado, una vez que las hostilidades pasaban. Ocupando un lugar ajeno a los poderes, refugiados oximorónicamente en la intemperie, los cínicos se ponían a un costado y desde ahí gruñían sus verdades. Dicho esto, cuando hoy se acusa de cínico y de “no creer en nada” a alguien se lo está acusando de “no creer en lo que yo creo”, en el poder real o imaginario que ese sujeto cuestionado representa. Jacinto Benavente lo sintetizó en un aforismo de sutil belleza castellana: “Dicen que me burlo de todo, me río de todo, porque me burlo de ellos y me río de ellos, y ellos creen ser todo.” El juego de fuerzas y sus pliegues pueden ser rastreados con provecho en nuestras pantallas. La risa, desde luego, resulta fundamental.

Entonces, ¿podemos decir que aquel que denuncia el cinismo en realidad obra de manera obturante y represiva para preservar su integridad simbólica o material? Sí, podemos decirlo incluso o más aun cuando, de forma acertada, se le dice cínico a un cínico, moderno o antiguo. Cortar el diálogo, no dejar que el otro, el que piensa diferente, se exprese mediante la impugnación: mecanismo retórico viejo y lleno de sabrosas contradicciones.

De allí que ¿pluralidad de voces, solidaridad, tolerancia, afeites vivos de una democracia para todo uso y justificación? ¿Cuál es la real armonía de esa música? Arriesgo que se instaló en nuestro campo intelectual argentino una manto de piedad que hace difícil la inquietud crítica. La corrección política, la ignorancia gozosa o forzada, la aprobación narcisista, los monólogos estupidizantes, redundan en un “todo bien con todos” y dejan muy poco margen para las vetos o el inconformismo, que cuando aparecen son denostados. En este potaje de la amistad trunca, el arribismo y la fallutez, nadie le escupe el asado a nadie mediante fiscalización policial. ¿Quién de todos nosotros, habitantes del siglo XXI, no sufrió de forma presencial y digital un conato de impeachment, una censura ociosa, un breve llamamiento al orden? Escribí “se instaló.” Pero, ¿cuándo apareció en nuestra discusión, ese juguete que a veces llamamos “la literatura argentina”, el régimen de la amabilidad vacua? ¿No siempre fue así? ¿Hay algún punto de inflexión visible? La mezcla de miedo y especulación, creo, aparece como inherente a las prácticas intelectuales. Y aquí debería terminar la cosa y, sin embargo, sigo.

Estos personajes, los que alimentan el salario abstracto, la dieta del “todo bien, cada uno por la suya, no respondo ni críticas ni agresiones y las condeno como dialéctica intelectual”, son incompletos, blandos, insatisfechos. Haciendo literatura de relleno, se presentan como pequeños periodistas, gacetilleros del bien, poetas de cultivo autista, reseñistas entusiastas, trapicheros de influencias, campechanos novelistas dispuestos a subir la tenebrosa montaña del “éxito” tracción a sangre. O al menos esos dicen. Su humildad muchas veces aparece sostenida por dádivas y financiada con su propia humillación. Arrodillarse y ganar, a no dudarlo, es todo un talento: insume caudales de paciencia y el instinto adecuado para, de encontrarlo, repudiar o reprimir al insurrecto y luego materializar la recompensa.

Nadie, repito nadie, puede culparlos, son parte –y una fundamental– de lo humano. Pero los cínicos se reirían de sus cuentas, sus acomodaticias opiniones, de la venta de sus plumas por monedas, de la práctica de amiguismos con patrones que a su vez los desprecian o de la adhesión a empresas de la cultura dirigidas por analfabetos funcionales. Lo harían a veces con mucha razón, otras solamente porque pueden hacerlo, porque pagan con su desprendiemiento la libra de carne que los habilita. Ellos también son parte de lo humano.

Pero si reposicionamos el tema hoy –esa, mi obsesión– encontramos muy rápido que la tajante división dicotómica ya no es posible. Nadie vive en un tonel. Ni Diógenes de hecho vivió en uno. Los toneles fueron importados de las Galias tiempo después de su muerte. Como mucho debe haber vivido en un ánfora de barro cocido. Traten de dormir en un ánfora. ¿Cuántas noches se pueden pasar ahí? Debemos entender el ánfora como metáfora de la vida al sereno en una primaveral aurea aetas con veinte grados de promedio anual. Si Heidegger podía usar la metáfora del fogón de Heráclito –una Heráclito propietario–, Diógenes miraba las estrellas nocturnas y, como era culto, las interpretaba mientras comía lo que encontraba por ahí. (Tibor Fischer le permite al protagonista de Filosofía a mano armada la fantasía de volver en el tiempo a esas playas para compartir las aceitunas y ver “de dónde habían sacado sus ideas los muchachos.”) Lo sabemos en carne propia. Las resistencias caen y se transforman. El cínico es un idealista que hoy se deja tentar, de una u otra manera, por los múltiples tentáculos del deseo. El riesgo de no negociar es morir solo. Los Sex Pitols se crearon para que Malcom McLaren vendiera ropa y Enrique Symms sigue con su sermón podrido en el Bar Británico. Pero todos ellos nos proporcionaron en algún momento del pasado, o lo harán en el futuro, la energía que nos faltaba para seguir. Sus figuras tragicómicas de bufones violentos e indisciplinados no deben ser subestimadas. Y recordemos que nadie es tan puro como en la antigüedad donde, vía nuestro desconocimiento, todo resulta mucho más fácil.

Nacer es transar.” Lo dijo Kurt Cobain bautizando el último disco de Nirvana como In utero. No podemos evitar la caricia social, el arrebato neurótico del mercado y sus demandas. Lo que sí podemos evitar, seamos cínicos o no, apocalípticos o integrados, lo que deberíamos evitar, usemos el palio que nos toque o la máscara que nos quepa –y esto quizás es lo único importante que tengo para decir– lo que podemos y debemos evitar es la confusión alegremente boluda de cinismo con ironía, de cinismo con hipocresía, de narcisismo con la perpetua actividad del usurpador y el ventajista. Todo ese malentendido lexicográfico nos sume en una pobreza muy árida de la que me resisto a ser víctima y partícipe. Me resisto a esa pobreza porque esa pobreza, mucho más terrible y gratuita que la de Diógenes, es la pobreza del moralista, del tonto, del ingenuo. Un tipo de pobreza que no nos libera de responsabilidades innecesarias ni abre nuevos caminos a nuestra experiencia sino que, lejos de todo eso, nos hace, sin vueltas, más infelices.///PACO