La vida civil

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Por Nicolás Mavrakis

Limónov es la biografía de un escritor excéntrico, un repaso de la historia rusa más contemporánea y también —sobre todo— un complejo juego de espejos entre Emmanuel Carrère (1957) y Eduard Savenko (1943), dos caras literarias de una misma época, dos productos culturales de una misma Historia. El cisma entre esas dos identidades, sin embargo, es múltiple.

Emmanuel Carrère es francés. Hijo de la clase media profesional, progresista y urbana de París, se ha convertido en un habitante privilegiado del mundo de las letras que lo vuelve heredero de una de las tradiciones humanísticas más sofisticadas de Occidente. Carrère es, además, un hombre sensato. En su universo privado, aspira a continuar su matrimonio y fomentar un vínculo sano con sus hijos; en el público, a comprometerse como intelectual con todas las causas correctas, con dosis esperables de indignación y respuestas esperables de acción. Su herramienta, por supuesto, es la palabra. Limónov es su objeto de estudio y, en algún sentido, su obsesión.

Eduard Savenko es ruso. Su infancia ha sido dura: la Gran Guerra Patriótica —que es como los rusos llaman a la Segunda Guerra Mundial—, los cuarenta millones de muertos del estalinismo, un padre cuya carrera militar fue la de un burócrata de poca monta y un cúmulo de expectativas erráticas alrededor de una vida planeada para añadirse sin mayor criterio al ensamblaje de la producción estatal lo empujaron primero a la vagancia, después al crimen y finalmente al exilio. La poesía, la novela y la autobiografía llegan a Eduard Savenko —rebautizado por sus colegas “Limónov”, palabras que significan “limón” y “granada de mano”— no para inventar romanticismos sino para darle forma a una porosidad que le permitiera respirar y construir una libertad. Sus años en París, primero, donde alcanza cierta reputación como poeta, y después en Nueva York, donde se abandona a la miseria material y sexual, no son anécdotas de un joven en formación. Son la peripecia necesaria para construir la obra que lo devuelva al corazón de su país como el más grande escritor de su generación. Su herramienta, por supuesto, es la palabra. Pero también el ingenio para la supervivencia y la certeza de que en el mundo sólo están destinados a triunfar quienes están dispuestos a matar.

¿Por qué, entonces, Carrère elige a Limónov como sujeto de una biografía de más de cuatro años de investigación? A partir de esa pregunta, Limónov se puede leer, a pesar de las apariencias, como algo que trasciende a los hombres y coloca en perspectiva toda una era. Ya no se trata, entonces, ni de la autobiografía de Carrère ni de la biografía de Limónov, sino de la Europa que aún se piensa a sí misma como el faro eminente de la cultura y el progreso. Una Europa (la de Carrère) que mira a Rusia (la difusa Europa de Limónov) entre la inmensidad de sus fronteras y la perturbadora sombra histórica del mayor antagonismo político y económico trazado por una nación en el siglo XX.

Lo que Carrère vislumbra a través de su presencia velada en Limónov no es la posibilidad estética de contar su vida abúlica a través del relato de la vida de otro hombre que —se lo haya leído antes o no, se convierte ahí en lo que el doctor Samuel Johnson fue para James Boswell a través de su famoso La vida de Samuel Johnson— atravesó países, hombres, mujeres, ideologías e incluso la cárcel con la misma voluntad con la que escribió más de una docena de libros, sino la certeza de que, detrás de esa profundamente oscura e impenetrable vida de violencia y creación —Limónov no ha dudado en tomar las armas o fundar partidos políticos de corte fascistoide— lo que orbita es la energía vital de una Rusia capaz de doblegar todas las convenciones y convicciones de una Europa demasiado autocomplaciente.

“La guerra es sucia, cierto, la guerra es insensata, ¡pero mierda! También la vida civil es insensata a fuerza de ser monótona y razonable y deprimir los instintos. La verdad es que nadie se atreve a decir que la guerra es un placer, el más grande de todos, pues de lo contrario se detendría de inmediato”, imagina Carrère que piensa y siente Limónov entre los camaradas de armas serbios a los que se ha sumado para combatir a los croatas en Sarajevo. En ese instante de madurez como hombre y escritor, Limónov se siente a punto de concretar una de sus mayores fantasías: matar a otro hombre.

¿Puede escribirse la biografía de alguien sin que las impresiones del biógrafo trasunten el sentido inevitablemente incompleto de esa experiencia compartida? En otras palabras, ¿puede Carrère contar a Limónov sin dar cuenta, en el proceso, de que es sólo desde su propia experiencia vital que puede asimilar la “experiencia Limónov”? ¿Quién narra entonces a quién? La pregunta orbita a lo largo de todo el libro y lo convierte en una lectura imprescindible para quienes entiendan que, desde las Vidas paralelas, de Plutarco, hasta las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, las interrogantes acerca de las formas de representación de lo humano continúan abiertas.

Aún así, biógrafo y biografiado, en Limónov, comparten una misma falla, un mismo punto de quiebre, un mismo error. Es uno de los puntos más interesantes y reveladores porque logra hermanar lo que desde el comienzo parece separado hasta lo insalvable. “¿Alguna vez ha matado a alguien?”, le pregunta Carrère, el novelista pulcro, respetable y francés, a Limónov, el narrador vitalista, celebérrimo y ruso. Limónov se encoge de hombros y responde que es “una típica pregunta de civil”. Después explica que ha participado de acciones armadas, que ha disparado y que ha visto caer hombres. No afirma ni niega. Carrère se ahorra la aclaración: su personaje, su Limónov, si hubiera matado a alguien, jamás dudaría en responder que sí. Pero no lo hace. Limónov, que no esperaba hacerlo, ha encontrado el Nirvana en una celda rusa; sin embargo, y a pesar de tratarse de una de sus más primitivas fantasías, no ha privado a nadie de su vida. Carrère, por su lado, se ha preparado toda su vida para ser el mejor novelista de Francia. El éxito comercial, los premios y el prestigio parecen acompañarlo. Hasta que Limónov desnuda la sombra que lo aqueja: “Era como si hubiese ido a entrevistar a Houellebecq, Lou Reed y Cohn-Bendit: ¡dos semanas con Limónov, qué suerte tienes!”, le dicen sus amigos cuando Carrère cuenta su trabajo. El nombre que lo aqueja pasa casi desapercibido. Pero se repite: “Esto no quiere decir que todas estas personas razonables estuviesen dispuestas a votar por él, como tampoco los franceses, me figuro, si se les presentara la ocasión votarían por Houellebecq”. Carreras paralelas, triunfos imaginarios, puntos de derrumbe. Carrère y Limónov, como los imaginarios Bouvard y Pécuchet, han hecho todos los deberes, han cumplido todos los ritos. Pero ni la Rusia postsoviética ni la Francia neoliberal les ha permitido la placidez absoluta de la satisfacción. Esa es, también, una de las claves de lectura de Limónov, el testimonio de una época y el reconocimiento de sus límites.

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