Diciembre dionisíaco

NorahLange1

Por María Velo

I. Hace un año estaba sin trabajo. No en el modo en el que se queda alguien “sin trabajo”, sino en el modo freelance de estar sin trabajo. Una eventualidad de alcances indeterminables. Meses de trabajar psicóticamente y, luego, paz. Paz que, no sabemos, puede volverse hastío y desesperación. Un recreo o un im-pás.

Fue recreo. Una semana exactamente, hasta que llegó algo nuevo, algo fijo. Justo antes de asentarme, le expliqué la situación a mi Cuaderno de consideraciones sobre las cosas, de corrido y sin tachaduras, porque no tengo tapujos al contarle las situaciones: “Todo desbordado, desencauzado, todo nadando en el plasma.  Estamos drogados de instantaneidad. El ahora me veda el paso del tiempo. Y me asusta. Podría morir en este letargo fatal, sueño angustioso de tiempo chicle.”

Llegó Navidad, ese germinador natural de la tragicomedia familiar donde cocinamos cariños al fuego de la ridiculez y recordamos a Chaplin y a Bajtin con ese reír con y no de, y subimos a ese tren destartalado de las relaciones humanas con la alegre resignación de saber que va a descarrilarse en la próxima estación.

La siguiente estación fue Año Nuevo. Hija de padres separados y, luego de varios fracasos, elegí dejar a mi madre en manos de una amiga suya y festejar con un grupo bastante heterogéneo de personas, de las cuales quería (quiero) mucho a dos.

Por oscurantista que suene, Año Nuevo requiere, necesita, un ritual. Uno bien propio. El mío consiste, básicamente, en procurar la inconsciencia por los medios que sean necesarios. Yo lo llamo El Leteo de Año Nuevo y, si bien es una práctica bastante común y hasta vulgar, si querés, tiene antecedentes y parangones en cualquier otra cultura. Inconsciencia no me gusta, quizás sea mejor simplemente llamarlo El Leteo, y es mi amuleto de principio de año.  

No sé por qué pasó. El caso es que mi 2013 no tuvo Leteo, si bien hice todo lo que podía para lograrlo. Mis Leteos vienen en decadencia hace unos años, para ser franca. “¿Cómo empezar un año laboral sin la absoluta certeza de que la vida es maravillosa?” Me pregunté ese día, profundamente decepcionada, y empecé el nuevo año con un terrible presentimiento.

II. Tenía unos once, casi doce. Una amiga más experimentada me llevaba a ciertas fiestas o matinées de los egresados que se extendían desde fines de noviembre hasta principios de diciembre. Ella ya se besaba con chicos, lo cual para mí era como una cosa que estaba en el edificio de enfrente, a 50 centímetros de mi cornisa y con veintitrés pisos de vacío hacia abajo. Yo me vestía, me maquillaba, me peinaba e iba a la fiesta a mirar desde un rincón cómo ella se besaba con chicos. Un día, sin embargo, estaba aburrida y decidí bailar. No recuerdo si ella se besaba con alguien o no, pero bailé toda la noche, como hasta las… doce. Volvimos a mi casa en el auto de mi papá, yo estaba cansada. Mi amiga preparaba panchos en la cocina. Me imagino a Cenicienta, llegando doce y veinte de vuelta al castillo y preparando panchos porque no, el desborde libidinal adolescente no se apaga tan temprano, ni tan de golpe. Sola en el baño, me miré al espejo. Despeinada. El maquillaje corrido había dibujado dos surcos negros alrededor de mis ojos que se me antojaban misteriosos. Y me sentí feliz. Plena. Pensé que esa era la joda de las fiestas y también pensé en qué sentido tiene una fiesta si uno va a regresar igual que como salió. Estos son los signos de que fui a la fiesta. La fiesta me pasó por el cuerpo y ahora soy otra.

III. ¿Viste que, al final, el placer humano ocurre acompasadamente con cierta degradación? ¿El placer se produce al degradarse la cosa? ¿Es el placer que degrada la cosa?

No me refiero a la degradación en un sentido del todo negativo. Vivir la vida es un modo de degradación.Me pregunto, en realidad, qué pasa que la degradación es negativa. Si lo pensamos, toda degradación está vinculada con cierto uso de la cosa. Y el uso es el movimiento, el uso es hacer algo con ese tiempo que es la vida.

IV. Trabajando fijo y en un estado de alegre rutina y miles de proyectos, encaré el nuevo año. Somos animales rutinarios. O no. Somos animales contradictorios. Necesitamos la rutina hasta sentir que (como dice Ariel en El abrazo partido) estamos enclaustrados en una felicidad que es como un tubo que termina en la muerte. Y ahí, se pudre todo. Los antiguos lo sabían, por eso hacían carnavales. Verdaderos carnavales, verdaderos Leteos alternados con períodos productivos.

Pasó el año. Eso es lo único que no puede negarse.

Leí un libro de Stephen King en el cual cien jóvenes concursantes deben caminar sin descanso e ir muriendo, digamos, hasta que sólo uno quede, el ganador. Pies sangrantes, psicosis inducida, mínimo.

Un mes antes, tres bajas. No hubo velorios, no. Aprecio los velorios, pero no. La generación anterior desprecia los ritos con la fuerza con la que desprecia todo. Sí hubo sanguchitos de miga en casas y cafés, hubo la vida sigue, hubo qué bueno, al menos, reencontrarse con los allegados. El tipo de la funeraria, que escribió tres veces mal el apellido siciliano de Paulina, dijo que ya casi nadie vela a sus muertos. ¿Comerán sanguchitos? Transformación de ritos, pero ritos.

Con o sin velorio, los muertos murieron.

Murió Flopi, la mujer fatal. Se llamaba Estefi, en realidad, mi amiga transexual que trabajaba en la esquina de casa. No la vi más. Tres meses después, su compañera, me cuenta. A ella se lo dijeron las chicas de la otra cuadra.

-¿La travesti morocha de ojos verdes? Murió hace dos semanas. Se estaba poniendo caderas, culo. Mala praxis.

No sabía qué hacer y me empecé a reír. Mientras, se me caían las lágrimas, me dijo su compañera. Eso y que murió como ella quería: siendo una mujer.

Murió Martín, el que no supo encontrar las cosas. Dejó una joven ex esposa rusa, una madre-madrasa devastada y dos hijitos, rutilantes, de esos que te hacen pensar que ser mamá puede ser divertido. También dos televisores de plasma, que se vendieron para pagar los aparatos de los chicos, porque los dentistas son caros.

Y murió Paulina, la siciliana triste. Además criarme y morir, de enseñarme Santa Clara, Jersey y Arroz, y a dormir tranquilamente junto a la obsesiva caminata de las patitas del reloj, dejó una máquina de coser. Cuadernos de recetas. Una casa embrujada. Y ese libro que le regaló a mamá de chica, de Nora Lange.  Dice mamá que la abuela era muy bruta, que seguro se lo regaló porque le pareció lindo el dibujito de la tapa. Y que sexto grado aprobado, que inmigrantes pobres que pudieron mandar a sus hijos a la Universidad. Cuadernos de infancia, se llama. Norah tenía sus Cuadernos de infancia, Paulina tenía sus Cuadernos de recetas y yo tengo mi Cuaderno de consideraciones acerca de las cosas.

La madre la convenció de que era hora de dejarse cortar los cabellos. Y Norah puso esto:

“Cuando salimos de la peluquería, apenas logramos disimular nuestro regocijo. El nuevo peinado aminoraba el tono rojizo de mis cabellos y ofrecía a los suyos una solución inesperada. Hubiéramos deseado no postergar, ni un minuto, la sorpresa y la algazara que suscitaríamos en casa, pero un encuentro imprevisto contrarió esta impaciencia: al franquear nuestra verja tropezamos con el jardinero.

Gigantesco, fornido, ya entrado en años, poseía unas manos de dimensiones exhorbitantes; unos dedos tres veces más largos y más gruesos que los nuestros. Todas las mañanas, al saludarnos a Susana y a mí, apoyaba el mayor contra uno de nuestros hombros, y ese solo gesto, que parecía hecho al descuido, era suficiente para impelernos hacia adelante, para hacernos trastabillar si nos encontrábamos desprevenidas.

Resueltas a evitarlo, yo intenté ocultarme tras uno de los pilares del portón, mientras Susana corría hacia la casa. Mi estrategia obtuvo tan poco éxito como la suya. El jardinero se interpuso en su camino y, después de darle los buenos días, la empujó en el hombro con su dedo fabuloso. Resignada a cumplir ese rito ineludible, decidí afrontarlo, de inmediato.

Después de mirarme con un aire indeciso como si, de pronto, no me conociera tanto, extendió la mano y, sin tocarme, me señaló con el índice. Durante un momento esperé que subrayara su saludo con el empujón habitual, hasta que comprendí que ya nunca me empujaría más.

 Inmóvil ante él, una sensación de vacío se fue agudizando poco a poco. Me pareció que me alejaba de lo que había sido hasta ese instante y que, al distenderse hacia mí, ese dedo me señalaba algo desconocido en que me iría internando paso a paso…

Habrá sentido vértigo. Algo de nostalgia. Algo de miedo, quizás. Diciembre de su infancia y Año Nuevo.

Diciembre, otra vez. Luego del impás, otro trabajo vertiginoso. Dos días de rodaje, tres horas de sueño entre dos tandas de veinte horas parada. Cuando quería llorar por mi dolor de pies, me acordé de los caminadores del libro. Mientras, la policía se acuartela. Unos saquean. Unos bailan la democracia. Otros, sin luz hace semanas, cacerolean en la oscura certeza del olvido total. Otros festejan y ponen el aire en 12. Hago un curso con Faretta sobre el mitologema del doble y no parece haber mejor matriz para explicar lo que pasa.  Al final, nadie llega cuerdo a fin de año. No. Es como si no estuviera permitido. Yo tampoco. El tiempo pasa y, aunque bailemos con el aire en 12, la comida se pudre en las heladeras de los que no tienen luz y los policías salen a reprimir manifestaciones por la seguridad con su aumento de fin de año en el bolsillo. Y los muertos, siguen muertos. No me corté el pelo estos meses, sistemática y fervientemente como los anteriores. Para Norah, el cambio fue cortarlo. Para mí, dejarlo crecer, dejar de congelarlo en un estado. Porque las marcas quedan y no hay mucho que se pueda olvidar. La vida no es un pizarrón, carajo. Y de nuevo el dilema, de nuevo el doble, memoria o leteo, cinismo o romanticismo, ordenar el cuarto o prenderlo fuego ¿Cuál es más angustiante, más desesperante, de las dos cosas? Qué sé yo. No volvamos a hablar de peso y levedad /////PACO