Fotografía de una despedida

Por Julián García Tuñón / @juliangt [1]

No les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Oliverio Girondo.

En principio, las cosas parecen estar en su lugar.

Miro de frente, veo mi pared. Me encuentro parado, tomando notas, intentando mantener el equilibrio mientras escribo, parado, de frente a la pared, como escribí previamente. La pared, blanca, pintada hace cuatro meses, cuando recién me mudé. La pared, ahora tiene tres filas de hilo sisal que la recorren casi de punta a punta. Sobre este hilo cuelgan broches de madera. Simples. Broches simples de madera que venden en cualquier mercado, broches para colgar la ropa. Broches que fueron degradados a otro fin, más simple. Mantienen imágenes de papel contra la pared, obras de arte, caricaturas, colores, fotos de gatos, dibujos de mujeres, tetas. Todavía quedan muchos broches inertes, inmóviles. Se ubica sobre la misma pared, debajo de las imágenes, una lámpara que, ahora apagada, no estaba esa tarde.

También, presente en ese mismo espacio esta pared, veo el mueble de madera que guarda mis secretos, mi alcohol, mis juegos de mesa. Todo escondido por una puerta de vidrio que todo deja ver, el mejor escondite. Cómo dije, todo en su lugar.

Detrás mío, la pared blanca, sin nada que la tape. Solo un sillón. Un futón. Un futón negro mal pintado -o bien pintado, pero no me gusta cómo quedó-. Un futón negro con el colchón de tela. De gabardina. Naranja. Color ladrillo. Un futón negro de gabardina terracota con botones. Botones que deberían ejercer control sobre el contenido del colchón. Botones que no ejercen ningún control. Sillón terracota, único testigo y necesario partícipe para el evento de reconcilio físico y posterior despido. Sillón de gabardina manteniéndonos a ella y a mi juntos. Parte de ella por lo menos. Ella no existe tal como se puede definir a un ella.

mavre

Ella y yo. Plaza Serrano. Cerveza negra. Maní sin pelar ni sal. Papas fritas con queso cheddar, panceta, cebolla de verdeo; un asco, pero nos lo vendieron bien. Videoclips de fondo, gente bebiendo un lunes, martes o miércoles, un día de esos. Caminamos desde Facultad de Derecho hasta Plaza Serrano. Fuimos hablando, conversando, peleando. Fuimos pareja, amantes, amigos, uno solo, fuimos todo, no somos nada. Me odia, la odio, la extraño, me necesita, necesito que me necesite, la lloro, me llora. Me lloró dos años o tres, creo que vamos por el cuarto. Estando juntos no estuvimos bien, estando separados, tampoco. Nunca estuvimos bien.

Llovía. Entre mi gripe y su poco abrigo tomamos un taxi hasta mi casa -la típica-. El taxista desconocía las calles, el taxista no veía una mierda, no llegaba a leer los carteles de las calles, no llegaba a ver los semáforos, no llegaba a saber cómo trasladarse de Palermo a Colegiales. El taxista nos paseó por todos lados. El taxista se hacía el boludo y me paseaba. Ella reía, yo también, el taxista me importaba poco y nada. El taxista nos llevó hasta mi casa.

La parada del colectivo que la lleva a su casa queda a tres cuadras la mía. La idea, simple: una vez que deje de llover, la acompaño a la parada. Ninguno de los dos quería más que eso. No había nada implícito. Ningún acuerdo tácito que nos lleve a la misma rutina que los dos queríamos abandonar. Rutina que habíamos abandonado mejor dicho. Rutina que ambos habíamos comprendido, no íbamos a repetir.

Ella conoce mi departamento desde el día cero. Es mi debilidad hace años. Es mi todo, hace mucho. O por lo menos, a las pruebas me remito. Dejo cosas de lado por atender sus reclamos. Dejo mi vida de lado por ayudarla con la suya. La lluvia era la excusa. Llegamos y nos secamos.

Llegamos. Hasta ese momento el ambiente sin mayores peleas, discusiones, caras de culo ni nada. Estábamos en un estado de calma. Estábamos en el ojo de la tormenta, todo tranquilo, todo relajado, esperando que explote esa tranquilidad. Ambos lo sabíamos. El factor sorpresa era saber que lo iba a disparar. Yo ya conocía ese gatillo, ella no; en definitiva, íbamos a mi casa y conociéndola después de tantos años sé a qué cosas presta atención y a cuáles no. El portarretrato que mira a la puerta de entrada en el cual abrazo a mi otra ella no iba a ser de su agrado. El portarretrato, definitivamente, no fue de su agrado.

Solo su cara se transformó e hizo menos placentero el ambiente. Nos quedamos esperando que dejara de llover manteniendo conversaciones triviales acerca de la nada misma; más bien, no recuerdo de qué hablamos.

Sillón terracota, humedad, poca luz, conversaciones sin contenido y un deseo reprimido por el otro que crecía cada vez más. Ambos lo reprimíamos. Ninguno de los dos quería volver a pasar por lo mismo. La inseguridad es una sensación. Alcanzó un mínimo roce para perder la compostura y dejarnos ser, nuevamente, uno.

En ese instante no me importó absolutamente nada. A ella tampoco. No nos importó nada más que ser uno y dejar todo fuera del sillón, ropa, ideas, pensamientos, culpa, miedo, consecuencias. Pude haber sido padre de uno, de dos, de mil. Enfrentaba lo que pudiera llegar a pasar.

Nos abrazamos y nos mantuvimos acostados sobre la gabardina del futón. No nos despegamos, no queríamos individualizarnos nuevamente, no lo hicimos. No hablamos. No hicimos nada. Nos quedamos relajados, esperando con la lluvia de fondo, la humedad abrazándonos, nos quedamos literalmente pegados. La escena no nos alcanzó. Ninguno quería abandonar la posición, el momento, la entrega. La escena no llegó a quitar el hambre, no sació el apetito. La noche recién comenzaba y mi estado gripal había desaparecido.

La humedad del ambiente parecía imperceptible. Nos convertimos en nuestro propio generador de humedad. Sangre, sudor y lágrimas. Todo terminó con un llanto. Terminé, acabé, cumplí, se puso a llorar. Mil cosas empezaron a girar por su cabeza, temores, placeres, sentimientos de culpa y el haber sentido lo que pensó que jamás iba a sentir. Hasta esa tarde, esta escena era solo un recuerdo para ella.

El llanto se mantuvo unos segundos. Prometí amor eterno. Prometí cambiar. Prometí hacer las cosas bien. Lo hice. Esta fue la última vez. Mentira, no prometí amor eterno. No prometí amor. No prometí mas que hacer las cosas bien. Me escapé por lo ambiguo, como siempre lo hice, a lo largo de todos esos años. A lo largo de toda esta relación.

Al finalizar el goteo intermitente, encaramos hacia la parada de colectivo. Yo con mi paraguas y un piloto. Ella conmigo. No recuerdo bien cuándo fue tampoco. El futón ya estaba, la lámpara no.

La despedí con un beso en la mejilla cuando llegó el colectivo. Volvimos nuevamente a la segunda rutina post encuentro, de reclamos y peleas por mensajes de texto. Rutina cansadora para ambos. Rutina que ninguno quería volver a soportar. Se fue, cada cual, a su rutina.

Caminé a casa, el colectivo llegó rápido. Caminé con el paraguas cerrado, ya no llovía. Ocasionales gotas caían sobre mi cabeza. Las dejaba. Caminar bajo la lluvia me resulta placentero. El paraguas era una excusa. Llegué a casa y ordené un poco. Acomodé el futón, amoldé el relleno, lo puse en su lugar. Limpié la gabardina de las extrañas salpicaduras que la dibujaban, parecía una obra de arte, bastante grosera, como todo arte. Colgué el piloto. Dejé el paraguas abierto para que se seque. Tomé agua, me lavé los dientes, me acosté. Le pedí que me mandara un mensaje cuando llegara, lo hizo, le respondí.

Sentimientos de culpa posterior no me dejaron dormir. Creo que no dormí nada. Poco y nada. No estoy realmente seguro que sea culpa. Pero el revivir mentalmente todo me hacía darle vueltas y más vueltas a un camino que conocía de memoria. Cada entrada y cada salida. Cada mano del camino, cada piedrita, cada bache. El portarretratos fue testigo. No dijo nada, por lo menos, a nadie. Yo lo ví. El portarretratos miraba todo, yo lo sabía, ella también.

gato luna

Recuerdo todo eso, lo tengo grabado. Lo recuerdo con nostalgia, recuerdo como si fuera ayer. No pasó tanto tiempo ni pasaron tantas cosas, pero sí marcó un cambio. Me dí cuenta hace poco, no en ese momento. Más que un cambio, una seguidilla de cambios, como si fuese una seguidilla de piezas de dominó. El tan famoso click. Cayó la primera pieza y el cuadro empezó a desarmarse. Las bases de esta escena parecía difuminarse.

Todo sigue. Seguimos nosotros, siguen ellos, sigue ella, sigo yo.

gato1

Amanecer. Domingo. Silencio casi absoluto. Levanto la persiana hasta la mitad. Me siento en el sillón. La luz del sol pasa en forma diagonal hasta el piso a través de la persiana. Sobre cada haz de luz se dejan entrever las partículas de polvo en el aire. Pocas, muchas, vuelan, levitan, se mantienen inmóviles mientras son dejadas en evidencia. El silencio hace que sobresalgan, que brillen. Me siento en el sillón y las veo bailar, las veo brillar, las veo estar en la suya.

Los rayos de luz lentamente empiezan a iluminar una mayor área del piso de madera, que a pesar de algunas rayaduras, resiste y mantiene todo quieto en su lugar. Pasan unos minutos y empiezan a dar luz a mis pies, que descalzos sobre la madera intentan mantenerse firmes, ejerciendo la misma presión que la madera hacía mis ellos. Los calientan, los iluminan. El sol abraza mis pies y yo miro el proceso. No miro nada más ////PACO


[1] Texto producido en el taller #AlgoQueContarte que continúa el 14/11

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