Misterioso Roy

Roy_Orbison

Por Nicolás Mavrakis

Esta semana Roy Orbison habría cumplido 77 años. Sin él, ese cúmulo de enormes fuerzas intersubjetivas llamado pop y dedicado a construir identidades colectivas a través del mercado, la música y el sexo desde la Posguerra no habría existido. Roy Kelton Orbison, texano, estrella del rock, admirado por Elvis Presley, George Harrison y Bob Dylan, merece la dignidad del reconocimiento porque lo tuvo siempre un poco antes que el resto y eso lo mantuvo siempre un poco a la sombra del resto. Tragedia menor de ligeros destiempos, Orbison fue éxito justo antes de los Beatles, que reconstruyeron la noción completa de éxito, y se vistió como Johnny Cash justo un poco después que Johnny Cash y fue modelado por la música country justo antes de que la devorara el rock y un poco antes de que Bob Dylan la volviera a reconstruir. Destiempos que Orbison logró siempre mantener alejados del simple equívoco.

La imagen de Orbison se prestaba al grotesco: Benny Hill, por ejemplo, lo imitaba en sus programas. Movimientos elefantiásicos, el pelo engominado hasta el lacrado, los anteojos oscuros que en realidad disimulaban las imperiosas necesidades del astigmatismo. Orbison formó parte de la generación más precoz del rock y aún así percibió que al discurso probo de los caballeros del sur de Nashville le había llegado la hora de la animalidad. Cuando las piernas de una mujer eran la máxima sinécdoque permitida para el erotismo, Orbison se permitió rugirles un poco antes de la moda de los gritos primarios y los discursos de concordia entre lo humano y lo natural e incluso mucho antes de que rugirle a una mujer pudiera ser condenado por sexista. Compuesta después de que su esposa, antes de ir al supermercado, le respondiera que las mujeres lindas nunca necesitan dinero, “Pretty Woman” hizo famoso a Orbison en Inglaterra en 1964.

El Orbison que traicionado por su esposa, vuelto a juntar y en el borde inminente del divorcio llega a Londres en 1964, no conoce a los Beatles. La anécdota está en uno de los volúmenes de Anthology: “¿Qué es un beatle, de todas formas?”, preguntó Roy. “Yo”, respondió Lennon. Orbison, con su guitarra, su voz y su extraña presencia escénica, se convirtió en el telonero de los Beatles. Los Beatles lo admiraban y llegaron a pensar que Orbison era perfectamente capaz de robarles todo su público.

Como Billy Joel décadas después, Orbison renunció casi por completo a la música para dedicarse a coleccionar motos. Fue su manera de tratar con la british invasion de los años sesenta. Por esa época, su casa en Nashville se incendió mientras estaba de gira. Uno de sus hijos murió calcinado adentro. Orbison perdió la sintonía del rock y se casó con una adolescente alemana en Europa (este último detalle está bien contado en Wikipedia).

Los años oscuros hasta la película Pretty Woman pasan entre la supervivencia y la melancolía. A mediados de los años ochenta una nueva generación de estrellas de rock lo recuerda y lo admira. Orbison regresa con George Harrison, Tom Petty, Bob Dylan y Jeff Lyne en una de las all-star band más exóticas del siglo XX: The Travelling Wilburys (cuyo tema “Margarita” suele servir como soundtrack del programa 678).

Graba varios temas con la banda y su “Not Alone Anymore” lo retrotrae a la era del éxito. Roy Orbison es el primer músico de los años sesenta que planifica y logra un comeback un poco antes de que los comebacks pasaran a ser el último nódulo en la historia del pop.

En 1988, a los 52 años, en la renovada cima del éxito, Orbison muere de un infarto. Su última canción grabada es “End of The Line”. Harrison, Dylan, Petty y Lyne lo despiden en el videoclip. Al poco tiempo la banda se separa.

Destiempos, no equívocos. A la distancia, el inconveniente de Roy Orbison fue la constante inadecuación en el ser y en el tiempo. Demasiado vitalista ligeramente después, demasiado tanático ligeramente antes. En el balance, también, persiste la noción de que Orbison hizo todo lo que sus contemporáneos antes que todos sus contemporáneos. Ese simple atributo lo vuelve interesante -Orbison probablemente habría sugerido que lo volvía misterioso– porque revela pulsiones e intensidades que desnudan más miedos que gozosas satisfacciones.

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