Ulises y las sirenas

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Por Gauna [1]

I
Taché la última dirección y toqué timbre en una esquina del barrio de Pugliese. Bajó un pelado con polera (no es joda) de unos sesenta años y abrió la puerta. “Bitter”, le decían. Después iba a notar que a veces usaba boina y curtía las contradicciones propias de todo socialdemócrata empresario. Una frase lo definía; aquella que lanzaba ante cualquier pedido o reclamo: “Se complica”. La cuestión es que el dolape me hizo pasar. Subí las escaleras detrás de él y pasé la puerta cancel. Era una casa antigua, reformada. Parecía el Palacio de Versalles, si la comparaba con el resto de la lista. Le dí para adelante.

II
Al mes ya tenía un panorama compacto de la monada que vivía en la pensión. Compartía el cuarto con otro, que como yo, era  un estudiante “del interior”. Se llamaba Roberto (Tito), bailaba folclore y tango. Ese era su metier. El mío, creo que sobrevivir: era agosto de 2002, presidente Duhalde, tenía 19 años, estudiaba sociales y no conseguía trabajo. Estaba en el horno, como muchos otros, cocinándome al calor de otra crisis del capital. Mientras tanto, como un deporte ocioso, ajustaba cuentas con la miseria de la filosofía, con la otra (la del Día %), y con los pequeñoburgueses que me tenía que fumar en la facultad. Mala fe, diría Sartre.

Frente al mundo intelectualoide de la universidad, la pensión era otra cosa. Ahí estaba la monada y no había un puto burgués. Paso lista: de entrada, se destacaba el Pitu, un viejo que, como el fantasma de la opera, vivía en el subsuelo acechando la mirada de los otros. Cielo de claraboyas. Daba vuelta por los pasillos con su locura caprichosa a punto de explotar, y siempre estaba dispuesto a comerse lo que los demás iban a tirar (mierda, se dice): una vez se comió las pastas “frescas” del Día % que me habían venido verdes. Parado en la sentina, si subías la escalera de entrada y girabas a la izquierda, llegabas a la habitación de Bitter: irrelevante. En la de al lado vivían Cucuza (el Cucu),  de oficio manchapapeles y Luis, peronista que cuando tomaba tenía arranques antisemitas (obsérvese lo inconveniente de su enjundia en un barrio moishe). Una vez lo tuvimos que sacar de un bar sobre Canning, porque se estaba armando una fila para recontra cagarlo a trompadas. Dios aprieta pero no ahorca, el pibe iba a tener su cruz: un día nos vino a llorar la carta de que su partenaire no paraba de masturbarse todas las noches. La pieza era chica, y parece que no ahorraba en suspiros. La madera de la cama cucheta crujía al ritmo del movimiento puñeteril. A Luisito le “corría un frió por la espalda” –decía- que lo hacía aferrarse al colchón boca arriba y no pegar un ojo. El Cucu, un pajero negador.

En el extremo superior de la pensión, en un cuarto improvisado de la terraza o Solarium (así decía en el folleto entregado en mano en la vía pública) vivía el Pendenciero, un cuarentón que nunca supe qué hacía, salvo manguearnos guita y cigarros, y darse algún saque. En el punto arquimédico, donde se anudan el cielo y el infierno, estábamos Tito y yo (el Yo es detestable decía Pascal, que algo del tema entendía). Vivíamos en la pieza frente a la cocina y en diagonal al baño. Teníamos vecinos a diestra y siniestra. En la habitación de la derecha primero vi a los perfumeros, que vendían fragancias en la calle Florida. El que los manejaba era un surfer de Gesell venido a menos, acompañado de una rubia que se agarró gastritis. Tendrían veinticinco años cada uno. A dúo dirigían una hueste de subordinados: uno de ellos, el cordobés, se destacaba por su alcoholismo, que ganaba un aire entre duelo y melancolía. Había una piba de dieciocho años, que no se qué hacía ahí. De los demás no me acuerdo porque dormían en otro lado. Hacia fines de noviembre se fueron a trabajar a la costa y no los ví más. Por ellos entraron dos veniteañeros, buenos muchachos. Al alto le decían Wally. Fue uno de los pretendientes de mi ex. Pero tuvo mala suerte (buena, viéndolo desde acá). Poco importa: el loco terminó saliendo con su amiga bisexual y estudiando musicología. ¿Quién resistirá cuando el arte ataque?. Con él vivía “Bakunin”. Escuchaba Korn. Si te lo cruzabas por la calle te hacías encima, porque era el Tío Cosa pero metalero pesado. Eso es todo, amigos.

III
Florencia vivía con la Nati en la habitación que estaba a la izquierda. Era peluquera, había venido de Paraguay; la otra de Misiones. Endogamia telúrica, se diría. Tenían veintidós años. Flor era especialista en tereré y tal vez por eso es lo primero que me ofreció. Era flaquita, piel naranja, uno sesenta. Como lo suyo era el arte del peinado, solía variar su forma y color por lo menos dos veces al mes. No hablaba mucho. Al principio noté buena onda, nada más. Me di cuenta que el Pendenciero le quería bajar la caña, pero me importaba una mierda. Ella me miraba, siempre, como si me fuera a comer; yo me hacía el boludo porque no me daba el cuero. No entendía nada. La seducción, con sus rituales, tiene el suficiente grado de ambigüedad como para darme por vencido antes de comenzar. Pero las cosas pasaron muy a pesar de eso. Una noche de primavera estaba sentado frente a la computadora, en la sala de estar. Ya se habían ido todos, era tarde. El botón de Bitter andaba rondando, a la espera de que me fuera para cerrar con llave. Sentí que Florencia me hablaba al oído: “Te quiero mostrar algo”, dijo. Me sacó la mano del mouse y con la derecha puso una página porno. Yo me di vuelta y la miré nervioso y me puse a relojear que no viniera el pelado. Flor abandonó el mouse y deslizó sus dedos por debajo de mi pantalón. Tanteó. Respiré fuerte. Lo ví venir al pelado y lo putié bajito. Ella sacó la mano y se fue a su pieza antes de que él entrara. “Vamos cerrando, pibe”, dijo Bitter. La puta madre que lo parió, pensé. Me fui a acostar aturdido, me esperaba un texto de Marcuse sobre el carácter afirmativo de la cultura (y su secreto) que trataba la distinción dominante entre trabajo intelectual y manual. Con el tiempo esos vicios del pensamiento se vuelven un sustituto de rebaja frente a lo que un cuerpo puede. Consuelo de pobre, miseria de la filosofía.

IV
La noche siguiente estaba en la terraza descolgando ropa. Había cenado y luego de la noble tarea doméstica me iba a acostar a leer (para variar). Flor volvía de la peluquería y subió, porque como siempre, se había olvidado algo en los cordeles. Oscuridad, no andaba nadie. “Hasta el botón se piantó de la esquina”, decía el tango. En el coro los sofistas juzgaban que era el Kairos, el momento oportuno. Cuando la vi de reojo me envalentoné. Cuentas pendientes, aduje para mí, como si me tuviera que justificar. Entre las sábanas que había lavado Rosa, la señora de la limpieza, le encajé un beso sin mediar palabra. Pero la piba iba por más. Sobre la marcha retomó la actitud tanteadora; era una baqueana. Cuando vi venir al Pendenciero, que no tenía cara de amigo, le saqué la mano. Estaba duro. Ella se fue. Otra vez la misma mierda. Ahora no me esperaba Marcuse, sino Agnes Heller y la hermenéutica bifronte. Esa vieja me hablaba del núcleo y del anillo, que ante los hechos (o no) parecía una mala metáfora de la verdad y lo verdadero, de la contingencia. Ahí nomás supe, sin método, que los misterios de la carne no se iban a resolver en el textualismo, sino à corps perdu.

V
La vida no carece de circularidad, y otra vez estoy sentado en la sala frente a la computadora. No hay nadie. Ella entra, e insiste con el mismo ritual de la primera noche. Arrodíllate y creerás, decía Pascal. Ella lo hace de tal forma que yo pueda campanear. Respiro fuerte. Adentro.

VI
Por un par de días no la vi. Nobleza obliga: nunca nos preguntamos nada, de entrada supimos que no era amor, y nadie se confundía. Una noche de viernes, quedé solo. Se habían ido todos a una fiesta a un par de cuadras. Bitter se encontraba en el norte resolviendo sus negocios. Había dejado de encargada a Rosa que era una genia y no jodía. Yo estaba en el cuarto tratando de comprender un apartado de Dialéctica del Iluminismo, donde los viejos chotos esos (Adorno y Horkheimer) relacionan la racionalidad instrumental weberiana con Ulises y las sirenas. Quería promocionar la materia con nueve o diez y entrar de ayudante de cátedra. A veces opera el azar; o Le Diable et le Bon Dieu se ponen de acuerdo y te liberan brevemente de tamaña aspiración. Será por eso que solté el libro y fui a la cocina para preparar mate (cosa de locos tomar mate a las doce de la noche). Mientras el agua se calentaba, entró ella.

VII
Presta a retomar un debate, esta vez la cosa venía diferente. Nos íbamos a explayar, me dijo con otras palabras. Yo era Ulises, pero esta vez, me quería perder en el canto de las sirenas y mandar a la mierda a Adorno. Muerto el heroísmo, ella desató mi cuerpo del mástil y el mito dejó de ser iluminismo. Me llevó a su habitación de la mano y cerró con llave. Puso Arjona. “La industria cultural”, pensé por última vez a tono con lo que venía leyendo. Ya me importaba una mierda: después de todo tenía diecinueve años, era la segunda piba con la que iba a estar, que además de su abierta generosidad amatoria era “mayor” (con todo lo que eso implicaba para los pibes de mi generación). La intuición siguiente –abandonado el pensamiento- fue que no me iba a olvidar de todo esto; que estaba pasando por uno de esos momentos de la vida en que aprendés algo. Tal vez por eso estoy escribiendo sobre ella. No voy a invocar a Freire, pero puedo decir que la generosidad es un buen camino pedagógico. Florencia quería pasarla bien, y creo que su fantasía incluía agarrar a un pichi como yo y darle batalla para que después pueda pelear otras guerras. Maestra. Entonces, mientras Arjona cantaba pelotudeces (“la memoria es un cassette para borrar”, bla, bla, bla) a mi me bajaban los pantalones, se me subían encima y me franeleaban de lo lindo y Ulises y las sirenas se encontraban, por fin, cuerpo a cuerpo. Yo ya no pensaba. Ya no pensaba más. Tal vez esa era la primera lección. Le saqué la remera, y al encontrar ausente la tarea titánica de desprender un corpiño, me perdí entre sus pechos. Ya estaba lejos. Lejos de todo y hasta lejos de mí. Ella me daba su libertad, algo de lo que yo carecía: era una transferencia por osmosis que se precipitó cuando se puso de rodillas. Otra vez Pascal, el cuerpo y la creencia. A medida que se jugaba ese vaivén oral, la cosa se ponía más intensa, áspera, urgente: ella se levantó, fue hasta la mesa de luz, sacó un forro y comenzó un ritual consistente en desplegar el látex con la boca. Luego se sentó sobre mí. Movimiento rectilíneo uniformemente variado. Y dale, loca, dale; yo también le doy… Mucho no duré, pero ella me dijo que no pasaba nada, en un rato iba por otro y quedaban muchas noches más. Fragmentos de un discurso amoroso.

VIII
Todas las piezas tenían una puerta pseudobloqueada que comunicaba con las otras. Bitter era tan progre (pre-década ganada) que se había “olvidado” de poner llave, y como cortina de hierro operaba un mueble liviano. Así que llegado el caso, lo corrías  para poder ir pasando de habitación en habitación. Cada uno hacía la suya. Yo me pasaba a lo de Flor. Hacíamos el cambio de habitación tres o cuatro veces por semana. A medida que nuestros encuentros se hacían recurrentes la cosa se puso medio perversa. Exhibicionismo/vouyerismo. Habíamos construido un juego, un espacio imaginario, un margen de libertad y yo estaba presto a leer Historia del ojo de Bataille; pero todavía no lo sabía. Esto era un prolegómeno menor. El asunto es que empezamos a coger mientras la compañera de pieza de ella dormía (o hacía que dormía) en la cama de enfrente. Pero debo ser más exacto. La escena era esta. Ellas estaban en la pieza, una en cada cama. Yo entraba a la noche, me metía en la cama de Flor, y nos poníamos a charlar. En un momento la Nati decía que se iba a dormir, que ella no escuchaba porque dormía como una tapia, así que…. Y al rato nosotros arrancábamos, medio de queruza, con nuestro ejercicio silencioso de cuerpos estrujados, de la fricción de la carne que lleva a deslimitarse. Y así yo me dejaba llevar, entre la pasión y la excepción, por un curso apresurado de erotismo. Y no dudaba –como ahora, mientras escribo-, porque del lado de la sombra me acechaba la pasividad de los objetos y el cuerpo pasivo y toda la pasividad junta del pensamiento inútil. Carne y Piedra.

IX
Fin de fiesta. Un día llegó el verano. Terminé la facultad y como no tenía trabajo me fui a mi pueblo hasta marzo. Cuando volví Florencia se había ido. Como nunca nos habíamos preguntado nada, yo no podía ponerme en contacto con ella. Tampoco averigüé demasiado: siempre supe que no se iba a llamar mi amor. En ese momento me preocupaba conseguir laburo y seguir estudiando. Me había ido bien en la facultad el año anterior así que iba a ir al “Walter Benjamin” a hacer un seminario interno para ser ayudante de cátedra. Boludeces. El porvenir es largo y el año 2003 me deparaba otras cosas, al país también. Nunca más supe de Florencia, solo creí verla una vez arriba de un bondi en 2008. No me animé a hablarle. Ella se bajó antes que yo y la vi irse. Sin método y sin violencia, Inclina cor meum, Deus ////PACO

[1] Texto producido en el taller #AlgoQueContarte que continúa el 14/11

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