Divorcio retroactivo

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Por Alejandro Di Marzio

Mañana me divorcio. Es decir, mañana, firmo la solicitud de divorcio. Hace al menos dos meses que dejé mi lecho marital. En mi casa marital ya casi no existe pertenencia alguna más que mis genes y alguna que otra prenda de vestir. Quedaron libros, muchos libros. Y cartas. Lo que más me interesa de mi casa marital es mi hijo. Tiene apenas cuatro años y sus ojos, en cierta forma, forman parte de los míos, y yo necesito verlos de tanto en tanto, pues si no los veo, tengo la paranoia (el miedo) de quedar completamente ciego. También quiero escucharlo (y cuando puedo, juro que solo me conformo con eso).

La separación fue difícil, lo reconozco. Nada existe de original en ello. O quizás sí, la distancia, la falta de afectos que soporten en cierta medida el tango de mis fracasos. Vivo en Islandia. Mañana me divorcio en un tribunal islandés. Estoy realmente triste. Solo quiero escucharle la voz a mi hijo. Es una droga. Todo su Ser actúa en mi como una droga. Hasta que el juez no dictamine el plan de visitas la madre y yo tenemos que someternos al diálogo y con ello acordar cuándo y cómo lo veo. Pero el teléfono celular de la persona con la cual yo había decidido construir mi vida no contesta. El teléfono de la que jurídicamente aun es mi casa se encuentra desconectado. El Skipe en modo ausente. Hace días que quiero escucharle la voz a mi hijo. Hace días que en lo único que pienso es poder ver a mi hijo. Pero intento ser cauteloso. Respiro. Intento no pensar. Trabajo. Trabajo mucho. Me drogo. Me adapto a otros contextos que generalmente me resultan fríos y no precisamente porque viva a escasos kilómetros del polo norte. Son fríos aun mas dañinos, son fríos del alma, si es que el alma existe. Hacia las 20 horas mi mente se nubla. Pienso que hace aproximadamente diez días que no me permiten ver mi hijo al mismo tiempo que mi teléfono se queda sin crédito ya que a ese día, la madre a tomado la didáctica determinación de atenderme y cortar, y si no, pone alguna melodía que me cuesta interpretar debido a mi respiración que se acelera y que en cierta forma, anula mi esperanza de poder entablar un diálogo.

Loco pero tranquilo, me dirijo a lo que en algún momento de mi vida fue mi hogar. La puerta se encuentra abierta. Aunque aun tengo llave. Ni bien pongo un pie en el recibidor y desde la cocina, mi hijo desde el suelo me sonríe y deja de jugar con un autito. Avanzo ciego hasta sentarme junto a él, lo abrazo, lo beso, lo miro. La escena dura apenas unos minutos, pero en esos minutos, el tiempo y el espacio dejan de existir para convertirse en el éxtasis absoluto. Luego vuelvo a la realidad. Sentada frente a mí y en mi butaca preferida, veo a la mejor amiga de la que hasta mañana, insisto, jurídicamente continuara siendo mi esposa: ella, mi esposa, se encuentra en el comedor y viene casi corriendo y alarmada, cuando ve la escena se tranquiliza. Supongo o intuyo que le ha despertado ternura. Su amiga, en cambio, parece molesta. Su amiga es feminista pero no es madre. Eso al parecer le pesa o le molesta. A la bandera que tanto flamea le falta un color, una raya, un sentimiento. Ella es de la idea de que todos los hombres, por el solo hecho de ser hombres, se encuentran en contra de ella y de su puta doctrina de ver o sentir la vida. Para ella todos los hombres somos salvajes, somos malos, somos hombres. Y contra esa idea u opinión de afrontar una parte de la vida pareciera no haber vuelta que darle. Ella es radical. Ella es feminista. Y todo lo que digas, sea bueno o malo, será puesto bajo la lupa de la desconfianza y el doble discurso y por último, de su temática universal de que todos los hombres, en el transcurso de la historia humana, no hicieron más que machacar a su género. Si es que existe algún género.

A veces, pienso que gran parte de mi generación no hace más que pagar karma de otros hombres. La evolución en este sentido importa una mierda. Todo pareciera evolucionar en la vereda de enfrente. El cromosoma x, a veces y en mi opinión, a dejado de ser un mero símbolo conceptual para convertirse en una verdadera cruz en lo que que a igualdad de derechos familiares le competen a los hombres. Sinceramente y en forma particular, toda esta discursiva cíclica, absurda, me tiene sin cuidado. Aun a sabiendas que en gran medida, el papel que firmare mañana en el juzgado islandés, tiene algo de autoría o incidencia feminista.

Como contaba, me pongo a jugar con mi hijo, me olvido del tiempo hasta ver el reloj frente a mis ojos: faltan cinco minutos para tomar el autobús he irme de lo que hasta el día de mañana será jurídicamente mi casa. Pero a instantes hacerlo, la amiga de mi esposa manda a dormir a mi hijo delante mío y de su madre alegando que es tarde. Yo cierro mis ojos y respiro. Vuelvo a respirar y los abro. Y la veo nuevamente, sentada en mi butaca de bar que un día junté de la calle y que mi esposa restauró con esmero. Las piernas le brillan envueltas en un cuero negro metalizado y el olor a perfume que desprende su cuerpo comienza a resultarme cada vez más insoportable. Grito. Puteo. Alego. Ahora me arrepiento. Pienso que solo tendría que haberme limitado a llevar a dormir a mi hijo a su habitación, volver a la cocina, y mearla en lo que hasta el día de hoy y jurídicamente, reitero, es mi casa. Pero ella se adelanta y llama a mi esposa, le susurra algo en la oreja, conspira. Minutos después, llega la policía.

Los policías son dos. Una mujer que estéticamente parece un hombre y un hombre neutro. La que manda es ella. Eso esta claro. El hombre da la impresión de no ser nativo islandés. La mujer policía entra con una linterna en la mano, aunque en la casa hay luz suficiente para poder mirarnos a los ojos. Mi hijo se aferra a mi pecho como una garrapata. No me suelta. A su madre ni la mira. Me dice en el oído que le molesta la luz de la linterna. Le digo a la mujer policía que la apague. Al contrario de eso, alumbra el rostro mio y de mi hijo con malicia. El hombre policía, mientras tanto, me pide identificación, la constata con la operadora policial y le responden inmediatamente que el lugar (el mismo que ahora, la mujer policía constata si existen pertenencias mías), en el que se encuentra en esos momentos es mi casa.

A continuación les digo a los policías que se vayan de mi domicilio. Que si no se van, llamo a mi abogado. La mujer policía, indignada, me amenaza e intenta sacarme a mi hijo de mis brazos, me toca a mi e intenta tocarlo a él: es la primera vez que estoy dispuesto a utilizar la violencia y el hombre policía lo sabe o lo intuye y contiene torpemente a su colega en servicio. La mujer policía pareciera no rendirse nunca y plantea una solución: le pregunta a mi esposa si no conoce a alguien que venga a dormir a su casa, ella dice en forma automática no, la amiga feminista le dice algo que yo no interpreto o llego a interpretar del todo, acaso un nombre. A estas alturas, ya tomé la determinación de pasar mi última noche sobre la cama que yo mismo compré junto a mi hijo. Ahora sí que me convertí en un loco real, terrible, un verdadero hijo de puta; tanto para la policía como para mi esposa y su amiga feminista. No para mi hijo, que me abraza cada vez mas fuerte ante la mirada ausente de su madre, en cierta forma digitada.

Los policías se marchan, detrás de ellos los siguen la madre de mi hijo y su amiga feminista. Por fin se van todos. Quedamos mi hijo y yo abrazados en la cama. Nos acariciamos, parecemos dos perros lamiéndonos las heridas. Todo está bien, hijo mio. Todo está bien porque estamos juntos y todo vuelve a tener sentido. ¿Te preparo una leche tibia? Sí, papá. Te pongo el dibujito que tanto te gusta, te quedas dormido y me cuesta desprender tu mano de la mía. Pero el deber me llama hijo mio. Necesito pensar. Razonar en cierta forma un caudal informático que no asimilo por el veneno que corre por mis venas al reconocer nuevamente ese mismo espacio que yo ayude a cimentar desde la nada y que a partir de mañana dejara de pertenecerme, el mismo espacio del que hoy me despido de la ultima forma que hubiera querido despedirme. Y ahí, en ese momento, cuando me aseguro que vos ya no despertarás hasta el otro día, es que vislumbro un sombrero, un sombrero de los anos treinta con plumas de colores que yo compre con tanto amor a tu madre un atardecer valenciano; y al ver nuevamente el sombrero crece mi furia y crece mi veneno y solo atino a rellenar el sombrero de cartas de amor viejas y arrugadas y voy a la cocina en busca del Southern Confort que tu madre guarda con recelo en un escondite infantil al cual acude cuando se cansa de ser ella y quiere ser Janis Joplin. Y yo solo le doy un par de tragos porque lo detesto y no hay otra cosa que tomar en toda la casa y le doy de beber al sombrero y me voy fuera, al parque en el cual vos y yo tanto jugábamos y saco un pucho y lo prendo junto al puto sombrero y me quedo mirándolo como ido. Y ver el fuego me tranquiliza enormemente y quiero que nunca se apague y voy en busca de mis libros que alguna vez leí junto a tu madre y les arranco las hojas en un sacrilegio pirómano que me libera, y al entrar en busca de más libros para quemar, es que vislumbro el cuadro que mama nunca terminaba de pintar, un lienzo enorme, de dos metros por dos metros, que yo mismo fui a comprar y que traje como un marmota en un autobús repleto de gente luego de volarme literalmente junto a él en una parada de bondi en el polo norte.

Un cuadro en el que yo aparezco en la parte superior con los ojos cerrados, dormido como un nabo, y con una pluma gigante bajo lo que sería mi cuerpo, un cuadro inconcluso por más de un año en el que cada mañana yo me reconocía sin reconocerme a las puteadas y con la esperanza chata de que algún día despertara, porque la pluma no era Schopenhauer si no que era una maldita pluma anacrónica y desarticulada que se unía con la nada de ese cuadro maldito que ahora tenía en mis manos y que estaba dispuesto a incendiar. Y delicadamente vi donde hacia foco mi pequeña hoguera y encuadré mi cara de dormido y observé como poco a poco se desintegraban mis ojos cerrados bajo una aurora boreal majestuosa; y al extinguir mi rostro del lienzo lo volví a colgar debidamente en su sitio y le até en su agujero una bombacha color rosa de mamá junto a un corazón rojo de peluche, intentando demostrar que ese sueño no era sueño sino sexo, amor y familia y que todo lo demás me chupaba un huevo. Y luego prendí muchas velas, velas hermosas que mamá nunca encendía por el solo hecho de que se extinguirían y puse un largo y sinuoso camino de The Beatles en repetición continua en el equipo de música que yo mismo había traído al hombro un día de viento infernal y me limité a sentir un caos armonioso al mismo tiempo que iba y venía de besarte dormido.

Y la noche se fue y con ella mi matrimonio. Llevé a mi hijo a la escuela. Luego fui al juzgado y ahí estaban ellas dos de nuevo. Firme lo que tenía que firmar y la vida continuó lisa por unos días. Luego, a la semana, me llegó una citación de la policía. Justifiqué todos los puntos de la denuncia alegando lo que entiendo como una manifestación artística menos, el inciso final, que me acusaba de haberla maltratado físicamente más de veinte veces. La denuncia estaba hecha por mi ahora ex esposa y una testigo; no creo que haga falta decir quien fue la testigo. Como olvidar ese día. Solo recuerdo que al salir de la comisaria envié un mensaje de texto, que tal vez y en algún momento, sea utilizado contra mi persona en lo que denominan “maltrato psicológico” . El texto decía, lo recuerdo perfectamente, lo siguiente: “Ademas de mujer golpeada tendrías que ser muy pelotuda para que te cague a palos veinte veces la misma persona.”

Al día siguiente, pensé en efectuar una contra demanda alegando calumnias. Llegado el caso, no me hubieran hecho falta testigos. Pero automáticamente me alejé de la idea, resultaba engorrosa: me dije: mejor enfocar la energía en la custodia de mi hijo, que, por supuesto, luego perdería////PACO