Cómo conocí a mi madre

thetis

Por Nicolás Mavrakis

I
Lo que me tocó hacer con mi madre es viajar. Esto incluye el anverso y el reverso de la experiencia de viajar. Es decir, todo lo que puede pasar mientras uno se desplaza hacia algún lado y todo lo que puede pasar mientras uno espera que otro se desplace hacia algún lado. Cualquier que haya viajado seriamente —esto es: más allá de Uruguay, en algo más grande que un micro y a una velocidad mayor que la de una buena moto— sabe que la línea entre la tortura y el placer, en esa instancia clave de la experiencia viaje, es difusa. Por otro lado, las madres están destinadas a traernos al mundo, pero eso no significa que uno esté destinado a recorrer el mundo con su madre (en esto, y no solo en el tema de engañar a los troyanos, Ulises también registró por qué lo suyo era la astucia).

Con eso planteado, vale la pena consignar que viajar con una mujer no es lo mismo que viajar con una madre (con la propia: mi propia madre) y esto es así porque viajar con una mujer implica el riesgo —y a menos que uno sea un absoluto imbécil, implica cierto sometimiento decente ante ese riesgo— de descubrir los más dramáticos erizos (del latín ericĭus) del gentle sex. Ese riesgo puede ser tolerable u horripilante, pero a diferencia de lo que fuere que pase con una mujer cualquiera, uno siempre está preparado para recibir las ondas de enojo maternas desde que nace. Es la gran ventaja de viajar con la madre: mucho puede resultar mal en términos de convivencia —y no soy una de esas sharing people— pero es biológicamente imposible que la situación se vuelva inhumana. A pesar de lo que hace creer el humor judío, uno está diseñado para soportar a su madre. (Otra perspectiva de la maternidad es la que ofrecen las suegras, es decir, la madre de la propia mujer: el espejo masacrado por el tiempo de aquello en lo que nuestra mujer puede llegar a convertirse si uno es indolente; la última perspectiva debe ser la más extraña, pero todavía no puedo escribir nada al respecto: convertir a una mujer en madre de nuestros hijos).

II
El tema que cierta literatura suele retratar es el de los viajes con el padre (en tal caso: con la madre y con el padre) pero con mi padre la experiencia del viaje siempre fue el reverso del viajar: esperar a mi madre —alimentarse, higienizarse, vestirse; en fin, mantenerse vivo— mientras ella estaba de viaje. El anverso, en cambio, la experiencia concreta de viajar, el traslado a través del tiempo y el espacio, con mi madre, ocurrió por primera vez en un viaje a Alemania. Lufthansa, económica, asientos separados, Ezeiza-Frankfurt: nueve horas sobre el Atlántico. No hay nada más parecido a volver a nacer —contra lo que dicen los místicos y esas personas que casi se mueren— que llegar por primera vez a un aeropuerto desconocido en un país desconocido donde se habla una lengua desconocida. En ese sentido, mi renacimiento como viajante fue bastante parecido a mi nacimiento originario: mi madre estaba ahí, ocupada con el trabajo duro, mientras yo intentaba descifrar el camino —un largo y sinuoso camino, recordará quien haya pisado el aeropuerto de Frankfurt— hacia nuestro vuelo de conexión a Atenas.

Aquel viaje duró en total casi un mes. Grecia: Atenas, Leros, Creta, Rodas, Santorini. Italia: Roma, Pádova, Milán, Florencia, Nápoles, Venecia. Hubo muchos vuelos más, en el medio, con asientos juntos y separados. Y micros, taxis y subtes. Y trenes y barcos. Pero, sobre todo, aviones. También hizo calor: mucho calor. Durante el viaje a Grecia conocí a muchos parientes de mi rama materna: hombres y mujeres de la clase trabajadora de Atenas que eran amables y hospitalarios y no hablaban una sola palabra de castellano ni tenían la menor intención de intentar hablar al menos dos palabras en inglés (desde hace poco menos de un siglo Grecia se sostiene básicamente sobre el turismo: todos, por lo tanto, hablan un poco de inglés). Pero ellos preferían, como es lógico, hablar griego. Mi madre, de hecho, también prefería hablar griego. Así que solo me quedó mendigar traducciones simultáneas —mi griego es poco más que elemental: “hola”, “buen día”, “buenas tardes”, “buenas noches”, “gracias”, “por favor”, “una cerveza”, “la cuenta”, “mujer”, “te amo”: lo suficiente para sobrevivir; y antes de que alguien diga algo: seguro de que todos los descendientes argentinos de italianos hablan y comprenden un perfecto italiano, lo mismo que les pasa a los descendientes argentinos de polacos, rusos, franceses y hasta diría que de españoles— aunque las traducciones simultáneas duraron… relativamente poco. En su defensa (con qué naturalidad uno defiende a sus progenitores), supongo que apenas se puede tener conciencia de lo agotador del trabajo de un traductor simultáneo si uno se propone convertir a otro idioma todo lo que se ve y escucha durante todo el día, y durante una cantidad suficiente de días, a alguien que es incapaz de comprender por sí mismo una sola palabra escrita o leída. Hay que hacerse la idea de que lo primero que uno encuentra al llegar a Grecia es del estilo: καλωσόρισμα.

El viaje sirvió en esencia para contar otra cosa en otro lado. Pero me quedan otras tres escenas griegas: la primera es la de sentarme en un bar de Leros frente al mar (todo Leros está frente al mar) y tomar una cerveza a solas y en el más milagroso silencio mientras caía el sol sobre un mar celeste y tibio y trasparente. A un par de mesas de distancia, un cura de la Iglesia Ortodoxa Griega tomaba lo mismo. Estaba vestido con su sotana negra, leyendo un libro, tan habituado al paisaje que no se molestaba ni por error en mirar alrededor. Cuando nos fuimos de Leros, me enteré de que el dueño del hotel —cualquiera que haya leído Plataforma, de Houellebecq, podrá hacerse una idea— no solo le gritaba todo el tiempo y tiranizaba a su esposa, sino que eso era una costumbre habitual de los hombres griegos —habitual y pedagógica, claro— y que, además, durante nuestra estadía, aquel hombre, que probablemente había visto muchas cosas antes, nunca había creído del todo que yo fuera el hijo de mi madre (tampoco me parecería relevante mencionar las tragedias edípicas de Sófocles sino otra vez Plataforma). La segunda escena es la de mi madre ayudándome a cortarme el pelo con una máquina en la habitación del hotel en Santorini, tierra volcánica sobre la que llueve dos veces al año (o como preferí verlo en aquel momento: uno de cada dos días en los que yo estuviera en Santorini). Era un corte de pelo que en su momento me pareció útil y hasta sofisticado, más europeo que helénico, en tal caso, y del que, al menos, puedo decir que no voy a repetir por segunda vez en mi vida. La última escena es la de mi madre conversando en un griego casi natal con un taxista durante un largo viaje por una isla —grabé la conversación— que le contaba sobre la presencia incierta de los Mavrakis en el lugar. Caminos apenas asfaltados, la estructura elevada típica de las regiones insulares, algún griego de edad incalculable montado sobre su burro de camino por el centro del pueblo y no por razones precisamente escenográficas.

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III
La dinámica del viaje. Entre Grecia e Italia lo que empezó a probar su resistencia fue la tolerancia a las consecuencias del famoso comando divino del Génesis 1,28: creced y multiplicaos. El inconveniente era que no siempre había dos habitaciones en el hotel, casi nunca había dos baños, casi nunca compartíamos mis sobreadjetivadas valoraciones éticas y étnicas sobre la amplia diversidad cultural y sexual que la naturaleza humana ofrece a la mirada del turista —en mi defensa, sin embargo, eso me hacía incluso más griego que ella: el neonazismo helénico hoy es un hecho validado en la cuna misma de la democracia— pero, sobre todas las cosas, no había forma de que yo aprendiera, hablara y entendiera griego mientras estaba en Grecia, ni de que aprendiera, hablara y entendiera italiano mientras estaba en Italia. Ese lazo frágil de lenguaje, esa relación en la que yo repetía una sola pregunta —”¿qué dijo?”— para que mi madre suspirara resignada y elaborara unas largas traducciones —”dijo que…”— finalmente se fracturó en Venecia, cuando mi madre, que hablaba griego e italiano desde la infancia —y francés desde la adolescencia— declaró que ya no traduciría más nada.

Ahora bien, de una manera u otra, uno siempre busca terminar con la dependencia materna. Pero no con la lengua materna. Y menos cuando lo de lengua materna se vuelve tan literal, tan absolutamente literal, al momento de establecer una relación de entendimiento básica entre las palabras y las cosas (ya que estamos, mi recuerdo más vívido de Venecia es que estaba plagada de negros: no creo que fuera ese dato lo que incomodaba a mi madre, sino más bien el tono estudiado de arcada con el que yo lo repetía cada dos o tres ponti di Venezia, donde los negros vendían carteras falsas). Seguro que existe algo llamado ira de hotel y es muy parecido a lo peor del jet lag. Pero lo superamos —en parte porque estábamos biológicamente destinados a superarlo— porque la estadía en Venecia fue de unos pocos días y luego volvimos a Buenos Aires, donde puedo hacerme entender bastante bien por mí mismo (hablo todos los idiomas excepto el de los pelotudos: ahí sí que nos miramos como un chico y un mono a través del cristal grueso del entendimiento, y no siempre soy yo el chico, y no siempre soy yo el mono).

Si no recuerdo mal, después de aquel mes recorriendo el Mediterráneo juntos no nos vimos deliberadamente durante unos veinte o treinta días, y eso probablemente pasó por las mismas razones por las que dicen los especialistas que los oídos se recuperan de la exposición al ruido a través de una exposición proporcional al silencio. La necesidad de armonía. Algunos años antes y algunos años después, como ocurre en todas las familias, compartimos viajes juntos a territorios que anticipaban nuevas costas extrañas: hospitales, morgues, cementerios. La experiencia podía reformularse pero nunca dejamos de viajar. Volvimos a encontrarnos lejos de casa en Nueva York.

IV
En la medida en que se ejecute de manera más o menos seria, toda disciplina estética exige tiempo y paciencia. En esto hubo otra lección inaugural materna (Paul McCartney recuerda que la mayor ventaja de sumar a George Harrison fue que sabía cómo afinar una guitarra y John Lennon recordaba que el primer instrumento en sus manos fue el banjo que le regaló y le enseñó a tocar su madre). Mi madre nunca ejecutó instrumentos musicales pero sí fabricó jarrones, ceniceros y adornos de cerámica, tejió muchísimos sacos y sweaters y bufandas, pintó y armó cuadros y también pintó y diseñó marcos para cuadros. En los últimos años se dedicó al vitraux. Pocas artes me resultan en lo personal menos pulsionales que las plásticas o la pintura —si algo me molesta, prefiero el arte dramático de la queja; si algo me interesa, prefiero el arte escrito de la narración— pero en pocas regiones de mi memoria hay alguna presencia de eso que Terry Eagleton llama el germen del trabajo intelectual.

Escribo fundamentalmente porque me gusta, “tanto como a otros las frotaciones furtivas o los hígados de pollo”, como dice el buen Eagleton, pero también porque mi madre no solo me trasmitió cierta idea sobre la paciencia sino también un gusto por la lectura. A esta altura diría que leer (libros) no tiene realmente ningún mérito especial (aunque Dave Eggers sostenga que las personas que leen son “menos manipulables”) si se lo compara con las frotaciones furtivas o los hígados de pollo. Sí es, probablemente, más barato y limpio que el hígado de un pollo, y probablemente la lectura también proponga un tipo de goce más extensivo en el tiempo que las frotaciones furtivas. Como fuere, mi madre, como todas las madres en algún punto de la infancia, nos leía cuentos antes de dormir (no podría describir la voz, la entonación, ni nada demasiado sentimentaloide porque no recuerdo nada, pero sí recuerdo que nos leía).

Mi madre también me compró mi primer libro —Los tigres de la Malasia, un clásico de iniciación de Emilio Salgari que, a diferencia de Eagleton con sus primeros Dickens, yo no conservo “en mi estantería”— a cambio de que dejara de resistirme a ir al dentista. Por algún motivo yo debo haber retirado mi resistencia, algo extraño en la infancia a cambio de algo extraño como un libro. Sí recuerdo que lo elegí personalmente, guiándome nada más que por la tapa, y que eso pasó en la librería Huemul,  una de las más hermosas de Buenos Aires, y una donde los débiles de carácter y de sangre tienen la entrada sutilmente prohibida. Europa bajo la forma de una larga lección sobre la tolerancia, el valor de la paciencia ante cualquier arte y el goce de la lectura. Nada mal, pero… ¿No asociaré para siempre la lectura con la extorsión? ¿No se activará en mi mente un oscuro mecanismo que transforma a la lectura en mero guilty pleasure? ¿Leo para regresar inconscientemente a aquella escena del premio por la obediencia? ¿A eso resumiría el psicoanálisis mi deseo de estar “en nómina por leer poemas y novelas, lo mismo que si se cobrara por tomar sol o practicar el onanismo”, como dice, por última vez, el buen profesor Eagleton?

La tarde que nos encontramos por casualidad bajo el arco en Washington Square Park en el Greenwich Village yo había estado recorriendo una librería groseramente grande en Union Square (una librería donde se les permitía a las personas agarrar un libro y sentarse y leerlo, sin comprarlo, aunque fueran negros). Pero algo había aprendido antes, así que ese fue un comentario que preferí no compartir con mi madre. Estoy más convencido de la obsolescencia de las librerías que del papel, pero eso no imposibilita que asocie la entrada a una librería con mi madre (con el recuerdo de la primera vez que entré a una librería). Tampoco necesito a Jacques Lacan para intuir por qué esa es la clase de paseo —que nada tiene que ver con ninguna cultura libresca: en mi casa no había literatura— que todavía prefiero hacer absolutamente solo o, en tal caso, sin la compañía de ninguna mujer. No le dije, mientras buscábamos un café y comentábamos el clima (y yo miraba atento para ver a Scarlett Johansonn o al menos a Fran Lebowitz), que había pasado media mañana adentro de una librería. Ella habría dicho que así desaprovechaba el tiempo en Nueva York y yo sé que habría tenido razón (sí debo haber comentado que la ciudad era grande pero, evidentemente, no tan grande. En tal caso, si yo contara esto en un registro ficcional, si contara que un argentino se encuentra por casualidad con su madre en una plaza en Manhattan, sin dudas estaríamos ante un problema grave de verosimilitud).

De los muchos viajes que habíamos compartido hasta entonces, Estados Unidos ofrecía una ventaja epistemológica trascendental: mi madre se negaba a hablar inglés, aunque estaba claro que lo entendía y probablemente lo hablaba sin inconvenientes. Así que esa vez yo me encargué de pedir y yo pedí la cuenta e incluso la pagué —excepto que sí pagué la cuenta, el resto es históricamente incorrecto: las tareas comunicativas se las delegué a mi hermana, que también estaba con mi madre, porque así es como los hombres griegos resuelven una parte de su vida: tiranizando a las mujeres— y antes sostuvimos el mismo tipo de charla casual que podríamos haber tenido en un café de Recoleta o en el living de su casa. Unos días después nos volvimos a encontrar, ya no por casualidad, en un coffe & bakery cerca de Times Square. La mayor parte del tiempo lo invertimos en nuestros propios smartphones para revisar en paz correos, redes sociales y otros falsos compromisos. Estuvo bien. Después paseamos por Times Square, nos sacamos unas fotos que nunca volví a ver y nos despedimos cerca de una de las bocas de subte. Occidente había elegido una buena escenografía para dar una de esas grandes representaciones de madurez e independencia en las que una madre y su hijo comprenden que pueden seguir adelante solos y caminar hacia lados opuestos. (Nunca le había faltado independencia a mi madre: antes de mi existencia ya era una de esas mujeres que habían aprendido a manejar antes de conocer a su marido, y había manejado varios autos propios, incluido un Jeep, y había sido así en varios países, y tenía una carrera y un patrimonio, en síntesis, un cuarto y una vida propios).

Para terminar: hace años, muchos años, cometí un error por el que quisiera disculparme. Había acompañado a mi madre a su consultorio, un espacio estratégico porque, a menos que los padres fueran descuidados con sus hijos, durante un par de horas se podía leer en una relativa tranquilidad y en una atmósfera de comprensible silencio. Era una época en la que tenía las tardes libres —la era de la escolaridad— y la sala de espera de aquel consultorio permitía leer. No estoy seguro del autor, pero creo que leía ese género de identidad conflictuada denominado non fiction. En algún momento, mi madre salió del consultorio para llamar a sus próximos pacientes, se tropezó y se cayó al piso (un piso alfombrado, pero sólido como cualquier piso). Desde los cuatro o cinco metros desde donde yo leía sumido en el mayor ocio lúcido posible, con las piernas cruzadas sobre una silla de metal, la escena no representó mayor tragedia: mi madre se había tropezado, algunas personas ya se habían acercado para ayudarla, ella se había levantado por sus propios medios: a lo sumo un raspón en la rodilla, no había sido nada. Fue por eso que apenas desvié la mirada de mi libro, corroboré lo que había pasado y sin inmutarme seguí leyendo (vuelvo a pensar en aquel religioso ortodoxo que leía ante un paisaje que no lo conmovía en lo más mínimo, ¿seríamos parientes y lo habré percibido por eso?).

A la distancia, supongo que podría haber hecho algo más que seguir leyendo. Al menos por el bien de la teatralidad mínima del parentesco más visceral que puede compartirse con otro humano. Debí haber sido más empático, es cierto. Al fin y al cabo, hasta los lazos filiales necesitan un poco de su propia representación para persistir. Pero aquella vez seguí leyendo. Bueno, querida madre, al menos estaba leyendo. Es más presentable que las frotaciones furtivas o los hígados de pollo. Y supongo que más representativo de mi condición inefable de hijo. Ahora diría que leía como quien talla y recorta su vidrio, o como quien compone y hornea su arcilla. Como alguien que trabaja su instrumento. Elaboraba mis lecturas como quien elaboraba su carácter. No sé por qué me habrá parecido más urgente que levantarme y ayudar. Calculo con más esperanza que certezas que, gracias a toda esa lectura, va a ser más difícil que me convierta en uno de esos tipos que aprietan Me gusta en su propio Facebook. O se jactan de viajar en bicicleta. O caen derrotados cuando alguien les sugiere que tal vez no siempre son tan geniales como sus propias mamis les habían hecho creer. Esos tipos que necesitan la certeza triste de los números para sentirse seguros, que se abrazan a la humillación y gozan el ridículo, esos que firman solicitadas colectivas a favor de los transexuales y de los árboles y cuando escriben usan la palabra “sitio” o “fango”. Esos que nunca levantan la voz para defenderse ante nada y viven en espera, escondidos en la identidad más conveniente, mendigando lástima y favores, pidiendo perdón y gracias, perdón y gracias, mientras les meten dos o tres dedos en el culo. Para no convertirme en un imbécil, querida madre, seguí sentado mientras los desconocidos se preocupaban por tu vida. A la larga voy a saber si valió la pena. Si tenemos suerte, incluso nos vamos a encontrar en algún rincón insólito del planeta para conversarlo mientras usamos el Wi-fi ////PACO

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