Escríbela de nuevo, Stieg

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Por Mavrakis

I
Supongamos que es justificable describir un best-seller en términos de cuasi tsunami. Porque cuando llega alguno es en parte una pared y en parte una marea. Primero ves una torre enorme de libros en Yenny, en los aeropuertos de todo el país y en las filas de todos los supermercados. Después te golpean olas más delicadas, depositando ejemplares en las manos de todas las personas que se sientan cerca. Más o menos así es como Christopher Hitchens describió su idea de lo que es un best-seller al escribir sobre Stieg Larsson y la saga Millennium en 2009. Para ese momento, Stieg Larsson estaba muerto. Ahora Christopher Hitchens también está muerto. Lisbeth Salander, en cambio, había terminado su vida volviendo de la muerte. Pero después se transformó en cine sueco y al poco tiempo se transformó en cine norteamericano. Al fin estaba muerta —ficcionalmente muerta— cuando la volvieron a resucitar. Nadie sabe bien para qué. Bueno, para qué sí: para una coda —”conjunto de versos que se añaden como remate a ciertos poemas”— de Millennium que va a publicarse en 2015.

II
Como trabajé para una escribanía especializada en herencias, permítanme describir la cuestión patrimonial. Aparentemente, Stieg Larsson se basó en una de sus sobrinas —tatuada, anoréxica, disléxica pero con maña para las computadoras— para inventar a Lisbeth Salander. Tiene sentido porque los únicos beneficiarios de los 75 millones de libros vendidos, las cuatro películas filmadas y las otras dos en producción basadas en Millennium son el padre de Larsson y su hermano (el padre real del modelo imaginario para Lisbeth). Larsson nunca se casó —y era feminista, en Suecia, país del que también lo espantaba la corrupción— pero tuvo durante treinta años una relación con la arquitecta Eva Gabrielsson. Sin matrimonio, sin embargo, no hubo herencia para ella. Pésima noticia porque Millenium y sus derivados en derechos y royalties representan un valor de aproximadamente 50 millones de dólares.

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El padre y el hermano de Larsson están felices con el legado de Stieg y no les molesta que en 2015 el escritor David Lagercrantz —un ghostwritter que hace autobiografías de futbolistas— vaya a publicar bajo el amparo de las editoriales propietarias del copyright correspondiente una nueva novela de Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. Eva Gabrielsson, en cambio, ya manifestó sus reparos. En principio, dice que es un abuso comercial, un aprovechamiento sin otro objetivo que el lucro. Técnicamente dijo: “Nadie hace nuevos cuadros al estilo de Picasso ni hay nuevas obras de teatro con los personajes de Bertolt Brecht”. Por su parte, el padre y el hermano de Larsson le ofrecieron a Eva Gabrielsson dos millones de dólares y un puesto en su pequeña empresa familiar de doloroso reparto de royalties. Pero ella no aceptó. Su problema es ético: así como el capitalismo ha llegado a Suecia para socavar su tradicional honestidad, equidad y bien común, ha dicho Eva Gabrielsson —aunque una breve historia del rol de Suecia en la Segunda Guerra podría empañar un poco ese sentido de honestidad—, ahora la industria editorial mancilla el legado de su ex pareja —o novio, o compañero, o amante, o amigo feminista— al punto de usar sus personajes y sus mundos para seguir publicando y vendiendo libros en todo el planeta.

III
Hay algunas objeciones que hacer, claro. La primera es evidente: Stieg Larsson no fue Pablo Picasso ni Bertolt Brecht, ni hizo en términos de literatura nada que pueda compararse en términos pictóricos o dramáticos con lo que sí hicieron Pablo Picasso y Bertolt Brecht. Stieg Larsson fue un best-seller y su Millennium no escapa de ninguna de las medidas habituales del género: personajes esquemáticos, mínimo denominador común estético, resoluciones bobas a través de la casualidad o el deus ex machina de la tecnología (sobre esto hizo énfasis Hitchens: Lisbeth Salander es una genia, una sexópata, una aventurera y una hacker, y también una víctima de género y de clase y de la crueldad y los azares del Sistema y vive todo esto en estado de permanente venganza). En definitiva, Stieg Larsson es de esos autores que fascinan a quienes seguramente no leyeron en serio nunca otra cosa que Millennium (y ahí se distingue de Stephen King, un best-seller que fascina a quienes leyeron los libros de Stephen King y de dos o tres, a lo sumo cuatro autores más).

La segunda objeción es que Eva Gabrielsson en persona —una arquitecta menopáusica sueca que vivió treinta años con un feminista  que nunca quiso casarse con ella— publicó sus memorias en 2011. ¿Para qué publicó esas memorias sino para aprovechar un poco que…? Y, como fuera, ¿quién la juzgaría por eso? Hay profesionales de la viudez peores. Si no me equivoco, el año pasado esas memorias ya estaban en las mesas de saldo de la avenida Corrientes. No las leí ni creo que pase nunca. Pero el lugar del que estoy robando la base para este texto dice que, poco después de la muerte de Larsson, Eva Gabrielsson hizo un rito de maleficio vikingo y se vengó de todas las personas que habían dañado a Larsson (pero nada pudo más que la torpeza del propio Larsson al caerse de una escalera y morirse de un infarto en 2004). Esto está contado en sus memorias.

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La última objeción es más importante. ¿Resulta realmente terrible hacer secuelas de determinados productos exitosos bajo un sano espíritu de explotación comercial? No se dejen dominar por el romanticismo porque esta es la parte donde hay que pensar qué es un best-seller y cómo y para quiénes funcionan. Piensen en esa gran tradición contemporánea que es la producción de arte en la era de las secuelas y precuelas basura. Hasta Stephen King firmó un libro a medias con uno de sus hijos. Sé que Kingsley Amis firmó con pseudónimo una novela de James Bond, un personaje de Ian Fleming. Hay precuelas y secuelas de El padrino —del libro de Mario Puzo y también de las películas de Francis Ford Coppola— e incluso una secuela de El sueño eterno de Raymond Chandler que, por supuesto, no hizo Raymond Chandler. Claro: Sherlock Holmes se murió pero fue Arthur Conan Doyle el que tuvo que resucitarlo a pedido del público. ¿Pero quién escribe ahora las historias de Sherlock Holmes en las últimas películas de mierda de Sherlock Holmes? Y, en tal caso, ¿a quién le interesa saberlo?

IV
Hay 200 páginas escritas por Stieg Larsson con una precuela sobre Lisbeth Salander. Y van a mantenerse inéditas porque quedaron en la computadora de Larsson y esa computadora quedó en poder de Eva Gabrielsson. Pero estas son puras anécdotas porque lo importante es nunca olvidar que nadie hace nunca buenas precuelas ni secuelas de nada. Fíjense en los últimos años de George Lucas con Star Wars. Y aunque sea duro reconocerlo, en lo que Hollywood le hizo a Die Hard.

Claro que a mí me gustaron las películas de Millennium. Mucho más las tres películas suecas que la norteamericana. No tratan sobre más que el sadismo, en realidad. Sin amor, sin heroísmo, sin sorpresas, como escribió Hitchens sobre los libros. Remarco que la actriz sueca que hace de Lisbeth Salander es más excitante —más rústica y sensual, más salvaje y femenina— que la versión de Hollywood donde está el actor que hace de James Bond. Y, por supuesto, sé que nunca voy a leer un libro de Stieg Larsson a menos que me paguen por hacerlo. Porque hay cientos de cosas mejores para leer si se trata del amor al lenguaje. Nada personal, solo negocios.

Lo relevante en esta cuestión es saber por qué Stieg Larsson no se casó nunca con Eva Gabrielsson. Esto fue así porque, según ella, Stieg quería protegerla de los neonazis suecos que él denunciaba periódicamente en una revista. Neonazis oscuros que, por supuesto, solían amenazarlo. Resulta cómico un hombre tan feminista que era capaz de pensar que los neonazis iban a llegar hasta la puerta de su casa muy enojados y la iban a tirar abajo a patadas y entonces iban buscar a su mujer para pegarle a ella. Claro que a Eva Gabrielsson esa imagen —la del hombre feminista que no se casa por altruismo— nunca debe haberle causado una sonrisa. Así que es lógico que, más allá de que el resultado estético vaya a ser una basura —como fue siempre—, Eva no quiera que los herederos que la dejaron sin nada sigan juntando dólares con su pala para nieve con un nuevo libro. Ni que los millones de lectores de Larsson en todo el mundo ni los millones que vieron las películas de Millennium vuelvan a saber nada de él. Comprendan el resentimiento de la pobre Eva Gabrielsson. Treinta años al lado de un tsunami literario y ahora no puede ni mojarse los dedos del bolsillo… Si a los fans les sirve de consuelo, los neonazis suecos que nunca le tocaron un pelo deben matarse de risa con esto. Van a ser los primeros en marchar a paso redoblado para comprar la cuarta parte de Millennium en las librerías de Estocolmo, apuesten a eso ////PACO

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