El último mohicano

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Por Francisco @gogui Marzioni

Antes de que salga su último disco Pajaritos, bravos muchachitos, pudimos ver al Indio Solari entre las principales figuras públicas que apoyan al gobierno nacional. A muchos les llamó la atención o quisieron ver en eso algo bueno o malo, pero lo cierto es que es natual que Carlos Solari apoye a este gobierno. Nunca dejó de ser, en definitiva, un setentista nostálgico, que como muchos de su generación hicieron fortuna en los 90s y acosados por la culpa se recluyeron en una zona de confort y paranoia desde la cual miran al mundo pasar ya sin ellos dentro, como esa canción de Lennon. Solari, un beatlero lennonista, no murió frente al Dakota sino que siguió haciendo discos, haciendo pan para su hijo, y álbumes que se parecen más a cuadernos de dibujo de un artista plástico que a los monocordes catálogos de canciones que pueblan el último rock argentino.

En principio, la tradición musical en la que se inscriben los discos solistas del Indio no es la misma que traía Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, proyecto que formó a mediados de los 70s. O en todo caso, responden a la propuesta sonora de Último bondi a Finisterre y Momo Sampler, donde el cantante ya producía, arreglaba y componía bajo la influencia del hip hop, el grunge, el nu metal y hasta U2. Vos que sos fan de los redondos y querés que se vuelvan a juntar, es importante que recuerdes: hay un “Redondos” que ya nunca volverá, porque antes de irse cambiaron para siempre. Seducidos por el estudio, la tecnología y el preciosismo, hace ya mucho tiempo que abandonaron la pretensión del rocanroleo sucio de tripas corazón.

El Indio se enamoró de la música de los 90s, un poco culposo tal vez, y así lo dejó claro cuando, a la hora de ocupar la cabecera de la mesa, presentó un puchero que tiene más de Portishead que de Jimi Hendrix. Skay, por su parte, insistió en seguir ocupando su bien ganado lugar de abuelo del rock&roll argentino, tocando la guitarra para los cientos que se agolpan en los shows cada fin a ver al keith Richards argentino. A diferencia del Indio, un personaje más misterioso, problematizado, oscuro, bordeando el poeta maldito, Skay es un guitarrista de blues, un hombre simple que quiere hacer música para la mujer que ama. Leemos en Oda a la sin nombre, el primer hit de Skay solista en el que supuestamente habla de la muerte, pero tal vez haya un invitado especial.

Me crucé con un niño y perros salvajes.

Vi una luz espectral.

Andaba un ángel delante mío

“y ella baila siempre detrás”

Me acompaña, nunca duerme,

no descansa, siempre junto a mí.

¿No vemos acaso un hombre que atravesó los periplos del héroe –aquel disco se llama A través del mar de los zargazos-, acompañado de “un ángel delante de mí” y su amor bailando en bambalinas? La tríada Indio, Skay y Poly llevaron a los Redondos de un pequeño garaje de La Plata a convertirse en la banda más popular de todos los tiempos. Y su amigo primero lo llama “niño” y después “ángel”. Un hombre de blues siempre reconoce quienes fueron sus amigos, está implícito en el código pentatónico.

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Tal vez con esto en la cabeza, el viejo mohicano urde un plan: llama a los ex Redondos para grabar un tema. Sin Skay, por supuesto. La canción es la última del nuevo disco y se llama La pajarita pechiblanca. Al igual que el primer y sexto track, son parte de una tríada conceptual sobre los pajaritos bravos muchachitos del título del disco. En ellos el Indio deja ver su parte más autobiográfica y cuenta la obsesión y paranoia que tiene por las noches en oscuros diálogos con los comentaristas de internet, esos pajaritos bravos, que lo “obligan al ritual” de volver a tocar. “Nos conocemos de siempre”, le dice a los pajaritos que cantan en la selva de internet del primer tema. En Chau mohicano, el autor acepta que ya no es el mismo de otros tiempos, perdió la energía de la juventud, el hambre del que hablaba Mickey, el entrenador de Rocky.

Mi furia antigua se licuó

y me silenció.

Media sonrisa y poco más

ningún secreto que cuidar.

La cacería terminó

presas no hay.

Ay, pajaritos, bravos muchachitos

Me convencí de que es mejor

y me hizo bien.

Estoy curado, ya sané

me oigo chillar

y tengo sueños de ratón

y de terraza de hospital.

Que deliciosa sensación

sofocación.

Sin desafíos a cumplir

ya sin temor

Por el final, una pista más del disco indicando que el Indio tal vez habría dejado la merca. Era hora.

Dejé mi hocico más feroz

sin mi aliento más bestial

y con más tiempo que perder

calmé mi sed.

En La pajarita pechiblanca el objeto poético cambia y se multiplica también por tres. En general la canción habla de algo que se perdió, la pajarita pechiblanca, que en principio bien puede ser el propio Skay Beilinson, ausente físicamente en la canción y reemplazada la línea de guitarra por la verdulera de Sergio Dawi. Acá el Indio dice, básicamente, que él era un duro, un jefe, y ahora anda a los gritos pidiendo por la pajarita.

Yo que maté unos pajaritos y fui muy feliz.

Canté a grito pelado: ¡ojalá llueva napalm!

Pido a gritos por mi pajarita pechiblanca.

Tengan piedad!

Soy cacique, un héroe ambiguo más.

Jefe Toro Fumado, opiáceo y regalón.

Y pido a gritos, por mi pajarita pechiblanca!

Al decir “tengan piedad”, el Indio acepta su costado más débil, rodeado de los compañeros de ruta de la vida que lo protegen -Semilla, Sidotti y Dawi- que lo predisponen a la composición de algo más personal y confesional, tópicos que había evitado hasta bien entrada la discografía ricotera. Sólo le falta su pajarita pechiblanca, también llamada la bella mandolina, una palabra que bien podría referenica a una guitarra, a la que en un verso llama “honesta”, diciendo que él no cumplió (prometer lo que no vas a cumplir es un tópico clásico en las canciones solistas del Indio).

Yo le prometí mi amor a la bella Mandolina.

(Mendigando como un perro y llorón)

Y no cumplí, nunca cumplí, jamás…

Con mi bella heroína, con la honesta Mandolina.

Mai dire mai, mai dire mai, mai piú.

Después, con el mensaje entregado a destinatario, el Indio se permite bromear un poco y transforma a la pajarita en merca primero y después en una mujer.

Al rey del bajo fondo, un mal día le grité,

Que era un guanaco feo, con suerte en el querer.

Le rogué por mi pajarita pechiblanca.

Tengan piedad!

Vagabunda, los mocos me sonó.

Fracasó como lesbiana y así me profanó.

Y aquí estoy… pidiendo por mi pajarita pechiblanca.

La canción suena más cálida y juguetona que las del resto del disco. Será tal vez la influencia de tocar con quienes son sus amigos de siempre, mientras que Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado está claro que son mercenarios griegos que sirven con honor a un rey persa, héroes que ganan batallas dramáticas como el oscuro sonido que los caracteriza. La amistad es un tópico central en la canción. Por más que hayan vivido cosas fuleras, hay un amor que vuelve con el tiempo a medida que la traición se aleja, un amor que se parece a la hermandad. No sabemos si el Indio es hijo único o tiene hermanos, pero lo más parecido a un hermano que seguramente tiene en el mundo es Skay Beilinson.

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Pero está Poly, la tercera de la tríada. Todas las fuentes que hablaron en estos años señalaron que las discusiones se dan, sobre todo, entre el Indio y Poly, tal vez compitiendo veladamente por el mismo amor. Esta relación, a veces de amistad, a veces de negocios, está retratada en Lavi Rap, donde bajo el apodo de El Morta, Huesito y Míster Ed –Skay Poly y el Indio- cuenta que “van a saltar otra vez sin red”, tal vez en referencia a la aventura de sacar aquel disco doble ambicioso y desafiante, grabado en California. En el tema se lamenta de los múltiples problemas del negocio del rock.

Al comprar el “pajarito”,

debieron preguntar, tal vez,

cuánto costaba la linda jaula

del LAVI – RAP.

Después puede leerse la queja del Indio ante la frivolidad del “ambiente” del rock y los negocios en el neoliberalismo que lo hizo millonario ante su propio asombro.

Sólo saben llorar por minas y por guita

(no más bohemia, todo es chusmear),

y tener todo clariiito

en LAVI – RAP.

Acá cuenta cómo festejaban cuando cobraban SADAIC.

Si el “pajarito” da la buena

van al Tortoni al Castelar

y suman un buen baño turco

al LAVI – RAP.

Y al final, un clásico palo a los medios.

El último show no murió casi nadie

se fue vacío el furgón de los fiambres

cubrieron la mierda de azúcar negra

en el LAVI – RAP.

El Indio tiene una afección con el número tres. Esperó tres discos para volver a hacer referencia a estos temas tan caros para su corazón, le dedicó tres canciones al asunto, y una de ellas es directamente para Skay. Entremos unos segundos en la mente del Indio Solari. ¿Quién sería el primer oyente que escucharía La pajarita pechiblanca? Está claro que si hay un tema del Indio que Skay oyó con atención fue éste. ¿Cómo no le va a incluir su mensaje y perderse la oportunidad de emular a Lennon/Mc Cartney? Las bromas letrísticas y las risas del final le dicen: calmate hermano, es una joda, está todo bien.

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Mientras, el concepto del disco se centra en el público de sus recitales. Desde principios de los 90s el público se convirtió en objeto de sus letras, sólo basta recordar canciones como Buenas noticias, Un ángel para tu soledad o Juguetes perdidos. Esta vez les dedicó prácticamente el disco, hablándoles con la poética misteriosa pero decodificable del cual hizo una marca registrada. Como se ve en esas canciones, el Indio tiene una relación ambigua con el público, a veces los ama y otras los odia. Recluido en su mansión con hijo, escopeta y perros, desde una laptop pasa cientos de horas leyendo lo que los pajaritos de la selva de internet escriben sobre él y su obra. Dice en Babas del diablo:

Soporta que jodan monstruos hostiles alrededor

pasa que el cerebro busca siempre distraerse.

La figura pajaritos, bravos muchachitos es antigua, ya en un recital de Cemento el Indio abre cantando “soldaditos, bravos muchachitos”, con una melodía militar que no pudimos identificar, para presentar Cua Cua Amen, uno de sus más clásicos inéditos que habla de Malvinas. Los soldaditos ya no existe –la cacería terminó / no hay presa, dice el poeta-  hoy son pajaritos haciendo pío, tweeting en la selva de internet.

El disco tiene más temas memorables, algunos ideales para las piletas del verano con sus maquinolas y guitarras flanger. Y aún así, tiene el pulso más rockero desde que arrancó su etapa solista con Bingo Fuel, con temas que rememoran por sus beats a los redonditos de los 80s. Hay canciones de amor para dealers, como él le gusta llamarlas, que tan bien le salen.

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Otro diciembre de calor y fin del mundo en Argentina, con el olor a pólvora que sentíamos en aquel 2001 cuando patricio Rey y sus Redonditos de Ricota anunciaron su separación oficial. En estos 12 años muchas cosas cambiaron y además de las sociedades, los pueblos, los países, también cambian las personas. Los que bajamos o compramos o nos regalan discos y los escuchamos, los percibimos más como productos diseñados para nuestro entretenimiento que como obras de arte producidas desde el corazón del artista. Es cierto. Cuando se trata de millones de copias para vender hay muchos factores que inciden en lo artístico. Pero sabemos que los artistas son también otra cosa, seres impredecibles y caprichosos, necesitados de amor y de expresión, aún con sus paranoias y forradas que cada tanto podemos ver estallar en los medios a veces nos entregan el corazón en una bolsa de Coto.

Con su nuevo disco, el Indio produce la obra que su brasa de mohicano puede hacer, con las verdades y mentiras necesarias para que ejecutemos esa misteriosa mecánica que traslada su autobiografía a la de todos a través del enlace sonoro del filoso rocanrol. ////PACO.