Vender un chiste

Jerry Seinfeld

Por Mavrakis

I
Hay una escena en particular en The Wolf of Wall Street. No la que tiene música de Billy Joel —aunque la frase también aparece ahí—, ni la otra donde está Fran Lebowitz haciendo de jueza. Es la escena inspiracional del final, la escena donde Leonardo Di Caprio le pregunta a un grupo de codiciosos fracasados cómo le venderían a él una lapicera. Es como uno de esos tests de psiconeurolingüística en los que todo está completamente parametrizado y no existe posibilidad de improvisar una respuesta distinta a la esperada. Nada fantástico: las multinacionales más o menos respetables suelen hacer pruebas de actitud parecidas a sus candidatos en los exámenes prelaborales (las mismas empresas que organizan días de campo entre empleados de distintas jerarquías para afianzar lazos). “Véndame esta lapicera”. “Bueno… es elegante, es resistente, es…”. Otro. “Véndame esta lapicera”. “Ehhh…”. Otro. “Véndame esta lapicera”. “Esta lapicera me gusta porque…”. Otro.

No sabía que Jerry Seinfeld estuviera todavía en el negocio de vender chistes (y por el bien de la psiconeurolingüística social: conviene saber de qué se trata Comedians in Cars Getting Coffee; se puede hacer mucha conversación de algo así mientras uno intenta vender su lapicera en una charla casual). Y el asunto es que Seinfeld ni siquiera está en el negocio de vender chistes sino en el negocio de analizar la información acerca de qué hace reír y cómo hace reír. Algo así como el desarrollo de un algoritmo personal para construir frases risibles. Esto es mucho más interesante que cualquier artículo lleno de ripios y melancolía y datos almacenados en Wikipedia sobre Seinfeld. Además, el algoritmo debe estar funcionando. Según Google, uno de los one-liners más efectivos en los que estuvo trabajando Seinfeld es el siguiente: “People are never really sure if they have milk”. Yo lo escribí en mi Twitter el lunes a las ocho de la mañana y alguien lo faveó.

II
Por sentarse en su casa y esperar la liquidación de las royalties anuales por las repeticiones de Seinfeld, Jerry Seinfeld gana treinta y dos millones de dólares. Por el resto de los negocios en los que participa con su nombre y con sus chistes tiene un capital aproximado de ochocientos millones de dólares. La idea es que un enorme volumen de información —información que puede ser también risas— puede ser analizado hasta que el observador logre desarrollar un modelo de variables constantes, sintetizables en un estímulo de respuesta previsible. Una pequeña neurociencia de la risa. Seinfeld dice que para él la risa es información: el timbre, la forma, la duración. Y se lo toma muy en serio. Eso que los energúmenos que hacen stand up en Buenos Aires llaman chistes o rutina, por ejemplo, Seinfeld lo llama set. “You could play me just the laughs from my set and I could tell you, from the laugh, what the joke was. Because they match”.

Durante los siguientes párrafos es probable que vaya a plagiar un artículo en The Guardian. Jerry Seinfeld está por cumplir sesenta años y tiene un programa de televisión nuevo que se trasmite por internet, se filma en un auto e incluye drones. Ese programa se llama Comedians in Cars Getting Coffee y funciona como un laboratorio. Seinfeld pasa a buscar en algún auto de colección a un humorista famoso. Conversan en el camino a un bar y conversan mientras toman café. Los episodios no duran más de veinte minutos. No hay guión, solamente dos humoristas conversando. Pero es probable que Seinfeld sea el que al final de todo el asunto tome notas, porque si ven Comedians in Cars Getting Coffee van a notar que no se trata de un laboratorio de sondeo de chistes para el público, ni de una entrevista casual, sino de un especialista de la información de la risa cotejando resultados con colegas.

Lo único realmente colorido es el auto. El resto es parecido a acceder a las anotaciones marginales y sesudas que un gran escritor hace en los libros de otros grandes escritores en la privacidad de su biblioteca. Nada que pueda interesarle a los lectores ordinarios que después van a pagar y disfrutar los libros. Nada que pueda interesar al público ordinario que después va a pagar y disfrutar los chistes en un show especial (una o dos veces por semana, Seinfeld se ocupa de aparecer de improviso en algún comedy club de New York y ahí prueba sus nuevos chistes, sus nuevas frases, sus nuevos resultados, sus nuevos análisis, sus nuevos estímulos).

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Oliver Burkeman confirma que Jerry Seinfeld no le da mayor importancia a las teorías sobre el funcionamiento y el sentido del humor de Seinfeld. Eso está bien: los autores literarios tampoco suelen tomarse en serio los trabajos de los críticos sobre su obra (nunca ocurre tal cosa como un “bueno, voy a escribir un poema posmoderno”; aunque tal vez sí en César Aira). Cuando le preguntaban a John Lennon cómo componía las letras de sus canciones, decía que lo único importante era que rimaran con la melodía. No importaba qué palabras eran con tal que funcionaran. Esto es algo bastante decepcionante para los que prefieren creer en el genio creador. En realidad no hay más que trabajo mecánico. Voluntad y esfuerzo para crear algo que funcione. Si tienen un poco de roce social ya deben saberlo: ¿cuáles son las dos peores preguntas, las más torpes e inútiles preguntas, que se le pueden hacer a alguien dedicado a crear? Cómo crea y por qué. Los creadores están metidos en el asunto de la creación, no pueden verlo desde afuera. Probablemente ni siquiera les corresponda verlo desde afuera. “I think of myself more as a sportsman than I do an artist”, dice Seinfeld. Pero es un deportista en un laboratorio. Como Brad Pitt en Moneyball. Ah, y la respuesta a “véndame esta lapicera” era “necesito que escriba su nombre en un papel” /////PACO