Memorias de un hacker

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Por Sebastián Robles

Marcos L. recibió a Revista Paco en las oficinas de su agencia digital, donde nos contó su historia.

Todos somos hackers. Para conquistar a una mina estás hackeando. El hacking actual es un 70% ingeniería social y un 30% sistemas. También podés entrar por sistemas, pero con la ingeniería social a veces ahorrás mucho tiempo. Ingeniería social es hacerle creer algo a otro y que lo vea con sus propios ojos. Y también podés ir al sistema o a cualquier tipo de tecnología, pero al fin y al cabo lo que estás hackeando es la mente de la otra persona. Cuando vos te hacés el lindo para ganarte a una chica, más o menos estás haciendo eso. Capaz que no le hacés creer nada y está todo bien, pero ahí también de alguna manera la estás hackeando.

La educación sentimental

Yo realmente me creí que la vida era divertida. No es que lo leí. Nunca pasó por otro lado. No había algo más allá. Era divertirme, pasarla bien, y bueno, detecté muy rápido que hay una gran mentira dando vueltas. En todo, en la gente, en las formas de ser, en lo que se dice, en lo que queda, en lo que se termina haciendo. Por ningún principio moralista, de ninguna manera: yo también miento, yo también hago las cosas como las hace todo el mundo. Con conciencia y por otro lado, también con inconciencia, como todos. El tema es que nos educan como nos educan para que seamos lo que somos, entonces uno trata de sacarse el polvo.

Íbamos a jugar al fútbol al parque, con un amigo. Nos metíamos en un partido con otros chicos. Yo pateaba la pelota bien afuera, el pibe estaba a quince metros, escondido atrás de un árbol, agarraba la pelota y nos íbamos corriendo. Llegamos a tener unas trescientas pelotas. Le cagamos la infancia a más de uno, pero era nuestra manera de divertirnos. Yo vivía justo atrás del parque Rivadavia, entonces era como mi patio, y jugábamos a esas cosas. No había manera de que yo hiciera una tarea para el colegio, nada.

Mi primer beso de lengua lo di en sexto grado. Todo un revolucionario dentro de mi grupo. Era un pelotudo soberbio. Recién a los diecinueve años descubrí que una chica es una persona. Empecé a creer que tenía que hacer las cosas bien un sábado en que estaba cogiendo como con seis minas, pero con todas estaba peleado. Quería coger a alguien, y cuando llamé todas me cortaron el rostro. Entonces dije: “esto a mí no me conviene”. Hablando en serio, yo creo que las mujeres marcaron mucho en mi vida. Mi parte buena tiene que ver con ellas. Con mis amigos me divierto, me relajo, también con las minas, pero con ellas además aprendo, genero contenido.

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El evangelista

En un momento mi vieja me cortó el chorro. Me dijo: “no querés estudiar, bueno, hacé la tuya, hacete hombre”. Tuve que empezar a trabajar así que entré en una empresa de venta directa, con un sistema piramidal. Tocabas una campana si vendías una X cantidad de productos y eso lo lograba la gente después de meses. Yo a los dos días ya había tocado la campana y al tercer mes me dijeron: “mirá, flaco, no quiero que salgas a vender más, vas a ser asistente del gerente”. Y después de asistente del gerente me dijeron: “como cumpliste tan rápido con los objetivos queremos que empieces a viajar por el mundo y cuentes tu caso de éxito”. Me hicieron leer un montón sobre psicología, especialmente la parte de ventas, que en sí es cómo manipular gente. Así que empecé a viajar y conocí como dieciocho países. Me llevaron a Chile, a Brasil, a todas partes. Yo me paraba delante de quinientas, seiscientas personas, y tenía que venderles que el sistema funcionaba. Y en verdad, era cierto.

Ese sistema me enseñó a ser positivo en la vida. Los típicos libros de autoayuda que vos decís “esto es una mierda”, a mí me formaron. Me enseñaron a no decaer, a ir para adelante en las cosas que hago, a entender que todo es posible. Yo tenía que llevarle eso a la gente. Era una secta, como deben ser ahora Herbalife, cosas así. Yo daba una charla y los tipos salían motivados a vender. Hacían venta directa en frío, con gente que no conocían, era muy difícil, es la venta más difícil que existe. Tenés que ser una especie de evangelista. Vos ibas con una determinada cantidad de productos y tenías que buscar un lugar, un negocio, algo donde dejarlos.

Yo muevo la cabeza de arriba abajo y  me río, y vos te reís y hacés así con la cabeza. ¿Ves? Es un contagio. Creo que hubo un click cuando logré venderle a un chino. No entendía nada el tipo y era como un chiste en el grupo: “si le vendés a un chino sos un genio”. También hice taradeces como venderle una pelota de básquet a una vieja que no tenía nietos, no tenía nada, pero le dije que quedaba bien para decorar su casa. La vieja se rió tanto, que me terminó comprando.

En algún momento crecí en la forma de pensar. Y empecé a decir lo que a mí me gustaba. Era un pibe de diecinueve años con un montón de guita encima. Me sentía Mick Jagger: hidromasaje, minas, hoteles en distintos lugares del mundo. Iba a convenciones, me presentaban a este, al otro, al manager de Canadá, la empresa estaba en todo el mundo. Pero la lectura, si tenés un poco de materia gris, te va llevando a otros lugares. Un libro te lleva a otro libro. Y fui llegando a libros que quizás esta gente cuando planificó que yo leyera de la A a la Z, no se imaginaba que existía. Y esos libros explicaban técnicas de cómo estaban escritos los otros libros. Me daban mensajes mucho más atractivos.

Entonces empecé a dar charlas más fuertes, donde decía cosas que quizás no convenían tanto. Decía que todo esto se podía hacer, pero que si tenías más de cincuenta años… “¿A ver, quién tiene más de cincuenta años?”. Y levantaban la mano. Eran, no sé, cuarenta, y entonces yo les decía que se replantearan lo que querían hacer. Porque al fin y al cabo la vida en algún momento termina. Y hay que ver si realmente tenían ganas de estar cargando cajas y vendiendo productos. Si realmente lo querían hacer, fantástico, seguíamos adelante. Al fin y al cabo, yo siempre cerraba con un mensaje positivo. Los motivaba a que terminen haciendo algo. Pero ya no era lavar cabezas para mí, por lo menos. Iba con la verdad. Este era un sistema que funcionaba.

Un día los de la empresa me sentaron y me dijeron que yo no podía haber dicho esto y aquello. Me pasaron hablando en un video. Dijeron: “fijate, acá estás desmotivando por esto y por lo otro”. Yo argumenté punto por punto por qué no era así. Me dijeron que piense lo que quería hacer. Dije que no quería seguir trabajando y me fui. Recibí treintipico de llamados para que vuelva. Yo me tomé tres o cuatro meses para reencontrarme conmigo mismo.

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La triple frontera

Hipotequé el departamento que tenía, me lo comí, terminé alquilando una casita en Versalles, pero conservé un capital. Yo había viajado, tenía facilidad para vender, de Paraguay me había interesado la Triple Frontera y me dije: “si logro traer cosas baratas de allá a la Argentina, no necesito depender de nadie más”.

Llegué a Encarnación, que está en frente de Misiones. Mi idea era traer estéreos Pioneer. Recorría local por local preguntando precios. Y había un tipo, Marcelo, que era un árabe y un genio. El tipo siempre tenía el mejor precio, cinco o diez dólares menos. Un estéreo que costaba 150 en Paraguay en Buenos Aires se vendía a, no sé, 400 dólares. Me hacía el langa, le decía que le iba a comprar sesenta estéreos, pero primero tenía que probar si podía pasarlos por la frontera. Yo le caía bien por la actitud que tenía, pero se daba cuenta de que lo estaba chamuyando. La primera vez que nos vimos le pedí precio por diez estéreos. Me dijo: “te voy a pasar el mejor precio de toda Encarnación”. Y me pasó, no sé, 1700 dólares. Le dije; “bueno, dejame ver”. Fui a recorrer los otros locales. Todos pedían 1900, 1950. Cuando vuelvo a lo de Marcelo, me dice: “Mirá, ahora es 1800”. Me hizo un CRM, un customer relationship management, de la hostia. Y empecé a ir ahí. Después me enteré de que el flaco tenía siete locales en Encarnación. Es decir que yo iba a pedir precio a los locales de él, pero igual me fidelizó. El tipo tenía el mejor precio.

La cuestión es que le caí tan bien al flaco, que me adoptó. Me pasaba precios que me ayudaban muchísimo, ponía los productos directamente en Misiones, lo cual me evitaba el riesgo de la aduana. Era contrabando menor, pero empecé a vender y después de un tiempo abastecimos Libertad y Warnes, me aburrió.

No me pasaba por la cabeza, en un mundo de garcas, cagar a nadie. Yo te podía volver loco, te decía de todo, pero jamás me quedaba con algo que no era mío. Y pasaba algo muy raro. Vos decís: “si estás en un mundo de garcas y no sos garca, te cagan”. A mí me pasó todo lo contrario. Esa gente veía algo en mí que era diferente y lo respetaba. Capaz que era lo que estaban buscando en alguien, y como lo encontraban en mí, les caía bien.

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“Hackear es como entrar en una habitación a oscuras”

Los árabes eran unos locos de mierda. Tenían campos enormes con casas gigantes. De repente dos hermanos se pusieron a discutir y empezaron a tirarse tiros al oído. No se pegaban tiros, pero si vos estabas en esa ráfaga te la comías. Entonces dije: “esta gente está enferma”. Así que me fui abriendo porque en cualquier momento me comía un tiro.

Yo tenía de chico una Commodore 64, pero después me perdí durante un tiempo, y volví a las computadoras con una Pentium II 300mhz. Cuando me la compré no sabía manejar un mouse. Y le dije a toda la gente que estaba alrededor mío que yo me iba a dedicar a la informática. Un poco porque estaba aburrido del trato con la gente. Era un resguardo a tener que lidiar con gente, a depender de otros. Y me atrapó mal, al punto de que me quedaba dieciséis horas despierto, estudiando, leyendo, haciendo.

Cuando empezás a hackear sentís que tenés un poder. Es como un juego de rol que te da un poco de vida, que te abre los ojos. “La pared no está ahí, sino un poco más lejos”. Y hackear es como entrar en una habitación a oscuras. No ves un carajo y tenés que empezar a tantear hasta que decís: “bueno, acá está la puerta, acá está la ventana”. Una vez que encontrás todo eso, tenés que ver cómo abrirlo sin dejar tus huellas digitales. Estás entrando en un lugar donde no sabés qué carajo hay. Hasta que lo empezás a descubrir. Inclusive puede haber algo que esté preparado para que vos estés ahí, y te estás comiendo una pija de dos metros. Puede pasarte eso.

Yo hablo en plural porque hablo de mí y de amigos míos. Internet ahora es super rico, cuando comenzamos con todo esto tenías que traducir del ruso, y no existía el traductor de Google. Lo que yo no sabía, lo sabía otro. Era toda una movida, había que ir al parque Rivadavia a comprar los cds. Costaba mucho buscar la información. Entonces tenías que buscar al flaco que sabía tal cosa, al que sabía tal otra. Y las convenciones de hackers eran muy escasas, había una cada tanto. Era una movida muy rara. Así que nos pusimos a estudiar.

Cuando vos empezás a hackear, te decía, tenés un poder. Y para qué carajo te sirve un poder si no lo usás. La bomba atómica, si no la tiraban en Hiroshima, no les hubiera dado tanto poder a los que la tenían. Obviamente, te sirve tenerla. Pero si no la tirás, cómo van a saber los otros el daño que puede ocasionar. Es un dato cientifico, matemático, que no existe en términos de vidas humanas.

Hackeamos empresas por el solo hecho de hackear. Para decir: “te entré, no tenés más nada, no tenés más página web, te borré todos los archivos, te hice mierda”. Y la primera vez se me paró la pija. La segunda ya no se me paró tanto, y la tercera menos. ¿Para qué carajo estaba haciendo eso? ¿Qué era, un destructor? No tenía ningún sentido.

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Las multinacionales

Cuando hackeé a la primera multinacional grande (nota del editor: de ahora en adelante, MG), ya había aprendido esa lección. Entonces entré, hice un análisis de las vulnerabilidades, llamé por teléfono y dije: “¿Ves tu sitio que está online? Bueno, ahora ya no está más”. El gerente de marketing, que fue el que me terminó atendiendo (después de haber pasado por Compras, por esto, por lo otro), me dice: “pará, poneme online de vuelta”. Lo puse online. Me corrió por el lado legal, que estaba mal lo que estaba haciendo, que podía ir preso. “¿Vamos a hacer una reunión, no?”, me decía.

Fui en bermudas, con ojotas y lentes negros. “¿Qué hacés así?”, me dijo el tipo. Estaban todos los gorilas de traje. Les demostré que yo entré en su lugar de trabajo en ojotas. Yo estaba mal de la cabeza. A los quince minutos de charla con este flaco, me dice: “Yo creo que mi novia me está cagando, ¿vos me podrías ayudar?”. “Bueno, vemos”, dije.

Me presentó a un tipo que estaba a cargo de “Ventas especiales”. Es el sector que se encarga de las ventas de más de X cantidad de unidades. Tenían un sistema de facturación de mierda. Querían trasladar las ventas especiales a ese sistema y no podían. Yo tenía que hacer algo nuevo. Así que hicimos el sistema, que manejaba toda la facturación y las ventas de MG. Funcionó muy bien. Mientras tanto, el de marketing nos daba boludeces. “Hacé un banner, hacé esto, hacé lo otro”. Yo no sabía lo que era una agencia digital, ni una empresa. Les cobraba, no sé, 500, lo que otros le cobraban 1000. El gerente de marketing me tuvo un año y medio dándome boludeces.

MG tiene, como toda empresa grande, un departamento de Compras, donde le ponen un precio a tu producto, un precio mínimo, porque te van a decir que tu producto no vale. Te dicen: “flaco yo como carne por dos pesos cuando voy a la Costanera”. Vos les decís: “pero yo tengo un restaurante, tengo otros costos”. Y te dicen: “pero no deja de ser vaca”. Discursos completamente vacíos. Te negrean. Así y todo, me recontra servía. Era uno trabajando para MG. Después éramos dos, y después tres. Todas las empresas que trabajan para MG tienen cuarenta, cincuenta, sesenta personas.

Empezamos a conseguir también otros clientes. Nos contrataban para proteger la marca. En otra multinacional, un presidente se había mandado unos quilombos con una entidad gubernamental. Un negociado. Alguien en el medio no quedó conforme y empezó a mandar mails a todos lados, incluso a la casa matriz en Estados Unidos, contando el negocio del presidente de la multinacional con el gobierno. Era terrible. Nosotros estábamos en el under de la informática. Todo lo que no podían hacer las agencias digitales, lo hacíamos nosotros. Las cosas más difíciles.

El correo de este tipo estaba en Hotmail. Había que entrar ahí. Eso significa hackear a Microsoft. Capaz que en Argentina no te pasaba nada, pero si después querías salir del país, no podías porque te disfrazan de terrorista en dos segundos.

¿Cómo logramos entrar en esa cuenta? A través de ingeniería social. Ahora es super lamer, pero en su momento no era tan común. Se le mandó un formulario a este tipo, desde una cuenta de Hotmail, al estilo de security@hotmail.com, donde le decíamos que habíamos detectado intentos de intrusión en su cuenta, y que para protegerlo por favor coloque su usuario y password, para saber que él era el usuario real. Cuando el tipo cae, nos llega a nosotros la información a través de un servidor español gratuito que habíamos contratado. Entramos en la cuenta como si nada. Pero no le cambiamos el password. Cuando volvió a entrar le apareció un aviso que decía “detectamos que está haciendo cosas ilegales”, etcétera, como si fuera un aviso de Microsoft. Vimos que había entrado a la cuenta desde el IP de un locutorio en Caballito. La gente de la multinacional quería mandar a dos patovicas para agarrarlo y reventarlo a trompadas. Nosotros los mandamos a otro locutorio. Lo protegimos. No lo mandé preso. Pero el tipo se cagó hasta las patas, no abrió ninguna otra cuenta y pararon todos los correos.

Me pagaron la mitad de lo que tenían que pagarme. Así es el mundo de los negocios en la Argentina. Pero yo protegía al presidente de la marca. Y eso me sirvió.

Agarramos las cuentas completas de MG y de otras empresas. Una cuenta completa significa un presupuesto de dos millones al año. Hacíamos cosas con mucha calidad. Nos encontramos con que el mercado era muy mediocre. Te piden las cosas para ayer, lo más berreta posible. No es un tema de tiempos solamente, sino de inversión. Me llevó cinco años entender que lo que yo hacía era demasiado. Con esa calidad trabajamos los productos nuestros. Hoy por hoy tenemos siete departamentos: ingeniería y programación, diseño, datacenter e infraestructura, comunicación y marketing, audiovisual…

Todos intentamos etiquetar a la gente. La palabra “hacker” no me gusta. Yo no lo llamaría así. Si me vuelvo loco con algo, tengo la posibilidad de llevarlo a la práctica. La palabra “hacker” es vacía, no dice nada. Lo que importa es la posibilidad de entrar.///PACO

5 comentarios en “Memorias de un hacker

  1. Estaba dudando de la autenticidad del relato, pero, siendo trabajador en IT, esto me resultó familiar:
    ‘ Te dicen: “ flaco yo como carne por dos pesos cuando voy a la Costanera”. Vos les decís: “pero yo tengo un restaurante, tengo otros costos”. Y te dicen: “pero no deja de ser vaca”. Discursos completamente vacíos. Te negrean. ‘

  2. Amén, la historia de mi vida, siempre fui un ganador, un capo, salvo el final: ataques de pánico, fechas incumplibles, clientes cada vez más grandes que le pagan a un intermediario para que te pague lo menos posible. Y tengo 46 años. Estoy podrido de BASIC y sus sucesores, todo para que otro se forre. Me doy cuenta que cuando hicimos K-net estábamos haciendo algo más grande que nosotros. No estuvimos a la altura: hoy seríamos buenos jefes de empresas informáticas pero nos dedicamos a la joda, a las drogas, al reviente. Hay que juntarse.

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