Pepsi 2: Se fue la lluvia, llegó el volumen

 

Por Sergio “el bomba” Massarotto

1-The Hives: el valor de la insistencia.

La segunda jornada del Pepsi no tuvo la presencia plena de la lluvia, pero si del barro remanente del día anterior, el martes trágico. Si bien numerosas bandas se pasearon desde temprano por los diferentes stages, el primer show del escenario principal, The Hives, comenzó alrededor de las seis y media de la tarde. De arranque el cantante de la banda sueca -el carismático Howlin’ Pelle Almqvist; por momentos intimidante, con mirada y sonrisa de “La Naranja Mecánica”- fastidiaba con la insistencia, noble por cierto, de hablar en español; promediando el show la banda logró convencer apoyándose en un sonido de guitarras aplanador y la voz bien al frente. A esa altura la obstinada manía por interactuar en castellano comenzó a divertir a los presentes. Vestidos de frac, enérgicos, saltarines, con un líder humorista que se emperró y finalmente logró establecer una relación cercana con el público, hacerlo bailar y participar; The Hives terminó comprándose a los asistentes. La banda cerró el show con un mosh de su cantante-estrella, entre el público del campo vip, y dio muestra de por qué hay quien la considera entre las mejores bandas de rock en vivo.

2-The Black Keys: lo crudo.

Cuarenta y cinco minutos más tarde apareció lo que para muchos es la banda del momento, The Black Keys, ya con las primeras estrellas y la oscuridad de la noche. Los teclas negras entraron al escenario de la misma manera que lo hacen en cualquier videoclip o entrega de Grammys, la misma imagen despreocupada que a ellos los hace cool y a nosotros nos condenaría al infierno de los deformes. Una pregunta surgía ante el dúo: ¿se la bancarían los dos solos o rellenarían con una banda numerosa de fondo? La respuesta fue por la afirmativa. Los Black Keys se la aguantaron a dúo como si estuviesen tocando en un garage de Ohio y solo utilizaron a dos músicos más para algunas canciones, entre las cuales se incluye su reciente hit “Lonely Boy”. Más aún, el dúo sonó mejor en estado primitivo que con el acompañamiento del bajo y el teclado, y su hit quedó deslucido y acelerado, sin la energía que transmite el morocho bailando en el videoclip. Gran parte de esta versatilidad para sonar bien y potente con solo dos músicos recae en la habilidad del guitarrista y cantante Dan Auerbach con su conocido estilo basado en fraseos del blues-garage-country, un volumen tremendo y una distorsión vintage de los viejos equipos bluseros Fender que nunca se apaga. El baterista Patrick Carney tiene anteojos grandes, un golpe fuerte, simple y un buen conocimiento de los matices de ruido con los platillos que logra disimularle varias pifias y aceleraciones de tempo. Con actitud humilde la banda recorrió en una hora y media no solo cosas del último disco “El Camino” sino canciones de los anteriores como “Thickfreakness” o “Rubber Factory” cortando justo cuando algunos empezaban a murmurar acerca del parecido entre varias de sus canciones.

3-Pearl Jam: la nueva gran banda nacional.

Y llegó el turno de Pearl Jam. La banda que los argentinos eligieron para reemplazar a las extintas grandes bandas nacionales del rock de estadios. Hay que decirlo: al público local le gustan ese tipo de recitales ultra masivos, incómodos y cuando encuentra su banda, le corea los riffs, festeja y establece lo que Los Piojos (una de las bandas extintas) impusieron como “ritual”. Ante el vacío, el público argentino los adoptó y los de Seattle no lo defraudan. Pearl Jam rockea, emociona y empuja al pogo. No defrauda. Es disfrutable en pareja o con amigos. Una banda populista en el buen sentido. Ofrecieron un show sólido y clásico de dos horas y media donde se destacó el baterista Cameron que no deja caer nada que se le tire y las guitarras precisas (sobre todo Mike Mc Cready, tremendo guitarrista, con mucha fuerza y energía) que funcionaron como capas y colchones donde la voz de Vedder jugó y se estiró arabescamente. Dicen que una guitarra no se escuchaba pero lo importante de Pearl Jam, hoy y acá, es que las canciones suenen, más allá de los detalles técnicos y los gestos virtuosos de sus integrantes; si se logra, el público apoya, corea los riffs y se suma para formar parte de la canción. Lo saben ellos y lo mostró Vedder incitando a la gente en varias oportunidades a corear las partes y cantando estribillos en castellano para mantener la relación caliente. Tomando vino tinto del pico, con el bajista vestido con la 7 de Oberto, fueron manejando climas e intercalando riffs para terminar tiernamente con “Yellow Ledbeter” después de haber rockeado fuerte con el cover “Rockin In The Free World”.

Es cierto que la falta de tribunas impide comparar con otros shows anteriores el número aproximado de personas, pero un amigo nos confió que las imágenes de las cámaras mostraban un mar humano impresionante, “era Woodstock, loco”, dijo. Los datos empíricos de las piernas acalambradas después de atravesar cuadras enteras e interminables de barro y personas, y la asfixiante cantidad de vendedores afuera del predio, son garantía de que la relación con Pearl Jam ya es grande y no apunta a cambiar el rumbo que se inició años atrás en Ferro, se afianzó en La Plata y siguió creciendo en Costanera Sur.///PACO

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