Esto está pasando

groupie

Por @Modositta

They don’t even know what it is to be a fan, Y’know?
To truly love some silly little piece of music, or some band, so much that it hurts.
Almost Famous

 I
“Si sos mina, tocás el timbre y subís”. Así de fácil decían que era.  Así que, como cumplía con el requisito, fui a ver qué onda. Ese día de septiembre de 2001 contribuí con el mito: toqué el timbre y subí. Tenía 15 años y nunca me habían besado. Hasta ese día. Entré al departamento, seguí hasta su habitación y ahí estaba él,  acostado en la cama con un par de chicas. Ni bien crucé la puerta me dí cuenta de que no sabía qué carajo estaba haciendo, ni qué esperar de la situación. Me senté en la punta de la cama y, para controlar la ansiedad, agarré un CD que había por ahí. Era el último de León Gieco, Bandidos Rurales. Lo abrí y para mi sorpresa cayó una bolsita. El rocker, ágil, la agarró y guardó de toque en una cajita al lado de la tele. Así fue que, aquel día iniciático, además de aprender  el mejor uso que se le puede dar a un CD de León Gieco, vi merca por primera vez.

Volví la semana siguiente y la otra y la otra. Me convertí en groupie.  Y tengo que decir que fue lo más intenso que me pasó en la vida. Como groupie entré gratis a todos los recitales, presencié mientras componía, le escribí la lista de temas para algún show. Conocí a los músicos de su banda y a los de otras. También a asistentes, managers, prostis, dealers y otras groupies.

II
No sé por qué, pero con el rocker pegamos onda de entrada. Supongo que haber entendido rápido las reglas de ese mundo y tener mi forma particular de cumplirlas ayudó. El respeto por el espacio era algo que él valoraba y que a mí me centraba bastante (la lucha interna por no perderse ahí adentro era constante). A veces venían chicas que se movían por la casa como si fueran las dueñas. Alteraban el orden. Porque, sí, incluso dentro del caos que era ese departamento, lleno de discos, cables, drogas, billetes, equipos de grabación, ropa, todo desparramado, existía un orden y hasta un reglamento.  Por ejemplo: no te podías ir sin avisarle media hora antes de tu partida. Igual, las cosas así de explícitas eran las menos: lo fundamental no estaba dicho y tenías que entenderlo por las tuyas, o no ibas a volver.

Para mí, la cosa era más o menos así: como groupie, estabas ahí para admirarlo. No se trataba de vos sino de él.  Y para demostrarle tu admiración sencillamente podías coger o chupar o tocar o algo. El límite lo ponías vos, pero tu presencia tenía que valer la pena.  Y si te ponías en tímida, el rocker simplemente te recordaba cómo funcionaba su fantasía: “No me digas que no, decime tal vez”. Eso sí, luego tenías que saber que “una vez conquistado el terreno, no se vuelve atrás”. Su casa, su mundo, sus reglas, sus necesidades:  por ende, ser groupie implicaba jugarla muchas veces de puta, algunas de amiga, otras de madre, de asistente o de mucama. Eso sí, nunca de chofer.

III
Pero no todas las chicas seguían las reglas. Quizá porque no les importaban, quizá porque estaban ahí para otra cosa. Como las groupies-músicas, ésas que tocaban algún instrumento y  pretendían hacerse, a costa de petes, una carrera que jamás tendrían. Una tarde sonó el teléfono: “Es la bandoneonista y pregunta si puede venir”. “Decile que sí, pero sin el bandoneón”. Vi a muchas intentarlo sin éxito. Es que sí, para ser groupie tenés que estar un poco loca, pero nunca más que el rocker. Eso fue lo que le pasó a esa piba que una noche tocó el timbre, subió y entró, y empezó a hablar sin parar. Sin parar. Enseguida supe que no lo lograría. En un momento, mientras yo y otra piba besábamos al rocker, se fue para la cocina. La vi volver con un pote de dulce de leche. Como era gordita no sospeché nada raro, hasta que la vi arrodillarse a los pies de la cama. “Ay, no —pensé— no lo hagas”. Pero lo hizo: empezó a untarle la pija y para cuando se la metió en la boca el rocker reaccionó violento “¿Qué hacés? ¡Te quiero puta, no exótica!”. Palabras que no voy a olvidar jamás. Tampoco me olvido de la cara de la piba, mirándonos desde el suelo, con la boca manchada de dulce de leche; mientras pedía perdón y anunciaba que se iba, sollozaba levantando las cosas que se le habían caído de la cartera y repetía como ida: “Yo había traído estrellitas y todo” (¡y todo!). Vi que levantaba del suelo unas estrellitas, de ésas de navidad; era verdad, las había traído y todo. Me prometí nunca en la vida untarle la pija con nada a nadie. Y anoté mentalmente: “Puta, no exótica: ok”.

Pero aunque su locura particular pueda ser un rasgo distintivo, en última instancia lo que más define a la groupie es la motivación que la lleva hasta ahí. ¿Es por la droga? ¿Es por amor? ¿Por  ego? ¿Por el VIP? En mi caso yo lo tenía muy claro: en cada una de mis visitas, mientras subía en el ascensor, me repetía: “Estás acá por la música y no hagas nada que te dé una ETS”.  Y así mantuve mi eje durante cuatro años. Por eso yo enloquecía cuando lo llamaba para preguntarle si podía pasar un rato y él  me contestaba  cosas como “acabo de hacer una canción, vení rápido”. Entonces llegabas y te la mostraba, esperaba con total seguridad tu elogio y te contaba que no había sabido cómo terminarla, así que pensó “¿cómo resolvería Lennon este tema?”. Y ahí estabas vos, conociendo el proceso creativo de tu ídolo. Eso era la gloria.

Así pasaron los años, entre el colegio y el rocker. Mientras mi compañeros se quedaban en las tomas o iban a una marcha, yo aprovechaba y me iba al departamento, que quedaba a 12 cuadras de la escuela. En 5 años fui a una sola marcha. El rocker estaba fuera de la ciudad esa vez.

IV
No sabría decir cuál es la parte negativa de ser groupie. No la hay en tanto y en cuanto se sepa que tiene un fin y no se trate de perpetuarlo. Al fin y al cabo, ser groupie es una extensión de la definición de adolescente. Más tarde o más temprano empezás a tener intereses incompatibles con la actividad constante que demanda “groupiar” a una estrella del rock local. Es decir, tal vez quieras enamorarte de un chico “normal”; quizá te dé por ponerle pilas al colegio o necesites un fin de semana sin que tu ropa termine impregnada de ese olor repugnante que genera la mezcla de merca, porro, whisky y semen dentro de un ambiente cerrado. O quizá simplemente quieras empezar a tener una vida que no esté circunscripta a la de un Otro, por muchos discos increíbles que este Otro haya sacado.

Eso es lo mejor que puede pasarte, que superes la Etapa. Como se supera la adolescencia, un poco con dolor y otro poco sin darte cuenta. Si, por el contrario, se intenta eternizarla, la cosa se puede tornar patética. Como esos pibes que tienen 28 y siguen escuchando El Otro Yo. Si la groupie no deja al rocker, el rocker dejará a la groupie. Porque ellos también avanzan. El rocker eventualmente dejará las drogas, aunque sea por un tiempo (¡hasta Paul Mc Cartney dejó el porro!) y necesitará limpiar su círculo. O flasheará con un brote místico. O le dará un ACV. Eso en el mejor de los casos; en el peor, por mucho aprecio que te tenga, siempre va a preferir dos culos quinceañeros que la experiencia de uno de 30.

Y así cómo un día agarraste la Barbie con la que jugabas siempre y te pareció aburrida, un día vas a la casa del rocker y llega la bandoneonista (sin el bandoneón), y antes de decir “hola” se saca la pollera y se monta sobre el rocker, y él te pide un beso y vos se lo das sin ganas, y das media vuelta y te ponés a leer una Rolling Stone, y los gemidos te distraen, pero también te aburren casi tanto como la Rolling Stone y entonces te das cuenta de que ya es hora. Esperás a que acaben y le avisás al rocker que en media hora te vas. Luego, esperás los 30 minutos reglamentarios y lo saludas sin que él sepa que es para siempre.

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