Luis Buñuel (1900-1983)

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Por Juan Terranova

En Buenos Aires es posible tropezar con una muy difundida actitud fóbica, una vocación de puritanismo secular wannabe. Nuestros pequeños intelectuales, por ejemplo, se informan en los centros del mundo y eso a veces los hace un poco, digamos, blandos de carácter. Londres, Berlín, Nueva York, Barcelona, Milán, Ivy League, Paris 5, beca Conicet, Linux, Lacan, doctorado, Thomas Pynchon, Derrida, Violencia de género, Anagrama, Roland Barthes, Tate Gallery, minimalismo, Lobby gay, Greenpeace, Peter Brook, Tannhäuser. La serie es amplia y variable, y forma una universo asistido, elaborado con esfuerzo, estrategia, larguísimos vuelos intercontinentales, esperas en aeropuertos y no necesariamente desprovisto de talento ni mucho menos de incisivas cuotas de humillación soportadas con estoica humildad. Si hay lugar en este juego para la gauchesca, el pedo, la gronchada o el ridículo, queda previsto de antemano, sin exabruptos, bien acomodado a la ganancia. Curiosamente o no tanto, en los nombres de estos viajeros argentinos del tiempo y el espacio, que caminan bibliografías obligatorias y se esfuerzan en hablar el inglés y el francés –y hasta el alemán– lo mejor posible, suena otra música. Son marcas melódicas lejanas, que ya no se arrastran con pudor, y que fueron neutralizadas por el paso de las décadas y el mestizaje de la Buenos Aires capital, una ciudad que si de algo sabe es de mezclas. Pero la América católica tiene eso. No hay alcurnia ni posición que valga. Esos apellidos exiliados, inmigrados, distorsionados, fantasías de abolengo pequeñoburguesas, suenan a piedrazo y a trabajo manual, a empleado gallego, a comerciante judío, a transpiración italiana. Quizás algo de eso haya pesado para que Luis Buñuel dejara España y terminara en México. Están, desde luego, las condiciones materiales de existencia, el general Franco y las enmarañadas razones de la industria del cine. Pero hay algo antiguo y primitivo, nuclear, un potencial que Don Luis supo traducir y dominar, nunca domesticar, un lazo que une España a la música violenta y fallida de la América católica. Hoy se cumplen treinta años de su muerte y elogiar, confesar admiración, escribir a favor, como siempre, va de lo difícil a lo improcedente.

Digamos, entonces, que más allá de todas sus excelentes películas, de todo el peso que su figura tiene para el mejor cine ibérico y americano, me gustaría recordar a Buñuel hoy por una carta que escribió con Dalí en 1928 dedicada a Juan Ramón Jiménez. Obra maestra del género epistolar, dice así:

“Nuestro distinguido amigo,

Nos creemos en el deber de decirle -sí, desinteresadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por arbitraria.

Especialmente: ¡¡MERDE!! para su Platero y yo, para su fácil y malintencionado Platero y yo, el burro menos burro, el burro más odioso con el que nos hemos tropezado.

¡MIERDA! Sinceramente

Luis Buñuel – Salvador Dalí”

Acto de justicia literaria, en muy pocas líneas, el cineasta y el pintor enmierdan en francés y en español a Juan Ramón Jiménez y al Platero pequeño, peludo y suave, que todavía no se había escolarizado pero ya idiotizaba las cabezas de los niños y los adultos. Los adjetivos de la carta son precisos y en un doble movimiento señalan que Jiménez oculta, y por ocultar, falla como escritor. Cuando el futuro premio Nobel convierte al burro español en un perro bueno, en una mascota bella y educada, cuando opera para mostrar al “burro menos burro”, no mejora ni actualiza la imagen de España en el mundo, sino que le quita su identidad. La mierda en francés nos lleva enseguida hasta Ubu Rey, pero en la acusación de “inmoral” es donde mejor se exhibe la conexión entre las primeras vanguardias del siglo XX –unidas a procesos modernizadores– y la potencialidad de la periferia atrasada y pobre. Platero y yo es inmoral porque miente allí donde no hay que mentir, justo ahí, en la brutalidad del burro.

Buñuel nació en Aragón, España, el 22 de febrero del 1900 y murió en Ciudad de México, el 29 de julio de 1983. Su obra no se olvida. Salud, Don Luis. Si Dios es justo como dicen, usted estará sonriendo y filmando desde el cielo las mejores imágenes del infierno.///PACO

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