¡La crónica está desnuda!

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Mimada por ciertas zonas del mundo editorial, la crónica periodística sobrevive gracias a un sistema de talleres, encuentros, revistas, subsidios y capacitaciones. ¿Se produjeron innovaciones en el género? ¿Hasta qué punto tiene sentido ir a ver qué pasa en tiempos de streaming, Wikipedia y YouTube? ¿Quiénes se benefician con y quiénes financian al andamiaje institucional que la sostiene? Y, principalmente, ¿tiene en general algo para decir sobre el poder? Quizás se trate de un Titanic sobre el cual todos bailan (*).

Por Nicolás Mavrakis

I. Mejor no discutir ciertas cosas

La crónica es una historia en que se observa el orden de los tiempos y que glosa un contenido informativo de actualidad. También se habla de crónica para referirse a una larga enfermedad. Palabras de la Real Academia Española que se entrelazan en lo que sucede hoy con el género crónica. En Buenos Aires la crónica es, además, un acotado andamiaje de negocios articulados sobre un archipiélago de fundaciones, editoriales y subsidios públicos que surfean sobre una de las últimas mareas del periodismo: el ansia aspiracional de periodistas cuyo oficio perdió relevancia social a la sombra de la tecnología y de la época.

Los capitanes de la industria PYME de la crónica suelen evadir las dimensiones estéticas y simbólicas de su oficio, y esta estrategia deliberada de huir al debate se sustenta en un componente necesariamente material. Se trata de un horizonte donde la discusión por el sentido de becas, seminarios y clínicas modeladoras de la subjetividad deviene discusión sobre los modos en que se distribuye una rentabilidad oligopólica ciega a cualquier fisura y donde las risitas apuradas se borran. Si tomásemos en serio este horizonte, podríamos contextualizar una hipótesis: buena parte de esa crónica periodística, banal y sin amor por el conocimiento, adquiere hoy la simple dimensión de estafa.

II. Ensamblajes y poder

Pensar la crónica como un dispositivo textual que ensambla y forma subjetividades antes que como una mera representación es ubicar la lógica histórica del género como lo que siempre ha sido: un instrumento más del poder social, económico y sexual dado a configurar las condiciones de existencia de las mismas subjetividades que lo sostienen. “Deben Vuestras Altezas determinarse a hacerlos cristianos, que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de haberlos convertido a nuestra Santa Fe multitudes de pueblos”, escribe frente a los indios en 1492 Cristóbal Colón en su Diario de a bordo. Ahora bien, ¿es un benigno navegante o un complejo entramado de eurocentrismo, monarquía, catolicismo y geopolítica colonial aquello que da verdadero sentido a esas palabras?

La crónica, de esa manera, funciona como una afirmación interesada de lo real antes que como su retrato silvestre, objetivo y desinteresado. Subjetividad no debe entenderse como la experiencia singular en base a un acercamiento individual, sino como un marco, condicionado por la trayectoria de una historia, una época y un cúmulo de instituciones, que fija las coordenadas para una percepción hegemónica y colectiva del mundo. Ahora bien, a medio camino entre la estetizada subjetividad del narrador y la valiosa objetividad del periodista, la crónica institucionalizada se propone a sí misma como visión presuntamente singular del mundo, sus actores y sus circunstancias. Un género —presente en América desde la bitácora de Colón, algo antes de los cursos de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)—, por lo tanto, dado a disciplinar la percepción.

Lo urgente, sin embargo, no es una disputa por el género en sí, sino la discusión alrededor de su institucionalización actual. Convertida en plataforma para la distribución endogámica de poderes, prestigios y un pequeño mercado de la hiperespecialización, la crónica institucionalizada del presente ha perdido sentido ante las nuevas tecnologías narrativas. ¿Esto ocurre porque el abanico de herramientas digitales a disposición son una barrera para la ampliación de las posibilidades de la crónica o porque los terratenientes actuales del género son estética e intelectualmente incapaces de sostenerse más allá de la reacción?

Habitáculo de los últimos aristócratas de la subjetividad, la crónica contemporánea se presenta como versión última, ingeniosa e infalible de la verdad, adquirible a precio suntuario en el taller homologado más cercano. Sin embargo, resulta incapaz de superar una retórica tabulada para convencer al lector sobre la supervivencia de un orden, de una relación entre las palabras y las cosas que, en realidad, se apaga. Se equivoca entonces el mexicano Juan Villoro cuando imagina a la crónica como un objeto múltiple e inclasificable como el ornitorrinco. La crónica actual, vacía de desafíos y sorda a las innovaciones narrativas y tecnológicas, no es un milagroso resultado de la naturaleza sino un milagroso resultado de las zonas más embrutecedoras y sensuales del Mercado.

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III. El soporte fraudulento

Si la crónica es el texto periodístico manufacturado a los fines de su publicación inmediata, la actual debería estar hoy en zonas como Twitter antes que en revistas de papel con aspiraciones premium y una comunidad minúscula de lectores interesados. ¿Por qué la tecnología narrativa actual, entonces, persiste en el margen de la crónica institucionalizada? La pregunta expande el territorio de batalla hacia nociones complejas como la experiencia y la publicación: dos cuestiones problemáticas.

A la luz de las posibilidades tecnológicas de la web, la prescindencia de la experiencia —para decepción de la FNPI, hasta los frentes de batalla admiten hoy más drones no tripulados que soldados, arrojando a la total obsolescencia la figura romántica del cronista de guerra— y la instantaneidad de la publicación colocan a las bases mismas del género en una crisis de valor, de formas y de audiencias. Basta un recorrido por la galería registrada in situ y subida de manera gratuita y sincrónica a YouTube para encontrar una narración detallada, realista y acabada de la captura y asesinato del coronel Muammar Gaddafi, por mencionar uno de los ejemplos que escapan de la lógica jerarquizada, verticalista y disciplinaria que ofrecen las herramientas narrativas capitalizadas por terratenientes privados de la crónica como —por mencionar uno bien acaudalado— Jon Lee Anderson.

Batalla tecnológica y cultural perdida —con creces— por el periodismo tradicional, la concepción fraudulenta y amorfa que impone la crónica institucionalizada como asilo estético para la anticuada subjetividad periodística capacitada para narrar el mundo es casi un desdoblamiento tardío en una era de deshielo. Ante un ecosistema digital donde la información sólo cobra valor performativo en tanto surge de la horizontalización de contenidos y del trabajo colaborativo articulado sobre la multiplicidad de las voces —”si en algún lugar de este libro escribo hice,fuidescubrí, debe entenderse hicimosfuimosdescubrimos“, escribía ya el propio Rodolfo Walsh respecto a su coequiper Enriqueta Muñiz en el prólogo de Operación Masacre —, el cronista homologado por la falsa conciencia de la aristocracia de la subjetividad y el circuito prebendario de la FNPI considera aún que es su única voz, su única percepción y su única experiencia la que debe predominar. El malentendido toma, además, un candor estético: el periodista deviene naturalmente escritor bajo la forma del cronista.

IV. Fantasías literarias

Desde Fray Bartolomé de las Casas ante la Inquisición hasta Lucio Victorio Mansilla ante el Estado sarmientino, los mejores cronistas han medido su relevancia a partir de la toma de distancia de cualquier nicho de poder. De manera especular, la crónica institucionalizada y sus agentes apuestan hoy por el proyecto inverso. Es desde los nodos de fuerte representación simbólica y material del periodismo que se permite hoy narrar un mundo que, además, deja cuidadosamente de lado las categorías ideológicas de la política para lanzarse a los devaneos intrascendentes de la cotidianeidad —Juan Pablo Meneses y su exploración del ganado vacuno—, la experiencia autobiográfica en tono solipsista —Daniel Riera y su ventrilocuismo— o el trivial anecdotario higienista —Gabriela Weiner y la “crónica gonzo” de… su embarazo—.

¿En qué se transforma (o cree que se transforma) un periodista cuando sucumbe ante la teorización sui generis que enarbola la categoría de escritor?

Si la simbiosis “periodista y escritor” ha funcionado siempre como el retrato nominal de las condiciones imperfectas de un campo intelectual de profesionalización incompleta antes que como toma de posición respecto a las fronteras de la autonomía literaria, la crónica institucionalizada apela hoy a la figura del escritor como instantánea superación dialéctica —obviando cualquier reflexión estética— del periodista en retirada.

Pasando por alto el penoso retorno —otra vez viciado de reacción antes que dandismo— a la lógica del escritor como plácido habitante de la torre de marfil del sentido y el entre nos, basta por último revisar, más allá de las fantasías de metamorfosis instantáneas, qué clase de narraciones produce un escritor cuando deviene periodista y qué clase de ideas produce un periodista cuando deviene escritor. Este sencillo ejercicio crítico vislumbra bastante bien la ríspida turbulencia que acecha a la presunta linealidad isomorfa entre las competencias del periodista y el escritor a la hora de recurrir a los arsenales creativos del lenguaje.

A la imagen de aquello que el periodista no es pero imagina que podría ser, finalmente, la crónica como puerta de acceso instantáneo al universo vano de la literatura termina por convertirse en el último salvoconducto colegiado para periodistas en fuga, teñido con todos los atavismos de grandilocuencia, superación y vanidad enfrentados por quienes profesionalizaron la crónica latinoamericana hace más de un siglo.

Que las marcas de estilo literario de los cronistas actuales se agoten, además, en una paleta monocromática de descripciones atmosféricas, esa única señal textual de la presencia in situ del cronista —como suele constatarse en los primeros párrafos de cualquier texto de Leila Guerriero—, añade otra mueca mórbida al asunto. Las categorías de la política y sus dimensiones trágicas son, en general, rechazadas por “abstractas”, dejando lugar a que campee un plácido sentido común progresista.

V. Anfibia, la crónica subsidiada por todos

Financiado con un segmento impreciso del presupuesto público educativo a través de la Universidad Nacional de San Martín, el sitio Anfibia “ofrece un viaje literario con el mayor rigor periodístico e investigativo” (sic). Se esconde el monto y se ignoran las razones de este financiamiento, como así también sus beneficios para la comunidad universitaria. Con una apuesta gráfica que no supera la ambición de un blog, una nómina de periodistas integrados al circuito rentado de la consagración a través de la FNPI y el giro contractual de un cruce con “las fronteras académicas” que pocas veces encuentra una realización feliz, el sitio —regenteado por Cristian Alarcón, periodista especializado en pobreza y en turismo latinoamericano— sintetiza la summa de malentendidos alrededor de la crónica contemporánea.

Aún así, ni el ánimo retórico de un periodismo-narrativo de elite, ni el regodeo banal alrededor de una categoría hoy superada hasta por Facebook como el non fiction o las promesas pedagógicas de convertir a los curiosos —a través de los cursos privados dictados por sus terratenientes— en los Gabriel García Márquez del futuro, logran la atención de los usuarios en la web. Anfibia es un sitio hecho por cronistas y para cronistas donde, por ejemplo, pueden encontrarse relatos de asuntos de relevancia pública como el coleccionismo de acordeones.

Atrapados en su propia trampa comercial, los textos de largo aliento que sobrevuelan lo coyuntural desde la mirada única de quienes han hecho todos los deberes exigidos para hacerlo se revelan prescindibles ante una época y una tecnología con demandas distintas.

La pregunta acerca de si, por otro lado, alianzas de ese estilo entre poder estatal y privado no obturan la posibilidad real de una indagación sobre los hechos, abre nuevas tensiones. En principio, consta que el ansia de retratos miserabilistas de los terratenientes de Anfibia se ha atenuado. Tal vez porque la lógica comprensible del periodista que sabe que la mano del amo no debe ser mordida triunfa sobre el espíritu ácrata del escritor.

VI. Iceberg en México

Los discursos de la exuberancia y la pobreza fundaron la narración de América. Para la mirada eurocéntrica de la Conquista, el nuevo continente era un simultáneo cúmulo de abundancia y de carencia. Todavía se constata la supervivencia de esa piadosa demanda primermundista de culpa y castigo a la hora de narrar América. Incluso existe un extenso mercado narrativo for exportque encarrila e incentiva esa demanda. La cuestión amerita otra discusión larga y probablemente infructífera acerca de esa batalla simbólica, y atraviesa el tipo de literatura latinoamericana que desea leerse en el Imperio, celebrada por los pajes del periodismo cultural en sus lobbys turístico-gastronómicos.

Una discusión sobre el estatus y el valor de la crónica contemporánea como género y sobre el fuerte componente reaccionario de su institucionalización actual, en cambio, gira sobre asuntos más concretos. El objetivo no es impugnar las evidentes limitaciones de muchos de sus actores —estéticas, técnicas o críticas, sean conscientes o no de ellas— sino resaltar la vigencia de una pregunta necesaria acerca de la caducidad de un espíritu, un mercado y un ánimo de acción reaccionario que niega al género de la crónica nuevos e interesantes horizontes de innovación digital, bajo el peso de un monopolio analógico y anticuado.

La propia FNPI es consciente de la situación y en los últimos meses ha comenzado a explorar, lenta e inevitablemente, ese mundo plagado de posibilidades en expansión allá en la web. Quienes asistieron al último congreso de la FNPI en México, el año pasado, lo saben. ¿Son apenas el puñado de traficantes locales de crónica institucionalizada quienes continúan el viajecito espurio y oscurantista en el Titanic del pasado? La noche se cierra y aún habrá quienes escupan el dedo que señala el iceberg.///PACO

(*) Una versión de este texto se publicó en revista Crisis, Número 14, Buenos Aires, Argentina, 2013.

30 comentarios en “¡La crónica está desnuda!

  1. Interesante y con algunos muy buenos argumentos. Pero gran parte de lo que decís no se aplica exclusivamente a la crónica y eso le resta validez a tu planteo. En lo concreto:
    – “La crónica institucionalizada del presente ha perdido sentido ante las nuevas tecnologías narrativas”.
    -“… deja cuidadosamente de lado las categorías ideológicas de la política para lanzarse a los devaneos intrascendentes de la cotidianeidad”
    – “…la vigencia de una pregunta necesaria acerca de la caducidad de un espíritu, un mercado y un ánimo de acción reaccionario que niega al género de la crónica nuevos e interesantes horizontes de innovación digital, bajo el peso de un monopolio analógico y anticuado”.
    ¿Cuánto de todo esto no es igualmente aplicable a la literatura? ¿De qué modo es distinto el rol endogámico de Anfibia con el mercado literario, por y para escritores?
    Distinto es si analizas el problema en la crónica como extensión de lo institucional, que es donde colapsa el concepto de crónista, donde pierde individualismo y, por ende, vuelve a su lugar de periodista, muy lejano de cualquier pretensión de escritor.
    Creo que el gran acierto del ar´ticulo es esta frase: “Habitáculo de los últimos aristócratas de la subjetividad, la crónica contemporánea se presenta como versión última, ingeniosa e infalible de la verdad…”.

  2. Cuánto de todo esto es igualmente aplicable a la literatura es una discusión absolutamente distinta, ajena a este artículo, y que estás invitado a explorar, trabajar y publicar en Paco. Gracias por el comentario.

  3. No es una discusión distinta si en gran parte del artículo lo que haces es diferenciar un género del otro.

  4. La palabra clave es “diferenciar”, exacto. Por eso es irrelevante intentar “aplicar” el análisis de un asunto en otro asunto. Cada cual tiene detalles y funcionamientos distintos.

  5. Esta muy buena la nota y tiene excelente información, lo unico que no estaría de acuerdo es la crítica a la revista Anfibia. No me parece que el financiamiento sea relevante, ni que necesariamente deba convertirse en un aparato de denuncia para tener legitimidad. Tiene muy buenas notas, aún la de los coleccionistas de acordeones, tal como esta revista Paco también tiene muy buen material. Un abrazo.

  6. El financiamiento no es relevante pero por algún motivo prefieren mantenerlo oculto aunque sea parte del presupuesto público. Tampoco debería funcionar como un aparato de denuncia. Lo penoso es que funcione como un aparato de conservadurismo y negocios privados.

  7. Todo está subsidiado “con pauta” y no está mal el subisidio estatal como herramienta para promover plataformas culturales. Lo nefasto es usar esos subsidios para vender talleres privados, fomentar el oscurantismo y necrosar las posibilidades de un género. Crisis no hace eso, ¿no?

  8. Por ahí el carnero de Mavrakis no se toma el laburo de hacer click en el enlace anterior, así que copio acá la brillante respuesta de Daniel Riera.

    Una amiga me da manija para que le conteste. En general no le doy bola a las cosas que se dicen sobre mí, cada cual tiene derecho a pensar lo que quiera, pero hoy no andaba con ganas de comerme galletitas, así que va la respuesta.

    Escribí sobre los obreros del algodón explotados en el Chaco, sobre los ex combatientes de Malvinas que se suicidaban y los que estaban en eso (fuimos los primeros en hacer una nota al respecto, con mi amigo Juan Ayala), sobre el apagón de Ledesma durante la dictadura, sobre el Operativo Independencia y sus ecos en el siglo XXI en Famaillá , sobre El Perro Santillán, sobre la CTA en un día de paro nacional, sobre la huelga de hambre de los presos de La Tablada, sobre el asesinato de Kosteki y Santillán, sobre la explotación de los obreros de la vendimia mendocina y un largo etc. Cofundé y coedité la revista Barcelona durante 10 años. Dirijo una colección de crónica periodística en una pequeña editorial independiente. El primer título que edité fue La patria fusilada, de Francisco Urondo. La edición original la había hecho la revista Crisis, en 1973. Cuando la reedité, en 2011, el libro llevaba 23 años fuera de catálogo.
    En 2011 me invitaron a un encuentro sobre crónica periodística denominado Narrativas de la realidad, en el Centro Cultural de España. Un día antes, me enteré que estaría presente en la sala el ministro de Cultura de la ciudad, Hernán Lombardi: de haberlo sabido antes, no habría asistido. El día del encuentro distribuí entre el público el listado de asesinados el 20/12/01 por el gobierno de De la Rúa y una nota sobre la escandalosa cesión del edificio del Padelai al CCEBA, me levanté y me fui. El video está en Internet.
    Me tengo que fumar que un boludo que no sabe nada sobre mí califique a mi trabajo de apolítico y solipsista solo porque escribí un libro sobre los ventrílocuos argentinos y sobre mi propia experiencia como ventrílocuo. Todo bien, Mavrakis, hacé lo que quieras: los periodistas que tratamos de ejercer nuestro oficio (fijate que no le pongo itálica como vos: no me molesta para nada que se trate de un oficio) preferimos tomarnos el laburo de averiguar antes sobre qué estamos hablando. Si eso es “amor por el conocimiento”, ponele, tenemos más amor por el conocimiento que vos.
    Dentro de dos meses me voy a hacer, de onda, un documental sobre un pibe al que mató la policía y sobre la complicidad del poder político y judicial para encubrir el crimen. Esto último no tenías por qué saberlo, claro. Todo lo anterior, ya que me ibas a poner en la bolsa de los “apolíticos”, sí. A lo mejor me llamaste así porque te resultaba funcional a la idea de la crónica periodística como aristocracia de la subjetividad financiada por el poder, enfrentable desde tu lógica binaria al “espíritu ácrata del escritor” (¿¿¿???) (¿De cuál escritor? ¿Todos tienen espíritu ácrata? ¿Estás muy seguro?)
    Es curiosa esta defensa de Twitter y YouTube, los drones y sarasa como los únicos lugares por donde pasa la vida, fuente central de tus argumentaciones, desde una revista fundada hace cuatro décadas por Eduardo Galeano y Juan Gelman, una revista contra la cual no tengo nada, en la medida en que yo mismo fui uno de los editores de los primeros 3 números de la etapa actual. ¿Por qué las publicás en Crisis y no solo en Paco? Porque te da un poquito de prestigio y porque te tiran unos mangos. Es corta la bocha.
    Deberías ponerle, de todos modos, un poco más de onda a tus ensayitos. La disquisición entre “los escritores que hacen periodismo” y “los periodistas que hacen literatura” es desopilante. (¿Cómo se medirá, digo yo?¿Quién tiene la vara para medir esas cosas? ¿Vos? Sonia Budassi, por ejemplo, que escribió dos libros de cuentos y dos libros periodísticos y trabaja en Anfibia: ¿qué sería? ¿Una escrirista, una periotora?) La vida y el laburo de la gente son un poco más complejos que los casilleros donde intentan meterla los Mavrakis de este mundo.
    No me interesa nada defender a Anfibia, un sitio en el cual escribí una vez una nota (fijate que no la llamo “crónica”: como ves, no pertenezco a una secta fundamentalista). Repito -con un énfasis que sabrás entender- que no tengo nada que ver con Anfibia, pero ¿no es un poco deshonesto intelectualmente, un poco manipulador, digo, contar que allí solo escriben sobre coleccionistas de acordeones? ¿No salió ahí la mejor nota que se hizo denunciando que la cantidad de muertos de las inundaciones de La Plata era mucho mayor que la que daba el gobernador Scioli?
    Pero realmente, Mavrakis,¿no es un poco botón, en el mejor de los casos, discutir sobre el uso del dinero de los contribuyentes en un producto periodístico? Suena a tía cacerolera que se queja de que 6/7/8 esté en la tv pública. Decís que mantienen el dato en secreto. Entro en el sitio para ver si es cierto, y veo que en el ángulo superior derecho están los logos de la FNPI y la UNSAM. ¿Qué más querés que hagan? ¿Qué digan: “Estos logos están acá porque esta gente nos pone la tarasca”? Chequeá un dato, Mavrakis, uno. Yo sé que eso lo hacen los periodistas y que el periodismo ya fue, pero copate, dale. Chequeá un dato, dale, porque si no cualquiera podría pensar que estás mandando fruta.
    El sistema de becas, clínicas y fundaciones que “denunciás” cual Elisa Carrió rige en todos los ámbitos de la vida cultural. No hay inocencia, claro: se usa para lavar plata, para mejorar la imagen de las empresas, para hacer política, etc. Bienvenido al capitalismo. ¿Preferías a los mecenas? Apuesto a que las fundaciones gastan más guita en “Instalaciones” o en “Música contemporánea” que en crónica periodística. No me parece bien, no me parece mal, no me parece nada.
    Debo decirte para que te quedes tranquilo que los Reyes Magos no existen y que no hay tal caja financiadora de crónicas, al menos no en la Argentina. La gente que labura todos los dias en un diario o en una revista no tiene tiempo para escribirlas: se las piden a colaboradores externos a los cuales rara vez les paguen más de $1500 por no menos de dos o tres semanas de trabajo. Y estoy hablando de un pago top pero top: según leo, en la discusión paritaria actual las empresas periodísticas ofrecieron un mínimo de $150 (la décima parte) a los colaboradores. Como ves, los números no dan.
    Cada cual labura dónde puede y cómo puede. Nadie tiene por qué hacerse cargo de quiénes ponen la guita, porque esto se llama capitalismo y si nos ponemos en brígidos nadie podría laburar en ningún lado. Desde el año pasado, mi amigo Juan Ayala , con el cual –te había contado más arriba- escribí una apolítica crónica sobre el suicidio de los excombatientes de Malvinas, viene reclamando con los vecinos de su barrio, Valentín Alsina, que se investigue si en las instalaciones de la vieja fábrica de frazadas Campomar funcionó un Centro Clandestino de Detención. Juntó un montón de testimonios, entre ellos el de un sobreviviente que fue torturado allí. Pero nadie le da bola. Hay una empresa que está construyendo un complejo inmobiliario sobre las ruinas del centro clandestino de detención. Se llama Electroingeniería y financia la revista Crisis. Me parece que no lo dice en ningún lado, pero creéme, es posta, yo laburé ahí hace un par de años. De ahí va a salir la guita que pagará tu denuncia sobre el establishment de la crónica.

  9. Muy interesante, no en un buen sentido:

    -La “respuesta” no responde nada de lo argumentado en mi texto.

    -Pero que sea “el pedido de una amiga” es un buen homenaje al arte de hacer hablar muñecos con una mano escondida.

    -La información sobre Electroingenería es incorrecta y, además, yo no cobré por el texto publicado en Crisis, ni viajé nunca a Chile con pasajes en avión pagados por ningún anunciante.

    -Otros inconvenientes de comprensión: Anfibia se niega sistemáticamente a comunicar la cifra del presupuesto educativo que recibe mensualmente a través de la UNSAM por un sitio sin tránsito, sin vínculos con los alumnos de la universidad y que sólo es funcional a sus propios integrantes. No se trata de un par de logos en un blog.

    -Casi todo está subsidiado “con pauta” y no está mal el subsidio estatal como herramienta para promover plataformas culturales. Lo nefasto es usar esos subsidios para vender talleres privados, fomentar el oscurantismo y necrosar las posibilidades de un género.

    -Que Riera se desligue de Anfibia me parece muy preciso, individualista y “capitalista”. Aún así, mi texto es evidentemente sobre cuestiones que Riera no responde y que tampoco creo que esté en necesidad de responder.

  10. Respondo estrictamente a lo que se dice sobre mí. La chicana sobre mi amiga es muy berreta. Pongo mi nombre y apellido, escribo en mi blog (ya ves, soy un individualista, estas cosas en twitter no pasan), doy la cara y, como era de esperar, no te hacés cargo de una sola cosa. Eso es para periodistas, esos boludos que trabajan con datos y que salen a la calle, no para tuiteros geniales.

    No es ni individualista ni “capitalista” no hacerme cargo de Anfibia porque haber hecho una nota una vez en la vida en Anfibia no me convierte en Cristian Alarcón, ni existe una hermandad de los cronistas que, cual masones, se reúnen para defenderse de los ataques de terceros. Yo sí viajé a Chile con un pasaje pagado por Electroingeniería para entrevistar a Marco Enríquez Ominami. ¿Y la aneda? Ya te dije: en esa época trabajaba en Crisis..

    La denuncia de Juan es posterior. Luego de conocerla me habría correspondido decidir si seguía laburando en Crisis o no. La verdad es que casi todas las empresas que financian proyectos periodísticos tienen un muerto en el placar.

    Seguís en la línea Carrió. Si decidiste no cobrar por tu trabajo, eso te convierte, además, en un carnero, porque hay gente que sí vive de su laburo y es el espacio de ellos el que estás ocupando.Este dato de la gratuidad te explica más que toda la larga sarasa anterior.
    Otro amigo me dijo “no gastes pólvora en chimangos”. Perdoname que mencione a un amigo (te tenía que haber pedido permiso). Creo que tiene razón, así que la corto acá. Suerte.

  11. Ah, pero lo carnero que es Mavrakis ya lo sabíamos desde que entregó a sus compañeros de Perfil en el paro de 2007.

  12. -Chicanas berretas a “respuestas” berretas, sin duda.

    -Usá la sarasa Google y buscá #findelperiodismo antes de seguir con la misa mística del “periodismo que trabaja con datos y sale a la calle”.

    -Dije que no cobro, no que lo haya hecho gratis. No trabajo gratis, ni por error.

    -Parece que tenés muchos amigos que hablan a través de tus palabras, Chirolita.

    -Sobre la crónica, su lógica de producción institucionalizada, su conservadurismo y el usufructo privado de bienes públicos no hay todavía “respuesta”.

  13. -Pensá en cómo defendés ahora este trabajo inmundo en Anfibia en vez de continuar la magnífica fantasía retro sobre algo que nunca pasó en 2007, Cacho.

  14. mavrakis, la verdad, sos un salame. Ignorás todo sobre Daniel Riera y cuando te lo hace saber, no te hacés cargo. Dani es puro talento; con una creatividad y capacidad de laburo increíble! Y sobre todo, es un tipo sensible: ahí están sus extraordinarias crónicas escritas a lo largo de veinte años para comprobarlo. Y lo que decís sobre la crónica en la Argentina es un embole, un encadenamiento de palabras vacías y sin fundamento. Te falta lectura y calle. Y buena leche.

  15. -Hermoso tango, pueden casarse cuando quieran, es legal. Sobre el asunto de la crónica y lo que dice el texto: no le veo mayor pertinencia a tu comentario. Saludos.

  16. Cada vez que comentan en este blog puedo ver sus mails, sus IP y desde dónde lo están haciendo. Y no me refiero al mail, la IP o el lugar donde “digan que lo están haciendo”, sino la verdadera.

    Tengan en cuenta eso antes de “responder” cualquier estupidez iracunda o adolescente sobre un asunto suficientemente argumentado, serio y acotado como el texto que pretende iniciar un debate.

  17. Metan un puto empírico en Crisis, chantas, y después hablá de los demás. Toda poesía posmo de veinte vagos que no levantan un teléfono hace cinco años.

  18. Los teléfonos ya no existen. Ni siquiera la expresión “levantar un teléfono” tiene sentido. Dios mío, un poco de piedad estética, al menos.

  19. 25 comentarios y ninguno pudo decir nada a favor de la PYME monotributada por todos los contribuyentes. Excepto: “Soy muy jugado pero me despego”.

  20. Para los que tienen el martillito de plata, todas las historias son clavos. Mirá si van a fijarse si se puede hacer el trabajo con otra herramienta.
    Todas colegialas, los escribidores.

  21. Asi de una, colega, le digo que alguien tenía que empezarla esta, así que está muy bien. Lo del aislamiento con repecto a la comunidad universitaria me parece un punto, más relevante que el tema del financiamiento en sí mismo. Las calificaciones onda aristrocracia o terratenientes (de la crónica) valen por políticas y pueden ser respondidas desde ese territorio, que, como sabemos, es el más honesto de todos. Después hay otras -“turista latinoamericano”- que son más que nada regodeos estilísticos, capaz -y disculpas- que un poquito de yeite sofisticado.
    Después: el “periodista en fuga” o “retirada”, presentado, que se yo, como un déficit, o la renuncia a una misión ¿Que pasa, Nicolás, si alguna vez hay que rajar un poco? ¿No sería algo así como un derecho? Y el “ansia aspiracional”, Nicolás, bueno, eso depende de si tuvimos garrafa o nacimos creyendo que el gas salía de la pared, como todo en la vida
    “La crónica, de esa manera, funciona como una afirmación interesada de lo real antes que como su retrato silvestre, objetivo y desinteresado. Con esto: “Subjetividad no debe entenderse como la experiencia singular en base a un acercamiento individual, sino como un marco, condicionado por la trayectoria de una historia, una época y un cúmulo de instituciones, que fija las coordenadas para una percepción hegemónica y colectiva del mundo” no capto si estás a favor o en contra. Encima el “ahora bien…” con que iniciás la siguiente oración, me confunde un poco. Para terminar, te pregunto dos cosas. 1) Si le parece bien estar uno, o por lomenos “uno mismo un poco entre paréntesis” -como se protege Héctor Libertella- en la “crónica”. 2) Si todo este qulilombo se soluciona en origen poniéndole “nota” y vamos para adelante con lo que sale dentro de nuestras limitaciones y condicionesl materiales de producción. Listo. Te felicito, alguienj tenía que empezarla. como te dije. Saludos.

  22. Esto es lo más parecido a una respuesta seria. Gracias. Creo que el texto responde tus dos preguntas y también las observaciones generales. Lamentablemente los “cronistas” consideran que hacen un “periodismo narrativo”, categoría sui generis que vela lo peor del periodismo y lo más pobre de la narrativa.

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