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BOLETA Lista 2 Presidente

Por Pablo Tomas Ottonello

1.

*Eduardo Recomienda: Que lo ponga en cuarenta y cuatro (44º) pero me meta adentro, sin ropa, cuando llegue a treinta y dos (32º). Se va a apagar solo a los quince minutos, y si te quedó corto le agregás de a cinco minutos, no mas, para evitar mareos. Esto lo dijo mi papá, después me dio una bata limpia, blanca, con cinturón, unas ojotas grises que le quedaron de un viaje al Spa di Mare Cinque Terre y el diario de hoy. Se va a arrugar, no importa, ya lo leí. Transpirás, te enjabonás sobre la transpiración (adentro hay jabones), después ducha. Transpirá, pichón, dijo mi papá, y pensá bien a quién vas a votar.

2.

Mi papá tiene un fanatismo por los artefactos dedicados a la higiene. Primero fue la hidrolavadora –un aparato que nos unió- y la washing machine, que importó de una tradición norteamericana de su segunda mujer. En IKEA compró cepillos especiales para aflojar grasa de sartenes y ollas (que después se metían en la washing machine), compró esponjas vegetales, “tan suaves que dan ganas de lavar cuando no hay suficiente volumen de platos sucios para encender el washing machine”, y una serie de jabones líquidos concentrados, de fragancias en inglés, todas, por si no se entendió, para la washing machine.

3.

El baño de vapor funciona con una bomba especial que calienta el agua y produce vapor que ingresa en el baño por una fístula que sale de la pared. Es un cover hedonista de las duchas de Hitler. No queda nada de lo que era mi antiguo baño. Cambió la puerta de madera por una de vidrio, típica de vestuario, con burletes de plástico para cerrar el habitáculo al vacío y no perder temperatura. Miento, quedó un azulejo pálido que me llevé de recuerdo. A los pocos minutos no se ve nada y el aire es como tragar agua. Los pulmones trabajan a menor velocidad y agradecen el calor interior que facilita las secreciones. Es como una nebulización. En el baño turco de la casa de mi papá está permitido escupir, siempre que sea en la rejilla y después se libere la flema con chorritos de agua. La transpiración sale toda a la vez, como lo inverso a la piel de gallina. Sobre ese chivo salado que huele a tabaco y alcohol se aplica el jabón. Podés estar parado o sobre banquitos de plástico donde hay que sentarse con cuidado para no aplastarse los huevos. La transpiración baja por la espalda, pesada como mercurio, y toma la curva del culito a toda velocidad como una miniatura de tren hasta la parte posterior de los escrotos. El cuerpo expulsa, la ducha final barre todo.

AFICHE HURACAN

4.

No voy a votar a alguien con una mala foto. Se supone que mi papá gastó 40.000 pesos/dólares para que yo, un día como hoy, emita opiniones de interés familiar sobre las primarias abiertas. Soy un licenciado que no ejerció la profesión, me excuso. ¿A quién votaste, papá?, pregunto cuando levantamos los platos del almuerzo. Al nuevo peronismo, dice. Hago una pausa mientras enjuago los platos con restos de cerdo y cole slaw (hoy hubo recetas norteamericanas excelentes) para meterlos en la washing machine. ¿A quién hay que votar?, pregunto. Los Kirchner están muy locos, dice. Los radicales no son una opción. Votá a quien quieras, Raymond. ¿Ya pusiste jabón?, pregunta. No, digo. Abre un frasco de jabón sabor maracuyá que huele a laboratorio. ¿Viste qué rico?

5.

Voto siempre en el mismo colegio y respeto el orden familiar. A las diez va mi papá, a las doce y media, antes de almorzar, va mi hermano Martín. A las tres y media -pico de la popularidad del sufragio en Zona Norte- voy yo.

Las guirnaldas, las manitos de colores, los balcones con malvones caídos y reflectores, los ficus en macetas, los carteles con tipografías infantiles suavizan la disposición militar del espacio. Suenan los timbres inocuos de los domingos. El piso superior, la terraza, está cercada por rejas cuadriculadas, negras y altas, para que los chicos del jardín de infantes jueguen sin caer y morir. Sobre esas rejas se asoman francotiradores en reposo, con los codos apoyados y las boinas al sol, los rifles contra una pared.

La fila no avanza y me pongo a leer. Me distraen las quejas de la gente y los aplausos esporádicos para los chicos que votan por primera vez. El aplauso arranca cuando la urna se come el sobre. Pienso en los dieciséis y los diecisiete, en votar por primera vez, en las vaginas como urnas de la suerte y no de la democracia. El chico que acaba de debutar en la función cívica cruza el patio de baldosas bordó, con la mano de su padre en las últimas tres cervicales, como si empujara un chopp sobre una barra alta. Debuté con una puta a los dieciséis. Sé la fecha porque le pedí a Dios que me perdonara, que supiera entender que para mí era importante, que las minas no me daban bola y me había cansado de esperar, que no me negara el lugar en el cielo que venía tramitando desde los seis años. Fue la noche fría del seis de junio de 1998. La prostituta se hacía llamar Maggie y me tironeó el pantalón. Nunca preví que mi bóxer cuadriculado le fuera a causar gracia. Me preguntó la edad. Le dije que acababa de cumplir diecisiete. Se puso en tetas y sentó sobre mí. Levantó los brazos y los pezones negros miraron puntos opuestos del cielorraso como radares. Me llevó de las muñecas hasta que mis palmas suaves cubrieron sus tetas hechas, como pomelitos de piel marrón. Le agradecí el gesto educativo y ella empezó a hacer un movimiento con la pelvis, similar al de barrer, como un ojo que quiere sacarse una basurita. Gimió, y yo supe que estaba siendo muy amable. Mi media erección del tamaño de un tornillo no podía excitar a nadie.

Detrás del padre-e-hijo pasan gendarmes como monjas, sin ruido, que patrullan el patio interior del jardín de infantes con los fusiles apuntados al piso como pileteros que levantan hojas secas del agua. Por la zona, en verano, hay muchos pileteros.

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6.

¿Cómo me saco esta culpa apolítica? ¿Cómo y dónde amortizo las cuotas universitarias que recibí como parte del subsidio a las estrellas? (ver Sic Itur Ad Astra).

7.

Sonó mi interno y subí la escalera de madera antigua, las que rechinan. Si subías, ibas a ver al Jefe. El dueño de la agencia me quería y tenía una trabajo para mí. ¿Tenés vínculos políticos?, preguntó. No, dije. ¿Estás afiliado a algún partido?, preguntó. No. No sé qué nombre ponerle. Este hombre inventó el Marketing Directo en la Argentina. Lo voy a llamar el Inventor. Yo tenía veintitrés años, iba al gimnasio, era politólogo y trabajaba como asistente de cuentas hasta que llegó Alicia Lemme, candidata a intendente por la Ciudad de San Luis, con la banca política de Adolfo Rodríguez Saa. Adolfo Rodríguez Saa rápidamente pasó a ser “el Adolfo”. Gané en un día. Para el Inventor yo era el tipo ideal, me había formado en política y era estudiante de cine. Como iba a decir Enrique Piñeyro un año después, tenía ínfulas de director. Manejé la campaña, fui dos veces a San Luis en avión, hice scouting de locaciones y contraté a un director. Hice comentarios durante el rodaje y probé todos los platos del catering. Tenía cara de bebé, usaba trajes que me prestaba Eduardo, las cosas pasaban por mí y Alicia Lemme dijo que tenía la energía que hacía falta para hacer carrera en marketing político. Respiraba y el aire me entraba como supongo que le entraba el aire a los grandes hombres de nuestra Argentina. Cené en la casa de Gobierno con Alicia Lemme, Adolfo Rodríguez Saa y su hermano, el Alberto. El Adolfo me preguntó cómo veía a San Luis. Respondí que era una provincia pionera. Fuimos a tomar whisky y café a la terraza VIP del Hotel Potrero de los Funes y los oí hablar de cómo Alicia era una pata clave –ellos dijeron “eslabón”- en el esquema de poder del partido. Durante el viaje de la filmación contraté a una compañerita de banco de la universidad, una chica que había trabajado como asistente de vestuario en Pol-ka. Pedí una reunión con el Inventor, subí las escaleras crujientes y me senté frente a él. ¿Qué pasa, Ramoncito?, dijo. Le conté que necesitaba llevarme a una chica que hiciera vestuario y que supiera tratar actores, para ablandar a Alicia Lemme el día de la filmación. Los políticos hablan bien en público pero se fruncen cuando hay cámaras, dije, y ese fruncimiento puede hacerte perder una elección. Soné tan seguro que el Inventor dijo si vos lo pedís, Ramoncito, lo hacemos.

Contratamos a mi compañera de universidad. Tenía pelo larguísimo y lacio, y usaba pantalones apretados que le paraban el culo como un traje de neoprene. Era larga, con brazos y dedos dilatados y patas como juncos, de piel muy blanca que olía a choclo igual que su aliento, no lo puedo olvidar, olía a choclo recién masticado, a bolo alimenticio de choclo y saliva sana, fresco y jugoso, choclo de estación, de huerta orgánica. Muchos años después, cuando ya estábamos casados, le dije que eso me había enloquecido, como un olor a alcohol.

La miraba y la medía con lupa, como si corroborara estadísticas. ¿No era demasiado flaca, sin tonicidad muscular?, ¿no era demasiado alta para mí?, ¿no tendrá la concha demasiado profunda, inaccesible, imposible de estimular, como el pasillo de un PH al fondo? Si era mucha mina para mí, era mejor descartarlo desde el principio. ¿Quién se cogía a esas mujeres de un metro setenta y cinco? La noche antes de la filmación, en la ducha del hotel en la capital de San Luis, me miré y evalué objetivamente mi pija. No concluí nada.

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8.

Alicia Lemme ganó la elección. Los spots fueron un éxito. Mi compañera de Universidad dejó a su novio y tres semanas después hicimos el amor. No era la misma mujer desnuda. Era coger con panteras. Acabó ella primero y volvió a acabar, como una electrocución que casi te mata pero no te mata. Dijo en voz baja que tenía orgasmos múltiples, como si confesara que era dueña de un yate o de hectáreas fértiles o de una colección de lingotes de oro. No había que frenar. Me callé la boca y escuché sonidos estomacales de preocupación. Necesitaba descansar y fui al baño. Yo tenía una sola pija y ella era la mujer de las siete vulvas. Dos meses después renuncié a la agencia del Inventor. Dije que quería dedicarme al cine. Me palmeó y dijo que las puertas siempre estarían abiertas.

9.

A Macri lo conocí por un seminario que organizaba en una ONG de políticas públicas, cuando todavía no me había desencantado con mi carrera a estrenar. Venían a hablar políticos a auditorios poco concurridos. Macri dijo que a la Argentina le faltaban ingenieros y gente que eligiera estudiar ciencias duras. Que las ciencias duras hacían avanzar a un país. Dijo la palabra “engranaje”.

Macri, me mandaste a ser como mi papá. No te puedo decir que era un mal consejo, pero no lo tomé. Esa noche fuiste a mear y te seguí al baño. Me puse en el mingitorio de al lado y te quise decir algo. Vos meabas lo más bien. Habías comido espárragos, tu pis olía a conmoción. Yo hacía que meaba pero no meaba nada, tenía la uretra muda y la cabeza con ideas revueltas. No hablé. Hiciste un gesto por sobre el divisor de mingitorios, un gesto político para saludar. Te lo devolví, fue un levantar de cejas y dejarlas fijas como un arco de medio punto. Con eso quise darte a entender, Macri, que yo había organizado el seminario, que estaba contento de que hubieras podido venir, pero que estaba en desacuerdo con lo de los ingenieros. Quise decirte, Macri, que yo quería ser artista y que un país también crece a partir de su arte y qué se yo. Tu meo se estrellaba contra la taza del mingitorio. Meabas como un hombre. Meabas con la convicción de los hombres que saben quiénes son, que no dudan, los que salen bien en las fotos, los que pueden sonreír y mostrar paletas derechas. Meabas como un bateador estrella, como esos tipos que en las fotos siempre salen mirando horizontes. Recién largué el pis cuando cerraste la puerta, Macri, una gotera, un meo de colbrí.

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10.

Pensé en mandarle un mensaje de texto a mi papá. La cola no avanza y no me decidí. No mandé nada. Se repetían los aplausos y las felicitaciones para los chicos que votaban por primera vez. El resto eran vocecitas impacientes de los dueños de las casas de dos pisos que querían volver a mirar tele.

11.

A Lilita Carrió la conocí en el mismo ciclo en que conocí a Macri. En la charla previa hizo un resumen de una conferencia sobre Borges y Joseph Campbell que había dado en Harvard. También dijo que lo suyo era jugar a las batallas perdidas y que la vida era así, larga y ruidosa. Cuando dijo larga y ruidosa pensé en el subte A, que me tomaba todos los días desde Retiro (después de tomarme el tren de Martínez), para ir a trabajar. El transporte público me humanizaba. Era como un baño de vapor que removía la piel seca y bilingüe del Sic Itur Ad Astra. Mi jefa en la ONG escuchó el largo monólogo de Carrió y le resumió de qué se trataba el ciclo. Perfecto, dijo Lilita. ¿Quedan más sanguichitos de jamoncito crudo?, preguntó. Sí, dije, y le pasé el plato. Hoy no comí nada, dijo, y eligió los últimos dos.

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12.

Cuando casi era mi turno una señora dijo la frase que tantas veces ensayó. Faltaban boletas. La presidenta de mesa hizo aletear papeles y llamó a una asistente. Entraron y volvieron a salir del aula. En ese momento llegaron los fiscales voluntarios de los partidos. La presidenta de mesa repitió el protocolo de pedir credenciales y DNI que los fiscales exhibieron con malhumor. El más pulenta era un kirchnerista de pelo largo que dijo ya te lo mostré esta mañana, señora presidenta de mesa. Es mi obligación, respondió ella. Pensé en el pelo largo de rulos y en el concepto de capilaridad del poder, de Michel Foucault. Lo habíamos leído en la segunda mitad del segundo año de Ciencia Política. Me gustaba cómo escribía ese señor, aunque nunca terminara de entender. Hoy, muchos años después, se completaba la idea del poder capilar, del poder que se divide y subdivide como deltas, como manchas de humedad de la democracia. Gracias, dijo el pelilargo, y entró en el muy bien iluminado cuarto oscuro. De a uno fueron entrando todos. La presidenta de mesa me pidió el DNI, exhibió una sonrisa y explicó que el proceso del troquelado, un estreno en esta elección, llevaba más tiempo. Sabía atender gente y la imaginé en una oficina pública o en atención al cliente de alguna empresa. Contó que habían faltado todas las autoridades de mesa, que ella había solicitado a los primeros votantes que se quedaran a trabajar en la elección y que ellos, esos cuatro votantes, habían rechazado el pedido. Explicó que los podría haber hecho detener, que para eso estaban los gendarmes con fusiles como escobas, para hacer cumplir la ley electoral. No lo hizo porque era domingo y pensó en las familias, pero tuvo (eso sí lo dijo) una mañana muy difícil, entre las siete de la mañana y las tres de la tarde todo fue caos y sintió latir las hemorroides del sistema electoral. Recién a esa hora apareció ayuda para la mesa 739.

13.

Mi mujer, la que fue mi futura mujer compañera de la Universidad, enciende el lavarropas para ser feliz. No siente felicidad si algo no se está lavando.

14.

Voté y no sé a quién voté o por qué. Me sentí mal ciudadano. A la salida, mientras caminaba por Güemes hasta el auto, vi dos comadrejas muertas, boca arriba, con el estómago hinchado, como si hubieran muerto por envenenamiento, con los colmillos sobresaliendo el labio y la cola enroscada. Ese era yo como votante, las comadrejas estaban puestas como utilería de mi compromiso civil, pudriéndose al sol. Mi aporte personal –yo, que me recibí de Ciencias Políticas- era inocuo, como los timbres que regulan horas inválidas los domingos en los colegios. La condena social me iba a vigilar y castigar, a mí, el tipo de la pasión política de dos comadrejas muertas hinchadas de veneno, sin sepultura.

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15.

El afiche de Massa era bueno. Hay que reconocer el talento de salir así en una foto. A un presidente no lo produce el voto popular, lo produce un muy buen fotógrafo. No cualquiera clava ojos así al horizonte.

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16.

Con Victoria Donda tuve una relación exclusivamente cinematográfica. Yo, mi cámara, un 70-200 de Canon, una mañana fría de julio, la campera con cuello de piel sintética que enarbolaba la piel bronceada de Viki Donda, el arito en la nariz como un moco de metal. La miré con el lente y ella me miró fijo, no sonrió porque el acto era la conmemoración de los diecinueve años del atentado a la Amia, pero hizo algo imposible, mucho más complejo, que fue mover los pómulos como bíceps sin formar una sonrisa completa, como alguien que se acomoda un saco. Yo filmaba, era un camarógrafo de tevé. Aplaudió cuando tuvo que aplaudir, y casi lloró cuando hubo que casi llorar, y cada tanto miraba a la cámara, los ojos marroncitos, chiquitos, fijos en el objetivo que de lejos se ve azul, por los procesos especiales que tienen los lentes buenos. De todos los lentes que la apuntaban, Viki eligió el mío. Se lo agradecí con un primer plano bien construido, con su pelo todo a un lado, lacio y marrón como la curva de un río, con el perfil recto de su nariz, con su piel de jovencita que se dedica a la política y que, siendo totalmente honesto, votaría porque es linda, que no es poco, porque es linda y me gustaría verla en cadena nacional para entregarme al placer popular de masturbarme con la Presidenta de la Nación.///PACO