Vicio en Miami

Books Tom Wolfe

Por Mariano Canal

En Bloody Miami (Anagrama, 2013), la cuarta y más reciente novela de Tom Wolfe, la sangre evocada en el título no tiene que ver con la violencia física que el imaginario pop habitualmente ligó a la ciudad del sur de la Florida. Desde Scarface al GTA Vice City, esa geografía de playas, pantanos, rascacielos y guetos étnicos siempre conjuró con facilidad imágenes donde el calor tropical, las tensiones raciales, la inmigración política y el crimen organizado se fundían en ese lugar del extremo norteamericano, una ciudad de frontera, donde ser extranjero es más la regla que la excepción. Esos elementos están presentes, pero la sangre que corre en Bloody Miami, el título de la traducción en castellano de la novela, lo hace más bien a través de los cuerpos que dentro de ellos. Tiene que ver con los linajes, la pertenencia a una comunidad, con los fragmentos origen diverso que conviven en una ciudad tensionada por la expansión y la mezcla. Back to Blood, el título original, retrata mucho mejor la premisa que moviliza la novela: es la Sangre a la que se regresa, o de la que no se puede escapar, en el contexto de un melting pot siempre fallido pero, al mismo tiempo, y no es una paradoja, inmensamente exitoso.

Como en todas sus anteriores novelas, en Bloody Miami, Wolfe dispone las piezas de su tablero siguiendo una misma metodología: una ciudad compleja como escenario por la que se mueven personajes ubicados en distintos lugares del espectro social que se cruzan a partir de un hecho que pone en crisis el equilibrio político siempre precario de la raza, la clase y la búsqueda desesperada de reconocimiento. A partir de ahí, como en la Nueva York reaganiana de La hoguera de las vanidades o la Atlanta del boom inmobiliario de los 90 de Todo un hombre, Miami se convierte en el salón de juegos ideal para que Wolfe despliegue su ya conocido arsenal narrativo: las descripciones exhaustivas de hábitos, consumos y dialectos, la compulsión informativa para leer el estado cultural de un país a través de los pecados privados y los vicios públicos, la mirada panorámica, heredera del realismo dickensiano y del Nuevo Periodismo, capaz de diseccionar los intercambios frenéticos entre las distintos segmentos sociales, sus atracciones, sus rechazos, sus hostilidades, sus aspiraciones. Todo en ese tono que le es propio desde sus reportajes de los años 60, donde la sátira social y la ironía proyectan una luz impiadosa y desencantada sobre la conducta de sus creaturas. Miami (una ciudad “donde todo el mundo odia a todo el mundo”), con sus olas migratorias sucesivas, su particular cóctel cultural y político, su desenfrenado crecimiento económico, resulta, claro, un escenario perfecto para que Wolfe pueda una vez más volver sobre sus obsesiones: la corrección política, el multiculturalismo, el dinero y el sexo como únicas fuerzas capaces de aplacar el terror a la caída social. Se trata, después de todo, de la única ciudad de Estados Unidos donde más de la mitad de sus habitantes nació en el extranjero y en tan sólo una generación consiguió hacerse con el poder político.

El juguete del destino en Bloody Miami, el pobre diablo sobre el que se desencadena la tormenta de mierda que lo llevará sin rumbo de un lado a otro de la ciudad, castigado por fuerzas que no alcanza a comprender del todo, es un policía cubano-americano de veintipico de años que cumpliendo su rutina diaria y con el único objetivo en mente de agradar a sus superiores anglos para mejorar su carrera, una tarde acude a rescatar a un hombre encaramado al mástil de un velero anclado bajo un puente de la Bahía de Biscayne, frente a las playas de Miami Beach. El rescate es heroico, pero para el policía cubano, Nestor Camacho, las cosas no pueden salir peor: el rescatado es un disidente cubano escapado de la Isla que intenta llegar al puente para lograr el asilo político que Estados Unidos le otorga a todo emigrante cubano que pise tierra firme estadounidense (y para las leyes anticastristas un puente vale como tierra firme). El rescate, entonces, se convierte en realidad en el inicio del desbarranco de Nestor y de las desventuras que seguirán a lo largo de 600 páginas (Norman Mailer dijo con malicia alguna vez que las novelas de Wolfe eran “como coger con una mujer de 150 kilos que te asfixia o te enamora”). Repudiado por la comunidad cubana al impedir (aunque sin querer) el asilo de un perseguido político, despreciado por su propia familia (“!Arrestaste a un tipo que estaba a18 metros de la libertad!”, le dice con furia el padre), abandonado por su novia y trasladado a otro destino por las autoridades políticas que temen posibles disturbios étnicos, Nestor se convierte en un desclasado que va cruzándose con otros personajes igualmente embarcados en su frenética lucha por la vida.

Escapades: Corral took Wolfe (left), with Silvio Morales (right), to Miami's raucous Columbus Day Regatta while he researched his book about immigration and how people interact in the process

Así aparecen entre otros un periodista wasp que persigue una primicia sobre falsificación de obras de arte por parte de oligarcas rusos, un profesor haitiano que odia sus orígenes y prefiere considerarse francés, un jefe de policía negro acosado por los políticos cubanos que gobiernan la ciudad, un psiquiatra especializado en tratar millonarios adictos a la pornografía, todos chocando un poco ridículamente en esas escenas típicamente wolfianas donde la sátira social se combina con la schadenfreude, el regodeo ante la desgracia ajena, la risa un poco morbosa que se dispara al ver a esos personajes deslizarse por el tobogán de la pirámide social. Escenas como la de los millonarios empujándose unos a otros para entrar primero a la Art Basel Miami y arrasar con lo último en arte contemporáneo, cual compradores en un Black Friday; o una orgía montada en una regata de yates con música de Pitbull a todo lo que da que hubiera encantado al malogrado Ricardo Fort; o un reality show protagonizado por magnates de las finanzas en quiebra, hundidos por los vaivenes de la crisis internacional. Escenas de la lucha de clases bajo las palmeras.

Pero volviendo a la cuestión del título de la novela, tal vez la falla mayor de Bloody Miami/Back to Blood sea que la idea implícita en la metáfora de la Sangre, la de que la sociedad norteamericana se está fragmentando en pequeños mundos que establecen con el resto relaciones cada vez más hostiles, no termina de imponerse a lo largo del libro, por sobre la tendencia opuesta, la de la búsqueda de la asimilación y el acceso al gran relato del progreso americano. Por supuesto los enclaves étnicos y las tensiones raciales están presentes, las líneas de color dividen los barrios y organizan la política municipal. Entre los cabarets de Sunny Isles frecuentados por expatriados rusos y las santerías afrocubanas de Hajleah, o entre Aventura, un condado habitado mayoritariamente por jubilados judíos de Nueva York y las calles sin árboles de Little Haiti, las distancias son tan enormes como las que Wolfe ya retrató con habilidad en sus novelas anteriores, pero en  Bloody Miami más que una guerra de razas larvada lo que mueve la acción es la búsqueda por encajar, por obtener reconocimiento, por hacerse con una parte de la secular promesa americana. Los cubanos, los rusos, los haitianos, los negros, los blancos, todos corren y se chocan en esa carrera hacia la integración. La ciudad misma, Miami, con su expasión y su desarrollo inmobiliario, sus inversiones en museos de clase mundial, sus universidades parquizadas, sus aspiraciones desmesuradas para ser considerada entre las grandes ciudades de Estados Unidos, no hace otra cosa que reproducir la fiebre que consume a los personajes de la novela, la fiebre por dejar atrás las humillaciones del pasado y lograr el status que se cree merecer.