76

76-tapa

Por Nicolás Mavrakis

I. Reciclado de memorias

A la lectura de 76 le corresponde una traspolación meritoria. La del temario setentista. Nicho cultural al que la mera publicación de la pieza de Editorial Tamarisco salva de las miserabilidades múltiples del utilitarismo político contemporáneo. Para ubicarlo en la instancia más piadosamente favorable –y a la luz del derrumbe de la memoria como objeto de propaganda oficial, más duradera– de la literatura.

El temario de 76 es el temario del fracaso de la instauración, en Argentina, de lo que el camarada Vladimir Lenin llamó una dictadura del proletariado. Fantasía incauta que quiso basarse en “condiciones históricas objetivas”. En un “contexto de contradicciones políticas”. Y hasta en un principio de “esclarecimiento de las conciencias”.

Intrínsecamente tanguero, el chasco de la decepción político-militar de los terroristas revolucionarios nutrió a lo peor y a lo mejor de la literatura de los setenta, de los ochenta y de los noventa. Literatura que, por supuesto, se escribió para amenizar el padecimiento de los cuerpos de las facciones aniquiladas. Y sobre todo, estimado profesor, el padecimiento de las conciencias fracasadas de los sobrevivientes. Todo aquello escrito siempre, estimado profesor, ya muy lejos de las preocupaciones de las conciencias proletarias. Conciencias que prefieren amenizarse lejos de la lucha de clases, con los programas del positivista Marcelo Tinelli.

76 no reincide en la narrativa demasiado explotada del martirologio de los protagonistas del fracaso. Ni en la vivificación agotadora del desengaño de quienes quisieron subvertir la estructura del Sistema a punta de armas largas. Tampoco en el sostenimiento moral de velas para muertos políticos que generacionalmente no corresponden. 76 traspola el temario setentista a una veta inexplorada: la de los vástagos. Los H.I.J.O.S.

II. Carnet de víctima y nuevas genealogías

Una voz narrativa compleja. Porque al carnet de víctima involuntaria se le suma la sombra recurrente del reproche de un mandato familiar incumplido. La tensión omnívora entre el pasado y el presente que aflora cíclicamente ante cada conflicto.

No dije nada, lo prometo, lo juro por mi mamá, digo. No grités, dice Ramiro, y no jures por algo que no tenés.
En una casa en la playa

Lavo hasta que el agua fría me da ganas de hacer pis y voy al baño. Apurate, dice Ramiro desde afuera, cuanto más tardés menos revista, empiezo a contar: uno, dos, tres…

En una casa en la playa

Mencionar el “carnet de víctima” y el “mandato familiar” es interpelar la construcción de una genealogía imaginaria. Entre desaparecidos e H.I.J.O.S. Genealogía que en 76 se afirma bajo un circuito de experiencias necesariamente virtuales para llegar a ser compartidas. El sometimiento, la tortura y la resignación, en tal caso, son tres dispositivos periódicos.

Cuando mi abuela me contó lo de mamá, que ella y la mamá de Ramiro eran tan amigas, que averiguar lo que les pasó es muy difícil pero que hay que hacerlo, que hay tiempo, que tengo toda la vida para eso, yo me puse así, nervioso, porque toda la vida puede ser algo muy largo.
En una casa en la playa

Si la memoria de quienes quisieron implantar una dictadura proletaria y fallaron se construye con retazos en primera persona de supervivencias y defunciones –como puede constatarse en piezas clásicas como el utilitario Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso, o el más estilístico Glosa de Juan José Saer–, la memoria de sus vástagos sólo puede construirse bajo el imaginario de objetos vacíos y narraciones tercerizadas. Ocurre que el imaginario progenitor todo lo invade y lo coloniza. Hasta refundar una genealogía para-política y para-estatal.

Seguimos caminando y al poco tiempo llegamos al centro comercial donde compré la revista. Mi abuela para a mirar artesanías frente a una vidriera. No paremos acá, má, sigamos, seguro que en el Centro encontramos cosas mucho más lindas, digo.
En una casa en la playa

El imaginario progenitor no sólo convierte a abuelas en madres. También instala huellas de fascinación sobre el goce sexual. Haciendo que lo ausente erice inesperadamente la memoria. Para refundar la genealogía, incluso, del Edipo.

La tapa se borró casi toda. De la morocha quedan sólo los ojos, el pelo y parte de una teta. El pelo ya no está revuelto sino que parece lavado y lacio, como el de mamá en las fotos que hay en casa.
En una casa en la playa

III. Vitalismo no institucionalizable

Otra instancia actualizadora de 76 es la que motoriza la relación dinámica entre memoria y mercado.

Por esa época escuché algo de las indemnizaciones que iba a dar el gobierno. Cuando recibí los bonos que me dieron los vendí y, sin saber qué hacer, me dediqué a salir con los dos o tres amigos que conservaba de la secundaria.
Fumar abajo del agua

Pero lo que interesa a 76 no es la puesta en escena de una relación política entre el mercado y la memoria –algo que podríamos llamar, a la luz del aparato de propaganda oficial, su última “actualización histórica”–, sino la interacción entre la memoria y los objetos mediados a través de un intercambio. El camión del Ejército modelo Unimog no sólo es aquel objeto adquirido como mercancía a través del dinero que el Estado dosifica en retribución a los daños ocasionados. El Unimog es un objeto puente entre el presente y el pasado. Un objeto casi proustiano de la memoria.

Después, él intentó explicar que su padre había un Unimog y que el Unimog que él había comprado era, en cierto sentido, el que había manejado su padre.
Unimog

Esa literal vehiculización entre presente y pasado rebosa de inconducencia. 76 evade puntillosamente las fantasías de una reparación histórica desde la demencia de la recreación. La conversión imaginaria de los idearios dominados del pasado en un móvil ideológico rectilíneo uniforme a través del tiempo sólo desemboca en fantasías renovadas de ineficacia y terror. Cuando el pasado setentista deja de ser memoria y se convierte en acto –operación que bien leída es también una parodia grotesca de cierto irredentismo marxista todavía existente–, cuando el pasado busca reactualizarse en el presente, el producto es clásicamente siniestro. Como el país inundado, adverso, tiranizado, trastocado pero siempre reconocible –por eso grosera e irreparablemente siniestro– de 2073:

A veces me pregunto si esto de ser siempre jóvenes, si la promesa de que nadie va a morir –si la causa no es violenta– hasta que pasen las lluvias, hasta que todo vuelva a ser como antes, no se va a convertir en lo que la esperanza de un futuro sin desigualdades era para gente como papá.
2073

El ritornello de una memoria escrita por los ausentes es una reparación y una meta a la vez. La interrogante, en todo caso, pertenece al impulso vital que exige el futuro. 76 es entonces, a pesar de las apariencias, casi una literatura vitalista. Ansia de vitalismo que puede centrarse en una pregunta que recorre todas sus páginas: ¿cómo llenar el vacío de la memoria para continuar?

Después de colgar yo había leído muchas veces la dirección, anotada en un papel, y había empezado a sentir frío, a temblar, a frotarme los brazos, el cuerpo, y en poco tiempo ya me había olvidado de todo.
El orden de todas las cosas

¿Mediante qué procedimientos, mediante qué articulaciones, mediante qué caminos, pueden los vástagos reconstruir una memoria que sea a la vez completa sin dejar de ser liberadora? ¿Mediante qué procedimientos, articulaciones y caminos no debe hacerse? ¿Cuál ha de ser, en síntesis, el devenir de la memoria? ¿Cómo deben territorializar los vástagos la memoria manipulada o manipulable, la memoria productiva o también inconducente, la memoria positiva o negativa de quienes optaron por la posibilidad militante de ya-no-estar?

Tópico central para las organizaciones civiles que orbitan alrededor de ese lapso de la historia argentina, para 76, en principio, el posicionamiento nunca será a través de la mercantilización fiduciaria de la memoria. Nunca a través de su institucionalización.

Otra vez solo, Mota abrió el capot y volvió a cerrarlo. Nada. O sí: empezó a atacar el camión con un martillo. Después siguió con una maza: golpeó el motor, la carrocería, arrojó una por una todas las herramientas contra el Unimog y empezó a gritar:
-¿No tenés nada para decir?
Unimog

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