Amor 2013

Por Juan Terranova 

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¿Qué historias de amor nos dejó el 2013? En la proximidad coyuntural recordamos muchas. Hacia noviembre, por ejemplo, el artista peruano Richard Limay Torres se casó con un árbol junto al lago del Rosedal. El objetivo de la unión fue “dejar un mensaje de amor y compromiso con la naturaleza.” Se sabe, la ecología sirve para justificar cualquier cosa. El actor y director teatral José María Muscari ofició de juez. Limay Torres ya se había “casado” en junio con una especie autóctona de su país y afirmó que se proponía “contraer matrimonio con un ejemplar de cada país de América que visite.” Esta especie de poligamia vegetal internacional puede resultar jocosa pero en el fondo es necesariamente farsesca, incluso aburrida, improcedente. La idea de amor que ofrece no tiene espesor, ni peso, ni riesgo. Para casarse, para unirse en matrimonio, ambas partes de la pareja deben dar su consentimiento. No creo que el árbol haya dicho que sí. Tampoco sirve, en este caso, argumentar que el que calla otorga.

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Sin reciprocidad posible, las fotos del evento, irónicas, jocosas, testifican excentricidad, borrachera, pero poco, muy poco amor. El velo irónico, artístico, la “perfomance”, cubre todo. Al parecer el árbol fue bautizado como Alihuel Nehuen, que en mapuche significaría “árbol fuerte hermosa”, pero, pese a que revuelvo la web, no logro encontrar a que especie vegetal pertenece. Probablemente al novio, poco dispuestos a la convivencia después de la boda, esto no le interesó.

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(Por las fotos, nada más, uno logra percibir que la despedida de soltero se hizo después del matrimonio en un antro gay del centro de Buenos Aires. La inversión estaba muy presente ese día. Con seguridad se puede decir que el árbol, fijado en la tierra, de cuyas preferencias sexuales desconocemos todo, no fue invitado.)

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Como performance artística y amatoria fue muchísimo más intensa y comprometida la que protagonizaron Alexis Taborda y Karen Bruselario. Ella nació varón y consiguió su nuevo DNI, en el que figura como mujer, gracias a la nueva Ley de Identidad de Género. Él nació mujer y también cambió su documento para tener su nueva identidad. Identidad, género, sexo: en noviembre del año pasado se casaron en la ciudad de Victoria, Entre Ríos, con el agregado de que Alexis está embarazado. Las apariencias –¿cuándo no?– resultan determinantes, fundamentales. Alexis logró masculinizarse en un look estilo nerd, desgarbado, poco atlético, desmejorado todavía más por la panza del embarazo que tensa las camisas de vestir que usa. Karen bordea los lugares comunes del travesti que no puede estilizarse del todo. Cara redonda, piel cetrina, maquillaje. Sin embargo, él podría resultar atractivo de una manera algo dark, posadolescente, lánguida; y ella, en plan dominadora, hembra fuerte. Las imágenes los muestran compatibles. No son, en ninguna caso, una pareja despareja. Karen baila en el carnaval de Gualeguaychú. La web provee fotos. Se conocieron en un viaje militante a Buenos Aires. Karen participaba de las reuniones de la Comunidad Trans y Alexis, en la mesa Trans del Movimiento Evita. Cuando la relación avanzó, Alexis se fue a vivir a Victoria. En declaraciones a Crónica dijo que lo hizo “por ella y porque aquí tengo paz.”

SACERDOTE BENDIJO VIENTRE DEL PRIMER HOMBRE EMBARAZADO EN ARGENTINA

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La paz, la guerra, el amor, el sexo, el matrimonio, el hijo deseado. Crónica, en la cobertura del casamiento, especifica que “Alexis ha realizado tratamientos con hormonas, mientras que Karen se ha realizado algunas cirugías, aunque la readecuación de sexo no está en los planes de la pareja, que decidió, a pesar del cambio de identidad, conservar sus respectivos genitales.” (Una palabra siniestra nunca falta en el amor. Aquí tenemos “readecuación.”) A diferencia del ágil peruano y el árbol inerte, en la pareja de Alexis y Karen la unión se consumó en varios planos. Pueden mostrar su libreta matrimonial, de curso legal, y él –lo decimos otra vez– está embarazado de ella. Vale el esfuerzo, vale detenerse a imaginar la escena sexual porque –no podemos ser pacatos ni mendicantes– ahí también se juega el amor. ¿Qué hay, qué vemos, qué imaginamos? Karen desviste a Alexis. Alexis desviste a Karen. Ella tiene una erección. Y es él quien le practica una felación a ella. Y es ella la que lo penetra a él y eyacula en su cavidad. ¿Qué ven ellos cuando se ven, cuando se sienten? ¿Se activa algo atávico en sus mentes cuando Karen bombea su émbolo dentro de Alexis? ¿Cuales son sus recuerdos, sus preferencias, sus perversiones?

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DiarioVeloz subió a su portal una ecografía que retrata al hijo en el vientre de Alexis. En el copete se lee: “Ellos decidieron cambiar su sexo. Sin embargo, su amor es más fuerte y él está embarazado de cinco meses. Mirá el emotivo video.” El bebé tenía fecha para el 22 de diciembre. Nació finalmente el 19. Fue una nena y le pusieron Evangelina Génesis. Si hubiera nacido el 25, la coincidencia habría sido simplemente demasiado.

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Se puede decir que el bebé llegó a un hogar biparental y fue recibido con amor. No tenemos motivos para dudar de eso. No más, en todo caso, que cualquier otro nacimiento semi-famoso semi-televisivo. ¿Cómo serán Alexis y Karen en su rol de padres? ¿Qué le permitirán hacer y que no a Génesis Evangelina? ¿Dónde va a estar el límite? No son preguntas insidiosas, ni retóricas. Al contrario, es interés genuino.

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Se sabe: en los cuentos de hadas la boda es el final siempre feliz. En la vida real es el final de algo, bien, pero sobre todo el principio de otra cosa. Así, la historia de Alexis y Karen fue contemporánea de la historia de Marilyn y Guillermo. El 7 de noviembre del año pasado, con una ceremonia realizada en el Salón de Usos Múltiples de la Unidad 32, en la cárcel de Florencio Varela, Marcelo Bernasconi, usando el nombre de Marilyn, se casó con Guillermo Casero. En ese momento se la consideró la primera boda igualitaria entre dos presos en un penal bonaerense. Pero no fue la primera, hubo otra antes en Dolores. Desde luego, tampoco será la última.

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Según Clarín, la historia de Marcelo comienza en las inmediaciones de Oliden, una pequeña localidad rural, al sur de La Plata. Ahí vivía en una estancia de 500 hectáreas ubicada en la ruta 36 con su madre y su hermano. El padre había muerto de cáncer, a mediados del 2007. Marcelo y su hermano Carlos se levantaban al alba, ordeñaban, recorrían el campo a caballo, criaban chanchos, ovejas, y atendían a su madre, Juana Alicia Pérez, de sesenta años. Un día Marcelo confesó que le gustaban los hombres. Al parecer, su hermano y su madre rieron y comenzaron a mofarse de él. En un entorno desértico, en la soledad campirana, sin la contención de la interacción con otros ni la posibilidad de evadirse que da un ámbito urbano, las bromas familiares, amplificadas por el aburrimiento y la brutalidad, pueden resultar de una inusual potencia. La mañana del 26 de mayo de 2009, Juana Alicia estaba en la cocina, mirando por la ventana, cuando recibió un tiro en la cabeza. Murió en el acto. Carlos también encontró la muerte de un disparo en la nuca, mientras ordeñaba vacas en uno de los corrales. El asesino se entregó. El 16 de marzo de 2010, Marcelo Bernasconi fue condenado a cadena perpetua por la Justicia de La Plata. Nicolás Malpeli, el abogado defensor, señaló que el hecho estaba montado en “una trama de gran intolerancia e hipocresía, todos ayudaron para que las cosas terminaran de esa manera.” Marcelo fue confinado en un pabellón de gays y travestis. Irónicamente, privado de su libertad le fue menos difícil expresar y vivir su sexualidad y conoció a Guillermo.

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La historia de Guillermo Casero dice que fue condenado a treinta y cinco años de cárcel por el Tribunal Primero en lo Criminal de Quilmes en juicio oral por haber violado a ocho mujeres en la zona sur del conurbano bonaerense entre mediados de 2009 y comienzos de 2010. Hacía relativamente poco había cumplido una condena de catorce años por robo y violación y además de otra por homicidio simple. Las violaciones por las cuales lo procesaron tenían todas las misma modalidad. El acusado usaba gorra y anteojos oscuros, se movía en una bicicleta playera, interceptaba a las mujeres en la calle, de madrugada, las amenazaba con un revolver calibre 22 y las llevaba a un mismo descampado. Ahí se colocaba un preservativo y obligaba a las víctimas a ponerse una minifalda roja. Luego las violaba. La policía y los medios empezaron a llamarlo “el sátiro de la pollera roja.” Cuando lo detuvieron fue identificado por siete víctimas que señalaron una “cicatriz debajo del escroto.” En el portal Infonews se lee: “La prueba clave hallada es una pollera roja muy cortita que el propio abusador llevaba consigo y obligaba a las víctimas a colocársela antes de empezar con los abusos.” Durante el proceso, Guillermo declaró: “No entiendo por qué estoy detenido. Son todas mis novias.”

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Y sí, no es atípico, el amor surgió en la cárcel. Marcelo cambió su nombre por el de Marilyn. Se casaron. Ya compartían una celda, y lo siguieron haciendo desde ese momento como un matrimonio legal. Según Clarín, en el momento de intercambiar los anillos se escuchó la música de la película Titanic. La novia usó un vestido negro. Les tiraron arroz. Estuvo presente el director de la cárcel. Se bailó el clásico vals de los novios. Desde luego, damos por descontando que él le pide a ella que se ponga la pollera roja. Si no lo hiciera, ella –como su mujer– podría reclamárselo.

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¿Puede ser feliz un matrimonio, cualquier matrimonio, encerrado en la misma casa, sin posibilidades de fuga hacia otra parte? El encierro represivo es malo. Se padece. El encierro represivo y rutinario con gente que uno no conoce suena peor. Pero el encierro prolongado con la gente que amamos, por alguna razón, parece todavía más insostenible. ¿Nos obliga la rutina a una única forma resignada del amor? Si el amor de Marilyn y Guillermo se prolonga en el tiempo, ¿quién puede dudar de su autenticidad? Pero tampoco tenemos derecho a dudar si no dura. Quizás, por las noches, en la celda, Guillermo sueñe que anda en bicicleta buscando una mujer para obligarla a ponerse la minifalda roja mientras Marilyn tiene pesadillas con un tambo donde las vacas le hablan para recordarle sus culpas.

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El año que pasó, entonces, nos dejó esas historias. Un peruano dijo que se casaba con un árbol para llamar la atención. Un hombre nacido mujer que se dejó embarazar por una mujer nacida hombre. El asesino de su familia encontró marido en la cárcel –un violador condenado– y se casó con él. Adjetivar el amor ¿no parece acaso lo más difícil de todo? Hay un libro de Carlos Gamerro que se llama El libro de los afectos raros. Más allá de los cuentos que contiene, el título es dos veces redundante. Primero, porque es un libro que se llama libro, segundo porque todos los afectos son raros y nos llegan atravesados de malestares o pasiones que nos desbordan o nos incomodan. ¿Cuales serían los afectos no raros? ¿Dónde están los amores puros, incuestionables, completos, normales? Si existen, parafraseando a Tolstoi, seguramente no sería interesante narrarlos. “¿Raro? Raro tenés el orto” dijo alguna vez el poeta Ricardo Espinosa. El potencial hermenéutico de la frase me resulta evidente.///PACO