El morbo nuestro de cada día

morbo

No hay mayor enemigo de la risa que la emoción
Henri Bergson

Por Pau Salerno

I
Llegamos. Una vez adentro, buscamos una mesa cerca de la ventana, el mozo trajo la carta, elegimos, hicimos ojitos a los chicos de la barra, esperamos el pedido y en todo momento charlamos sobre la obra de teatro que acabábamos de ver. La asaz reflexión disparadora de nuestro debate fue “si me decían que salía diez pesos no los pagaba”. Dos tickets de prensa nos proporcionaron una noche de locuaces comentarios sobre un espectáculo al que le dedicamos diez veces más tiempo del que merecía. El tiempo debería ser un medio de pago: ese libro cuesta un día y medio, este chocolatín vale diez minutos, unas vacaciones en Tailandia salen un año entero de tu vida, y así. Con todo, estoy muy lejos de pensar que aquella nocturna y temporalmente prolongada discusión fuera inmotivada.

El sexo nos hace hablar. Y la obra que vimos estaba plagada de escenas de sexo. Sexo innecesario y, sobre todo, morboso. Un jefe manosea a su empleado y después lo maltrata acusándolo de abuso. Un padre se excita con su hija y le dice que no importa si ella “no coge porque es fea”, que para eso está él. ¿Qué tiene que ver esto con la trama de la obra? Nada. Esas escenas están completamente desligadas de todo el guión, se dan “a la fuerza”, como las relaciones mismas que proponen. ¿Qué le aporta esto a la obra? Público. (Y, en nuestro caso, una catarata de chistes indignados.) El objetivo comercial -ya lo sabemos- mata galán. Y engendra otro espectáculo de un teatro under-porque-no-le-queda-otra.

II
La misma semana aparecieron en las redes sociales imágenes del cuerpo de Ángeles Rawson. Reales o no, el impacto que generaron se vio reflejado en el alto grado de circulación que las llevó a la boca y al teclado de múltiples “curiosos”. Paradójicamente, y no tanto, el nivel de difusión suele corresponderse con el de espanto, impresión y estupor. A su vez, con motivo del undécimo aniversario del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, se volvieron a difundir fotos de sus cuerpos tirados en plena estación Avellaneda del Ferrocarril Roca.

Día a día, las redes sociales son sala de exposición de imágenes visuales y verbales cuyo fin es llamar la atención, denunciar, “invitar” a la reflexión o simplemente entretener. ¿Cómo? Mostrando. Personas muertas, violentadas o enfermas. El relato de la tragedia adquiere un tono que va desde los extremadamente gráficos cuentos infantiles de Perrault hasta las más oscuras películas de Gaspar Noé. Y se opera, como explica Rancière, un desplazamiento desde lo intolerable en la imagen hacia lo intolerable de la misma. Más allá de la discusión tangencial acerca de cuánto poder de decisión tenemos sobre ver o no ver esos retratos, lo cierto es que ellos existen y que no se presentan ante nosotros de pura casualidad. Son nuestros propios amigos, familiares y conocidos quienes presionan Compartir y dan RT al morbo de último momento.

III
Yo no sé nada sobre periodismo. Tampoco sé de ética y no me atrevo a decir qué corresponde y qué no. En cambio, me es innegable la interrogación sobre el protagonismo del morbo en esta época de fisonomía plástica, mentirosa y escuálida. Una era vickyxipolitakiana que detesta el paso del tiempo y adopta el porte de una guerrera con armaduras de silicona… mero caballo de Troya del reino del desparpajo. Una época en que la noción de intimidad cambia de sentido y en que, una vez más, el cuerpo deformado, ultrajado, atravesado, asesinado, atrae. Y la capacidad de disociación es extraordinaria porque, además, es solo aparente. Por un lado, el crimen. Por otro, la imagen del crimen y los chistes que se generan en torno a él y se fomentan en la web, el territorio de los bromas malsanas temporalmente maximizadas.

Dos provisorias explicaciones. En primer lugar, la indignación es tal que nos lleva a perder el sentido crítico acerca de qué es lo que estamos viendo y qué es lo que estamos mostrando y queriendo que los otros vean. En segundo lugar, al ser tan obvia la reprobación del crimen, se torna llamativamente innecesario verbalizarla. Se prescinde del repudio y, olvidando el lugar común del enojo, se pone sobre el mostrador el perverso mecanismo que subyace a las monstruosidades diarias. Se construye, entonces, una comedia del horror. Y la interpretación de las noticias resulta una especie de Cantando por un morbo, un show tan rechazable como consumible.

IV
Gags, burlas, ironías, sarcasmos, chistes que reciben tantas represalias como aplausos.  Paradójicamente, y no tanto, jugamos el juego del morbo. Nos inmiscuimos, cada cual a su manera, en la negra curiosidad. “¿A vos te parece mal?” Tardé unos minutos en contestar. “No sé”. Se me ocurre que la risa colectiva, canto del terror, es un modo de digerir lo que nos asusta, de apelar a la frialdad para vencer el espanto. Pero nos reímos -yo también- no sólo para no llorar. Nos reímos para comprender. Incurrimos en una catarsis paródica que es casi una reflexión conjunta. Una risa desesperada que desafía los límites, que grita su cansancio y sus ansias de respuestas. No es resignación y no es enfermedad. Es placebo de una sociedad agónica ////PACO.

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