En guerra con la piel

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Por Nicolás Mavrakis

I
A finales de los años noventa, un profesor de biología habló sobre órganos de choque. Los órganos donde —explicó— impactan las tensiones psíquicas, el lugar físico donde el espíritu somatiza (del griego σομα, cuerpo). Un paso importante de compromiso en mi relación con la piel, que es el órgano más grande de todos, incluso más que el cerebro, el segundo preferido por todos los hombres. No recuerdo el nombre del profesor que puso palabras al conflicto —alguien le dijo una vez que usaba una camisa idéntica a la de los empleados de McDonald´s y no la usó más— aunque desde entonces mi piel y yo fuimos menos extraños. El lenguaje, sin dudas, es un elemento determinante para descubrir el motivo de una lucha. Sin sus precisiones, la lucha sería imposible. Mi piel y yo. Una relación a largo término, así que tratamos de llevarnos de la manera más civilizada posible. No es fácil.

Los primeros golpes los dio la piel cuando yo todavía no podía defenderme. Eso me pareció una falta de diplomacia, pero después empecé a verlo como un casus belli de latencia infinita para usar a mi favor. Faltaban años para comprender todos los rigores de la diplomacia. La palabra forúnculo (del latín furuncŭlus, ladronzuelo) se sumó a mi léxico cuando no hacía mucho que había aprendido a caminar y cuando hacía bastante menos que había aprendido a hablar. Forúnculo era una palabra tan real que la mayor parte de las veces podía verla en el espejo: primero como una pequeña erupción de contornos colorados y una punta blancuzca, después como una erupción más respetable, con el epicentro oscuro y la piel alrededor colorada y sensibilizada. Después de eso, forúnculo se transformaba en la clase de palabra que se podía ver y se podía sentir: un dolor preciso y agudo, un dolor palpitante y permanente que bailaba con tranquilidad en medio de la espalda, en medio de la frente, en medio de la nuca.

El dolor podía ser tan abominable que me lo trataban con paños de agua tibia y a veces con saquitos de té. La piel me enseñó muchas palabras gracias a esa particular capacidad para volverlas visibles y tangibles. Esto tiene sentido porque forúnculo tenía un hermano mayor más bien fantasmal —no se podía ver entonces ni ahora— de nombre más gracioso y casi infantil: estafilococo. No era precisamente la clase de personaje que bailaría con una careta gigante inflando globos en un cumpleaños de chicos de seis años. Pus era otra palabra, el hermano menor de forúnculo y estafilococo. Menor porque era más corta, pero también porque cuando el forúnculo en algún punto de mi cuerpo explotaba, lo que emergía del interior de la dermis no era lava sino pus. Un compuesto de suero, leucocitos, células muertas y otras sustancias repugnantes que entre los cinco y diez años representaba el último enemigo en pie antes de su fuga final hasta el próximo combate.

II
Durante mi vida como alumno de primaria traté de una manera ambigua con esas apariciones extrañas en la piel. Una piel de por sí muy blanca, muy limpia, sin imperfecciones, sin cicatrices, ni manchas, ni desórdenes visibles de ningún tipo. Todo era perfecto hasta que dejaba de serlo de una manera teratológica (del griego τeρας, monstruo). Pero el orden, al final, se restablecía. Y unas semanas después de la erupción, ni siquiera quedaban cicatrices. Ninguno de mis compañeritos me cargaba —y el que una vez me hizo estallar un forúnculo por accidente realmente me ahorró con algo de dolor una semana de lento padecimiento— y ninguna de mis compañeritas dejaba de sentirse atraída por mí, lo cual todavía, por suerte, sigue pasando con nuevas compañeritas. Aunque recuerdo que tuve incluso algún orzuelo —otra palabra del género realista que podía dejarme un ojo al estilo de Rocky Balboa en un noveno round— también recuerdo que nunca fue tan grave. Los forúnculos aparecerían no más de dos o tres veces en todo el año. Y nunca inhibieron mi capacidad de estigmatizar a otros por sus defectos. En la cadena darwiniana de la infancia, el verdadero inadaptado es el hipersensible que no se atreve a experimentar la crueldad. Lo que mis padres —médicos— me explicaban es que a lo sumo mi piel era muy sensible —algo que más adelante se matizaría con términos menos elegantes como grasosa— y que, en tal caso, no me hiciera problema. En definitiva: no era grave. Y eso, repetido por padres que son médicos, disuelve con eficacia muchas inquietudes.

De haber preguntado más, me habría preparado mejor para el verdadero escenario bélico que me esperaba: la pubertad. Durante esta etapa de mi relación con la piel ambos embajadores fueron retirados de sus respectivos territorios, el diálogo fue interrumpido y la Convención de Ginebra se transformó en una ficción inicua (del latín iniqŭus, contrario a la equidad). Oh, sí, habría muchos secuestros clandestinos, muchas torturas ilegales, muchos fusilamientos públicos y muchos bombardeos con armas químicas sobre poblaciones civiles durante esta etapa. Cruda y verdadera y rejuvenecedora guerra. “It makes no difference what men think of war, said the judge. War endures. As well ask men what they think of stone. War was always here. Before man was, war waited for him. The ultimate trade awaiting it´s ultimate practitioner. That is the way it was and will be. That way and not some other way”. Cormac McCarthy en Meridiano de sangre.

Fue la época de una piel eruptiva e irritable y la época de un arsenal de nuevos sustantivos como acné (del griego aχνη, eflorescencia), foliculitis, eccema (del griego eκζεμα, erupción) y celulitis, que en su acepción clínica se refiere a la inflamación del tejido conjuntivo subcutáneo, y también de adjetivos del género dramático como nodular y papuloso. Este despliegue de violencia fue posible —por mi parte— gracias al exilio simultáneo del país donde había mujeres, entre los últimos años de la escuela primaria y durante toda la secundaria. Para la mirada de los jesuitas que me educaron y entre los que crecí, el acne vulgaris era tan irrelevante como invisible porque la mirada masculina registraba —y registra— únicamente tres instancias: la fraternidad masculina (el amor), la ausencia de fraternidad masculina (el odio) y las mujeres, cuyos cuerpos sirven para la multiplicación de lo primero o lo segundo. La ausencia de testigos interesados, entonces, me permitió recurrir a tristes e indignas fórmulas —todas las cremas, pomadas, lociones y ungüentos que puso a mi alcance un acceso irrestricto a la industria farmacológica y cosmética— al punto tal que, por un lado, aunque nunca tuve la confirmación clínica, mi piel se hipersensibilizó para siempre, mientras que por otro llegué a convertirme en un gran sommelier de ácidos fusídicos aromatizados. A pesar de todo, como ocurre con nuestros olores íntimos, los del sudor y la cera de los oídos, e incluso con los excrementos, también llegó a haber en aquel aroma mutante algo satisfactorio, una fetidez personal que me decía quién era yo.

Había una pomada de color rojizo que se solidificaba sobre la piel como si fuera revoque y un ungüento que podía brillar en la oscuridad. Oír sobre un grano o un punto negro me resultaba tan enternecedor como a un rescatista especializado en terremotos urbanos oír sobre los efectos calamitosos del polvo acumulándose un poco todos los días sobre la superficie de un plasma. Lo mío era una guerra de ocupación, con avanzadas y retrocesos, tierras robadas y rescatadas, períodos de paz y ataques sorpresa. Las traiciones eran habituales y la guerra me obligó a convertirme en alguien suspicaz. Mi piel se hacía cada vez más sensible a cualquier contacto y yo me hice cada vez más sutil ante el radar de los agentes patógenos. La guerra me cambió. Desarrollé el hábito de entrar a un lugar y detectar el baño y lavarme las manos. No es asquerosidad: es inteligencia y contrainteligencia. Desarrollé la disciplina de no tocar a nadie —otro hábito perdurable— a menos que sea inevitable —la mano para los hombres, besito distante para las mujeres— y no tocar billetes, barandas ni pasamanos —las plataformas de gérmenes más populares del mundo— y no me preocupa que eso pueda interpretarse como repugnancia al género humano (más allá de la guerra, el género humano es repugnante).

Una de las lecciones más duras fue aprender a no responder el llamado del trabajo, las reuniones sociales e incluso del sexo si la guerra lo requería. Evitar todo lo humano que fuera necesario por la piel, que basa casi todos sus ataques en factores psicológicos: el territorio donde el enemigo se ha especializado. Como toda disciplina, requiere voluntad. Pero si John Updike —al que le estoy robando algunas líneas— dejó un buen trabajo y se fue de Nueva York porque la sombra de los edificios no ayudaban en nada a su psoriasis… La gimnasia cotidiana de medir el tiempo de exposición social, controlar el brillo y la grasitud y conocer los efectos inmediatos de la sudoración requiere astucia y voluntad. En la guerra, cualquier distracción se paga: en verano, el calor y la piel pueden derivar en un desastre. En invierno, el frío y la piel pueden derivar en un desastre. Los pañuelos que se usan durante un resfrío son una desgracia para la piel de la nariz. Las toallas de tela reseca: otro elemento desmoralizador. Piercings y tatuajes son tan ajenos como las leyes de matrimonio igualitario. Un whisky barato puede convertirme en un árbol de Navidad, mientras que el Lagavulin es el verdadero néctar de los dioses. En 2002, cuando la guerra atravesaba un período de alto el fuego, por algún tipo de distracción conocí cara a cara a uno de los hermanos más inadaptados de estafilococo: se llama estreptococo y le gusta comer carne. Sé que está ahí afuera, sé que está haciéndose más fuerte.

III
¿Qué enseña estar en guerra con la piel? ¿A estar en alerta permanente? ¿A la desconfianza ante lo que no parezca libre de patógenos? ¿A descubrir la fuerza de una negatividad vitalicia? En mi caso, la guerra me educó en el arte de envidiar la piel de los otros. Una piel cetrina (del latín citrīnus, de citrus, cidra) es aún más inmune al flagelo que una piel negra. Tampoco tengo de registro asiáticos con la piel visiblemente afectada, al margen de las asiáticas que quieren occidentalizarse con la cosmetología habitual y se destruyen la piel. Pero eso es meramente reactivo: basta saberlo para curarse. Y los asiáticos no tardan demasiado en descubrir lo que les conviene. Los pobres, por ejemplo, tienen buenas pieles, pieles resistentes por las que sí estaría dispuesto a dar algunas monedas durante los semáforos. Imaginar la locura es un problema gnoseológico para las mentes sanas, pero imaginar una piel inmune es ontológicamente imposible para una piel en guerra.

¿Cómo será vivir en el descuido eterno? ¿Cómo será caminar sobre un territorio virgen sin pensar en las minas terrestres de aceponato de meilpresdnisolona? ¿En qué ocupa su energía una mente para la que la doxiciclina y el clotrimazol son palabras ocurrentes con las que no va a cruzarse ni siquiera cuando juegue al ahorcado con un toxicólogo? Desde hace años, después de bañarme, me seco usando un secador de pelo. La recomendación la hizo una dermatóloga de guardia uruguaya en Punta del Este. De esto hay testigos. La última vez que tuve que hablar para un auditorio, compré maquillaje para disimular cualquier imperfección. Una de las personas leyendo esto lo sabe porque le compré un esmalte para uñas a cambio de su ayuda y de su discreción para la aplicación.

El mayor descubrimiento de mi guerra con la piel, sin embargo, es reciente. En términos léxicos, compone una hermosa combinación de palabras. En mi mente se representan, cada vez que pienso en ellas, con luces de neón. Dermatitis seborreica (del latín sebum, sebo) crónica. Tres divinidades infernales, tres gorgonas que se pasean con purpurina sobre mi piel. La dermatóloga que me diagnosticó la enfermedad —enfermedad parece un término demasiado fuerte para un trastorno que no es contagioso, apenas doloroso ni debilitante; sin embargo, la dermatitis seborreica crónica tiene la volatilidad de una enfermedad, la sensación de que otra presencia comparte tu cuerpo y te singulariza en los felices rebaños de humanos saludables y normales—, una catedrática proba y amable, tampoco se ahorró una metáfora didáctica:
—Como decía un profesor en la universidad —dijo—, es algo que va con uno de la cuna al cajón.

De la cuna al cajón. Cicerón no habría encontrado una fórmula más elocuente. Cuando se lo conté, mi padre —un hombre con el que nos tratamos de usted sin ironía— se permitió cierto optimismo: dijo que nunca le creyera a nadie, en especial a un médico. Dijo que el trabajo de un médico es asustar al paciente para que el paciente le obedezca y no fracase el tratamiento. Por su lado, la dermatóloga dijo que se trataba de algo genético. Como nacer negro o asiático, como nacer mujer o como nacer homosexual o gnomo; algo inevitable, algo que me esperaba desde antes que yo pudiera saberlo; en pocas palabras, me comunicó que no había salvación: la guerra estaba perdida. (“Se podía salvar a la gran masa aunque solamente a costa de enormes sacrificios de tiempo y de perseverancia. Pero a un judío, en cambio, jamás se le podría liberar de su criterio”, escribió Hitler en Mi lucha).

Desde ese momento, la relación a largo plazo evolucionó a un matrimonio indisoluble. Lo llevo como puedo y trato de no chocar. Cada uno tiene su televisor y su heladera, cada uno intenta hacer su vida sin molestar demasiado al otro —el General Ceporexin, al que estoy dispuesto a defender en cualquier corte marcial internacional aunque continúen encontrando fosas comunes desbordadas de cadáveres, es capaz de volver si lo provocan—, cada uno intenta que los saludos en el living y los encontronazos inevitables en la cama, un par de veces cada uno o dos meses, sean civilizados. Es un vínculo católico: sólo la muerte nos va a separar. Mientras tanto, la guerra de confrontación volvió a ser diplomática. Nuestros embajadores se tratan con cortesía y con dureza porque los términos de la rendición no son sencillos. Juegan bastante al ajedrez pero con fichas distintas. El movimiento de un antibiótico de mediano plazo, por ejemplo, tiene como respuesta un antimicótico de corto. Algo así como cuando los soviéticos retiraron sus misiles de Cuba para que después los norteamericanos retiraran sus misiles de Turquía.

Por su lado, la dermatitis seborreica crónica genera narcisismo —como la crónica seborreica en la que creen los periodistas—, siempre que se pueda imaginar un Narciso a quien no le gusta lo que ve —algo imposible para la insensatez de la crónica seborreica en la que creen los periodistas—. Los espejos para afeitarse y los retrovisores de los autos son despiadados, mientras que los espejos ahumados de los aviones te elogian y consuelan: la cara siempre tiene el mismo aspecto leonado que el de los actores. Mientras tanto, lo que yo repito a quien tenga cerca es que mi piel es muy sensible, mi piel es muy sensible, mi piel es muy sensible. Mi padre mencionó que se trataba de una enfermedad psicosomática. Esa es la ideología romántica del adversario: la percepción de que la piel y uno no son enemigos sino partes del mismo sujeto y que pensarse desde el desdoblamiento imaginario de una batalla infinita no es más que neurosis burguesa fuera de control. Fascinante, sin dudas. Pero yo no hablo con psicólogos sobre mi piel porque estoy en guerra hasta el cajón////PACO

3 comentarios en “En guerra con la piel

  1. Letal no hay nada, es cierto, pero dejá que el sol ilumine tu piel, como si fuera un sol platónico. En dosis pequeñas y en los horarios permitidos el sol es a la dermatitis seborreica lo que el mercurio es al ser humano.

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