Niño rico, niño artista

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Por Fernando Chulak / @fernandochulak

1.

Hace un tiempo leí un tweet que decía que al hippie cuya familia no tiene dinero se lo llama pobre. ¿Será el bohemio un hippie con aspiraciones artísticas?

2.

El Duchamp argentino. Así definen algunos a Federico Manuel Peralta Ramos. Y no sé si hay algo de acertado en la comparación, pero al parecer resulta necesaria: “El Elvis de Banfield”, “Los Ramones de Flores” y así. Otro de los cliché a la hora de definir a Peralta Ramos es decir que fue un tipo que hizo lo que se le dio la gana. ¿Quién hace lo que se la da la gana: el que quiere, el que sabe o el que puede?

3.

Supongo que esa definición –el que hace lo que se le da la gana- le hubiera gustado. De hecho uno de las cosas que más se recuerda de él, y que más circula por las redes sociales, son los 24 postulados de la religión Gánica que él creó.

Algunos: -A Dios hay que dejarlo tranquilo. – Vivir poéticamente. -Tratar de divertirse todo el tiempo. -Creer en el gran despelote universal, tomar como punto de referencia eso. -No endiosar nada. -Jugar con todo. -Provocar movimiento. -Despreciar todo.

Sí, la definición le hubiera gustado. Supongo que la pregunta no.

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4.

Como parte del movimiento del Instituto Di Tella -del que también formaron parte Minujin, De la Vega, Macció, Yuyo Noé, Gyula Kosice- hizo algunas obras que llamaron la atención y fueron bien recibidas. Pero –con justicia o no- se lo recuerda más por otras cosas. Cuando tuvo la oportunidad de exponer en la galería Witcomb, llevó pinturas tan grandes que no pasaban por la puerta. Peralta Ramos no dudó en cortarlas con un serrucho y exponerla así.

En 1970 grabó un disco que incluía los temas “Tengo un algo adentro que se llama coso” y “Soy un pedazo de atmósfera”, sobre el que muchos años después en ChaChaCha harían un cover.

No, tampoco son esos dos hitos los que mejor lo definen. Son otros dos.

5.

En 1967, durante la Exposición Rural Argentina, Peralta Ramos compró un toro campeón. Nadie de los que estaban en sala lo conocía como ganadero. Porque Peralta Ramos tenía un plan: expondría el toro como objeto de arte en el hall del Di Tella, junto a un auto Fórmula 3, una montaña de dinero y un caballo pura sangre.

Pasó lo que tenía que pasar: Peralta Ramos nunca tuvo el dinero para pagar el toro. En un lugar donde nadie lo reconocía tampoco como artista, su plan se convertía en apenas una estafa. Pero no hubo juicio: un tipo como Peralta Ramos no podía ir a la cárcel. Y quien lo salvo fue su padre, que tuvo la idea de hacerlo pasar por loco. Lo internaron en un neuropsiquiátrico y aunque sus padres se conformaron con que Federico hubiera evitado la cárcel –y quizás salvar cierto honor de su apellido-, él siempre sufrió la idea de que su familia lo hubiera abandonado. Los libros de arte y ciertas reseñas que buscan el efecto simpático de la anécdota cuentan que ahí dentro organizó el Festival del Mate Cocido con todos los pacientes. Es más fácil pensar en la historia del tipo que es feliz gracias al arte. Quizás sus biógrafos puedan conseguir algún médico que interprete a Patch Adams.

6.

En 1968 obtiene la beca Guggenheim, pensada para subsidiar la realización de proyectos artísticos. Pero en el detalle de gastos que Peralta Ramos envía a la Guggenheim dice que el dinero fue usado para la confección de tres trajes a medida, una inversión en una financiera para cobrar intereses mensuales, la compra de tres cuadros (un Robirosa, un Deira y un De La Vega), que regaló a su padre, a su madre y a sí mismo respectivamente, y, más que nada, un gran banquete junto a sus amigos.

La justificación de Peralta Ramos fue: “La vida es una obra de arte, por lo que en vez de ‘pintar’ una comida, di una comida.” La Guggenheim le pidió disculpas y terminó por aceptar la explicación de Peralta Ramos. Es más, a partir de entonces la fundación no pidió más una rendición de cuentas a los becados y su carta cuelga enmarcada en las oficinas de la fundación.

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carta-a-la-guggenheim-foundation_peralta_ramos_federico_1971 II

7.

Cambiemos el protagonista y algunas de las circunstancias. Federico Manuel Peralta Ramos ahora se llama Nahuel Pandelli, vive en Florencia Varela y cada fin de semana expone sus duendes de masilla en la feria de artesanías de Plaza Francia. Nahuel sueña con hacer una gran obra. Algo grande en serio, les dice a sus compañeros de feria. Para eso les pide plata. Como Nahuel es bueno con la masilla entre todos los feriantes juntan mil pesos, que se los dan a la espera de ver un impresionante duende, quizás tamaño real, no saben.

Nahuel hace su gran obra y ese fin de semana agasaja a sus amigos con un espectacular asado que incluye todo tipo de achuras, vino, algo de marihuana y dos o tres putas. La fiesta que Nahuel siempre soñó: una obra de arte. Todo por mil pesos.

9.

Federico Manuel Peralta Ramos no era sólo un Peralta Ramos.

Era tataranieto de Patricio Peralta Ramos, fundador de Mar del Plata, y uno de los seis hijos de Federico Peralta Ramos y Adela González Balcarce Bengolea. Es decir, era Federico Manuel Peralta Ramos González Balcarce Bengolea. Por eso él sí pudo comprar un toro campeón, y el hipotético Nahuel Pandelli nunca hubiera podido comprar un toro ni siquiera hipotético. En la Sociedad Rural, Peralta Ramos usó su apellido como garantía. Sabía que contaba con eso. Su gran mérito, eso sí, fue no cargar con culpa de clase.

Postulado 6 de la religión Gánica: Regalar dinero.

Postulado 23: Flotar.

Peralta Ramos brindó, como el mismo la llamó, la gran cena y no fue nada sutil en explicar: “Leonardo Da Vinci pinto La última cena, yo la di”. También, como Da Vinci, hizo de todo: “Pinté sin saber pintar, escribí sin saber escribir, canté sin saber cantar. La torpeza repetida se transforma en mi estilo”

Y tenían algo más en común: mecenas.

10.

No fue sólo portar un apellido, era sobre todo, la presencia constante de sus padres. De ir a la cárcel, lo salvo el padre, y el enojo de Federico Manuel no fue más que el berrinche de un chico. Del niño Federiquito, que era como le decían en su casa. Con la plata de la Guggenheim, antes que mandarse la gran fiesta, de convertir su plan en una travesura, consintió a sus padres con el regalo de dos cuadros.

Es un lugar común, pero no por eso deja de ser cierto: el arte es el refugio en que los hombres se convierten en niños. Y para Peralta Ramos, sin dudas, la vida era arte: su vida era el eterno regreso a la infancia.

11.

En una entrevista, la artista e íntima amiga de Peralta Ramos, Josefina Robirosa contó que un día el padre de Federico le dijo: “Mi miedo no es morirme, mi miedo es que Federico vaya quedarse solo”. Y un día el hombre murió. Dos meses más tarde murió también su mujer. Federico había quedado solo. Tenía cincuenta años: era apenas un niño cuando, un mes después, sufrió aquel fulminante ataque al corazón.///PACO

4 comentarios en “Niño rico, niño artista

  1. “No quiero ir a la luna,
    a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mi me gusta acá.
    Quiero caminar por las calles de Buenos Aires,
    a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mí me gusta acá.
    Me quiero sacar una foto en la plaza San Martín,
    a mí me gusta acá.
    Quiero ser amigo del obelisco,
    a mí me gusta acá.
    Me encanta el atardecer en el campo argentino,
    a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mí me gusta acá.”

  2. Un referente para vagos gánicos como yo, mientras destripo exceles y bases de datos e imagino qué haría si no destripara exceles y bases de datos.

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