¿Qué espían los que leen?

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Por Mavrakis

I
¿Qué es un espía? “Ocho décadas antes de Edward Snowden”, escribe Conor Friedersorf —staff writer at The Atlantic—, Herbert O. Yardley era un operario de telégrafos que en 1912 fue reclutado por las fuerzas armadas de los Estados Unidos como descifrador de códigos. Después de descifrar un mensaje del presidente Wilson como prueba, Yardley hizo carrera como criptógrafo. Trabajó para tres países y escribió —como Ian Fleming, que había trabajado en inteligencia— novelas de espías. Cuando necesitó más billetes que reconocimientos vendió parte de sus conocimientos a los enemigos de su país. Y cuando necesitó reparar los daños patrióticos —pero conseguir más billetes— escribió un libro sobre criptografía que —como no había internet— el gobierno estadounidense prohibió por razones de seguridad nacional antes que pudiera salir de la imprenta.

Como Edward Snowden en la NSA, Herbert O. Yardley en la Western Union no era más que un operario del lenguaje de la información. Ni siquiera un tecnócrata —porque, al menos en principio, ninguno estuvo preocupado por ninguna ideología del poder de la información— sino un burócrata. Con mayor o menor talento para obedecer órdenes y codificar, distribuir y almacenar información. Toda burocracia está obligada a un orden rígido y todo orden rígido está, por su lado, obligado a la grisura. Si uno lee a John le Carré en Tinker Taylor Soldier Spy lee la misma nimiedad mundana de la información que en una redacción (pero si también lee alguna historia glosada por George Steiner, encuentra que al menos en el ámbito de la inteligencia inglesa hay casi la misma cantidad de homosexuales y un poco más [i]). Entonces, un espía es un profesional grisáceo de la información. ¿Pero qué clase de información? [ii] La que se puede leer y se puede escribir —en código binario, alfabético, numérico y un ominoso etcétera— y que en algunos casos se puede también interpretar.

De todas estas formas de tratar con la información, la competencia más elemental es la lectura. El espía es alguien que debería ser capaz de leer —incluso los reclutadores de los aparatos de inteligencia argentinos preguntan al principio: ¿qué diarios y revistas y canales de noticias lee?— porque leer es la técnica fundamental del trabajo del espía. Un espía mediocre, en términos más accesibles, podría ser un mediocre reseñador de libros: podría dar cuenta de los procedimientos y de los sucesos que están escritos en un texto literario. Pero un gran espía podría ser un buen crítico literario porque, además, tendría la capacidad de plantear la cuestión de qué es la literatura. Ian McEwan —que antes de terminar Operación Dulce fue rechazado por el MI5 después de mandar su application online— hizo una novela de espionaje que es, en realidad, una novela sobre la lectura, la reseña y la crítica literaria. Nadie dijo nunca —salvo James Bond— que el espionaje fuera divertido. Es como casi todo el resto de la realidad: más bien interesante, en el mejor caso. Y según quién escriba o pueda leer los hechos.

II
Serena Frome es una chica que en la Inglaterra de 1972 lee. “Leer era mi manera de no pensar en las matemáticas. Más aún (¿o quiero decir menos?), era mi forma de no pensar”. O sea que Serena Frome lee y —como muchos reseñadores entusiastas de libros en todos lados— lee mal. Siempre es tramposo hacer una segunda lectura, por eso McEwan se atiene a las normas del género de espionaje [iii] y —para decirlo en el idioma brutal del periodismo cultural— siembra las pistas. Serema Frome —como muchos reseñadores entusiastas de libros en todos lados— es una chica linda con una concepción voluntarista y pasional de la lectura [iv]. “No me impresionaban esos escritores (repartidos entre América del Sur y América del Norte) que se infiltraban en sus páginas como parte del elenco, optaban por recordar al pobre lector que todos los personajes y hasta ellos mismos eran pura invención y que había una diferencia entre la ficción y la vida. O, al contrario, insistían en que la vida era una ficción, en definitiva. Yo pensaba que solo los escritores podían confundir las dos cosas. Era una empirista nata”.

Empirista es una palabra divertida en el lenguaje de McEwan —y si alguien leyó Solar, McEwan es alguien que sabe cómo escribir el humor— porque colocada como autorreflexión final del personaje, en ese punto preciso, deja sonando exactamente algo distinto. ¿Qué clase de lectora es Serena Frome? ¿Cuál es su capacidad de análisis de la información? Serena Frome es la clase de lectora que cree que los escritores pueden confundir la ficción y la vida —claro: a los malos escritores tal vez les pasa, sin dudas les pasa también a los estúpidos, escriban o no— porque en su ensoñación apasionada —como muchos reseñadores entusiastas de libros en todos lados— ella es la que confunde la ficción y la vida. Pero Serena Frome lo hace por un buen motivo —McEwan representa realmente bien la figura de la boluda alegre [v]—, un motivo psicológico elemental [vi] que en el aura de reivindicación del Londres de los años setenta es también un gesto de autodeterminación feminista: “Mi estoicismo me sorprendió a mí misma. Creo que debía de haber asimilado el espíritu general de compañerismo entre las mujeres y su alegre entrega al deber. Me estaba volviendo mi madre”.

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Para su suerte —que en una novela de espías siempre significa desgracia—, Serena Frome conocerá a una serie de hombres que intentarán con mayor o menor éxito enseñarle a leer. Algo que, como la propia Serena es incapaz de comprender, en realidad, significa aprender a pensar. Una vez que haya aprendido lo suficiente, su primer amante, un viejo informante del MI6, va a ayudarla para que la admitan y le den un trabajo burocrático en el servicio de inteligencia británico. Llegado este punto de la novela, McEwan ha dicho todo lo que podía decirse sobre las instituciones de inteligencia de su país simplemente narrando con detalle la posibilidad y la concreción de la admisión de alguien como Serena Frome. En ese momento, también, Operación Dulce pasa a funcionar en otro nivel que McEwan explicita sutilmente con una frase de Lenin sobre la cuestión primordial de la política: ¿quién hace qué a quién?

El aprendizaje que Serena Frome hace de la técnica de la lectura es progresivo y formal: empieza por la Historia, sigue por los diarios de papel y se va afinando en términos de rigor y gusto literario. De a poco, la chica soñadora aprende a pensar. “En mi opinión, Tom Haley se extendía demasiado sobre la cena de la despedida, y el pasaje se hacía especialmente largo en una segunda lectura. No hacía falta mencionar las verduras ni decirnos que el vino era un borgoña. Mi tren se aproximaba a Clapham Junction mientras yo pasaba las páginas para encontrar el epílogo”. Llegado este punto, Serena Frome ya está en condiciones de convertirse en una buena reseñadora de libros e incluso puede leer y pensar y registrar hacia dónde viaja (tres cosas a la vez, nada mal para una chica). La intriga —como muchos reseñadores entusiastas de libros en todos lados dirían [vii]— empieza cuando Tom Haley se transforma en un escritor novato al que el MI6, a través de una fundación cultural benefactora de jóvenes talentos, beca para que escriba una obra —sobre la cual no podrán tener el control creativo pero sí expectativas útiles— que sirva como estímulo intelectual para beneficiar los valores del Occidente capitalista ante el aparato del bloque soviético y comunista del resto del mundo. La guerra por las mentes y las corazones —y que esa guerra se haya llevado adelante en el terreno de la literatura— representa probablemente la parte más gélida de la Guerra Fría, sobre la cual McEwan, al final del libro, da cuenta de su propia documentación con una lista extensa de bibliografía historiográfica específica: Britain´s Secret Propaganda War: 1948-1977 (Paul Lashmar y Oliver James) o Writing Dangerously: Mary McCarthy and her World (Carol Brightman), por ejemplo.

¿Podrá Serena Frome aprender a leer antes de que sea demasiado tarde? Responsable de reclutar sin levantar sospechas al escritor Tom Haley para la Operación Dulce, Serena Frome es incapaz de dejar de sentimentalizar su trabajo y se enamora de él. Eso, por supuesto, no facilita las cosas. Porque a diferencia de James Bond, que puede acostarse con sus informantes sin nunca poner en duda su lealtad a la Reina y al país, a Serena Frome le basta media encamada con Tom Haley para empezar a arruinarlo todo [viii]. “Era una de esos hombres a los que de vez en cuando les excita la idea de que su amante haga el amor con otro hombre. En ciertos estados de ánimo esto le excitaba, el sueño despierto de ser un cornudo, aun cuando en la realidad le hubiera asqueado o dolido o enfurecido”, dice Serena Frome sobre su trabajo que es también su amante. La trama de Operación Dulce es absolutamente banal —pero es fácil decirlo después haberla leído— y tiene la capacidad de McEwan para disfrazarla con suspenso y sostener ese suspenso hasta el final. Y por ese motivo hay que mantenerla reservada para los futuros lectores.

IAN McEWAN E MARTIN AMIS

III
¿Podrá Serena Frome aprender a leer antes de que sea demasiado tarde? ¿Qué importa? Serena Frome es un personaje de ficción. En cambio, ¿podrán los muchos reseñadores entusiastas de libros en todos lados aprender a leer antes de que sea demasiado tarde (para ellos mismos)? En tal caso, es una pregunta “de la vida” y no de “la ficción”.

Ian McEwan vendió más de cuatro millones de ejemplares de una de sus últimas novelas —Atonement, de la cual hay película— y se mudó a una casa del siglo XVIII en Gloucestershire. En términos materiales —Atonement es la llegada a la masividad mundial—, McEwan, que forma parte del grupo de novelistas británicos más exitoso de su generación (Julian Barnes, Salman Rushdie y Martin Amis [ix], que aparece nombrado varias veces como excusa para algunos chistes en Operación Dulce) sí aprendió a escribir muy bien y hace mucho tiempo. Operación Dulce se trata de eso: sobre qué es, cómo funciona y cómo puede ser leída la literatura. Por eso, si uno empieza a leer las reseñas de Operación Dulce

Estas son algunas de las que encontré rápidamente en Google después de escribir todo lo anterior. Luego de describir el argumento y anticipar el final con una “sospecha” incorrecta, el reseñador de la revista Otra Parte agrega: “Dicho de otro modo, McEwan ha escrito un muy buen thriller. Y la estilización se acerca tanto al estilo que casi se pierde de vista”. Sí, bueno: un “thriller”. Y McEwan es un buen estilista incluso aunque esté traducido. Claro. La sección cultural de 20 Minutos es peor y menos sintético: “Sucesivas vueltas de tuerca en las que realidad y ficción se funden y confunden son las claves con las que el escritor pretende atrapar al lector”. La definición de “thriller” sería todo lo que sigue a “sucesivas”. El resto van más o menos por el mismo criterio crítico: son como escuchar a un relator de carreras de Fórmula Uno describiendo con voz monótona lo circulares que son las pistas de carrera. El único reseñador que leyó está en La Nación: “Operación Dulce (el original Sweet Tooth hace referencia a la golosina imposible de rechazar) es una narración que se adecua a los protocolos de un género, la novela de espionaje, para deslizarse con sigilo hacia la educación sentimental y la comedia. Escribir, leer, incluso amar, son también formas de la acechanza”.

Imagino que Ian McEwan debe haberse divertido escribiendo Operación Dulce más que lo que cualquiera de las variantes globales y reales de Serena Frome van a disfrutar leyéndola sin pensar. Escribir puede ser un asunto de talento, imaginación, ideas, estilo. Pero leer —y Operación Dulce no es una novela dedicada por accidente a Christopher Hitchens— no es más que pensar/////PACO


[i] Bradley Manning, el oficial norteamericano encarcelado por darle información militar a Wikileaks, anunció que su primera decisión tras la condena era cambiar de sexo y pasar a llamarse Chelsea. La traición de géneros es un problema con una larga y sintomática tradición entre espías.

[ii] Facundo Falduto me pasa un link en Al-Jazzera sobre otro espía fallido pero presuntamente heterosexual: el norteamericano John Kiriakou, encarcelado por enviar información secreta sobre la CIA a un periodista. ¿Qué hace en la cárcel? Procesa información literaria: “Kiriakou said he’s currently partial to biographies, including those of Mao Zedong, Abraham Lincoln and Edward R. Murrow, and fiction by Cormac McCarthy, Jeffrey Eugenides and John Kennedy Toole”.

[iii] Jorge Asís tiene una novela sobre espías porteños: Partes de inteligencia. Debe ser la única tolerable y realista de las novelas de ese género hecha en Argentina.

[iv] Serena Frome viviría hoy en Facebook con el botón Me gusta. Podría hacer muy felices a los escritores sin verdadero talento pero que escriben con sensibilidad.

[v] Tiene su variante específica: la boluda cultural.

[vi] El jardín de cemento es una de las mejores novelas de McEwan. Un “drama psicológico”, la llamaría Serena Frome.

[vii] El misterio, en cambio, si fuera una novela policial.

[viii] ¿Escritores del bloque occidental que se acuestan con las apparatchiks del bloque oriental? Toda la saga de Henry Bech escrita por John Updike se trata de eso.

[ix] Martin Amis y Tom Haley coinciden en una lectura pública de sus novelas. Amis lee primero unos pasajes de El libro de Rachel y después Haley lee pasajes de su novela. Lo siguiente es crítica literaria según McEwan: cuando Amis lee, el público se ríe. Cuando Haley lee, el público se levanta y se va. Cuando, después, Haley se encuentra a Amis en el restaurante del lugar, lo felicita. Amis, en cambio, le invita un whisky triple.