Orphan

Por Sebastián Robles

“Generé un espacio de contención, diálogo y aprendizaje”, declara en su mensaje inaugural de los foros Randall McLaren,  fundador y accionista principal de la red social Orphan, con presencia en más de veinte países y en plena expansión. McLaren cuenta su historia:

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“Tomé unos cursos de programación en la Universidad de Wisconsin. Lo elemental, suficiente como para que me contrataran para mantener el sistema de alguna empresa. No tenía grandes aspiraciones. Crecí con mi madre y hermano. Mi padre, que fue ingeniero electrónico, murió de un infarto a mis ocho años de edad. Yo era muy unido a él, así que la pérdida me afectó mucho. Nunca tuve una gran confianza en mí mismo, y me desanimaba con facilidad. Por este motivo, no fueron necesarias muchas entrevistas fallidas de trabajo para que perdiera las esperanzas. Con la amplia oferta de profesionales universitarios que había, nadie se molestaría en contratar a un buscavidas como yo, que sólo había tomado un par de cursos cortos. Saqué del banco los últimos dólares que me quedaban, tomé el autobús y me fui a New York, donde alquilé una habitación en una pensión del Bronx.

Fue una época muy particular de mi vida. La más oscura y al mismo tiempo, la más enriquecedora. Estaba solo por completo, las veinticuatro horas del día. Sin nadie con quien hablar. Mi madre había muerto dos años atrás. Mi hermano, que era biólogo, estaba haciendo carrera en el Amazonas. No tenía otros familiares directos. Me habían quedado dos amigos en Wisconsin, con los que chateaba e intercambiaba mails. Si un día dejaba de escribirles, a ninguno le hubiera llamado la atención.

En estos momentos, pensaba que las cosas me habían salido mal porque yo no tenía padre. Lo había tenido y nos quisimos mucho, tanto que ese amor prolongó durante un tiempo su presencia, pero ahora estaba irremediablemente solo. Nadie creía en mí. Sentí la orfandad en toda su fuerza. En la noche, en las calles repletas de personas, en los puentes. Ni siquiera consumía drogas, porque no sabía dónde conseguirlas, ni a quién preguntar. Creí que me mezclaba con los vagabundos del Central Park, hasta que me di cuenta de que yo también era uno de ellos.

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Una tarde de otoño conocí a John C. en un banco del parque. Nos habíamos visto algunas veces, de lejos, en nuestras rondas habituales. John era uno de los vagabundos más desconcertantes. Olía mal y su aspecto daba lástima. Sin embargo, a diferencia de los demás, lucía sereno y despreocupado, como satisfecho con su vida. Me ofreció un cigarrillo. Acepté. Era la primera vez en el día que hablaba con alguien, y ya estaba cayendo la tarde.

Lo recuerdo como si fuera hoy.

-¿Qué vida, eh? –dijo.

Asentí, suspirando.

-Difícil –murmuré.

-¿De qué se trataba? –preguntó–. Dejame adivinar: ¿una constructora?

-¿Qué?

-¿Una aseguradora? ¿Una tienda de ropa? –me miró más de cerca– ¿Empleado de banco?

Pensé que estaba loco. Estaba por irme cuando dijo:

-¿Por una mujer entonces? Me rindo. ¿Por qué estás acá?

No supe qué decirle.

-Acá todos estamos por algo –afirmó.

John C. había sido el dueño de un próspero restaurante italiano en Harlem. Nada de lujo, sólo una fonda para comer pastas y pizza al paso, pero de buena calidad. Llegó a tener cinco empleados. Pero en algún momento, las cosas empezaron a cambiar. Tomó préstamos en bancos. El I.R.S. le reclamó una deuda impagable, bajo amenaza de cerrar el local, cosa que finalmente ocurrió. Quedó en la calle y con cinco juicios pendientes, los de sus antiguos empleados.

-Que me vengan a buscar ahora –dijo y se rió.

Me explicó que todos los vagabundos del Central Park tienen una historia, que en casi todos los casos se refiere a un pasado de éxito y posterior derrumbe económico y emocional.

-El que va allá –dijo señalando a uno, que yo tenía visto desde hacía tiempo–, era CEO en una compañía de software. Esa mujer –señaló a una mujer de unos sesenta años, vestida con harapos, que empujaba un carrito vacío de supermercado– era cocinera en un canal de cable, donde llegó a suplantar a la conductora del programa cuando pidió licencia por maternidad.

-Yo soy huérfano –dije después de un rato.

John se volvió a reír.

-Acá todos lo somos.

Hablamos hasta la madrugada. John fue enfático y esclarecedor. Dijo que yo tenía que salir a buscar mi historia. Que no podía estar ahí, en el parque. Un agente del bien, de esos que se encuentran pocas veces en la vida.

-Todavía no es tu hora –repetía una y otra vez.

Nos abrazamos como padre e hijo. Al amanecer volví a la pensión y durante cinco días, no salí del cuarto. Cuando salí, ya tenía armado el primer bosquejo de lo que sería esta red social”.

Al igual que la mayoría de las redes sociales, Orphan es un sistema de foros y perfiles. Cualquiera puede abrir una cuenta. Su diseño es precario, pero el efecto es buscado. “Acá el huérfano se siente como en casa”, sostiene McLaren. “Nuestro marketing es la honestidad y el respeto por el otro. No me canso de repetírselo a mis empleados. En Orphan se habla con libertad, descarnadamente, de todos los temas. No hay miedos. Siempre existe alguien para respaldarte. La vida de los huérfanos es dura, porque impone pruebas. Pero si aprendemos a sortearlas, saldremos fortalecidos”.

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Existen al menos tres clases de usuario, que conviven de manera invisible y silenciosa. Aquellos que son realmente huérfanos, es decir, los que crecieron sin padres –dentro de los cuales existe una división, formada por los que carecieron de padre y los que carecieron de madre–, los que perdieron a sus padres a una determinada edad –entre quienes también hay diferencias, porque no es lo mismo la orfandad a los ocho años que a los treinta–, y una clase aún más curiosa de usuarios, que sin embargo es indudable: la de aquellos que no son huérfanos, pero tienen la sensación de serlo, y actúan el personaje porque les resulta liberador.

Los foros cubren los temas más diversos: sexualidad, política, literatura, religión. Hay una sección dedicada a la experiencia autobiográfica de los usuarios, que es la más nutrida de mensajes. Cada usuario que se registra cuenta su historia de vida, que puede ser real o ficticia, pero que en todos los casos se refiere a su experiencia con la orfandad. Muchos hablan de sus padres. Otros, los que los perdieron a más temprana edad o nunca los conocieron, se limitan al relato de su desolación. Algunos, incluso, son leídos y reciben respuestas: “sigue así, hermano”, “a mí me pasó lo mismo” o simplemente: “me ha conmovido mucho tu relato”.

La mayoría de los usuarios están satisfechos con el servicio. “Me cambió la vida”, dicen en muchos mensajes. Pero hay otros que se desencantan pronto, cuando sienten que no siempre son leídos como merecen, o que a nadie le importa lo que escriben. Para ellos, Orphan cuenta con un servicio de cuentas premium que fue furor en algunos medios y blogs, y que catapultó su éxito. Se trata de un foro exclusivo, de acceso restringido sólo al usuario y a sus padres, que son ficcionalizados por especialistas en contenidos de Orphan.

Luego de efectuar el pago, el usuario completa un formulario exhaustivo acerca de su padre, su madre o ambos, donde además relata algunos de sus recuerdos más importantes con ellos. En base a sus respuestas, el especialista en contenidos crea padres virtuales, con los cuales el usuario mantiene un intercambio en los foros. La aceptación del público fue inmediata.

Hay quienes opinan que McLaren en persona se encarga de representar a los padres en los foros, pero esto no es posible ya que las cuentas premium de Orphan son miles y en más de diez idiomas diferentes. Por si quedaran dudas, él mismo lo desmiente:

“Sólo lo hice algunas veces, al principio. Ahora no me queda tiempo. Superviso todo lo que ocurre en Orphan, pero no me involucro personalmente. Tengo una familia que mantener. Seis meses al año vivo en un piso 20, con vista al Central Park. A veces, por las noches, me siento a mirar por la ventana y pienso en las palabras de John: tarde o temprano, todos volvemos ahí”.///PACO

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Un comentario en “Orphan

  1. Me encantó la historia, la orfandad da para mucho, a algunos les sirve como razón, motivo,e incluso excusa, para sobrellevar la vida o padecerla. Por ejemplo, si nos sos heredero de un padre,, entendido como alguien que que se ocupó de vos. Podés alegar que tus circunstancias son su consecuencia,, por eso vagás o, te drogás o, mentís o lo que sea y nunca podrás salir de ese goce que te consume por culpa de la orfandad. Hay en cambio otros que tienen padres, que se ocuparon ellos y los resultados son los mismos…”es por culpa de mis padres” . McLaren parece no pertenecer ni a un caso ni al otro, aunque no lo sepa e invente vaguedades que justifican su “sitio”, lo fabuloso es su creación, es decir hacer a partir de la nada.

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