La masacre de Jonestown

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Por Marina Lacarta (@Maro_L)

El Kool-Aid es un concentrado en polvo, muy dulce, que se usa para elaborar jugos, creado por Edward Perkins en  Hastings, Nebraska. Es un producto muy popular y barato. Sus gustos originales eran: uva, frutilla, naranja, frambuesa, cereza y lima-limón. Con el tiempo fue adquirido por Kraft Foods y actualmente se comercializa a nivel mundial. Debido a su bajo precio, se lo considera un producto muy popular sobre todo en familias  pobres, en particular de barrios negros. A más de setenta años de su creación,  hoy en día varios raperos lo citan en sus canciones y las adolescentes lo usan  para teñirse el pelo. La imagen característica de la marca es una jarra sonriente de Kool-Aid de frutilla que, al grito de su catch-phrase “Oh, yeah!”,  derriba muros para defender a niños sedientos.

Drinking the Kool-Aid:  aceptar un concepto o argumento erróneo ciegamente, sin cuestionarlo. Se lo utiliza a menudo, sobre todo con fines políticos. El origen de esta expresión es escalofriante pero no por ello menos pertinente. El Kool-Aid, por más campañas promocionales de niños  sanos y amas de casa felices, está ligado a la muerte y el asesinato.

En los años 50´ un joven y entusiasta pastor blanco, Jim Jones, forma en Indiana una iglesia llamada People´s Temple (Templo del Pueblo) cuyo objetivo, entre otros, era integrar a la comunidad afroamericana. Jones era profundamente elocuente y carismático: citaba a Marx, a Jesús y concluía las misas con coro Gospel. Tuvo gran éxito entre la comunidad negra segregada, con logros, por cierto, nada deleznables: apoyó escuelas, hospitales y  movimientos civiles afroamericanos. A fin de los 60´ Jones, junto a su “rainbow family” (de hecho, con su esposa fueron los primeros blancos en la historia de Indiana en adoptar un niño negro) y  un pequeño séquito, emigraron hacia California. Primero en Redwood Valley  (extremadamente paranoico, había leído que ése era uno de los pocos lugares donde se estaría a salvo de un ataque nuclear) y en 1971, People´s Temple se instala en el mejor  de sus escenarios posibles: San Francisco. En pocos años, Jones coopta  a gran parte de una  población desencantada por el fracaso de Vietnam, los asesinatos de Martin Luther King, Malcom X,  Kennedy, la violencia policial y un horizonte político trunco.  Jóvenes  universitarios, profesionales idealistas y familias enteras de negros todavía discriminados se enlistan en la causa.  El Templo del Pueblo se convirtió –si  no lo fue desde un principio- en un movimiento político  con muchísimo poder. Los sermones de Jones se volvieron cada vez más contestatarios; pregonaba por un comunismo utópico y una futura redención en la muerte. Mientras tanto, las arcas del People´s Temple se enriquecían, fruto de la entrega a veces total que hacían sus feligreses.  A mediados de los 70´hubo algunos  desertores, pero en las apariencias la Iglesia  era un proyecto solidario y profundamente revolucionario. Llegó a contar también con el apoyo de políticos de izquierda importantes. En las misas y  campañas para captar más gente, que duraban horas y hasta días, los discursos de Jones eran cada vez más agresivos y paternalistas, esperanzadores y paranoicos. Entre sus seguidores, mientras, reinaba la confusión, el miedo y poco a poco la sumisión.

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Paranoia: en realidad, la paranoia es un síntoma de un diagnóstico: esquizofrenia paranoide. Es un tipo de trastorno que se encuentra dentro de los llamados trastornos psicóticos, siendo el principal síntoma, la pérdida de la realidad. La persona vive una irrealidad que implica pensamientos distorsionados respecto a persecuciones, sospechas, teorías conspirativas. Una persona que desarrolla esquizofrenia es porque ya la tenía. Pero es una dolencia que se dispara y el estrés o las situaciones de presión  la desatan hasta un punto donde casi no se revierte.

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En agosto de 1976, dos periodistas  publican una nota en la revista New West: “Inside People´s Temple” donde denuncian abusos sexuales, favores políticos, hostigamiento, persecución y hasta robo de niños por parte de Jim Jones. Los testimonios son de  ex- miembros de la Iglesia y de  algunos familiares preocupados por el devenir de sus seres queridos.  La nota cierra así: “La historia de Jim Jones y su Templo del Pueblo no ha terminado. De hecho, recién empieza a contarse. Si existe un consuelo en la historia de explotación y flaqueza humana narrada por antiguos miembros del templo en estas páginas, es que aun un poder tan grande como el que detenta Jim Jones no siempre puede contener a sus seguidores. Aquellos que desertaron no tenían dónde ir y  motivos de sobra para temer. Así y todo lo hicieron. Si alguna vez Jones es despojado de su poder, no será por venganza ni persecución, sino por el coraje de estas personas que dieron un paso al frente y hablaron.”

La respuesta fue inmediata: en menos de dos meses un séquito de casi 1200 personas se mudó a la selva de Guyana, donde Jones ya los aguardaba. El gobierno de ese país cedió al People´s Temple unos 15.000 km2 para el cultivo y vivienda por un período de 25 años. Allí,  a poco más de 200 kilómetros de Georgetown, la capital, se abre un camino donde un cartel pintado a mano da la bienvenida.

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Jonestown nació en el terror. El Proyecto Médico-Agrícola del Templo del Pueblo (tal era su nombre original) ocultaba su trágico designio. Su líder prometió formar allí un paraíso terrenal, una comunidad utópica sin distinción de razas. De hecho, se llegó a criar algo de ganado (gallinas, cerdos y pollos) y algunos cultivos. Hubo escuela, guardería, asilo, enfermería y biblioteca. Hasta un equipo de básquet, cine, radio, músicos y artistas. En su corta existencia, publicaron varias gacetillas sobre su programa  agrícola, educativo, sanitario e ideológico.  Pero  aquello fue una pesadilla. Jones oficiaba de padre (y amante) espiritual de todos y controlaba las parejas, separaba a los niños, censuraba el correo, disciplinaba a sus fieles. Durante el día, se escuchaba su voz por los altavoces y por la noche oficiaba misas que duraban, a veces, toda la madrugada. El discurso de Jones se fue volviendo cada vez más incoherente: delirios de persecución, amenazas externas, peligro inminente. Jones grababa todos sus discursos, que se encuentran disponibles en este link.

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Cuando la esquizofrenia empieza a mostrar su lado más terrible, los delirios aparecen como consolidados. El delirio mesiánico es un tipo de delirio. Este es bastante solapado hasta que la persona empieza a tener poder y ahí se termina de consolidar. La característica principal del delirio mesiánico es la idea de que viene a salvar al mundo del mal, tomando un rol de Dios o ente sobrenatural,  que va a salvar a unos y a erradicar al enemigo. Cuando este delirio opera, la persona puede olvidar los valores morales y legales, y la muerte pasa a ser parte de un objetivo, no logra ver a la misma como algo irreversible, sino como parte de un plan con un objetivo bien intencionado, por ejemplo, la idea de un sacrificio por un bien mejor.

 Las personas que desarrollan un delirio mesiánico y tienen grandes características de un trastorno de personalidad antisocial  pueden convencer fácilmente a los demás de sus propósitos, aunque sean delirantes. Jones, en efecto, tenía gran poder de persuasión y al convencerse  (de persecuciones inexistentes o exageradas) el engaño dejó de ser percibido como estrategia y se convirtió en  una nueva realidad. También es cierto que poder rodearse de cierta gente facilita ese control de masas. En general,  se sostiene que hay características de personalidad más proclives a seguir a líderes mesiánicos. En primer lugar, Jones apuntó a las minorías, comprometiéndose con la idea de ayudar a la gente negra donde eran discriminados. Ese idealismo, por lo tanto, ya deja vislumbrar una idea delirante de base: iba a erradicar el racismo. Ese fue, en parte, el germen del mesianismo. Con sus características psicopáticas, logró convencer a negros reacios a ser liderados por un blanco. Con sus  logros contundentes allá en Estados Unidos, logró su dependencia. En Guyana, la obediencia. La moral se desdibuja y se vuelve difícil discernir el bien del mal, más aún cuando la sensación de bienestar y protección es tan fuerte. En el medio de la selva, aislados e incomunicados del mundo exterior, la realidad, para más de 1100 personas, devino un esbozo del delirio de su líder.

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White Nights: se llamaban así a los simulacros de emergencia. A la mitad de la noche, se oían  las sirenas, que significaba acudir al pabellón principal. A veces había guardias armados. Simulaban un ataque exterior del gobierno norteamericano o del ejército de Guyana que iba a matarlos. Se trataba de un acto de fe y probaba de este modo la determinación de sus fieles de terminar con sus vidas si llegase el momento.  Ellos, extenuados, consentían. La privación del sueño como método de tortura es sumamente eficaz y Jones y su círculo de colaboradores lo sabía. El resultado era un rebaño atontado, confundido y exhausto. En caso de posibles desertores, el doctor Schacht y la enfermera personal de Jones, Annie Moore, contaban con buenas dosis de Toracina, un poderoso antipsicótico que volvía a los traidores prácticamente en zombies. Ambas metodologías muestran entonces que Jones no estaba quizá tan mesiánico, sino que era consciente de que tenía que utilizar mecanismos de coerción para mantener Jonestown vivo. Y también que no lo hubiese logrado sin el apoyo de su círculo estrecho de colaboradores que, en su mayoría, eran jóvenes, blancos y profesionales.

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En noviembre de 1978, el congresista Leo Ryan, ante un pedido de familiares preocupados por la falta de noticias y sospechas de que había gente que se encontraba allí en contra de su voluntad, organiza una comitiva a Guyana. Viaja a Georgetown junto a  dos asistentes, algunos familiares (entre ellos, los padres de Jon Stoen, un niño de seis años cuya guarda reclamaban) varios periodistas y un camarógrafo. El 17 de noviembre un puñado de ellos   llega en un pequeño avión a hélice de  Guyana Airways  a Puerto Kaituma, a unos diez kilómetros de Jonestown.  Allí son recibidos con  énfasis impostado. Al parecer, todos son felices y desean manifestarlo en cámara. Ryan saluda y le estrecha la mano a Jones, que parece ausente, como ido, con la mirada oculta detrás de sus característicos lentes ahumados. Por la noche,  la fiesta  sigue en el pabellón central. Una bellísima joven de 28 años llamada Deanna Kay Wilkinson canta “That´s the way of the world”. La acompaña una orquesta y mil aplausos.  We´ve came together on this special day/To sing our message loud and clear/Looking back we´ve touched on sorrowful days/Well, future disappear. La cámara enfoca al público: primero se ven niños jugando en el piso y luego, en las mesas, unos largos tablones colmados de gente, algunos de pie, bailando. En Jonestown, pese a todo, también hubo momentos alegres. 33 bebés nacieron allí.  El congresista  toma el micrófono y felicita a todos por el proyecto que emprendieron: “Algunos me han dicho que esto fue lo mejor que les pasó en la vida.” Aplausos enfervorizados.

Mientras tanto, alguien le acerca una nota a uno de los periodistas pidiendo que lo saquen de allí. Luego fueron algunos más.

Al día siguiente –el de la partida- Ryan le muestra una de las notas a Jones. La lee rápido, la pliega y se la entrega a un asistente. –People play games, man. They lie and lie. What can I do about liers? Please leave us, we will bother nobody. If it is so damn bad, why is he leaving his son here? Jones parece enfermo, débil, narcotizado.

Pese a todo,  “permite” que se vayan aquellos que  así lo deseen.  Al comienzo era sólo una familia, pero terminaron siendo alrededor de veinte los que decidieron partir. John Stoen,  cuya paternidad Jones reclamaba, permaneció allí. El clima se tornó áspero y hubo forcejeos entre familiares. Un hombre hirió con un cuchillo a Ryan, lo que  precipitó la partida. Jones se despide, estrecha la mano del congresista y luego le dice algo al oído a uno sus colaboradores En el camión que los llevaba hacia el aeropuerto, uno de los supuestos desertores era  Larry Layton, la mano derecha de Jim Jones. Los demás sospechaban y temían algo. Ryan hizo revisar a Layton, y éste no estaba armado aunque sí nervioso. Cuando llegaron a Puerto Kaituma, hubo una emboscada. Bob Brown, el camarógrafo, registró todo. Detrás de un camión aparecieron varios hombres armados que dispararon a mansalva. Cinco personas murieron: el congresista Ryan, una desertora, un fotógrafo, un periodista y el mismo Brown. La cámara cayó al piso pero siguió grabando por unos segundos, después la imagen se pierde. Los atacantes huyeron.

Sólo pueden pensarse hipótesis acerca de lo que podría haber pasado en un futuro con Jonestown sin la llegada del congresista. Quizás el movimiento se hubiese fracturado sin la necesidad de una intervención externa (es sabido que Jones estaba enfermo, débil y consumía muchos narcóticos). Los alimentos no alcanzaban, más de la mitad de la población eran niños y ancianos. El clima era inhóspito y el trabajo insalubre. Era evidente que, si un puñado de personas decidió marcharse, a poco más de un año de su creación, otras tantas buscarían luego la forma. Si permanecieron, fue por alguno –si no todos-  de estos  motivos: apego al proyecto revolucionario de vivir en un paraíso terrenal, en una utopía comunista, temor  a separarse de sus familiares, o bien un miedo absoluto a la posible reacción de su líder ( ya en San Francisco eran conocidas las historias de muertes dudosas o asesinatos de desertores). De todos modos, el destino de Jonestown había sido planeado mucho tiempo antes.

El cianuro es uno de los venenos que más rápido actúan– le escribió en un memo el doctor Shacht a Jones en octubre de 1978. Me gustaría darle dos gramos a un cerdo grande para ver cuán efectivo es (…) puede tomar hasta tres horas en hacer efecto pero normalmente mata en minutos. Los síntomas de envenenamiento por cianuro son: aumento y luego disminución de la frecuencia cardíaca, color azul, dolor de cabeza, pérdida del conocimiento, asfixia y convulsiones que anteceden la muerte (…) Mientras más escucho y aprendo sobre lo que ocurre en el mundo,  menos optimista soy frente a  la vida. Te agradezco por señalarme que estoy demasiado apegado a ella. (…) Abandonar el Templo del Pueblo es una forma de suicidarse. Es un suicidio.”

F.B.I No. Q042- Death Tape

El 19 de noviembre , fuerzas policiales de Guyana y Estados Unidos ingresan a Jonestown. Lo que ven allí es indescriptible. 909 cadáveres descomponiéndose diseminados en el pabellón central y sus alrededores. Familias enteras abrazadas, incluyendo niños y bebés. Vasos de plástico y jeringas en el piso. Jones con un tiro en la cabeza, en su púlpito bajo un cartel que dice: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. En un extremo del pabellón, bidones con un líquido violáceo, jeringas y agujas. ¿Suicidio colectivo? ¿Asesinato? ¿Experimento de la C.I.A ? ¿Conspiración de la K.G.B? Las teorías sobre lo sucedido son muchísimas. La masacre de Jonestown cuenta, además, con un morbo adicional: el audio final, junto a miles de archivos y documentos, ha sido desclasificado por el F.B.I y puede escucharse hasta en YouTube. Son 45 minutos casi inverosímiles.

“El congresista ha muerto y ahora vendrán por nosotros. Yo no di la orden de matarlo, pero es así. (…) Si no podemos vivir en paz, entonces muramos en paz” En su último discurso, Jones  es categórico: ya no hay futuro posible, vendrán a matar a todos, empezando por los niños, para vengar la muerte del congresista y los traidores. Hay algunos aplausos y ovaciones, pero el fondo del audio es, por momentos, silencioso. Su discurso se vuelve lisérgico.

“Por favor, por el amor de Dios… hemos vivido como nadie nunca vivió  ni amó. Terminemos con esto, con esta agonía … pagarán por eso. Esto es un suicidio revolucionario. No es un suicidio auto-destructivo, así que pagarán por esto. Nos llevaron a esto y pagarán por ello. Ése es el destino que les auguro. Mientras tanto, la gente aplaude y grita.  El plan fue orquestrado a la perfección: una mujer convoca a las madres a llevar a sus niños primero. Para calmarlas, les dice que es algo dulce, que será rápido. Más de trescientos niños  fueron envenenados. Para los bebés, se utilizaron jeringas. Se escuchan llantos. “Madre, madre, madre, madre, por favor, por favor, por favor, por favor, no hagas esto, no hagas esto, entrega tu vida con tu hijo, pero no hagas esto…”  Hay algunas interrupciones. Una mujer, Christine Miller, pregunta si no es  muy tarde para ir a Rusia, que ella no tiene miedo de morir, pero que vale la pena luchar por los niños, que deben vivir. Jones le contesta que es muy tarde. Otros lo apoyan y le agradecen.Apúrense, apúrense, apúrense (..)  Esto es un suicidio revolucionario protestando contra las condiciones de un mundo inhumano” Se oyen algunos aplausos, gritos y después sólo una música de fondo.

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A 35 años,  sólo quedan interrogantes. Hubo algunos pocos sobrevivientes  que, al parecer, escaparon, otros que estaban dormidos y algunos no estaban presentes. Otros miembros del People´s Temple se suicidaron en Georgetown, como Sharon Amos, luego de matar a sus tres hijos.

Se encontraron menos de 40 armas en Jonestown pero ni siquiera todas estaban cargadas. Se practicaron sólo cinco autopsias y se concluyó que la mayoría había muerto por ingestión de cianuro de potasio. Algunos cuerpos, sin embargo, presentaban marcas de agujas.

Es difícil determinar cuántas personas tomaron el Kool-aid por motus propio. Cuarenta rifles no debería haber sido un impedimento para defender la vida de trescientos niños. Si hubo coerción física – lo cual es casi seguro- no fue determinante. Quizás por eso Jonestown  incomoda tanto. La carta de suicidio de Richard Tropp (entre otras), es una prueba de ello.

“A quien sea que encuentre esta nota,

Recojan todos los audios, todos los textos, toda la historia. La historia de este movimiento, de esta acción, debe ser examinada una y otra vez. Debe ser comprendida en todas de sus increíbles dimensiones. Las palabras fallan. Comprometimos nuestras vidas a esta gran causa. Estamos orgulloso de tener algo por qué morir. No le tememos a la muerte. Todos elegimos morir por esta causa. Pero este movimiento nació antes de tiempo. El mundo no está listo para dejarnos vivir. (…)

Todo está en calma mientras dejamos este mundo.  El cielo está gris, la gente hace fila lentamente y toma una bebida amarga Muchos más deben tomarla.  Nuestro destino. Abrazos y besos y lágrimas y silencio y alegría en una larga línea. (…) Un gatito se sienta al lado mío. Mira. Un perro ladra.(…) Que se cuente toda la historia de esta gente del Templo. Que se muestren todos los libros. Este espectáculo…o terrible victoria.(…)

Si nadie lo comprende, no me importa. Estoy listo para morir ahora. La oscuridad se cierne sobre Jonestown en su último día en la Tierra.”

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Hasta el ataque del 11 de septiembre, Jonestown fue la tragedia más espectacular en la historia norteamericana. Hizo  portada de todos los diarios y revistas. Allí se repetían casi siempre las mismas fotos de cuerpos boca abajo, abrazados, niños y adultos. También los bidones semi-vacíos de jugo de uva y cianuro. De la incertidumbre previa al 18 de noviembre a la sobre-información: en 1980 se estrenó la biopic Guyana Tragedy: The Story of Jim Jones. Hoy existen  más de cien libros al respecto. También documentales y sitios de internet. Como suele pasar en otros casos, Jonestown se bastardeó hasta el paroxismo. Poco tiempo después se instaló la frase: “Drinking the Kool-Aid.”

De hecho, aquello que tomaron no fue Kool-Aid, sino Flavor Aid, un producto similar. Kraft Foods tuvo que salir a desmentirlo, pero igual ya no importaba.///PACO

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5 comentarios en “La masacre de Jonestown

  1. Impresionante. Una muestra de un microclima mesiánico, como los que hubo a lo largo de toda la humanidad, desde los proclamados reyesdioses, faraonesdioses, pasando por jesús, Joseph Smith…

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