Las palabras mienten para decir la verdad

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Por Carlos María Domínguez

I. La muerte, la violencia política, la novela 

La violencia política colocó a la muerte en una dimensión moral y desde los años 60 fue tema frecuente del realismo literario. Pero antes y después de esa marca histórica, el hombre estuvo y está condenado a morir sin culpa, y todas las formas de la aceptación o el rechazo integran la literatura desde siempre. No se puede resolver, pero se puede contar de tantos modos que podría considerarse un poema de amor en relación con este viejo asunto.

No soy un lector atento de la producción literaria reciente, pero me doy cuenta de que el crimen, de cualquier naturaleza, desde hace unas décadas ha hegemonizado la imaginación acerca de la vida, la muerte y muchos temas. No es que el crimen no deba permanecer entre los motivos de la ficción, el problema es que a menudo se ha convertido en un camino fácil a la intensidad, cuando no se logra conseguir la intensidad literaria por otros medios. Como el crimen siempre es patético, suele operar como un sucedáneo, mientras se abandonan otros registros de la vida que alguna vez ensancharon la imaginación de la literatura argentina. Al otro extremo de la literatura de género criminal sobrevino la parodia, y el ludismo de Julio Cortázar derivó en distancia cínica de un mundo con pocas esperanzas.

II. Biografía y autobiografía, la permeabilidad de sus fronteras

La biografía de Boswell sobre Samuel Johnson es una joya literaria, y a Boswell le debemos la construcción de un personaje formidable, no importa que tan fiel sea su retrato de Johnson. La biografía es un género que trabaja con la ilusión de veracidad, pero la persona humana es insondable, de modo que nos quedamos con los datos y los hechos que se han podido reunir y finalmente ordenar en la lectura de un destino. Buscamos la persona y nos quedamos con el personaje. Por caminos distintos, ficción y biografía dan una aproximación plausible a unos hechos que no significan nada fuera de las intenciones, los deseos, los fracasos y, naturalmente, la visión de quien escribe.

Yo escribí tres biografías en Uruguay, tres destinos transgresores que me permitieron recorrer distintas etapas de la cultura del Río de la Plata: El bastardo, la vida del dandy Roberto de las Carreras y de su madre Clara, que atraviesa la segunda mitad del siglo XIX y la cultura del 900, Tola Invernizzi, la rebelión de la ternura, un mito de fraternidad y coraje que cruza el siglo XX, pintor y militante sui generis del Partido Comunista, y Construcción de la noche, la vida de Juan Carlos Onetti, que en su versión ampliada editará Mondadori a fin de año, y ocupa el centro de una generación emblemática como fue la del 45. Por mucho que haya investigado, y pese a mis esfuerzos por no mentir, sé que los tres son inexplicables y sus biografías se detienen en el misterio que encarnaron. En la historia de Waldemar Hansen, el narrador pulsa sobre el relato con su propia historia iniciada en otra novela, La casa de papel, y prolongada en La costa ciega. De hecho, una de las claves de La costa ciega se revela en esta nueva novela. Eso viene del jazz, de la intención de narrar dos cosas al mismo tiempo, con ritmos distintos, y del convencimiento de que el narrador no sólo cuenta lo narrado, también es narrado por sus limitaciones a la hora de percibir, comprender y extraviarse en la historia que cuenta.

III. La historia que consuma al nombre: la trama policial, lo siniestro

La breve muerte de Waldemar Hansen nació bajo la forma de una investigación, propia de la literatura policial, con el ánimo de contar la historia de un hombre avergonzado y su choque frontal con una realidad que lo supera. Es un drama en la conciencia, donde lo siniestro asoma como estupidez, la inanidad del deseo en una modernidad que ha convertido el hedonismo en último reducto de un mundo sin dioses y sin épica. La confusión de Hansen entre el valor del arte y el valor de lo sagrado lo conduce a una experiencia del horror, que es la ausencia de sentido. El disparador es nimio, pero el abismo es profundo para él.

Mi convicción es que una novela no es un tema, es una historia. Y en una buena historia se cruzan muchos temas. Me desaniman las novelas que pretenden ganar su derecho por ilustrar y ser fieles a una realidad jerarquizada de antemano. Como decía Flannery O’Connor: los derechos del escritor son los que se forja dentro de su propia obra.

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IV. La reflexión sobre el lenguaje y la idea de verdad 

El lenguaje es todo lo que tenemos para aspirar a la verdad, y puede poco. Tan poco puede, que un escritor vuelve a escribir otra novela. Mentimos, en la ficción, para decir algo verdadero, y pedimos al lector que nos crea. Le pedimos un acto de fe, y este es uno de los temas que asoman en la historia de Waldemar Hansen. Digo que las palabras mienten porque creemos que dicen la verdad, y si no fuera así, nadie podría engañar a nadie. Pero todo esto está encarnado en la trama de la novela y sus acontecimientos. Un escritor da su visión no a través de ideas abstractas sino por los detalles, y el modo de darlos a conocer es donde se pone en juego su aspiración de rozar alguna forma de la belleza. Sin este juego riesgoso de belleza y verdad, la literatura, para mí, carece de interés a la hora de escribir y de leerla. Reconozco que en varios de mis cuentos y novelas esta reflexión impregna las historias, pero también sé que no es una preocupación que hoy goce de mucha atención.

V. Autores contemporáneos en Uruguay y en Argentina

Solo puedo contestar desde la limitación de conocer una porción muy menor de todo lo que se ha escrito. Es relevante en Uruguay la obra de Tomás de Mattos, un escritor de gran aliento que ha dado cuentos formidables y novelas ambiciosas, como La fragata de las máscaras, una reescritura de la historia de Benito Cereno, de Melville, contada por los esclavos amotinados, o la vida de Jesús, en Las puertas de la misericordia. Mario Delgado Aparaín, Hugo Burel, Henry Trujillo, Elvio Gandolfo, Hugo Fontana, Pablo Casacuberta, Carlos Liscano, Alicia Migdal, Ana Solari, Andrea Blanqué, dieron libros significativos, y asoman nuevos narradores como Valentín Trujillo, Manuel Soriano, Gustavo Espinosa, Horacio Cavallo, y el tiempo dirá si consuman una obra. En Argentina hay un semillero de autores contemporáneos y nuevos que no he leído. Me parece que sigue siendo relevante la obra de Ricardo Piglia, me interesa el destino riesgoso de Pablo Ramos, hacia dónde madurará Hernán Ronsino. Es una escueta y penosa lista la mía, producto de una limitación personal y de la sensación genérica de que la literatura en el Río de la Plata atraviesa por un sobrexcitado período. El auge de la web abrió una plaza de predicadores, de sus propios méritos, donde una voz se superpone con otra. Sin darnos cuenta, la web ha dicho a los escritores que la autopromoción es la forma privilegiada de la conversación con los lectores y es más importante la circulación que la obra, la imagen del escritor importa más que sus libros. Y como el formato es masificado,  la plaza se ha llenado de tenderos. Modestamente, me parece que esta nueva agenda roba un tiempo precioso al trabajo que justifica el valor de la prosa, una tradición literaria, el amor por la literatura. El género de la novela, en particular, está detenido desde hace varias décadas, y no es fácil saber si todavía tiene recursos valiosos que sumar, o ya lo ha dado todo. Frente a la incertidumbre, unos saltan a las llamadas “escrituras del yo”, y otros seguimos empeñados en la ficción, por si conseguimos abrir una inadvertida puerta ////PACO

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