La espada de Hegel

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Morituri te salutant, Andy Whitfield

Por Nicolás Mavrakis

El siglo XIX fundó buena parte de su sentido bajo la espectrografía del conocimiento que Georg W. F. Hegel ordenaría para siempre en la Fenomenología del espírituUna síntesis wikipédica del asunto sería así: al principio están la naturaleza y su certidumbre sensible, que ubican al hombre como una entidad autónoma en relación con el mundo. La pregunta por el fundamento de ese mundo eleva su conocimiento hacia la percepción. Esa conciencia se eleva después hacia un entendimiento de sus objetos y se convierte en razón. Cada paso implica una afirmación, una negación y una superación del paso anterior. Esa dialéctica se vuelve materialmente histórica cuando dos conciencias libres –dos hombres, dos clases, dos naciones– luchan a muerte por el dominio del mundo. Aquella que tema por su vida y renuncie a la batalla se constituirá en esclavo y renunciará a la libertad. La otra ocupará el lugar del amo.

Es interesante que los biógrafos de Hegel resalten que sus primeros pasos en el crudo mundo de los intercambios materiales –como profesor de filosofía para hijos de familias acomodadas– hicieron del alemán un hombre con especial encono hacia “el trato servil”. Casi un milenio antes, un esclavo tracio vendido al ludus de gladiadores de Lentulus Batiatus en Capua, lugar suficientemente lejano a Roma como para forjar los sufridos complejos de la vida de provincias, vislumbraba también el desarrollo de una conciencia libre. Pero su elemento hermenéutico preferido no sería la especulación filosófica sino la espada.

Iniciada en 2010 y con la última y cuarta temporada recién estrenada este año, la serie Spartacus narra ese periplo histórico y filosófico. Y lo hace con las mejores escenas de violencia, sexo hardcore –de amplios gustos multiculturales– y la sordidez precisa de un lenguaje que un medio tradicional como la televisión podía permitirse sólo gracias al borde de su propio ocaso. El resultado es genialidad estética y un éxito masivo de público global, capaz –como el espíritu universal hegeliano– de superar barreras de tiempo y espacio. Porque ni siquiera la sorpresiva muerte de Andy Whitfield en 2011, el actor galés casi desconocido que encarnó desde Nueva Zelanda al Espartaco de la primera temporada –el que descubre, lenta e inexorablemente, el ansia vital que lo separa de las otras posesiones del lanista para el que entretiene a la plebe con sangre y arena– afectó el retrato de la evolución de la conciencia que daría inicio a la Tercera Guerra Servil.

Lejos de la nobleza indubitable del Espartaco de Kirk Douglas, el Espartaco de Whitfield gravita sobre los mejores momentos del napoleónico Maximus Decimus Meridius de Russell Crowe en Gladiador . Pero no es desde los méritos de la representación que Spartacus gana relevancia como producto que no le teme al sexo ni a la violencia –devolviendo, de paso, la virilidad que la corrección política emasculó hace tiempo de la imaginación televisiva– sino desde su resonancia sobre una de las fibras materiales más sensibles del presente.

Sin mayores ventajas que en Roma, existen hoy unos 27 millones de esclavos en el mundo aportando unos 40 mil millones de dólares anuales a la economía global. No es difícil imaginar, entre los muchos fanáticos del terrible despertar de la conciencia de Espartaco, a los once millones de inmigrantes ilegales que sostienen la economía de servicios de los EE.UU., a la expectativa de la nueva ley migratoria que, según el presidente Obama, dará entidad a sus derechos. Época donde ni la lucha filosófica por la conciencia ni el ánimo de resistencia de los nuevos gladiadores parecen haberse agotado, Spartacus vibra cada semana también con algo del terror subterráneo que recorre la conciencia de los amos.

Sangre y arena, la primera temporada, comienza con un Espartaco confundido y rabioso al que arrebatan primero de su pueblo y después de su esposa. Arrojado al pozo moral de la esclavitud, su primera lección es que, ante el poder del amo, no existe ni siquiera la libertad de desear o amar. Sin embargo, Espartaco aprende pronto otra lección: el negocio de Batiatus es la lucha y la muerte en el pequeño estadio de Capua. Y es él y no Batiatus quien posee el único talento útil para prevalecer en ese mundo. Las armas que sostiene en sus manos son el signo de su esclavitud. Pero también la posibilidad de conquistar la libertad.

Dioses de la arena, la segunda temporada, suspende el lento proceso de dialéctica hegeliana con una precuela sobre los orígenes de Batiatus antes de la llegada de Espartaco. La causa de ese salto temporal tuvo un motivo: Andy Whitfield acababa de ser diagnosticado con un linfoma no-Hodgkin y los productores quisieron esperarlo hasta su recuperación. En YouTube puede verse el haka, el tradicional canto de guerra neozelandés, que sus emocionados compañeros de casting le dedicaron “al verdadero campeón” en su lucha contra la enfermedad. Antes del fin, junto a su mujer y sus hijos, Whitfield grabó también el documental hogareño Be Here Now , un diario de resistencia y despedida. A los 39 años, dieciocho meses después del diagnóstico, el cáncer lo derrotó. Pero eso no bastó para detener la lucha de los esclavos.

Encarnado por el australiano Liam McIntyre, Venganza , la tercera temporada, retoma la disputa de Espartaco, Crixus y Onomeus más allá de las cadenas de los gladiadores. El espíritu de la historia alimenta el ánimo dialéctico de la lucha y la rebelión de los esclavos desatada contra Roma. Estructurada alrededor de la Tercera Guerra Servil (73 aC.), durante la que 120 mil esclavos derrotaron varios ataques del ejército pretoriano en su camino hacia la libertad, Espartaco traza la batalla final contra Marco Licinio Crasso, general romano y mentor del mismísimo Julio César. Conquistadores de la razón, los esclavos no se satisfacen con la libertad del cuerpo. Ahora desean la libertad metafísica de sus almas.

La guerra de los condenados, la cuarta y última temporada, narra esa batalla final por el dominio del miedo que ordena al mundo. Y aunque el desenlace es conocido, juegos de cartas, juegos para PlayStation, novelas de fan fiction y millones de televidentes siguen sus pasos. Lejos de la petulancia narrativa de otros programas que aspiran a emparentarse inútilmente con lo más canónico de la literatura, la violencia, el sexo y la filosofía alrededor de Spartacus la convierten en uno de los mejores programas de la década. ¿Basta eso para explicar su éxito?

Los historiadores no coinciden en que el cuerpo del verdadero Espartaco haya sido recuperado después de su última batalla. Y al menos 27 millones de esclavos estarían hoy de acuerdo en que esa interrogante podría significar algo más. ¿El vuelo de una conciencia histórica que aún no se apaga? “La fuerza de la mente es sólo tan grande como su expresión”, escribió Hegel. Tal vez no pensaba en gladiadores; pero, al fin y al cabo, la ironía es la gloria de los esclavos.

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