Zombie

canibal

Por Juan Terranova

 1.

El miedo a los vampiros es republicano. Es el miedo a los extranjeros, a los europeos homosexuales, esteticistas, libidinales, que vienen a chuparte la sangre, a besarte el cuello, maquillados, exóticos. Son los prejuicios que Jack Crow le describe, para negarlos, al padre Adam Guiteau en Vampiros de Carpenter: “Well, first of all, they’re not romatic. Its not like they’re a bunch of fuckin’ fags hoppin’ around in rented formal wear and seducing everybody in sight with cheesy Euro-trash accents, all right?”

2.

El miedo a los zombies, por su parte, es un miedo demócrata. Lo genera esa marea de cuerpos putrefactos, torpes, la masa sucia que avanza sin detenerse, destruyendo todo a su paso. Estas definiciones risueñas tienen un valor adicional. Más allá de su maniqueísmo o su ironía, develan que el miedo y sus personajes se pueden leer desde estructuras menos fantasiosas, incluso cotidianas. Es el cruce de la imaginación y la ideología, o mejor, de la imaginación y la partidocracia.

3.

Con Obama en el poder, los zombies regresan y arrasan. Están en todas partes. George Romero dijo que no faltaba mucho para que apareciera uno en Plaza Sésamo. No se trataba de una hipérbole, sino de un estado de la cultura.

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4.

Lo zombie, entonces, aplica, con forma de adjetivo, sobre cualquier sustantivo. Mi abuela zombie. Mi desayuno zombie. Mi verdad zombie. ¿Por qué?

5.

Max Brooks hizo algo más con la estética zombie. La taxonomizó. Su Guía de supervivencia zombi (2003) puede ser así percibida como fundamental. Parasitando desde la ficción el registro antropológico, Brooks retoma los saberes del documental apócrifo, sus guiños e ironías, y también, desde ya, sus rusticidades. Por su estilo de manual enciclopédico, el libro interpela a todos los demás libros y películas sobre zombies. Pero todavía está lejos de responder por qué ese personaje coral nos resulta tan pregnante. Unos años después, su novela Guerra mundial Z (2006) continúa esta idea de catálogo. Y esta vez las que se ordenan son voces que componen un ambicioso mosaico transnacional. Hay algo de Manuel Puig meets George Romero en el libro, lo cual, por contraste, señala la sobriedad formal casi conservadora de los otros novelistas que accedieron a ese territorio. (Los cuerpos se contaminan y degradan pero la lengua y el estilo, recortados por el mercado, deben seguir funcionando sin grumos.) ¿Una virtud de Guerra Mundial Z? No puede ser filmada sin grandes tergiversaciones. La película, estrenada este año, bien guionada por Hollywood, eficiente, entretenida, es, simplemente, otra cosa.

6.

En un mundo cada vez más poblado física y mentalmente, el sesgo de lo siniestro ¿reside en pasar a formar parte de los que son masa, mugre y putrefacción? Se trata de una antigua paranoia amplificada. El zombie por definición se presenta residual, improductivo e incoherente, un muerto-vivo. Nada le alcanza. Su estado permanente es el de la insatisfacción. Al mismo tiempo, nosotros, los vivos, sabemos que si perdemos nuestro espíritu romántico, nuestra unicidad, lo perdemos todo. Así, el zombie como destino atenta directamente contra el narcisismo. Dicho esto, en un futuro no tan lejano quizás podremos abandonar los mitos modernos de identidad, cuerpo y singularidad logueándonos a una red con una interface cerebral como en Matrix. Pero, ¿no hay ahí también un destino zombie? ¿Qué le va a suceder, cuál va a ser el destino de nuestro cuerpo? Por eso a la posible alienación digital le oponemos el desafío analógico, químico, orgánico. La descomposición, el hedor, la contaminación, la materialidad última del zombie frente al software.

7.

Sí, pese a su intangibilidad, hay algo de Internet que es especialmente solidario con la idea zombie. La masificación, la adicción, lo viral, lo insondable, lo inexplicable, la saturación. Las redes sociales y la hiperconexión. El aturdimiento.

8.

Esa voz inaudible, ese gruñido de los muertos vivos, entonces, ¿no implica filos, sofisticación y síntoma? En el cuerpo pringoso y multiplicado se refleja una adhesión contemporánea, una positividad, incluso una esperanza.

9.

¿Son los zombies la esperanza humana?

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¿Un excusa física para revelarnos contra el atolladero intangible de la modernidad?

11.

¿Nuestro mejor, nuestro único y más perfecto enemigo?

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(Esta última pregunta es tan retórica. No al menos desde que comprendemos que nuestros enemigos son tan importantes a la hora de construir nuestra identidad como nuestros amigos.)

13.

Pensada más allá del cine de género, la plaga zombie sería una solución a la angustia facetada y múltiple de la modernidad, una vuelta a valores menos relativizables, a posiciones menos evanescentes o discursivas. Sin zombies, pero con un brillo especial en la voz, lo dice Tyler Durden en El Club de la pelea:En el mundo que imagino se cazarán alces en los bosques húmedos de los cañones que rodearán las ruinas del Rockefeller Center. Se llevarán ropas de cuero que durarán toda la vida. Se trepará por lianas tan gruesas como mi muñeca que envolverán la torre Sears. Y cuando se mire hacia abajo, se verán pequeñas figuras humanas machacando maíz y secando tiras de carne de venado en el asfalto de alguna gigantesca autopista abandonada.”

14.

La imagen es bella porque resulta recia y noble y está imaginada sobre las ruinas de un mundo que nos aprisiona y presiona, nos sujeta con un contrato social prepotente cuyo sentido último aparece fragmentado, y se pierde y se recupera con una intermitencia imprevisible.

15.

Gilles Deleuze señala esta situación en “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, un breve e inacabado pero atendible artículo. A la “sociedades disciplinarias” descriptas por Foucault las reemplazan las “sociedades de control.” La cooptación no es más coercitiva sino que opera a otro plano, sutil, seductor, bursátil. Para los lectores de novelas estas “manipulaciones” no resultan nuevas ni novedosas…

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Dice Deleuze: “El departamento de ventas se ha convertido en el centro, en el “alma”, lo que supone una de las noticias más terribles del mundo. Ahora, el instrumento de control social es el marketing, y en él se forma la raza descarada de nuestros dueños. El control se ejerce a corto plazo y mediante una rotación rápida, aunque también de forma continua e ilimitada, mientras que la disciplina tenía una larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no está encerrado sino endeudado. Sin duda, una constante del capitalismo sigue siendo la extrema miseria de las tres cuartas partes de la humanidad, demasiado pobres para endeudarlas, demasiado numerosas para encerrarlas: el control no tendrá que afrontar únicamente la cuestión de la difuminación de las fronteras, sino también la de los disturbios en los suburbios y guetos.” (“Post-scriptum sobre las sociedades de control” apareció en L ‘Autre Joumal Nº 1, mayo de 1990 y fue reproducido en el libro Qu’est-ce que la philosophie? Ed. Minuit. París. 1991.)

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Nada nuevo. ¿Sociedades de control? Ni tan tan ni muy muy. Mucha descripción, poca operatividad. ¿Qué hay más allá del siglo XX, Gilles? ¿Qué hay más allá de estar sujetos, de tener que trabajar, de construir sociedades fallidas? A su favor hay que decir que Deleuze no conoció el siglo XXI. Hoy para Occidente lo más significativo del reemplazo mencionado ocurre en dos lugares puntuales: nuestras cabezas y las terminales de acceso a la web.

18.

Así las cosas el Rockefeller Center fue doblegado de otra manera. El ataque llegó con políticas menos abstractas y contraculturales, aunque quizás igual de idealistas y anti-modernas. Y sus ruinas no fueron parte de una nueva naturaleza, de un renacer salvaje, sino que funcionaron de plataforma simbólica y excusa determinante para iniciar el saqueo bélico de petróleo en Medio Oriente.

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En una temprana columna publicada en el semanario Noticias en noviembre del 2008, Nicolás Mavrakis fue más cáustico y preciso que Deleuze: “Y así como los happenings de la juventud sesentista apostaron a agitar conciencias –aunque de sus grandes proyectos estéticos sólo queden ahora meros disfraces con pretensiones hollywoodenses–; y así como los grupos militantes de la juventud setentista apostaron a suprimir la división de clases–aunque de sus grandes proyectos armados sólo quede el mero maquillaje que simula, ¿o tal vez denuncia?, una muerte violenta–, la juventud zombie también apuesta a un mensaje: exhibir de un modo grotesco que vivimos en un mundo donde todos se devoran mutuamente.”

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Mucho antes de la intuición de Deleuze –tan anarco-vaporosa como la imaginación de Tyler Durden–, mucho antes de que Mavrakis decodificara el mensaje de las zombies walks porteñas, los soldados que volvían a casa ya enfrentaban una realidad diferente e impenetrable. Habían frecuentado lo que sucede por afuera de la sociedad civil y eso los había modificado. Este verdadero pathosformel –el soldado que vuelve, el soldado desmovilizado– aparece en todos los ciclos norteamericanos, y fue y es muy filmado y narrado. Desde el Krebs de Hemingway hasta los personajes de Gabe Hudson, desde el oficial de la Guerra de Secesión hasta las películas de Irak, la figura del soldado que vuelve y encuentra un desafío imposible se repite una y otra vez. El héroe paradigmático de este regreso es John Rambo que, en uno de sus tantos momentos de lucidez, dice: “Allí manejaba aviones, conducía tanques, tenía a mi cargo millones de dólares en equipo. ¡Acá ni siquiera me dan trabajo de lavacoches!” Es la misma expresión, dramatizada, el mismo argumento lapidario de ese solado de la Legión Extranjera que se volvió a enrolar para ir a Indochina como voluntario. “Señor, en París las cosas son demasiado complicadas” le dijo al oficial de turno. (A nosotros, la guerra sucia local nos dejó activos menos honorables de inteligencia militar en desempleo. O no tan viejos cuadros revolucionarios como Adrián Krmpotic, recientemente entrevistado por Carlos Mackevicius.) 

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Extremando esta sensación de desamparo, y a la luz opaca de la masividad zombie, hoy jugamos a ser soldados que vuelven una y otra vez a una comunidad perdida. Es casi una moda psicológica. Nos quejamos mientras desarrollamos más afinidades en las redes sociales, mediados por la energía del monitor, que en nuestro barrio o zona de pertenencia. Es esa parte de nosotros, la que está hastiada de la rutina de la vida moderna, tecnológica, sin desafíos, sin verdaderos momentos de calma ni éxtasis, es la que pide que lleguen los zombies. Dudamos, como Hamlet, pero nos dejamos erotizar por fantasías bajas como Dora. Mientras tanto en las grandes ciudades del mundo, los demás habitantes se transforman en enemigos potenciales o de hecho. Los embotellamientos nos tensan los nervios. Los ruidos nos agreden. Los medios de comunicación se vuelven tentaculares. El entretenimiento nos somete. La paranoia crece. En este contexto social, la amenaza zombie es la fantasía de la soledad, de la unidad romántica del héroe contra todo. Así que sí, finalmente queremos que aparezcan los zombies de una vez para poder pegarle un tiro en la cara al vecino, para clavarle un machete en la cabeza a alguien que nos amenaza. Queremos saquear el supermercado, queremos que caiga todo para levantarnos sobre la ruinas con una motosierra. Queremos pelear, lastimar y ser lastimados. Hastiados de la gestualidad obsesiva ajena, ya no soportamos lidiar con los sueños frustrados de los demás. Nos sentimos, en cambio, tentados de medirnos con la bestia. Es esa pulsión bestial la que empuja a los zombies, la que los hace horripilantes y matables. Pura pulsión, sin ternura, sin amor, sin lenguaje. Ese destilado mecánico nos desafía a superar la muerte que camina, y al estar el zombie libre de conciencia y sensaciones nos permite, en esa “utopía-distópica”, entregarnos a matar sin culpa. El zombie simplifica con su presencia nuestra psicología. Nos habilita a ser violentos, a ser épicos, a morir peleando.

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¿No resultó, acaso, el “Black Friday”, el día de rebajas para las compras navideñas en los Estados Unidos, muy parecido a la escena de Guerra Mundial Z en la que, al principio de la película, la familia desesperada, conducida por Brad Pitt, entra al supermercado? ¿Qué significa esa afinidad? El gran protagonista de estas secuencias, ¿quién no las conoce?, es el carrito de alambre descentrado, arrebatado, utilizado más allá de sus funciones habituales. Nuestra versión patria, tal vez menos lúdica, serían los saqueos de fin de año en cualquiera de sus versiones.

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Ahora bien cuando el zombie aparece fuera de la pantalla lo hace como una tragedia privada. No hay cambios sociales, no hay recomposición social, no hay un regreso a las más simples y directas formas de relación pre-capitalistas. Los zombies no nos devuelven la gran aventura, quedándose en meros incidentes policiales.

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El sábado 26 de mayo del 2012, Rudy Eugene, un negro de origen haitiano de treinta y un años atacó al homeless Ronald Poppo comiéndole el ojo izquierdo y el 75% de la piel de la cara. El ataque tuvo lugar al costado de la autopista MacArthur en Miami. Mientras duró la confusión sobre el hecho, se especuló con que Eugene habría estado drogado con “sales de baño”, una legendaria super-droga de venta libre. En Wikipedia se desmiente esta información. Se dice que apenas consumía marihuana de vez en cuando y que leía con frecuencia la Biblia. El caso trascendió como “el zombie de Miami.” También se habló de “el caníbal de Miami.” Por las cámaras del diario The Miami Herald se pudo ver que los hombres estaban desnudos. Fue un ciclista el que alertó a la policía. Cinco minutos más tarde, José Rivera, agente del Departamento de la Policía de Miami, según Wikipedia “le exigió a Eugene se detuviera, este volteó y gruñó mientras de su boca caía un pedazo de piel.” Cuando el agresor no se detuvo frente a la voz de alto, Rivera hizo fuego con su arma reglamentaria. Eugene recibió varios disparos y murió. No sabemos si Rivera disparó a la cabeza.

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Leo esta frase en Taringa: “¿Era o no un zombi el caníbal descubierto por la policía de Miami mientras devoraba el rostro de un presunto vagabundo al borde de la autopista MacArthur, la tarde del pasado sábado?” La respuesta a esta ampulosa pregunta es negativa. Eugene no fue el “paciente cero” sino apenas un “inexplicable caso aislado.” Por su parte, Ronald Poppo, sin ojos, “prácticamente sin nariz”, y después de haber vivido la mitad de su vida como indigente en las calles de Miami, se “recupera” en el Ryder Trauma Center del Jackson Memorial Hospital. ¿Qué es lo que hace? Toca la guitarra, agradece y da mensajes de amor y paz, que, como sabemos, es una de las principales actividades de los monstruos contemporáneos.

26.

Mientras tanto, las inmediaciones de la autopista MacArthur se transformaron en destino turístico. “Insatiablement avide/ De l’obscur et de l’incertain” le respondía el libertino –que somos todos– al poeta.

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Más. Hace poco se viralizó otra secuencia en la que una robusta drogadicta es detenida por la policía. La mujer se muestra fuera de sí, no detenta el control de su cuerpo, cae, rueda, babea, y puede dar miedo pero nunca un miedo como el que dan los zombies. Su estado es de indefensión. Si el video existe es porque los agentes de policía que la apresan ni siquiera ponen en práctica sus protocolos más básicos de acción. Hay en ellos una contención paternal. Mientras los curiosos le apuntan con sus teléfonos, podemos preguntarnos: ¿qué sentimos frente a ese estado excepcional de lo humano? Cualquier sea la respuesta, no implica pegarle a esa pobre gorda con un hacha en la cabeza.

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Así las cosas, podemos fantasear, hacer un análisis etimológico de las palabras, remontarnos al vudú y al folclore de Haití, incluso desplegar controvertidas ilusiones sobre la posibilidad exponencial del Apocalipsis. (Ahora mismo leo un paper titulado “When zombies attack!: mathematical modelling of an outbreak of zombie infection”, registro científico de gran poder estético, sofisticado sucedáneo del libro de Brooks publicado en Infectious Disease Modelling Research Progress, Nova Science Publishers, Inc. 2009.) Pero, pese a todo esto, que un hombre le coma la cara a otro no pasa de un hecho policial bizarro y una mujer zombificada no resulta amenazadora sino ridícula.

29.

Para volver a citar Matrix, nosotros somos el virus. Nada parece detener al hombre, a ese mamífero que ama y piensa y que dice haber desarrollado “conciencia.” Los políticos no son devorados por mutantes de caras descompuestas. No hay recorridos por ciudades desiertas, autopistas colapsadas ni campamentos con sobrevivientes. Nadie pelea con un machete por su vida ni revuelve comercios saqueados en busca de una lata de arvejas. El hombre sigue siendo el lobo del hombre de su forma menos frontal. El monstruo continúa en el espejo o en la pantalla. Los zombies pierden. Nosotros ganamos. Nuestra miserable neurosis, nuestra paranoia, nuestra esquizofrenia final triunfa.///PACO