Una iguana grande y verde y húmeda

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Por Nicolás Mavrakis

Es una persona odiada por mucha gente, algo bueno debe tener
Phillipe Sollers

I
La reproducción y la muerte son dos procesos interdependientes incapaces de interrumpirse. Eso aseguró la subsistencia de la medicina a lo largo del tiempo: una profesión que trabaja precisamente sobre los pliegues de lo eterno. Las formas en que se llega al mundo y las formas en que uno resulta deportado de la tierra de los vivos. En el caso de mis padres (un ginecólogo, una pediatra), las fronteras fueron siempre fisiológicamente cercanas. Su subsistencia como médicos, y en consecuencia la mía, durante mi infancia, como su hijo, estuvo asegurada. Incluso durante los años noventa: la siniestra década menemista, la era del salvajismo neoliberal, “la segunda década infame”, los años más felices —los más inimaginablemente felices— de mi vida.

La cuestión con los años noventa implica una experiencia. Un umbral para la percepción. Un mapa de coordenadas para darle sentido a la simple realidad. Creo que para haber experimentado de verdad la década de los noventa es necesario haber nacido a principio de los ochenta. Los que nacieron antes necesariamente la padecieron —los niños ricos de corazones tristes (y a veces hijos de funcionarios de la época) que la reivindican desde el cinismo están congelados en la adolescencia sentimentalmente recriminadora ante sus propios padres—; los que nacieron durante los años noventa tampoco son interesantes. Entre los dos y los cuatro años un humano es tan inteligente como un chimpancé: preferiría no otorgarle demasiado valor a las memorias de un chimpancé. Haber nacido a principios de los años ochenta funciona: los noventa coinciden con el primer umbral de conciencia: el final de la infancia y el comienzo de la pubertad, el prólogo inmediato a la adolescencia y la madurez, los años felices, como escribió Sebastián Robles, los años de la educación sentimental.

II
Oh, claro: el deber moral del repudio. Bueno, me gustan las máquinas pero no me gustan tanto los automatismos. Hay dos fuerzas que condicionan ese reflejo del repudio: la profesionalización de la mirada miserabilista —la idea energúmena de que los sujetos recortan su existencia desde el pathos único de la miseria, y que en esa miseria hay un intrínseco valor— y la corrección política —una política de restricciones sobre el decir— que convierte a sus agentes en las hormigas negras de la estupidez. Como la mayoría de las precisiones sobre el lenguaje, tener eso en cuenta no cambia demasiado las cosas —como enseñó Ferdinand de Saussure, la palabra caballo no trota— pero sí las matiza. El repudio de los años noventa no es un deber moral; en tal caso, es una necesidad —ni siquiera un deber— de un discurso político. ¿En qué cambia el recuerdo la conciencia histórica (que siempre es posterior a los hechos) de que muchos la pasaron mal? ¿Por qué los años noventa suelen cerrarse en esas fantasías al estilo de la “iguana grande y verde y húmeda” que enciende las perversiones feministas en cierto cuento de Juan Terranova? Muchos la pasaron muy mal durante los años ochenta. Y otros la pasaron peor durante los setenta. Y durante los sesenta. Y los cincuenta. Y que Dios se apiade si no hubo quienes la pasaron pésimo en los cuarenta. Uno podría seguir así hasta Adán y Eva en el Jardín del Edén, donde una víbora se arrastró para sugerir que no olvidaran que su felicidad estaba incompleta: que se debían la vergüenza. Pero a lo largo del tiempo alguien también siempre se las arregló para ser feliz.

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Las mayorías con las que traté durante los noventa la pasaron bien. Yo mismo la pasé bien. Durante los años noventa no podían importarme menos la miseria y la infelicidad ajenas (y a varios de los que les importaba enunciarla por entonces ya disfrutaban la cara más dulce de la convertibilidad). No me importaban porque yo estaba ocupado en la felicidad propia: deleitado, extasiado, maravillado con mi propia felicidad. No me interesa justificarme demasiado. Quien no entienda que entre los ocho y los dieciocho ocurren eventos más trascendentales que los índices de desocupación (o las guerras, las masacres y las catástrofes democráticas que se les ocurran) tendría que leer las mejores novelas de Stephen King, que en algún punto tratan nada más que sobre eso. Mis noventa son más bien como “deslizarme por la sociedad con la mínima fricción”, diría Henry Bech.

Los noventa como era de las iniciales: VHS para las videocassetteras, VCC para el primer servicio de televisión por cable, PC para la primera computadora de escritorio, BBS para los primeros andamios de internet. Los años noventa como era de la comercialización de productos importados: los mismos que se venden ahora pero con auténtica variedad, auténtica calidad y con precios en un dólar sensato. No está mal ese lapso de la infancia en el que el mundo adulto empieza a tener el mismo sentido de realidad que el punto en lo más lejano del horizonte visible (del griego ορίζοντας, limitar). Y vi muchos de esos —en forma de barcos, boyas y demás— desde la arena de Pinamar. Objetos a kilómetros imposibles de distancia y a kilómetros morales de responsabilidad. A esa altura de la vida, lo real apenas empieza a llenarse de sentidos que no pueden alterarse. Y contra lo que uno no puede luchar es lógico unirse.

III
No me parece frívolo que la felicidad se relacione por lo general con la materialidad elemental de los consumos —oh, los años noventa, “la década de la frivolidad”; pero hasta la ciudad de Buenos Aires financia un Museo del Juguete, algo más noble que una AM fantasma para subvencionar a periodistas— ni que, en mi caso, esa materialidad incluyera juguetes importados y consolas de videojuegos y sus cartuchos, o tubos de Pringles y latas de cerveza de Europa del Este y muchísimos otras cosas fabricadas por mano de obra esclava en Taiwan, Hong-Kong, Pakistán y Tailandia (entre otros puntos exóticos del planeta que le dieron forma a una de las primeras percepciones con sentido de la infancia: leer las etiquetas y pensar no que aquello que sostenía había sido fabricado por las manos de alguien de mi edad, sino en la enorme distancia geográfica que había hecho hasta llegar a mis manos: cualquier llavero fabricado en China desaparecerá del mundo con una aventura interesante al respecto; aunque ahora diría simplemente que a esa edad algo del orden de la fetichización de la mercancía comenzaba a fallar en la psiquis del joven consumidor).

Conozco personas ancladas en ciertos consumos de los años noventa y no puedo verlos como otra cosa que nostálgicos: en primer lugar, los cómics —me sale llamarlos historietas—, que en los noventa se almacenaban y vendían no solo en “comiquerías” sino en librerías de viejo muy específicas, envueltas en celofán, recién llegadas de Estados Unidos y España: revistas de Batman, Superman y Lobo que se amontonaban con la misma promiscuidad con la que se consiguen ahora los libros putrefactos de la colección Capítulo. Durante los años noventa, todos conocimos a Los Simpsons. Y también a la versión en carne y hueso del gordo que vende historietas en Los Simpsons (una sociología instantánea de las juventudes argentinas diría que lo que representa ese gordo es parecido a lo que antes representarían los vendedores de discos y antes los vendedores de libros y antes los gallegos infectos que le alquilaban malas traducciones de Rocambole a Silvio Astier). Aquellos tipos tenían —puedo conjugar en pasado porque indudablemente tuvieron el rol de arquetipos culturales cuando su expertise no podía resolverse con veinte minutos atentos de lectura en Wikipedia— el entusiasmo absurdo por las historietas que apenas puede llegar a percibirse en The Amazing Adventures of Cavalier and Clay, una novela de Michael Chabon que debe ser la mejor recomendación de las muchas recomendaciones que me haya hecho Javier Alcácer. ¿Qué clase de adultos leen historietas? En fin, mi hermano resguarda nuestra colección de Batman —una cantidad importante y exquisita en sentido cualitativo y cuantitativo— y hasta donde entiendo su valor debe representar ahora, sin entrar en detalles, el mismo que una reducida flota de taxis.

(Los adultos, por supuesto, tampoco la pasaban mal: tenían sus propios goces materiales: los años noventa fueron los años de los equipos de audio con compact disc, incluido el fiasco del Laser Disc, los primeros televisores de pantalla plana, donde se podía ver a Jorge Asís desangelando a monigotes como Gerardo Romano, y una industria de la importación de autos que a los más precavidos les permitía cambiarlo unas dos o tres veces por año. Eso del carrito lleno por cien pesos no debe leerse tan literalmente; es también una metáfora, la forma en que se cristalizó la fantasía, a veces realizable, a veces no tan realizable, de que no hacía falta demasiado para llevarse suficiente).

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IV
Mientras Beatriz Sarlo escribía sobre la irrupción de los shoppings en la vida urbana en Escenas de la vida posmoderna, para mí la vida era algo que simplemente se multiplicaba en versión reducida en esa ciudad de autonomía relativa llamada Alto Palermo. (Antes de la Civilización, la manzana era un enorme promontorio de mierda. Yo lo vi: se llamaba Cervecería Palermo, y también vi cuando inauguraron el Alto Palermo, y escuché a muchas personas de las periferias contar maravillados qué era una escalera mecánica y qué era un ascensor automático con paredes de vidrio a través de las que se podía ver para abajo mientras uno subía. Nadie podría negar que el capital fue una de las herramientas de modernización y pedagogía más sagradas de la década).

En el Alto Palermo ocurrieron cosas. Como no soy un novelista jamás ficcionalizaría al respecto: los primeros avances sobre las trincheras del sexo opositor, los primeros consumos individuales, la primera película que fui a ver al cine solo (True Lies, 1994, con Arnold Schwarzenegger, fuimos con mi hermano), la primera navaja (Victorinox Swiss Army), probablemente la primera hamburguesa de McDonald´s (la versión sólida de la industria de los hábitos que el kirchnerismo hizo líquida con Starbucks). Todo fue probado, adquirido, visto, experimentado y comido en el Alto Palermo. También ahí tuve —desde el horizonte lejano de la orilla— el primer vistazo de la pobreza —o de la demencia, o probablemente de las dos cosas. El que codificó esa experiencia fue mi padre: algún mediodía, en el Patio de Comidas —hay que imaginarse eso que hoy subsiste como simple grasada y donde ahora comen familias enteras de delincuentes comunes como un límpido espacio de status y respetabilidad—, mi padre dijo que prestáramos atención a las mesas de las que se levantaba la gente después de comer. El protocolo de limpieza era el habitual: uno terminaba de comer, se levantaba y se iba. El personal de limpieza se acercaba —¿personal de limpieza es el término políticamente correcto?—, recogía los restos, limpiaba la mesa y tiraba lo que sobrara a la basura (lo que nunca terminó de importarse es el hábito del self cleaning, ¿pero quién querría sacarle el trabajo a esas personas?). Lo que mi padre había notado —lo que nos hizo ver en el horizonte— era que antes de eso se aproximaba un hombre grande, pálido, casi pelado, vestido con probidad y con la mirada concentrada en lo que hubiera sobre las bandejas. Estudiaba el escenario de pie y tambaleaba como cualquier viejo. Después se sentaba y se comía los restos. Depredador, lo llamó mi padre. Yo lo imaginaba escaneando las mesas, detectando los restos orgánicos tibios y comestibles y devorándolos con parsimonia: igual que en Depredador. Probablemente fuera un caso de demencia senil (una jubilada, Norma Pla, insistía en hacer llorar a Domingo Cavallo, pero no podía interesarme para nada; por otro lado, durante el kirchnerismo hubo una familia entera de clase media que no solo comía sino que vivía en ese mismo Patio de Comidas y no lo hacía por demencia). Como fuera, el asunto no merecía más que algunas risas al estilo Beavis & Butt-head.

Lo que no causaba ninguna gracia era comprar una computadora. En los años noventa no existía internet —¿qué sentido podía tener la vida sin internet? Para empezar, el software se vendía en cajas un poco más grandes que las de las Zucaritas. Y el hardware era un asunto para iniciados. Conseguir un buen técnico de computadoras —la frase suena a era geológica, claro— era más difícil, mucho más difícil, que sumarse a los masones o comprarse un primer puesto en la lista de espera del INCUCAI. En los años noventa podías jugar al paddle, jugar al fútbol cinco, hacer cursos de las artes marciales de las Tortugas Ninjas o de magia, como hacía yo, pero conseguir a alguien que entendiera sobre computadoras… Creo que fui una de las primeras personas en tener una PC de escritorio en su casa y recuerdo muy bien ver cómo la ensamblaban —las plaquetas, el monitor blanco y negro, una 286 o lo que hubiera antes— en un primer o segundo piso de Casa América, sobre la Avenida de Mayo. Y sin embargo, con esas máquinas toscas, uno terminaba jugando al Príncipe de Persia, al Maniac Mansion, al Alone in the Dark, al Doom o al Gabriel Knight.

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V
Mis padres, a pesar de la sustentabilidad de la medicina, nunca viajaron a Miami. Pero sí cambiaron el auto varias veces y se mudaron a un departamento que las macabras políticas económicas neoliberales de los años noventa les permitieron comprar. El último año de la década viajamos a Punta del Este (una ciudad anodina a la que regresaría por otros motivos) pero el verdadero escenario de felicidad durante la felicidad de los años noventa fue Pinamar. La tecnología digital y Pinamar: dos objetos culturales sobre los que sí tengo un registro bastante preciso de su evolución. Las primeras personas que recuerdo recomendando Pinamar a mis padres como lugar nuevo y desconocido para veranear eran —realmente eran— simples facinerosos. Esa clase de personas que en sus casas construían un sauna al lado de un ropero y tenían siempre la última camioneta y también la piel oscura todo el año y parientes con antecedentes penales en el sur de Italia (todo eso me lo perdí, son conversaciones que nunca escuché pero que imagino casi por completo). Pinamar: pinos y mar. Médanos y cuatriciclos. El vicepresidente Eduardo Duhalde tenía su casa ahí, cerca del barrio del golf (había un golf y no había mucho más en el Pinamar de los primeros años noventa). También había garitas con policías en las esquinas ordenando el tránsito y un balneario de lujo: CR (ahí podías tomar algo en una barra que estaba dentro de una pileta que estaba frente al mar: el lujo es algo más que fumar un cigarrillo y tomar whisky en la bañera, aunque eso era suficiente para indignar el viejo calvinismo del Comandante Hitchens).

Con el tiempo uno puede entender que lo que llegaba a Pinamar era apenas el peronismo telúrico y que el menemismo real estaba en Punta del Este, mientras que Mar del Plata se afianzaba para siempre como el lugar más espantoso sobre la faz del planeta. Pinamar, en realidad, ni siquiera existía: era la zona más parquizada de esa mezcla de pueblitos que se llamaban Ostende, Valeria del Mar y Cariló (este último hermano medio bobo y abandonado al salvajismo del bosque daría el gran salto en el percentilo con inyecciones de capital un tiempo después. Cariló era un lugar de mierda, donde las playas estaban desnudas y podías ir a buscar plumeros —una extraña obsesión de todas las madres— al costado de los caminos de arena).

Algunos años pasamos el verano en Ostende, otros años en Pinamar. “Trate de hacer una canción sobre alguien feliz que vive en el campo y verá que se queda con casi nada”, dijo Mick Jagger cuando le preguntaron por qué seguía haciendo canciones sobre las drogas y el sufrimiento. Y aunque Paul McCartney podría vencer otra vez a Jagger respecto a eso, en este caso es cierto: esos fueron los mejores veranos de mi vida y contar por qué no tendría mayor valor. Lo usual: vi estrellas fugaces, fui a la playa, hice amigos, conocí lugares y personas, tuve conversaciones con mi hermano y con mi padre —nos llevaba a caminar por la orilla durante horas y nos educaba con lo que debíamos saber sobre las mujeres—, leí varios libros y hurgué una biblioteca abandonada donde estaba la colección completa de la revista Libre y de la revista Gente, e hice todo eso —desde el primer asado hasta robarle el auto a mi padre, aunque lo manejó mi hermano— que los norteamericanos resuelven con la frase spending family time.

La casa donde fui más feliz —oh, la impudicia de los años noventa— tenía varios pisos y estaba fabricada completamente con maderas negras y tenía en uno de los comedores un vitraux que decía München sobre un Zwerg de gesto macabro (mi padre decía que de noche el Zwerg corría con libertad por la casa: era ese momento en la vida intelectual en la que una aseveración de ese tipo me provocaba risa pero también precaución). Hasta que algo pasó con Pinamar después del asesinato del fotógrafo Cabezas —una década después terminé trabajando durante un tiempo ante la advertencia de sus ojos, esa es otra historia— y aunque, por supuesto, tampoco podía importarme para nada —los médanos, el mar, el cielo y todo lo demás seguía ahí— de a poco se convirtió en un punto de encuentro abrupto con lo que hasta entonces había parecido infinitamente distante en el horizonte.

Tal vez ya no lo fuera, o estuviera por acercarse demasiado, o quién sabe —me importaba un carajo la respuesta—, lo seguro era que la década estaba en su declive. Pero, en fin, lo que todavía importaba era el declive de los médanos para no quedarse ahí con el auto: la presión de las gomas, la velocidad sobre las partes secas y húmedas del terreno. Mi padre sabía hacerlo y nunca le tuvo que pedir a su familia que se bajara a empujar. Nunca se quedó en la arena. Y es gracioso, porque casi todos los tipos que dicen que jamás habrían votado al presidente Carlos Menem son los que siguen leyendo historietas, atrapados en algo peor que la nostalgia, carcomidos por las hormigas negras de la estupidez /////PACO

10 comentarios en “Una iguana grande y verde y húmeda

  1. Escribís bien, Mavrakis, la verdad que escribís muy bien, te felicito. No coincido con tu mirada de los 90, pero no me carcome la estupidez. Es decir, lo que planteás es correcto, porque corrés el velo de la demonización de una década y te permitís dar una mirada independiente de discursos que a algunos convienen.
    Te reconozco todo lo que planteás porque yo nací en 1980 y viví esa década casi con la misma edad que vos. Pero no coincido, porque yo estaba en otro lado. Era el hijo del colectivero que vivía con $400 y que después quedó desocupado. Soy de esa generación que fue al Alto Palermo, pero fue una vez o dos como salida de principio de mes. Que compró historietas de Batman, pero nunca las ediciones lujosas y nunca pudo continuar la colección. Que coleccionaba latitas, marquillas de cigarrillos y llaveros (la fetichización del consumo que explicás con maestría), pero que no llegaba a veranear a Pinamar, y cada vez menos podía hacerlo en Mar del Plata.
    Así y todo, la pasé bien en los 90. Porque allí estaban Nirvana y Hermética, porque a los libros viejos no los quería nadie y los comprabás por dos mangos, porque Rodrigo Fresán escribía cosas interesantes, porque no podía ir al shopping pero callejeaba, y por muchas cosas más que ahora, escribiendo de pasada, se me pueden escapar.
    Una década más, que, según el aspecto que le miremos, puede ser linda o fea.

    Saludos
    Ariel Rodríguez

  2. Yo nací en un hogar “progre”, en una ciudad pobre y arrasada por la miseria y la desocupación de los noventa (como verán, no soy porteño). ¿Te suena “el ex cordón industrial”, Mavrakis, o tanto Prince of Persia te quemó la cabeza? Demás está decir que no hubo viajes a Disney o la posibilidad de cambiar el auto “dos o tres veces al año” (!). Sí conocí Mar del Plata y la pasé bastante bien. En los noventa ya tenía conciencia política y, es más, en los ochenta, siendo que nací en el ’81, también tenía algo de conciencia: recuerdo la hiperinflación de Alfonsín; lo que no recuerdo es gente comiendo de la basura como vimos en los noventa, en los años de la Rata.

    PD 1: Me gustó el primer comentario, de un argentino off como yo.
    PD 2: Yo ya sé que esto que digo acá no le interesa a nadie pero no me importa porque es una forma de hacer terapia mucho más barata que cualquier otra aparte me encanta esta revista, no sé, me parece que vale la pena descargarme acá, perdón, no tengo mucha vida.

  3. Te olvidaste de Playcenter!
    Barco-pirata, simulador, autitos chocadores y fichines como el de The Simpsons y todos los demás arcades que escupían tickets fucsias que servían para canjear C O S A S – En los 90s había muchas cosas.

  4. Que hablen entonces todos los que se bancaron el neoliberalismo aniñado. No nos olvidemos que en el imaginario oficial semi-progresista los noventa son una década perdida; ahora todo es políticamente más claro. Y la infancia la tenemos como el tiempo perdido absoluto, la única nostalgia, como algo que apenas se nombra y tiene sentido realmente cuando dejamos de vivirla; y es todo perdida y gasto, waste the time, o la aceleración del “qué grande que estás” que corría con el apuro por aprovechar todo lo que nos caía con la apertura económica, la convertibilidad que supimos conseguir. Era una infancia planetaria o globalizada; la tele fue mi gran medium de los noventa, la extensión de mis ojos y mi imaginación. Imposible estar apartado del mundo. No puedo volver a los noventa sin ese hedonismo en la conciencia pre-política de pibe, es vedad. Pero la educación sentimental, en mi caso caso para bien y para mal, también tiene esa apenas educación cívica-moral de cultura media progresista de la buena conciencia y los hábitos. Entonces, mis viejos (en especial mi vieja, que nunca votó a Menem, no así mi viejo, peronista de la doctrina peronista, de experiencias gremiales y nunca enriquecido espuriamente, que lo votó en su primera elección y hoy es -al igual que mi vieja, aunque están separados- kirchnerista que cree en 678) siempre tenían el juicio de “a nosotros nos fue bien pero a la mayoría del país le fue mal”. Sobre todo la industria nacional. Con el tiempo me costó llegar a esa conclusión desligando mi experiencia personal. También Tinelli era desdeñado y se lo consumía con una comicidad sobre lo cómico, con la distancia que no evitaba la risa; un pequeño pacto pasatista de cena y sobremesa que podía convivir con el titular del Página sobre alguna mesa. El humor político de Tinelli no era malo, aunque lo más apetecible eran las delicias de las cámaras ocultas. Lanata debe ser un gran anti-héroe de los noventa hoy héroe de toda una cultura noventista medio rizomática. La patria es el otro, esa es la única forma de hablar bien de los noventa. O la política nunca soy yo -¡el individualismo metodológico! El nuevo milenio me llegó poco evasivo. Fue el bardo conflictivo de pre-adolescencia y el hiper-bardo político-económico del país; fue el estallido para mí y para el otro, para la patria.

    PD : Alguien se tiene que encargar de la música de los noventa

  5. Es temprano ya para descubrir los 90 Mavrakis, no lo hicieron analistas politicos y también muchos otros chicos de la cultura para maravillaar a sus compañeros de Puan, ya la mitificaron 200 mil veces, preocupate. Todos pibes que son menemistas (o peronistas) y lo fueron y siempre lo seran

  6. Yo vivi un intermedio entre lo que relatás vos y Ariel en los comentarios, pero mas allá de las diferencias sociales entiendo lo transmitido mas alla de corresponder a una realidad individual entre otras: Viviste la vida, tuviste experiencias y conociste cosas, viviste las varias “primeras veces” de esa edad, los ultimos coletazos de inocencia que tenes antes de pisar los 18,19,20, no te prohibiste ser feliz o hacer cosas que te movieran por dentro… independientemente de si fuiste un niño pobre que tenia hambre o un niño rico que tenia tristeza.

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